Han pasado casi dos años desde que la vecina de Iruñea Anika Gil fuera
detenida por la Guardia Civil. Desde entonces, nada ha sido igual para
ella. El cineasta Julio Medem ha puesto cara y ojos a la tortura con su
testimonio. Tras ello, Gil se ha sentido capaz, por vez primera, de
narrar con detalle lo ocurrido en esos días.
Hoy empezaré a escribir sobre nuestra detención, ocurrida el 28 de
febrero de 2002 y los duros sucesos posteriores. No sé cuándo
terminaré, pero continuaré poquito a poco, por un lado porque las
compañeras me han dicho que tengo que sacar lo que tengo dentro y, por
otro, porque quiero hacer un testimonio, porque quiero recordar lo
máximo posible. Sé que se me hará muy difícil, ya que todavía no
controlo muy bien la noción del tiempo, pero intentaré hacerlo lo mejor
posible.
Eran las 7.00 cuando me despertaron los golpes. Mi compañero Eneko
estaba a mi lado y lo desperté, totalmente turbada […] Nos quedamos con el niño mientras
aquellos terribles golpes destrozaban la puerta. Al ver que estaba rota
empezamos a gritar «¡No disparen, hay un niño! ¡Hay un niño!». Entonces
escuchamos: «¡Salgan, todos al suelo!» […]
No sabía dónde andaba; tropezándome, me metieron en una celda […]
Una brusca voz me preguntó «¿Quién te ha dicho que te sientes? !Contra
la pared!». Yo, de un salto, puesto que me había dado un buen susto, me
puse de pie y mirando a la pared. Después de un rato, oí el ruido de
los cerrojos y, entre palabras que no entendía, escuché algún golpe y
algún grito. Para no oír lo que estaba pasando, me tapé los oídos y
empecé a cantar por dentro. Después, abrieron el cerrojo de mi calabozo
y por lo menos entró un hombre. Me hizo preguntas. Yo le respondía que
no o que no sabía. Entonces, después de darme un golpe en la cabeza, me
amenazó: «Vale, si no quieres colaborar tengo cinco días para hacerte
hablar. Te queríamos dar una oportunidad, pero alguien tiene que
comérselo y si no quieres colaborar lo compartiréis todos, todos iréis
para dentro»
La mujer que me había acompañado todo el trayecto le dijo a la otra que
yo tenía un niño, que era muy bonito… Hacían comentarios como que
ellos cogerían al niño, que era mala madre, que era una pena, pero que
no volvería a ver a mi hijo, que el pobre quedaría en manos del Estado
mientras yo estuviera en la cárcel, etc. […] Todavía tenía en mente
la entrada en casa y las imágenes de mi hijo. Esa última la tengo
todavía
Me puse en pie, contra la pared de un salto. Entró el hombre y me
preguntó: «¿Estás con la regla?». Yo le respondí que no, pero me dijo
que en caso de necesitar compresas las pidiera. «Aquí pasan cosas que
no son normales, cambia el metabolismo, así que no te extrañes si
empiezas a manchar»
Cuando estaba en el calabozo aquella noche, entraron tres o cuatro
hombres y comenzaron a hacerme preguntas. Yo les respondía, pero mis
respuestas no les gustaban. Se enfadaron mucho, y comenzaron a
insultarme. «¡Lista, zorra, hija de puta, te vamos a matar!». Me
preguntaban sobre mi hijo haciendo comentarios muy duros sobre su
situación.
Me empujaron, golpeándome contra la pared. Yo estaba llorando y
temblando, diciéndoles que les decía la verdad una y otra vez. Me
ordenaron que hiciera flexiones, de arriba abajo, hasta que me caí. Y
comenzaba otra vez lo mismo. No sé cuánto tiempo pasó; luego, cuando se
fueron, me dijeron que me da- rían tiempo para pensar y que sería mejor
si hablaba, que si no ellos me harían hablar.
Estaba atemorizada. Esta vez me pusieron el antifaz y me sacaron del
calabozo.
No veía más que la pared, era blanca. Volvieron a empezar con el primer
interrogatorio y no creían lo que yo les decía. Cada vez se ponían más
violentos. Otra vez golpes en la cabeza, empujones, gritos, flexiones
hasta que las piernas no pudieron aguantar más… De pronto, uno me
ordenó que me desnudara. Yo, asustada y temblando, les dije que no me
desnudaría, que no me quitaría la ropa. En la habitación había unos
tres o cuatro hombres y uno de ellos me dijo: «¿Qué no? ¡Ya te la quito
yo!». Comenzó a quitarme el jersey, luego la camiseta y al final el
sujetador.
Volvieron a entrar en el calabozo y comenzaron con el interrogatorio.
Yo seguía diciendo lo mismo. Uno dijo: «Hay que cambiar de método,
¡que se desnude, que sólo se quede con los calcetines!». Me entró un
escalofrío y me desnudé entre llantos y temblores, siempre mirando
contra la pared, dejando la ropa en el suelo. En sus manos me sentía
desnuda tanto por fuera como por dentro. Entre las preguntas, me
repetían una y otra vez «¡Firmes!» cuando llevaba las manos a cubrir la
tripa o la cara. Mientras tanto me daban golpes en la cabeza, me
sobaban el cuerpo, más empujones y tirones de pelo…
En un momento uno de ellos me dijo que estirara el brazo hacia atrás.
