La casa

Situada en la calle de bajada desde la carretera al centro del pueblo, tenía cocina y dos habitaciones en la planta baja, tres habitaciones, balcón y granero en la alta, un amplio corral, cuadra para los animales y encima de ésta, el horno. En esta casa pasé épocas muy felices.

La parra

Delante de la casa, en la parte izquierda y delante de la ventana de la cocina, había un asiento de piedra, “el poyo”, y en la derecha en el margen de la otra ventana, había una parra cuyas hojas a veces se extendían por el balcón. Daba uvas y era un símbolo y algo que embellecía nuestra casa.

Mi abuela

Mi abuela Avelina era un encanto de m mujer, me quería muchísimo y yo a ella. Se desvivía por hacer todas las faenas de la casa, la comida para todos y para los animales de la cuadra y por satisfacer todas mis necesidades y pequeños caprichos.

La matanza

Al principio me daba un poco de miedo, pero luego disfrutaba todos los años, con el sacrificio de dos hermosos cerdos, que se habían estado cebando todo el año. Yo ayudé a mi abuela en ese menester y participaba en el chamuscado del cerdo y en ayudar a fabricar todos los productos que de ellos se sacaban y que serían, junto a los productos del campo, el alimento de la familia hasta la próxima matanza.

El columpio

Para subir al piso de arriba, había que hacerlo por el corral, subiendo por una escalera que daba a una balconada, al fondo de la cual había un pequeño cuartito que hacía de trastero y por entre los barrotes de madera de la balconada, metí la soga de la carreta y me hice el columpio, pasando muy buenos ratos en él.

La cuadra

Al fondo del corral y solamente iluminada con la luz de un ventanuco que había al final (también había una pequeña bombilla encima de las cochiqueras, pero que raramente se encendía), estaba la cuadra, un lugar por tanto oscuro y en el que vivían los cerdos, las gallinas y las vacas. Allí, entre el gruñido de los cerdos, el aleteo o el cacareo de alguna gallina, el gallo de verdad, que parecía el rey entre ellas, y la mirada o el mugir de las vacas, hacíamos nuestras necesidades, que junto con el estiércol de los animales, se sacaría de cuando en cuando para servir de abono a los campos. ¡Qué miedo las primeras veces y qué rústico y primitivo aquel ambiente! (Por cierto, que siendo de pocos años y no sé si por idea de mi tía María o Adelina, me hicieron un mono con abertura en la entrepierna y otra en la parte trasera, que permitía utilizarlo con comodidad en caso de ser necesario).

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Casa de Justel en la actualidad, vista desde el patio de la casa de los abuelos

El horno

Al final de la cuadra, por una escalerita de madera, desvencijada, se subía al horno. Mi tía María y mi tía Adelina y a veces mi abuela, allí amasaban y hacían las hogazas de pan. Yo a veces subía por allí y me asombraba al ver como entraban y salían entre el fuego los panes que con tanto esmero hacían.

Uncir las vacas

En medio del corral estaba el carro. Había que levantar el tronco delantero y a la vez poner el yugo en la cabeza de una vaca, previa preparación de la misma, para luego acercar la otra y hacer lo mismo, atándolas fuertemente para que quedaran uncidas a él. Normalmente lo hacían entre dos, pero mi tía Adelina tenía la suficiente maña, para hacerlo ella sola. A veces le ayudé a acercar el yugo o a agarrar el cuerno de la vaca, para que no moviera la cabeza, pero lo que siempre hacía era montarme en la parte de atrás del carro, con las piernas colgando e ir montado un largo trecho, y lo mismo hacía a la vuelta, corriendo hasta él para llegar montado a casa. Alguna vez se unió mi prima Tina para que no estuviera solo.

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Las camas

Yo dormía en el cuarto de arriba, en la cama grande que está junto a la ventana, una cama muy alta, con barrotes niquelados, de las antiguas, pegado a la pared y junto a mi tío Ismael. Mucho tiempo dormí allí. En esa cama por cierto, había nacido mi hermano Neme. Tenía yo entonces 4 años y un día al venir de la huerta de la mano de mi tío, al ver la casa toda revolucionada y preguntar el motivo, me dijeron que había tenido un hermanito, que enseguida me llevaron a ver.

