
Autora: Kathy Kelly (Voices for Creative Non Violence)
Foto: KABUL, AFGANISTÁN. (Haroon Sabawoon – Agencia Anadolu).
Traducción e introducción de Agustín Velloso
Tortuga
Fuente: https://www.counterpunch.org/2019/02/15/what-it-really-takes-to-secure-peace-in-afghanistan/
Kathy es una activista pacifista estadounidense y una de las coordinadoras de Voices for Creative Non Violence (http://vcnv.org/). Parte de su trabajo lo ha hecho en Iraq, Afanistán y Gaza.
Hizo su primeros pinitos como activista en 1978 y su trabajo ha debido de ser bueno en estos últimos 40 años porque ha sido detenida más de sesenta veces en EEUU y otros países. Además merece la pena leer lo que escribe pues sus crónicas y reflexiones destilan humanidad, amor, clarividencia, humildad y sentido común en el caso de que alguno crea que las tres primeras cualidades son cosa de otros tiempos muy, muy anteriores, o sea, los del Jardín del Edén, donde las peores pasiones del hombre estaban bajo el control de la razón y la voluntad.
En este artículo la política de Estados Unidos y sus aliados en Afganistán queda presentada no sólo como la acción asesina que es, sino que también se manifiesta ridícula y perversa en comparación con la que realiza algunos afganos que son víctimas de aquélla.
La constante vigilancia militar sobre los afganos no produce ninguna información de interés acerca de los problemas a los que éstos se enfrentan diariamente. Un raro grupo de voluntarios usa un enfoque completamente diferente.
Hosseis, un miembro del grupo Voluntarios Afganos por la Paz (Afghan Peace Volunteers, APV), que fue mi anfitrión durante mi reciente visita a Afganistán, se remangó para enseñarme una herida de casi ocho centímetros aún en proceso de curación. Unos ladrones entraron en su casa en Kabul y cuando fueron descubiertos uno de ellos acuchilló a Hossein.
Un coordinador de APV, Zekerullah, fue asaltado y agredido por una banda juvenil de ladrones a plena luz del día. A Ata Khan le robaron su máquina de fotos y su teléfono móvil en un parque también de día. Habib, un reciente graduado del programa de APV llamado Escuela para Niños de la Calle, sufrió agresiones de varios atacantes hace un mes.
“No tenía nada de lo que estaban buscando”, me dijo mientras me aseguraba que estaba bien aunque le duele el culo, que lo tiene erosionado, que es donde le pegaron.
Ataques como éstos –todos tuvieron lugar en los últimos seis meses- son predecibles en una caótica ciudad devastada por la guerra que absorbe refugiados todos los días. Algunos huyen de su tierra por la sequía y la falta de alimentos; otros huyen del terror de la violencia generada por los enfrentamientos de las partes en conflicto, lo que incluye a Estados Unidos. En 2018 este país lanzó 7.632 bombas sobre Afganistán, más que cualquier otro año desde que la Fuerza Aérea de Estados Unidos empezara a documentar sus ataques en 2006.
Según las Naciones Unidas, en los primeros nueve meses de 2018, hubo un incremento del 39 por ciento en el número de víctimas de los bombardeos comparado con el mismo periodo del año anterior. En Kabul, los bombardeos del Talibán y otros grupos se han convertido en un horror habitual. El desempleo en alza, ahora ente un 25 a un 30 por ciento, también afecta a la gente. La Organización Mundial del Trabajo (OIT) informó hace dos meses de que Afganistán tiene la tasa de desempleo más alta del mundo. Cuatro de mis jóvenes amigos tienen mucha suerte de estar aún vivos.
Están tratando de hacer las cosas mejor. Hace dos días, 35 jóvenes se congregaron para la séptima sesión de las doce que tiene el curso de orientación. Los temas eran: ecología, desigualdad, hambre y guerra. Muhammad Ali, de 20 años, dicta el curso. La APV tiene lista de espera de gente joven que desea participar en el próximo curso.
“La gente que viene a las clases busca información que nunca han conocido”, dice Muhammad Ali. “Reflexionamos sobre formas de hacer la paz y vivir con respeto hacia la naturaleza”.
La labor de Estados Unidos para mejorar las decadentes instituciones educativas de Afganistán han resultado totalmente inadecuadas. Los proyectos de reconstrucción estaban plagados de corrupción. Millones de dólares se han entregado a las milicias al tiempo que innumerables cargamentos de armas llegan al país. Los drones y los dirigibles surcan los cielos supuestamente en busca de “los malos”.
Pero la militarización de la sociedad y la constante vigilancia de cámaras por control remoto no arrojan ninguna información sobre los problemas que diariamente afectan a a los afganos que tratan de sobrevivir.
Las negociaciones sobre el futuro de Afganistán las condicen personas que están al mando de enormes arsenales y redes sofisticadas de inteligencia. El resultado sería mejor si la dirigencia estadounidense se tomara interés en el enfoque de “vigilancia” de la APV.
En contraste total con las operaciones de “inteligencia” que realizan los Estados Unidos y sus aliados en Afganistán, la APV continúa construyendo su base de datos, recogiendo detalles sobre las familias en dificultades y empobrecidas, a las que invitan a participar en proyectos destinados a mejorar su situación.
Desplazándose a pie, los voluntarios de APV recaban su información sentándose en el suelo con las familias en sus pobres casas, recogiendo con respeto sus declaraciones en sus cuadernillos de notas. Les preguntan sobre sus gastos de vivienda, el acceso a agua potable y si las familias pueden comprar judías para toda la semana. Las familias que apenas tienen ingresos o ninguno y dependen de las ganancias de un hijo para comida y alquiler son las primeras en ser admitidas a la Escuela de los Niños de la Calle.
Este año, más de cien niños se han juntado cada viernes para las clases de lectura, escritura y matemáticas. Para la APV las clases semanales de no violencia inspiradas en el curso que dirige Muhammad Ali son igualmente importantes.
Los niños aplican los que aprenden participando en los proyectos de APV. Ayudan a plantar árboles, cultivar los huertos y sirven comidas a los trabajadores. También se unen a los equipos de limpieza de las orillas de los ríos. Cada año suben a una montaña con sus cometas, lo que forma parte de la campaña “vuela cometas en lugar de drones”.
Las familias de los niños que participan en la Escuela de Niños de la Calle reciben una ayuda vital de arroz, aceite y judías. Los niños saben que están ayudando a sus familias a la vez que a sí mismos. Cuando les pregunto de dónde sacan la energía para coordinar las clases y otras actividades con la Escuela, Masoma, que ha estado en la Escuela desde sus comienzos, responde de inmediato: “Es mi pasión”.
Los miembros de la APV, preocupados por el futuro de cien niños que terminaron el programa de tres cursos el año pasado, han empezado a trabajar en la enseñanza profesional. También están formando cooperativas para un empleo futuro.
Tu posición en la vida determina lo que ves. Admiro la mezcla de idealismo y realismo de la APV a la hora de hacer “cosas que contribuyen a la paz”, incluso cuando les alcanza la ansiedad cada día por el caos y los sobresaltos de la vida en una zona de guerra. Están pendientes todo el tiempo de la gente necesitada. No temen compartir sus recursos. Cuando se enfrentan a la violencia contienen el ímpetu de venganza. Ven claramente lo inútil que es confiar su futuro y el de los más necesitados en fuerzas depredadoras que ya han explotado y matado gente con sus guerras asesinas.