Amira Hass

Publicado en Haaretz, el 5 de enero de 2005

Las vísperas de las elecciones presidenciales en el territorio de la Autoridad Palestina muestran la actividad frenética propia de una campaña electoral: las disputas y los pronósticos, los rumores y los insultos. La discusión sobre las diferencias entre los candidatos -principalmente Mamud Abbas (Abu Mazen) y Mustafá Barghouti- ha llegado a hacerse un hueco hasta en las conversaciones de los niños.

Y eso que todo el mundo sabe que la victoria de Abu Mazen está cantada. No sólo porque es el candidato de Fatah, que quiere demostrar que sigue siendo el actor más influyente, y no sólo porque Hamas, el otro movimiento de peso no presenta candidato. Sino también porque está muy extendida la apreciación de que los actores que de verdad cuentan -EE.UU., Israel y, en cierta medida, la UE- persiguen igualmente su elección.
Lo que la población anhela sobre todo es “la retirada de los puestos de control”. No uno aquí y otro allá. La declaración formal del ejército de Israel, comprometiendo la “retirada de las ciudades” durante la jornada electoral y la reducción de las restricciones en los puestos de control pueden haber causado impresión en la ciudadanía israelí. Lo que los palestinos añoran, sin embargo, es una restauración inmediata de su libertad de movimientos en toda la geografía de Cisjordania, al menos como la que conocían en septiembre de 2000.

Y eso es lo que les lleva a pensar que si entregan a Occidente el género que demanda y votan a Abu Mazen, podrán recoger la recompensa -una presión real de Occidente para desmantelar los puestos de control y los cordones.

También entre la población de Israel Abu Mazen es considerado un valor seguro. También en Israel su elección está inflando las expectativas de cambio, en el sentido de que tomará medidas contra el terrorismo, de que es un moderado y de que goza del apoyo de América.
Coincidiendo con el adelanto de la desconexión [la retirada de Gaza], se ha conocido una especie de recuperación del clima de optimismo que imperaba en los días de la firma de los Acuerdos de Oslo. Nos encontramos de nuevo ante la creencia de la puesta en marcha de una “dinámica”, de precedentes favorables (la evacuación de los asentamientos), de la mejoría económica que propiciarán los “gestos” israelíes, con el consiguiente debilitamiento del apoyo palestino a un terrorismo contra el que en cualquier caso Abu Mazen tomará medidas.

Hay algo en común entre estos anhelos de una “dinámica” cuya puesta en funcionamiento sería obra básicamente de agentes externos (Occidente, para los palestinos; América y Abu Mazen, para los israelíes). Las dos partes minimizan la importancia de los puestos de control en particular y de las restricciones de movimiento en general.

Los palestinos se refieren predominantemente a los puestos de control como un método dirigido a humillarlos, como un castigo colectivo y una expresión de la crueldad israelí. Los israelíes están al tanto de lo que creen excesos ocasionales en la conducta de los soldados de los puestos de control. Pero dejando a un lado estos hechos aislados, los israelíes tienen la convicción de que los puestos de control tienen la finalidad de reforzar su seguridad.
La mayor parte de los palestinos y la gran mayoría de los israelíes cuestionan la función de los puestos de control, percibiéndola más bien como el instrumento básico desplegado por Israel en los últimos cuatro años para facilitar el proceso de troceado de Cisjordania en unidades separadas de territorio palestino, aisladas entre sí y rodeadas por bloques de asentamientos en incesante expansión y consolidación.

El eje vertebrador de la política de los puestos de control es una burocracia que impone restricciones de movimiento cumpliendo las decisiones de una administración civil: el movimiento de palestinos de una unidad territorial a otra está a merced de las autorizaciones de Israel, se ve dificultado por controles de carretera en los que las esperas pueden durar horas y acaba siendo desviado por rutas secundarias estrechas y peligrosas. La mayoría de los puestos de control no están concebidos para garantizar la seguridad de Israel. Tienen la finalidad de establecer un control total sobre el terreno y sobre la conciencia -hasta llegar a una soberanía de facto- sobre el área C, que constituye el 60 por ciento de Cisjordania.

El alboroto generado por el arresto de un soldado que se negó a desalojar unas caravanas cerca del asentamiento de Yitzhar, induce a olvidar el hecho de que mediante un procedimiento enteramente legitimado y a plena luz -en otras palabras, un procedimiento a partir de licencias otorgadas por ministros del gobierno- Ariel Sharon está prosiguiendo la empresa de establecer una continuidad territorial judía desde Itamar y Elon Moreh, al norte de Cisjordania, hasta Kiryat Arba y Maon, al sur. Así pues, la “dinámica” de las elecciones y de la retirada se verá sofocada tan pronto como tenga que hacer frente a la realidad de los asentamientos en Cisjordania.

Por muy moderado y proamericano que sea, Abu Mazen no podrá mostrarse de acuerdo con la solución que Ariel Sharon está diseñando, en la figura de una continuidad territorial judía. Las declaraciones de Abu Mazen contra la intifada armada no le servirán de mucho mientras Israel siga ampliando su régimen de separación en Cisjordania. Los bloques de asentamientos son una parte inseparable del Israel moderno, frente a los núcleos de asentamientos palestinos, que se encuentran estrangulados, aislados, y rodeados por las condiciones que propician barriadas de miseria. Una discriminación flagrante, restricciones draconianas, control indirecto y continuación del conflicto, he aquí los sinónimos, forjados por la realidad, de la consigna de “mantener los bloques de asentamientos”.

¿Hay solución? Desde luego. La evacuación de todos los asentamientos y de todos los colonos, insistiendo en que deben ser todos. La vuelta al eslogan que propugnó Paz Ahora, hasta abdicar de él durante las negociaciones de Oslo aduciendo -en parte con fundamento- que la dirección palestina lo había rechazado: “No cabe paz con los asentamientos”. El eslogan debería ser un manual para la acción -no un manual para la fe- para todos cuantos desean la paz para Israel, que aspiran a vivir como ciudadanos normales y no en cuarteles inspirados en promesas bíblicas, y para todos los palestinos que anhelan disfrutar de la independencia en vida -y no en un nebuloso futuro prometido por el Corán.

http://www.haaretz.com/hasen/spages/523100.html
Traducción: Martín Alonso.