Todos los días muy temprano, desde el piso de abajo y por las rendijas del suelo de madera de la habitación, se oía la voz de mi tía haciendo de despertador: “Ismael, Ismael», repetía varias veces hasta que él contestaba. «Levántate ya, que va a salir el sol y padre ya ha uncido el carro”. Pero a veces Ismael se dormía y tenía que vocear varias veces más, hasta que éste se levantaba refunfuñando.

También dormí en la habitación de al lado, en una cama más pequeña y con mi tía Adelina. Recuerdo que desde esa cama, cuando mi tía se levantaba primero por alguna razón, enfrente y amparados por una cortinilla, dormían mis abuelos y al correrla para que entrara la luz proveniente del balcón, para ambas habitaciones, veía a mi abuelo Vicente con unos calzones blancos hasta los pies y los pechos colgando y totalmente secos de mi abuela Avelina.

Más adelante mi tío se cambió a la habitación de abajo, al lado de la del “Correo” y como la cama era más pequeña, yo solo estuve una semana y decidí quedarme con la cama grande de arriba para mi solo. Allí me sentía en la Gloria, pues oía las campanas llamando al ganado, las esquilas y cencerros, junto a las voces de los pastores, pasando por debajo de mi ventana, los ladridos de los perros guardianes del ganado, algún carro… y luego la paz y el silencio, solo el aire puro que entraba y el canto de algunos pajarillos posados en la pared de la ventana. Hasta mi abuela se había ido al campo. Yo solo en la cama grande, bebiendo paz y naturaleza.

La fuente

Está a escasos metros de la casa. Veo a mi abuela que va a llenar un par de cántaros de barro, que coloca debajo de la ventana de la cocina. El agua de Justel es muy fresca y muy buena, viene de la Sierra. Yo voy a llenar el botijo introduciéndolo por completo en ella y observando con placer, como salen las burbujas de aire por el pitorro, hasta que se llena, pero antes juego en la fuente, sorbiendo agua por uno de los rabos de una cebolla, que he arrancado de nuestra huerta que está mismo enfrente. La fuente siempre me atraía y además mi cara se reflejaba en ella.

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La fuente junto a la casa de los abuelos

Las comidas

Para desayunar, un cazuelo de sopas de pan y patatas que cada uno recoge, después de que mi abuela o tía lo llenan en el suelo al lado de la lumbre y se lo va a comer donde quiere. A mí como casi siempre me levanto tarde, mi abuela me lo deja muy pegado al fuego, para que esté calientito, y después de lavarme en el palanganero, salgo a comerlo a la puerta de la casa. Esta operación se repite para la cena, aunque allí son solo sopas de pan y se ponen en una cazuela grande, en una mesa baja y con taburetes, para comer “a rancho”, salvo que alguien quiera un cazuelo para ir a comer las sopas “al poyo de la puerta”, previa petición a mi abuela que siempre lo concede.
Esta clase de desayuno y cena se repite a lo largo del año, con dos cosas dignas de tener en cuenta: en mis primeros años, recuerdo que si había parido alguna cabra en el pueblo, buscaban leche para mí pues allí nadie la consumía. ¿Eran mimos para Carlitos o necesidad? Y otra cosa es la costumbre de mi abuelo Vicente, mantenida por mi padre, tengo que preguntarle el porqué, de tomar diariamente en ayunas, antes del desayuno, “un muerdo de pan” y un trago de aguardiente.

A la hora de la comida nos juntábamos en la habitación del Correo, salvo en épocas de siega o vendimia que alguien se encargaba de llevar la comida hasta las tierras en que se estaba faenando. ¿Qué se comía? De segundo siempre chorizo, tocino, oreja, es decir productos del cerdo y de primero fundamentalmente berzas ¿Madre, otra vez berzas? ¡Coime… ! palabras de mi tía Adelina. Cocidas con patatas. Otras veces garbanzos, judías verdes o alubias, es decir lo que se producía allí. Por tanto no existían ni el arroz, ni las lentejas, ni hortalizas… ni había conservas ni cosas parecidas. Tampoco había postres ni ningún tipo de frutas.

Entre horas en la cocina siempre estaba la hogaza de pan, el jamón y el chorizo o el tocino, bien crudo o cocido, para merendar o hacer algún “tentempié”. Solo más adelante, los arrieros empezaron a traer cabezas de congrio secas, con las que mi abuela preparaba unas patatas guisadas riquísimas. Siempre me gustó ese plato.