Entonces me colocó lo que identifique por el tacto como una pistola y me ordeno que la
cogiera. Me dijo que aquella pistola había sido utilizada para asesinar
a un concejal de Zaragoza.
No puedo decir cuantas veces (quizás unas dos o tres) me interrogaron
de forma similar,desnuda, hasta que me caía.
Tenía las piernas muy pesadas y doloridas. Tocamientos en la tripa,
pechos, culo… estaba muy mal, me sentía muy mal… Volvieron a abrir
la puerta del calabozo y me pusieron el antifaz, y en vez de llevarme
a una habitación, me volvieron a llevar al forense.
Como la vez anterior vino hacia las 20.00, pensé que había pasado todo
un día y me alegré, pero no fue así, porque eran sólo las 12.00. Me
hundí en un agujero negro. Al forense le dije que tenia un miedo
espantoso. Temblaba al hablar. Sentada en la silla, parecía que
estuviera saltando. Le dije que si le decía algo me matarían, pero él
me contestó que lo que le dijese solo lo leería el juez.
Cualquier ruido me producía temblores, el corazón me daba un vuelco y
comenzaba a temblar. Otra vez el infierno. Desnudarme, tocamientos,
flexiones, movimientos obscenos por detrás, golpes en la cabeza…
Estaban enfadados y yo no podía hacer nada. Entonces me dijeron que me
iban a violar con un vibrador o con un palo. Entonces uno de ellos me
empezó a dar un gel o algo parecido en la parte superior del culo,
diciendo que serviría de ayuda. Otro le decíaque no pusiera nada, «para
que se rompa por dentro». Noté un palo o algo parecido bajando de la
espalda hacia el culo. Me dio un ataque de nervios, me ahogaba y tenía
que respirar muy rápidamente, mis pies no aguantaron mi peso y me
desplomé.
Después me dijeron que me vistiera y se marcharon. Después de pasar un
minuto, desde la puerta me ordenaron que me pusiera de pie contra la
pared. No puedo describir como estaba. Totalmente destrozada […]
Me dijeron que me iban a poner los electrodos. A la pregunta de dónde,
respondieron con «¿Quieres tener más hijos?». Entonces, me echaron agua en la parte
inferior del culo. Me hizo una gran impresión y pegué un salto. Se me
aceleró el corazón, noté algo, me habían tocado con algo. Me volvió a
dar otro ataque, respiraba muy rápido, me faltaba el aire,
me temblaba todo el cuerpo… Me dejaron en paz.
Cuando me llevaban de vuelta al calabozo, me hicieron parar. Oí una
respiración fuerte y rápida, dijeron «Escucha, escucha, je, je, parece
un orgasmo, ¿eh?». Entonces me di cuenta que le habían puesto a alguien
la bolsa. Me puse muy mal. Me volvieron a llevar donde el forense
[…]
Fue mas o menos en esa época cuando comencé a tener alucinaciones. Al
principio fueron las manchas negras que había en la pared, que
comenzaban a moverse delante de mí. Mas adelante, comenzaron a tomar
forma, forma de mujer, de un piojo, de un pastor, etcétera. Luego
empezaron a crecer y a coger formas de pupilas de una cara, la puerta
de una casa…
Yo cerraba los ojos y me los frotaba, pero seguían igual […] Entonces
empecé a pensar que había empezado a desplomarme.
Mientras, seguían los interrogatorios. Algunas veces en el mismo
calabozo, otras en una habitación o en los váteres. Entonces comenzaron
a utilizar otros métodos.
Me pusieron una bolsa en la mano y me ordenaron que me la colocara. Yo
lo hice, estaba destrozada, quería que todo terminara de una vez.
Estaba muy nerviosa. Cuando vieron que me estaba quedando sin
respiración, me quitaron la bolsa.
Habitualmente, antes de venir donde mí le hacían una visita a mi
compañero. Le sacaban entre ruidos y golpes, diciéndole cosas como «Te
vas a cagar, ven aquí, majete», para que yo las oyera. También oía las
visitas de otras personas, muy parecidas.
Estaba histérica, me llevaba las manos a los ojos y a los oídos. Para
terminar con todo aquello, suplicaba entre temblores y lloros. Aquello
sí que era insoportable. Entonces se enfadaban mucho: «¿Por qué
tiemblas? ¡Deja de temblar! ¡Que dejes de temblar ahora mismo!». No
podía controlar la reacción de mi cuerpo.
Una vez, en el interrogatorio, uno de ellos, muy enfadado, me dijo que
no estaba colaborando y que me daba a elegir entre la puerta de salida
(esto es, el simulacro de una fuga) y la bolsa. Yo les contesté que si
preten- dían matarme, prefería lo de la puerta.
Estaba muy mal. Entonces, no sé después de cuántas vueltas (por el
recinto, por los pasillos, siempre con el antifaz y agarrada por los brazos), oí el ruido metálico
de una puerta y dándome un gran empujón, me gritaron «¡Corre, corre!».
