
MABEL GONZÁLEZ BUSTELO
EL CORREO
Las noticias relativas al programa nuclear iraní y las negociaciones de este país con la comunidad internacional han continuado durante el verano. A finales de agosto, Teherán y el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) hicieron público su acuerdo sobre un calendario de cooperación y un plan que debería clarificar la mayoría de los aspectos del programa. Como era de esperar, Washington no se dio por satisfecho por un plan que considera insuficiente, y el presidente George W. Bush volvió a utilizar su retórica más dura en un reciente discurso ante la Legión Americana, en el que afirmó que «confrontaremos
esta amenaza antes de que sea demasiado tarde». También aprovechó la ocasión para volver a acusar a Irán de empeorar la situación de Irak mediante su colaboración con milicias chiíes.
El Consejo de Seguridad de la ONU ha impuesto a Irán sanciones al
comercio con tecnologías nucleares y de misiles, y seguirá debatiendo a
partir de septiembre el endurecimiento de las mismas. No parece, sin
embargo, que la retórica de Washington vaya a convencer a China y Rusia
de que es preciso establecer sanciones más amplias, ya que ambos países
son importantes socios comerciales de Irán y colaboran con el programa
nuclear de este país. El Consejo pretende que Irán abandone el
enriquecimiento de uranio como paso previo a la negociación de una serie
de incentivos.
Sin embargo, el presidente iraní Mahmoud Ahmadineyad ha asegurado de
forma constante que su país no abandonará las actividades de
enriquecimiento, y que eso sólo podría ser resultado de las
negociaciones y no una premisa para las mismas. Desde Teherán se indica
que el programa nuclear tiene fines pacíficos y que no es ilegal en el
marco del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), ya que sólo
pretende producir electricidad. Algunos analistas subrayan, por su
parte, que el programa nuclear tiene importancia estratégica para Irán
porque, aunque no sea su intención fabricar armas atómicas, sí le daría
la capacidad de hacerlo en el futuro si lo entiende conveniente.
Desde Occidente se considera que un Irán con potencia nuclear supondría
una amenaza adicional para una región muy convulsa, con profunda
inestabilidad en Afganistán, Irak, Líbano, Israel y Palestina. Sin
embargo, no todo el mundo opina lo mismo. El año pasado, el Movimiento
de los Países no Alineados, que agrupa a 118 Estados (incluyendo todos
los de Oriente Medio, excepto Israel y Turquía) emitió un comunicado en
el que apreciaba la cooperación de Irán con el OIEA y respaldaba el
«derecho básico e inalienable» de todos los países a desarrollar energía
nuclear con fines pacíficos. En el texto también se recordaba que el
OIEA es la «única autoridad competente» para verificar si un país cumple
sus obligaciones con el TNP, reclamaba una zona libre de armas nucleares
en Oriente Medio e instaba a Israel a suscribir el TNP y acceder a la
supervisión del OIEA sobre su programa nuclear.
En medio de estas posturas encontradas, una cosa queda clara: la
hipocresía y los dobles raseros de la comunidad internacional, y
especialmente EE UU, a la hora de abordar las cuestiones de
proliferación y desarme nuclear. Según el Instituto de Investigación
para la Paz de Estocolmo (SIPRI), EE UU tenía el año pasado 10.000
cabezas nucleares, de ellas 5.500 en activo. Aunque en el Tratado de
Moscú de 2002 se estableció el compromiso de reducir su número a 2.200
en 2012, los progresos han sido mínimos. Además, la actual doctrina
nuclear estadounidense considera de extrema importancia mantener y
renovar los arsenales nucleares y contempla abierta la posibilidad de
usar estas armas en un escenario de guerra convencional (algo ilegal, de
acuerdo a una sentencia de hace 11 años de la Corte Internacional de
Justicia, que declaró ilegal el uso y la «amenaza de uso» de armas
nucleares). Por otro lado, varios programas actualmente en marcha están
modernizando este arsenal para hacerlo más duradero en el tiempo y capaz
de hacer frente a objetivos más diversos.
La postura estadounidense también ha ido en esta dirección al negociar
importantes instrumentos internacionales. El presidente Bush canceló a
mediados de 2002 la participación de su país en el Tratado Antimisiles
Balísticos, con lo que prácticamente firmó la defunción de esta norma. Y
en diciembre de 2004, la Asamblea General de la ONU aprobó la creación
de un Tratado sobre Material Fisible, que pondría fin a la producción de
uranio y plutonio enriquecidos para fabricar armas. Sólo EE UU y la
República de Palau votaron en contra. Pero, además, la retórica sobre el
peligro del programa nuclear iraní pierde toda coherencia cuando va en
paralelo a la firma de un acuerdo de cooperación nuclear con India, otro
país ubicado en una zona peligrosa, que tiene armas nucleares, ha
realizado pruebas atómicas y no ha firmado el TNP.
Estos hechos demuestran, además del doble rasero, el escaso gusto de la
Administración Bush por los marcos multilaterales y su creencia de que
las normas pueden adaptarse o no cumplirse en función de sus intereses.
Lo mismo ocurre en otros casos, como la reciente decisión del presidente
francés, Nicolas Sarkozy, de transferir tecnología nuclear a Libia en el
marco del acuerdo con este país.
Tenga o no como finalidad la fabricación de armas, el programa nuclear
iraní demuestra una vez más que no hay átomo pacífico, ya que un
programa destinado a la producción de electricidad puede ser luego
adaptado para producir armas atómicas. Si Irán consigue esa capacidad, y
luego le siguen otros como Arabia Saudí, Egipto o incluso Argelia o
Marruecos, ello significará que cada vez más países estarán en
disposición de hacerlo si lo deciden. La energía nuclear y las armas
nucleares van de la mano. La única solución posible a la cuestión iraní
pasa por iniciar negociaciones que aborden de forma conjunta y completa
la seguridad en Oriente Medio, así como reactivar la iniciativa de hacer
de ésta una zona libre de armas y energía nuclear. Claro que, para ello,
también las potencias nucleares reconocidas (EE UU, Francia, Reino
Unido, Rusia y China) deberían cumplir sus obligaciones y dar pasos
hacia el desarme y el desmantelamiento de sus arsenales. Para que las
normas internacionales tuvieran más credibilidad también habría que
dejar de lado los dobles raseros y hacer que todos los países cumplan
las normas, no sólo aquellos considerados ‘amigos’. Justo lo contrario
de lo que se está haciendo.