En las fiestas se mataba un pollo y en ocasiones muy especiales algún cabrito o corderito para el plato principal, siendo de primero los fideos fabricados en casa para situaciones como éstas, e incluso se hacían unos dulces para acompañar el café. Por supuesto también había embutido para el que lo desease y se sacaba la vajilla especial. Nunca faltó vino de fabricación propia en ninguna comida ya fuera diaria o extraordinaria. En las fiestas siempre había algún invitado familiar o forastero a comer.

La cocina

Era el lugar de reunión de la familia, sobre todo en los días de lluvia o desapacibles y también por las noches, pues allí estaba la luz y el calor de la lumbre y también la del candil que se colgaba del lateral de la alacena.

La lumbre estaba en el centro bien alimentada por cepas y encima de ella una gran chimenea, por la que me gustaba ver como la recorrían las chispas que se desprendían y que como cohetes salían disparadas hacia arriba, para perderse en la negrura del hollín. Del centro pendía una gruesa y larga cadena de la que se colgaba el caldero, en el que se preparaba la comida para los cerdos y otros animales. Si se quería hacer nuestra comida, se colgaba la cadena y se introducían las trébedes para poner la cazuela encima.

A los laterales de la lumbre estaban los dos escaños, donde nos sentábamos a hablar, mi tía a calcetar, el abuelo a liarse un pitillo… Allí dormí yo la siesta en ocasiones y donde, además de las moscas, se unió alguna vez mi prima Tina. Antes o después de la cena, allí el abuelo rezaba el Rosario para todos. No era obligatorio, pero solíamos estar toda la familia y a veces incluso también venía mi tía María desde su casa. Al final del mismo y después de una larga serie de peticiones, dignas de un estudio etnológico, pues arrancaba desde muy lejos, nos levantábamos todos para ir a besar la mano al abuelo y a la abuela en señal de amor y de respeto como jefes de familia. Mi padre continuó con la costumbre completa y yo que nunca quise que se perdieran las tradiciones, algunas de ellas muy antiguas, las mantuve hasta que pude. ¡Es una pena que algunas cosas que nos han legado nuestros mayores se pierdan!

El granero

En el piso de arriba, entre la habitación de mi tía y la de mis abuelos, había otra, “el granero”, donde se depositaba el trigo que llegaba en los sacos desde la era. Para mí tenía cierto atractivo, pues a veces me gustaba ir desde fuera a acariciar el trigo y ver como se deslizaba entre mis dedos al coger un puñado, pero también porque mi tía María ponía allí manzanas u otras frutas verdes para que se conservaran y luego al cabo de unas semanas, metías la mano a ver si dabas con alguna de ellas. Era divertido. (He aquí un ejemplo de frigorífico primitivo)

Tomando el fresco

En la puerta de la casa, sentados en el poyo, se estaba muy bien cenando, tomando el fresco, charlando, viendo la Vía Láctea… Allí se aprecia un cielo estrellado muy bajo y con mucha nitidez, es digno de ver. Interminables ratos he pasado en ese poyo, bien solo, con algún amigo o con mis tíos. Cuando estaba mi tía Adelina siempre llegaba algún mozo, algunos iban recorriendo las calles, pues rara era la puerta donde no se tomaba el fresco, y aprovechando la oscuridad y con la más o menos complacencia de las mozas, aprovechaban para bromear y a la vez dar algún beso a hurtadillas o meter las manos entre la falda. He sido testigo en varias ocasiones con mi tía o alguna de las amigas sentadas a su lado.

Mi tía María

Yo siempre he querido mucho a mis tías y tíos y ellos a mí y no hago distinción con ninguno, pero para mí, tía María era y es una institución dentro de la familia, pues además de estar casada con tío Ángel y formar una familia aparte junto a mis primos Ramiro, Pentes y Tina, significaba como si tuviera una familia doble: ir a otra casa, montar en otra carreta, ir a otra era, comer en otro sitio, sentarme en otra lumbre, ir a otra Vendimia etc. Además de querernos mucho todos, tíos y primos, tía María tiene un significado especial como referente para mí: famosos eran el gallo que mataba de cuando en cuando como comida especial, el bollito que me hacía cuando amasaba, los conejos de tía María, las lechugas de tía María, los trozos de pan untados en tocino, que me hacía en los recreos cuando fui a la escuela en Justel y un largo etc.