Yo, con el antifaz puesto, sin ver nada, con los cordones de los
zapatos sueltos, de alguna forma comencé a correr, gritando y llorando.
De repente, uno me paró por detrás. Cuando volví a la realidad, me di
cuenta de que estaba en una sala grande.
Me volvieron a llevar a la celda a ver si me tranquilizaba. Pero no me
dieron tiempo, puesto que volvieron enseguida. Volvió a aparecer el
hombre que daba las ordenes: «¡Basta ya de tonterías, enseñadle la bolsa!». Me colocaban la bolsa en
la cabeza y comenzaban a interrogarme. Yo al principio podía respirar, no me
asusté demasiado (aparte de la situación en la que estaba), pero
después me apretaban. Me ahogaba. Me volvían a poner la bolsa mientras
me interrogaban una y otra vez. Una vez uno me cerró la boca y la nariz
mientras me decía «¡Que no muerdas la bolsa!». Las piernas me fallaron,
perdí la fuerza y lo veía todo negro […]
Mientras me volvía la conciencia, me di cuenta que me había caído para
atrás, que uno de ellos me sujetabapor detrás, por debajo de los
brazos, y otros dos, colocados uno a cada lado, me controlaban las
pulsaciones y los latidos del corazón […] Cuando me subieron, estaba
destrozada porque también me habían utilizado para hacerle sufrir a
Eneko […]
Cuando llegamos a algún lugar, me dijeron que me sentara y, sin
quitarme el antifaz, me dijeron «Vamos a leer tu declaración y luego vas a aprenderla de
memoria, subiremos arriba y la repetirás ante un abogado de oficio». Y
comenzaron a hacer preguntas que yo tenía que responder. Mis respuestas
no eran de su gusto y entonces me decían lo que tenía que decir. En un
principio protesté, pero luego me decían cosas como «¿Quieres que te
pongamos la bolsa? Todavía no has probado la bañera ni cosas peores, pero
tenemos a tu hermano localizado. ¿Quieres que te lo traigamos? ¿Quieres
abrazar a tu hijo?».
Me hicieron pensar que no había nada que hacer, que estaba en sus manos
y que podían hacer lo que quisieran. Estuvimos largo rato repitiendo la
declaración una y otra vez, hasta que la aprendí de memoria. Les
notaba contentos. Me dijeron que todo había terminado, pero eso no era
verdad.
Otra vez me sacaron del calabozo y me llevaron a otrahabitaciónn.
Hablaban tranquilamente, como si fueran amigos. En- tonces me dijeron
que me iban a presentar a un amigo de nombre «Bestia», el guardia civil
que golpeaba fuertemente a los detenidos. Oí el ruido de la puerta y
una fuerte voz me saludo y me contó algunos pasajes de mi vida. Pero
cuando se fue, en la habitación de al lado comencé a oír espantosos
ruidos, golpes, y gritos de sufrimiento mezclados con la voz de ese
«Bestia». Me puse muy nerviosa, llorando y temblando; con las manos me
tapaba los ojos y los oídos.
Me volvieron a llevar donde el forense. Era el cuarto día, pero aún
tenia que pasar el día y la noche con ellos. Con gran temor, pero pensando que era la ultima
oportunidad, le conté todo rápidamente. Otra vez me dijo que el
informe sólo lo leería el juez, nadie más. Yo le supliqué que no se
enteraran, que todavía me quedaba el día y la noche, y que si se
enteraban de algo me matarían […]
De pronto pararon enfrente de mi celda. Mi corazón saltó. «¡Anika!,
¿qué le has dicho al forense?». Abrieron la puerta y entraron. Estaba muy asustada,
aterrorizada. Comencé a temblar pensando que me matarían allí mismo.
Estaban muy enfadados, me dieron algún golpe y tirón de pelo, pero lo
peor fueron las amenazas y coacciones que me hicieron respecto a mi
declaración . Me repetían una y otra vez lo que debía hacer delante del
juez […]
Todavía duermo mal, tengo pesadillas y el dolor de las piernas no me
permiten descansar bien. Tengo la vista muy cansada. A menudo tengo
dolores de cabeza. No me concentro bien, difícilmente puedo leer y
escribir. Me ha costado toda una semana escribir esto, lo he tenido que
hacer poquito a poco.
Cuando estaba ante el juez, me preguntó si quería declarar o no […]Me
sentía totalmente perdida. Le pedí al juez que me ayudara. Yo no sabía
cómo empezar la declaración. Entonces comenzó a hacer las preguntas de
la declaración policial, y le dije entonces que no
quería declarar […]
Entonces, le pregunté si podía nombrar lo que me habían hecho para
torturarme, pero el juez me preguntó «¿Qué va a declarar? ¿Sólo lo que
usted quiera?» Me sentí mal intimidada, y no dije nada más […]
Lo escrito aquí no es suficiente para poder explicarlo. No se pueden
nombrar todas las cosas, porque siempre queda algo sin poner. Lo peor
es el terror que se siente y que no se puede describir, sólo se puede
vivir.
Anika Gil.