
Como nos gustó tanto el libro y nos supieron a poco los breves fragmentos presentados en la reseña de Cigala News, anteriormente publicada, sobre el libro de Ángeles Cáceres Lescarboura “Los habitantes del pozo: vida y muerte en una cárcel manicomio”, insistimos con este otro. Como recordarán, la obra es un estudio testimonial sobre las personas que malviven en el Psiquiátrico Penitenciario de Foncalent. En esta ocasión presentamos un texto un poco más amplio, que nos describe el esfuerzo de un interno por autoafirmarse a costa del personal que le custodia. Nos parece un relato curioso y también divertido a pesar de su dramatismo. Que lo disfruten. Nota de Tortuga.
Hay que saber bien hasta dónde puedes llegar. Tirar de la soga, pero sin romperla: actuar con la cabeza. La cuestión es saltarles los nervios, descontrolarlos y hacerlos explotar. Una vez que lo has conseguido, ya te quedas tranquilo; bajas la guardia y finges lo que haga falta; humildad, buena voluntad, arrepentimiento… lo que a ellos les dé la gana, ¿entiendes?
Le tenía ganas al médico, no sé porqué; a lo mejor porque se mete por el módulo sonriendo y casi nunca levanta la voz, te habla siempre poco más que en un murmullo y con su batita blanca parece un figurín. Yo que sé, me dio por ahí; lo estuve estudiando bien para encontrar la forma de joderlo; para oírlo gritar y perder el dominio de los nervios, y que se viera que no es distinto a los demás.
Aquí se sabía que muchas noches dormía fuera del complejo, en casa de una tía, porque tardaba más de lo normal cuando lo avisaban; o sea, que estaba en Alicante y no en Foncalent. Ya estaba claro: había que joderle el polvo.
Esperé a las dos de la mañana para tragarme los hierros; como los rayos X no funcionan, lo tendrían que llamar; así que me eché al coleto los muelles y me chiné, pero lo justo: ni poco ni demasiado. Lo suficiente para que saliera el chorro, se acojonaran y lo hicieran venir. Llegó en menos de diez minutos, me curó, me palpó la barriga y me dejó en condiciones, con lo que se fue convencido de que todo estaba en orden y tranquilo. Yo esperé.
Media hora más tarde me arranqué los puntos y me abrí la herida; arrimé el brazo a la puerta y apreté, porque así sale la sangre y los boquis (carceleros, n. de tort.) se amontonan. Grité y monté el cirio para que vinieran, y de paso miré el reloj: trece minutos después lo tenía en el chavolo, con los boquis; a mí me estaba curando el ATS y me los miré con choteo: los estaba manejando a modo, tal como me había propuesto.
Eran cerca de las tres y media cuando se fue. ¿Y sabes?, pensé que por qué él se iba a meter en la cama con una tía y yo no; no me salió de los huevos que lo hiciera. Así es que, ojo al reloj y a calcular: vamos a darle tiempo al niño bonito. Ahora se está fumando un cigarrillo; ahora se descalza; ahora se quita la camisa; los pantalones; los gallumbos. Cinco minutos más para que le dé tiempo a calentar las sábanas. Siete… ¡¡ahora!!
Me tragué cuatro hierros más, pero a la vista de los funcionarios; antes había gritado hasta quedarme ronco y había aporreado las paredes, o sea que todo el módulo estaba en danza: las luces encendidas el ATS en marcha y los de azul perdiendo el culo. Así es que, cuando abrían me tragué le arsenal delante de ellos y me chiné otra vez, antes de que pudieran evitarlo: justo en el juego del codo, que es donde más sangra. Esta noche no la metes, mediquito, porque a mí no me sale de los cojones, ya ves tú.