Tía María era además la poseedora de un lenguaje arcaico y que en ella nunca evolucionó. Para mí es un patrimonio cultural. Me hacía gracia por ejemplo, cuando me decía: ¡Vede por la selombra para que no te dé el sol, que ahora asolea mucho! o cuando riñendo a algún rapaz que había hecho algo que no le gustaba, se enfurecía diciendo: ¡Ah jodido! ¡Ah rejodido! Si te pello…

Es muy buena y siempre se ha desvivido por todos y es una pena que haya quedado viuda de mi tío Ángel.

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De izquierda a derecha, tía María, tía Adelina y tía Mariana, en la calle de los Mayos de Justel (la foto es de 2007)

Vamos a la iglesia

La iglesia del Apóstol Santiago, de corte medieval y no muy grande, tiene adosado un cementerio infantil -hoy ya no se entierra allí- y también una torre con su campanario. Es el foco de referencia del pueblo y sus campanas avisan para el Rosario, Misa, salida de ganados, fuego, reunión de Concejo etc.

Calle abajo, sin luz y arropado bajo el mantón de mi abuela o de mi tía, que me tapa de la llovizna o del frio y para no tropezar con las piedras que no veo, bajo al anochecer con ellas al Rosario. Otras, muy pegado también, voy junto a mi abuelo Vicente, que embutido en su “pelliza” y conocedor palmo a palmo de la calle en aquella negra oscuridad se dirige a la iglesia.

Cuando iba a Misa, lo hacía con mi abuelo, y todos los hombres y mozos que ya tenían la edad, podían subir al coro. Y yo, como iba con él o con mi tío Ismael, también subía y teníamos un lugar privilegiado al fondo y en la parte delantera. A veces iba con las mujeres abajo y me llamaba la atención y lo veía muy de cerca. Algunas llevaban un pequeño cojín para arrodillarse en las baldosas, pues no había ningún banco. Delante de cada una y en el sitio ya heredado de generaciones anteriores -el nuestro cerca de la pila bautismal- había unas tablas con agujeros, “el candelero”, para poner velas por los difuntos familiares. Se encendían para la Misa, pero a su lado algunas ponían una cesta de mimbre, tapada con un paño del que salían por los laterales dos velas y a la hora del Ofertorio, se encendían y las que tenían algún difunto reciente o de su aniversario, formaban una fila y se acercaban al Sacerdote para darle lo que llevaban en la cesta (pan, dinero, alguna fruta..) como ofrenda. Al final de la Misa el Sacerdote se acercaba a estos candeleros de la cestita, y hacía “responsos” cada vez que le daban alguna moneda. ¡Costumbres arcaicas! Hoy esas costumbres han desaparecido, pero a mí me llamaban mucho la atención. También hay bancos y salvo excepciones, no se sube al coro.

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Iglesia románica de Santiago Apóstol de Justel (con Roger, nieto del autor, posando)

El ganado

Hablar del ganado y de los animales, es hablar de la fuente de alimentación del pueblo, no solo por los productos de ellos obtenidos, sino del trabajo para sacar adelante con ellos todas las labores agrícolas.

Aparte de los cerdos, las gallinas que andaban libres por el corral, un perro y dos gatos, teníamos las ovejas, alguna cabra, las dos vacas y en algún momento una ternera y por último el burro.

“La vecera” era la reunión de las vacas que no se necesitaban ese día (los domingos eran todas) y que al toque de la campana y muy tempranito, se llevaban varias personas del pueblo en un turno mensual, para pastar durante todo el día y en sitios diferentes. Yo fui en un par de ocasiones a llevar las vacas, calle abajo y pinchándolas con la guijada, para juntarlas al resto porque esos días salían hacia la otra parte del pueblo. También estuve una vez con “la vecera” acompañando a mi tía Adelina.

