Ángeles Cáceres

Me estoy planteando más que seriamente apostatar de esta tierra, de gran parte de la gente que la puebla y de la mayoría de los valores que actualmente se cotizan en su ámbito autonómico, provincial y local. Y reconozco que es triste llegar a semejante planteamiento, sobre todo porque es una tierra en la que no nací sino que vine de fuera, de lo que se desprende que en principio no me atan a ella raíces antiguas, de esas que son difíciles de arrancar. De manera que no sé dónde habría que firmar mi desvinculación con el espíritu actual de la Comunidad Valenciana, ni si ello sería factible, pero repito que mis ganas de apostatar de ella van in crescendo. Con perdón para aquellas personas que se despegan de la pauta comunitaria, que algunas quedan. Aunque sepa Dios por cuánto tiempo, ni cuánto van a tardar en quitarlas de en medio para que no desentonen del paisaje (y sobre todo del paisanaje) general.

Valga decir que estoy cada día más hastiada y más harta de lo que veo alrededor mío. Que el desmoronamiento general de los más elementales valores, y todo lo que ese desmoronamiento arrastra consigo y tras de sí, me revuelve las tripas. Que las prepotencias, las desvergüenzas, las insolencias y las burlas descaradas a la ciudadanía me han acabado produciendo un cansancio tan absoluto que ya casi no creo en nada y mucho menos en nadie; y eso supongo que es lo peor que le puede pasar a alguien. Porque es un estado de, digamos, «nirvana negativo» que te vampiriza las energías, te agosta las ilusiones, te pulveriza las fuerzas. Te neutraliza, te incapacita, te deja fuera de combate. ¿Para qué luchar, si sabes que la batalla está perdida de antemano? ¿Para qué defender causas justas, si la justicia misma se encarga, cuando es menester, de amoldar sus planteamientos para encajarlos como mejor acomoden? Cuando ya no queda nada a lo que agarrarnos, cuando lo más (teóricamente) sagrado y respetable le falla de plano al pueblo que le entregó su confianza, y encima de ese fallo hace jactancia y escarnio, apaga y vámonos.

Los últimos acontecimientos jurídico-políticos de esta nuestra Comunidad (y los que siguen saliendo y los que quedan por salir) estaban tan cantados, se conocía con tanta seguridad cuál iba a ser el resultado, que hasta casi era un aburrimiento seguir las noticias diariamente. Para qué, si ya nos sabíamos el final. Llevamos años (y lo que te rondaré morena, que esto va para largo) en que no cabe sorpresa alguna: las cartas están repartidas y la partida no admite cábalas, señores, hagan juego sin miedo que ya saben ustedes que van a ganar. Son los mismos nombres, las mismas caras, las mismas impunidades, los mismos repartos de beneficios, las mismos enriquecimientos opacos.

Así que yo estos días, que se conoce que debo de andar medio depre, no paro de acordarme de Jorge Manrique y su celebérrimo «si juzgamos sabiamente, daremos lo non venido por pasado». Y ya puestos a recordar, su «Non se engañe nadie, non, pensando que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio, pues que todo ha de pasar por tal manera». O sea, que no hay cambios ni los va a haber: cutrería, amiguismo, enchufes, apaños, untes, lo que haga falta. Y si algún incauto intenta tirar de cualquier manta creyéndose, el muy iluso, que esto es EE UU y que por estos lares también se puede montar un Watergate de andar por casa, ahí está la pura y dura realidad para apearlo de su burra: pon los pies en la tierra, amiguito, que esto es España y más aún: esto es la Comunidad Valenciana, ahí es ná. De la cual, como al principio les decía, me estoy planteando la manera de apostatar. Por ética, pero mayormente por estética. No me pregunten para dónde pienso tirar, si es que al fin puedo acabar apostatando y, en consecuencia, emprendiendo el voluntario camino de un exilio cuanto más lejano mejor, pero desde luego lejos. Lo más lejos posible.

Estos días, pese al miserable estado de mis cervicales después del último accidente volviendo de grabar una entrevista, aquél por el que estuve ocho meses en dique seco y que me ha dejado de por vida con vértigos, pérdida de equilibrio y la tira de secuelas permanentes más, como de pie no podía planteármelo porque me hubiera ido de morros contra el suelo al levantar la cabeza, he estado tirándome por el bancal cara al cielo cada vez que las nubes han dejado un resquicio, para tratar de encontrarme un año más con mis viejas amigas las Perseidas. Que mantengo yo con ellas un prolongadísimo idilio, inasequible al desaliento y refractario a cualquier desengaño, que me pienso llevar hasta el mismísimo cementerio, cuando me toque irme. Porque qué mejor que poner tu confianza en el polvo de estrellas que cruza los cielos en las madrugadas cálidas de agosto alrededor del día de San Lorenzo.

Esas Perseidas refulgentes que no hay dinero en el mundo para comprarlas y por tanto son y seguirán siendo intrínsecamente limpias. Qué descanso, algo realmente incorruptible por fin, menos mal.

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