Era la tercera vez que venía en dos horas, y, ¡natural!, llegó echando maldiciones. Ese muchacho cambia cuando se cabrea: traía los ojos echando chispas y la voz ronca, como si fuera de otro. Toda su tranquilidad y su voz suave se habían ido a la mierda; me insultó, se cagó en mis muertos y me dijo, (¡ya ves!), que se había terminado el juego. ¿Por qué? ¿Por qué él lo decidiera? Pero, hombre, es que yo tenía más ganas de jugar…
Voy a volver a hacerlo, le dije. Me voy a tragar un bolígrafo para que se me perfore el estómago y me tendréis que sacar la Hospital. Coño, no me esperaba yo su reacción: se volvió al ATS y le gritó: ¡el bolígrafo, Paco trae para acá el bolígrafo, dámelo a mí que este cabrón no se pincha, que lo voy a rajar yo! El ATS estaba más tranquilo y lo tomó a choteo: tío, no jodas, que es el bolígrafo bueno; pero él se lo arrancó del bolsillo, me lo puso contra la barriga apretando y me chilló con toda su alma: ¿Te pinchas ahora, ¿te enteras, hijo de puta? Te rajas ahora, te cortas lo que quieras ahora, te matas aquí mismo si te da la gana, pero ¡¡ahora!! No después, ¿estamos?
O sea, que ya lo había conseguido: el doctorcito equilibrado y suave estaba hecho un energúmeno, fuera de sí, enfurecido, insultándome y amenazándome. Descontrolado total; llevaba la camisa llena de sangre, y como había venido todo de blanco como un San Luis, los pantalones parecían el mono de un mozo del matadero municipal. ¿Has visto cómo me has puesto, cabrón? ¿Te estás dando cuenta de lo que me has hecho con la ropa? ¿Adónde voy yo así, eh, so hijo puta?
Nos miramos a la cara y oye, lo cacé al vuelo, vi que ya no podía tirar más de la cuerda: en aquel momento, no, por lo menos. Y ahora me los vas a lavar tú, mira por dónde. Me los has enmierdado tú y tú me los vas a dejar como la nieve, con tus manitas, restregando, que ya no te aguanto más chulerías. ¡Dame unos tuyos! ¡Rápido!
Se quedó en gallumbos y me tiró los pantalones al suelo; y a ver qué hostias, le di unos tejanos que tenía en la taquilla, recién subidos de la lavandería. Le estaban cortos y estrechos y salió marcando paquete porque apenas le cerraban, pero se los llevó puestos; como los colegas estaban todos al loro en las ventanas y lo llamaban, pegó un grito: ¡Iros todos a tomar por culo! ¡Todos ¡¡A la mierda!! Qué iban a hacer… callarse, claro. Se apagaron las luces y oye, hasta el ruido de las ratas en el patio se podía oír.
Me tocó lavarle los pantalones, fijo; como no se le iba la sangre allí con agua fría, los mandé a lavar abajo al día siguiente, y al final quedaron guays. Aquella noche tardé en dormirme, pensando en el enfrentamiento de poderes: ahora sabemos bien los dos quién es el otro. Las cartas están sobre la mesa, y el juego es así: cuando tienes buenas cartas, vas a muerte, pero cuando tocan chungas , dices “no voy” y quedas como un señor. Dar marcha atrás a tiempo es algo que hay que saber hacer cuando se quiere mantener el físico. Podemos seguir jugando, pero cada cosa en su momento; con inteligencia. Él sabe que soy un kíe y, si es listo, no se la jugará demasiado. Es presa fácil para un secuestro, como todos los que andan por aquí dentro, y él lo sabe. Si le tiene cariño a su cuello, no me dejará en ridículo en el patio.
Por lo menos, ya nos conocemos; y, en su campo, no me extrañaría que él se las arreglara para ser un kíe, a su manera. Le gusta el mando, aunque mande sin gritar; le gusta ganar terreno y colocarse en un buen puesto: eso se nota y los kíes olemos las condiciones de la gente al vuelo; subirá como la espuma y, si puede agarrar la jefatura, la agarrará. A su modo, él puede ser un kíe en cuanto quiera: condiciones no le faltan.
«Le tenía ganas al médico, no sé porqué»
Buenísimo.
«Le tenía ganas al médico, no sé porqué»
Esa historia me suena. Un abrazo