Al atardecer regresaban los ganados entrando por la rambla y cada persona iba recogiendo las suyas para meterlas en los corrales. Con la “vecera” venía también al final el toro. A mí me daba mucho miedo y me refugiaba en casa, viéndolo pasar por la ventana de la cocina, pero alguna vez nos sorprendió apareciendo en la mitad del ganado y junto a otros chicos, tuvimos que subir a una escalinata cerca de un pajar y con el susto dentro por si se le ocurría dar un salto hasta allí. Y hablando del toro, me quedé muy impresionado cuando vi por primera vez, como en la plaza ataban en un artilugio de madera, preparado al efecto, a una vaca y traían al toro para su inseminación.

Las ovejas y cabras también salían muy temprano, al toque de la campana y con varios pastores y también varios perros grandes y fuertes, habida cuenta de la cantidad de lobos que hay por la comarca. Ser pastor se rotaba: ¡Ti Vicente, mañana le tocan las ovejas y van “pa Adraos”¡ decía el pastor asomando la cabeza por la puerta También era obligación mantener un día a uno de los perros del ganado.

Cuándo llegaban las ovejas era un espectáculo, pues aunque normalmente ellas ya conocían su corral, yo junto a mi tío Ismael que se conocía todas las nuestras, nos poníamos en medio del rebaño y cuando alguna se marchaba para abajo, la agarrábamos por la lana y la obligábamos a cambiar de ruta. Fui una vez de pastor con las ovejas a “Ciñales”.

A las dos vacas (“Pinta”, “Niña” “Rubia”, “Bonita” y otros, eran sus nombres porque a lo largo de los años se cambiaba de animales por razones obvias) alguna vez las llevé a beber agua a la charca cercana a casa.

El burro servía como medio de locomoción rápida ¡Cuántas veces nos llevó a alguno al médico de Muelas!. Alguna vez también sirvió de transporte a las fiestas de Donado o Quintanilla, pero en nuestro caso servía para que mi tío Ismael diariamente, hiciera el reparto del correo a los pueblos de Quintanilla y Villalverde. Muchas veces le acompañé y por el camino, ambos encima de él, cantábamos canciones. Una vez que yo iba sentado delante, de improviso se paró para beber agua en un arroyuelo que cruzaba el camino y a punto estuvo de lanzarme al suelo.

Era una experiencia bonita esperar el coche de línea, en una minúscula cabañita de piedra, que había construido mi abuelo junto a la carretera (había otra cerca del cruce de Villalverde), recoger el Correo e ir a repartirlo y luego ver el buzón de los pueblos y poner en casa el matasellos a las cartas que se enviaban. Somos una familia de labradores, pero también de carteros, y mi prima Avelina continua la tradición.

Junto a mi tío Ismael yo viví la experiencia del Correo, pero también fue para mi un guía y casi un compañero permanente- A su lado fui a las fiestas de San Bartolo , la Peregrina o Santiago, asistí a su noviazgo en Quintanilla, íbamos a beber vinos o a echar la partida, a pelar hoja en “La Viciella”, a la fragua, a echar parrafadas con el sastre etc. etc.

Experiencias de otro tipo y muy grabadas en la retina de un niño como era yo fueron: ver el largo aparato genital de los mulos de los arrieros cuando se estiraban delante de nuestra casa, el capado de los cerdos, el apareamiento de los perros, el nacimiento de las camadas de gatos… Por ejemplo. Todo un mundo animal a mi alcance.


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2 thoughts on “La vida en casa de los abuelos”
  1. La vida en casa de los abuelos
    «La fuente

    Está a escasos metros de la casa. Veo a mi abuela que va a llenar un par de cántaros de barro, que coloca debajo de la ventana de la cocina. El agua de Justel es muy fresca y muy buena, viene de la Sierra. Yo voy a llenar el botijo introduciéndolo por completo en ella y observando con placer, como salen las burbujas de aire por el pitorro, hasta que se llena, pero antes juego en la fuente, sorbiendo agua por uno de los rabos de una cebolla, que he arrancado de nuestra huerta que está mismo enfrente. La fuente siempre me atraía y además mi cara se reflejaba en ella.»

    Qué párrafo tan lírico…

  2. La vida en casa de los abuelos
    Buen artículo. El Justel que recuerdas está muy cercano y distante a la vez. El agua sigue siendo fresca pero la gente ha perdido la humildad. Una lástima pero la condición humana en epoca de bonanza es lo que tiene… una pérdida gradual de valores, al menos es lo que me parece percibir.

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