
Noam Chomsky
La Jornada
Tal vez el documento más amenazador de nuestra época es la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos difundida en septiembre de 2002.
Su implementación en Irak ha costado ya incontables vidas
y conmovido hasta sus cimientos el sistema internacional. Una de las consecuencias de la guerra contra el terrorismo es la resurrección de la guerra fría, con más participantes que nunca en el club nuclear. También se han ampliado los
escenarios factibles de es-tallar en diferentes partes
del globo.
Como explicó Colin Powell, el documento indica que Washington «tiene derecho soberano al uso de la fuerza para defenderse» de países que
poseen
armas de destrucción masiva y que cooperan con
terroristas, la excusa
oficial para invadir Irak.
La obvia razón para invadir Irak sigue siendo eludida
de manera
conspicua:
la necesidad de establecer las primeras bases
militares seguras de
Estados
Unidos en el centro de los más grandes recursos
energéticos del mundo.
A medida que se fueron derrumbando los antiguos
pretextos, el
presidente
Bush y sus colegas comenzaron a revisar la doctrina
para poder apelar
al
uso de la fuerza aun cuando un país carezca de armas
de destrucción
masiva
o de programas para desarrollarlas. La «intención y
capacidad» para
hacerlo
es más que suficiente.
Pero es que prácticamente cada país del mundo tiene la
capacidad. Y la
intención depende siempre del criterio del espectador.
La doctrina
oficial,
entonces, es que cualquiera puede ser atacado.
En septiembre del 2003, Bush aseguró a los
estadunidenses que «el mundo
está ahora más seguro debido a que la coalición puso
fin a un régimen
iraquí que tenía vínculos con terroristas mientras
fabricaba armas de
destrucción masiva». Los asesores del presidente saben
cómo convertir
la
mentira en verdad, si se la reitera con insistencia.
La guerra en Irak incitó al terrorismo a escala
mundial. En noviembre
del
2003, el experto en Medio Oriente Fawaz Gerges señaló
que «resulta
realmente increíble cómo la guerra ha revivido la
atracción de una
guerra
santa islámica a nivel global que había declinado
luego del 11 de
septiembre de 2001». Por primera vez, Irak se
convirtió en un
«santuario de
los terroristas», y sufrió los primeros ataques
suicidas desde el siglo
XIII, cuando actuaban los asesinos.
El reclutamiento para la red Al Qaeda ha aumentado.
«Cada uso de la
fuerza
es otra pequeña victoria para Osama Bin Laden», que
«está ganando»,
escribe
el periodista británico Jason Burke en Al Qaeda, su
estudio de los
diferentes grupos de islamitas radicales. Para esos
grupos, Bin Laden
es
apenas algo más que un símbolo. Y tal vez se
transforme en un personaje
más
peligroso luego que lo maten, pues se convertirá en un
mártir que
podría
inspirar a otros a unirse a la causa.
Burke señala que están surgiendo «nuevos cuadros de
terroristas»,
enrolados
en lo que consideran es «una lucha cósmica entre el
bien y el mal»,
visión
compartida por Bin Laden y Bush.
La reacción más atinada frente al terrorismo tiene dos
flancos de
ataque:
una en relación a los terroristas y la otra con
respecto a su apoyo
potencial. Los terroristas se consideran una
vanguardia, que intenta
movilizar a otros. La labor policial, una respuesta
apropiada, ha sido
exitosa a escala mundial. Más importante, sin embargo,
es la amplia
base de
simpatizantes que los te-rroristas intentan alcanzar,
incluidos mu-chos
que
los odian y los temen, pero, sin embargo, los
consideran como
luchadores de
una noble causa.
Podemos ayudar a la vanguardia terrorista a movilizar
esa reserva de
apoyo
me-diante la violencia. O también podemos enfrentar la
«miríada de
quejas»,
muchas de ellas legítimas, que son «la causa principal
de la moderna
militancia islámica», escribe Burke. Ese esfuerzo
básico puede reducir
de
manera significativa la amenaza del terrorismo, y debe
ser tomado de
manera
independiente de su objetivo.
Acciones violentas provocan reacciones factibles de
causar catástrofes.
Expertos estadunidenses calculan que los gastos
militares en Rusia se
han
triplicado durante la era Bush-Putin. Esa, en buena
medida, es una
respuesta a la belicosidad del gobierno de Bush. En
ambos bandos, las
ojivas nucleares continúan en estado de alerta máxima.
Pero el sistema
de
control de los rusos podría haberse deteriorado.
Los peligros se acrecientan con la amenaza y el uso de
la fuerza. Como
se
había anticipado, los planes militares estadunidenses
han provocado
también
la reacción de China. El gobierno de Pekín ha
anunciado planes para
«transformar su ejército en una fuerza de alta
capacidad tecnológica
capaz
de proyectar su poder a nivel global para 2010»,
informó el mes
anterior
Jehangir Pocha, corresponsal del diario Boston Globe.
Los chinos,
añadió,
«están remplazando su arsenal nuclear de unos 20
misiles balísticos
intercontinentales de la época de los años 70 con 60
nuevos misiles de
ojiva nuclear múltiple capaces de llegar a Estados
Unidos».
Es posible que las acciones de China causen efecto de
onda expansiva a
través de India, Pakistán y más allá. El desarrollo
nuclear en Irán, y
en
Corea del Norte, también en parte respuesta a las
amenazas de Estados
Unidos, es muy ominoso. Lo im-pensable se convierte en
posibilidad
cierta.
En 2003, en la Asamblea General de Naciones Unidas,
Estados Unidos votó
sin
respaldo alguno contra la implementación del Tratado
de Prohibición de
Pruebas Atómicas, y acompañado de su nuevo aliado,
India, contra
medidas
para eliminar las armas nucleares. Estados Unidos
también votó solo
contra
«el respeto a las normas del medio ambiente» en
acuerdos de desarme y
de
control de armamentos, y acompañado apenas de Israel y
Micronesia en
contra
de pasos para evitar la proliferación nuclear en Medio
Oriente,
pretexto
que utilizó para invadir a Irak.
Los presidentes suelen tener «doctrinas», pero Bush es
el primero que
tiene
también «visiones», posiblemente debido a que sus
asesores recuerdan
que su
padre era criticado por «carecer de una visión». La
más exaltada de
esas,
conjurada luego que todos los pretextos para la
invasión a Irak fueron
abandonados, era la de llevar la democracia a Irak y
Medio Oriente.
Para
noviembre de 2003, esa visión fue considerada el
motivo real para
iniciar
la guerra.
La evidencia de fe en esa visión consta de poco más
que declaraciones
virtuosas. Tomar esas declaraciones en serio implica
presumir que
nuestros
líderes son unos re-domados mentirosos. Mientras
movilizan los países
para
la guerra, declaran que las razones son totalmente
diferentes. Una
norma de
salud mental es mostrarse escépticos acerca de lo que
inventan para
remplazar pretextos que se han derrumbado.
© 2004 Noam Chomsky (Distribuido por The New York
Times Syndicate).
* Noam Chomsky es profesor de lingüística en el
Instituto de Tecnología
de
Massachusetts en Cambridge y autor del libro, de
reciente publicación,
Hegemony or Survival: America’s Quest for Global
Dominance.
> Las consecuencias de la doctrina Bush
Creo que devemos despertar ante la amenaza criminal y terrorista que representa el presidente Bush y sus secuases como Pat Robertson…