Diagonal

JAVIER DE FRUTOS

Kaká (Brasilia, 1982), reconocido de forma unánime como el mejor jugador de fútbol en activo, no es sólo el personaje de un fichaje improbable o el hombre-anuncio que perpetúa para una marca deportiva el mensaje de que “nada es imposible”. Sus creencias religiosas forman parte de su modo de estar en el fútbol, lo que ha provocado un punto de inflexión en el debate sobre la presencia de la religión en los estadios.

BALÓN DE ORO. Multipremiado en 2007, Kaká ha aprovechado los agradecimientos para transmitir sus mensajes religiosos
Ricardo Izecson Dos Santos Leite, Kaká, fue elegido el pasado 17 de diciembre por la FIFA “mejor jugador del año”. El día anterior había sido el artífice de la victoria del Milan en el Mundial de clubes -dos pases de gol a Inzaghi y un tanto en jugada individual. A principios de mes recibió el Balón de Oro que concede la revista France Football.

Con motivo del premio de la FIFA declaró: “Cuando era más joven tenía el sueño de convertirme en futbolista profesional en el Sao Paulo y jugar al menos un partido con la selección. Pero la Biblia dice que Dios tiene más para nosotros de lo que podemos pensar o querer, y eso es justo lo que ha ocurrido en mi vida”. Días antes de recibir el Balón de Oro desveló en una publicación italiana que valora la posibilidad de convertirse en pastor evangélico al término de su carrera deportiva: “Me gustaría mucho. Es un recorrido de mucho empeño: hay que estudiar teología, seguir un curso y profundizar en las enseñanzas de la Biblia. Un pastor evangélico lee la Biblia y transmite sus preceptos”.

Perteneciente a la Iglesia Renacer, los relatos sobre el fervor evangélico del futbolista abundan en detalles con aire apócrifo: que su conversión se produjo tras sobrevivir a un accidente en la piscina cuando tenía 14 años -o 18, según versiones-, que coloca en las habitaciones de los hoteles salmos de la Biblia, que es uno de los miembros más destacados del movimiento Atletas de Cristo, etc. También se analizan sus gestos en el campo, y se recuerda en particular su postración con los brazos al cielo tras la victoria en la última Liga de Campeones. Entonces, mientras sus compañeros festejaban el triunfo con el repertorio habitual, Kaká descubrió bajo la rossonera una camiseta blanca con la leyenda ‘I belong to Jesus’ (Yo pertenezco a Jesús).

Mensajes prohibidos

Las creencias de Kaká y su exhibición pública no tendrían mayor relevancia que las conductas comparables de otros compañeros tocados por la fe -y la necesidad de compartirla-, si no fuera porque el futbolista brasileño es hoy considerado como el mejor del mundo y el fútbol se ha convertido en el primer deporte global. Así, a la imagen de Kaká en la última final de la Champions reaccionó la FIFA en verano anunciando la prohibición de todo tipo de mensajes religiosos en el terreno de juego. Con el argumento de que “lo que para unos es valioso y sagrado, para otros es una provocación”, la entidad que dirige los designios del balompié determinó que multaría a los jugadores que llevasen eslóganes y publicidad religiosa en su vestimenta. “Las sectas podrían utilizar el fútbol como publicidad” fue la sentencia nada ambigua con la que se despachó el portavoz de la FIFA Andreas Herren. Santiguarse o señalar al cielo quedaron, en principio, fuera del veto.
El caso Kaká es quizás el más llamativo, pero lo cierto es que la imagen de futbolistas, casi siempre brasileños, invocando su fe evangélica en los campos y sus aledaños se ha ido convirtiendo en habitual. El barcelonista Edmilson, atleta de Cristo como su compañero Silvinho, resumía con claridad su vocación proselitista: “Un atleta de Cristo debe estar siempre aprovechando las oportunidades para dar testimonio de su fe en Jesús. No podemos restringir el testimonio a las iglesias”.

Brasil 2014

¿Restringir el testimonio? Si el anuncio de la FIFA despertó durante el verano un eco de rechazo en numerosas organizaciones que ligan deporte y religión, las recientes declaraciones de Kaká y el debate consiguiente han provocado la reacción del Vaticano, que, por medio del responsable de la oficina Iglesia y Deporte, Kevin Lixey, ha manifestado su temor a que las expresiones de carácter religioso y, por extensión, la religión misma, puedan ser eliminadas de los estadios. “No afectan al fair play, no están haciendo una ofensa contra otra persona; se trata de gente que quiere mostrar su fe y que debe ser libre de poder hacerlo. Si uno está jugando lo hace como persona, en el caso de muchos jugadores lo hacen además como creyentes, así se vuelve muy difícil pretender que se divida la parte religiosa de la parte personal, esto va contra la misma dignidad humana”.

La postura del Vaticano no es un canto panecuménico, pues contiene una crítica a expresiones inadecuadas y aclara que la Iglesia “no incita a la militancia”. Una aclaración extraña. El regreso del Mundial a América Latina con Brasil 2014 y el arrollador crecimiento del fútbol en Asia y África, que acogerá en 2010 el Mundial de Sudáfrica, no son ajenos al debate sobre la presencia de la religión en los estadios. La competencia religiosa en países en los que el fútbol es mucho más que un deporte y en nuevas áreas geográficas de penetración para este espectáculo traza el terreno de juego del posible conflicto. La FIFA, para atenuar su retórica prohibicionista, ha puesto en práctica su particular visión de “restringir el testimonio” con la inauguración en su sede de Zúrich de una sala de oración interconfesional. Mientras, Kaká y cuantos futbolistas hacen bandera de su fe amplían sus espacios de intervención al cada vez más ensanchado terreno que fuera de los estadios da cancha al espectáculo del fútbol.