
Gracias, Esteban, por tu testimonio y valentía en el artículo Lo de Linares del pasado 18 de febrero (1)
Déjame añadir que lo de Linares ocurre en todo el territorio nacional hoy y desde que tengo uso de razón.
Ha habido miles de víctimas, estudios publicados, denuncias en tribunales que suben y suben hasta llegar al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Por supuesto hay Constitución, prensa, Defensor del Pueblo y todo lo que se quiera, pero nada resulta suficiente para que sádicos uniformados dejen de matar, torturar, mutilar y golpear.
Voy a hablar de mi caso porque los episodios que he vivido se extienden hasta el confinamiento por la COVID-19, es decir, casi medio siglo, desde el tardofranquismo a la «democracia plena» de Pedro Sánchez y otros.
El 28 de septiembre de 1975 por la tarde había un funeral en la Iglesia de San José, en la calle de Alcalá, casi esquina a la Gran Vía, por los cinco últimos ejecutados por Franco el día 27.
La Brigada Político-Social de la Policía tenía conocimiento de esto y entonces los convocantes decidieron no celebrarlo, pero había que entrar y avisar a los que ya estaban dentro sin saberlo.
Al salir del templo un miembro de paisano de esa brigada me encañonó con una pistola en los riñones y me gritó: alto o disparo. Iba solo, a cara descubierta, por supuesto desarmado, andando pacíficamente sin más. Me detuve, claro está.
Un momento después los grises cortaron con sus vehículos un tramo de la calle y todos los que estaban en éste fueron empujados hacia el interior de los autobuses policiales.
Mientras un policía me estaba esposando en la calle, se acercó un compañero suyo, quizás un mando, y le dijo: a éste apriétaselas bien.
Probablemente estaban más acojonados que nosotros y los inútiles metían en los autobuses sin discriminar a familias enteras con niños además de algún izquierdista y otros despistados. La mayoría de los detenidos casualmente pasaban por allí.
Como la estulticia policial puede no tiene límites, igual que su maldad, pronto se les acabaron las esposas. Entonces mi suerte empeoró. Me soltaron una esposa y con ella esposaron la mano de un hombre mucho más bajo que yo y a cada movimiento se me clavaba más la mía en mi muñeca.
El dolor de los frecuentes pinchazos que me dejó el largo rato que la soporté sin atreverme a pedir misericordia me duró unos tres meses. Quería ir al médico porque no remitía, pero tampoco me atreví por si me denunciaba y volvía a empezar la historia.
Frente a la puerta lateral de acceso a la Dirección General de Seguridad (DGS) destinada a los detenidos (en la Puerta del Sol, hoy la sede del Gobierno de la C.A.M., originalmente la Real Casa de Correos) hicieron el pasillo los maderos, es decir, formaron dos filas y entre ambas pasaron aquellos y recibieron las primeras patadas y puñetazos sin venir a cuento.
Eso a pesar de que la gente iba pasando con la cabeza gacha, en silencio y con el miedo en el cuerpo desde que empezó el sarao, ¡qué fácil es maltratar a personas esposadas! ¡también resulta un espectáculo edificante y hasta divertido!
Dentro de una sala que me pareció grande fueron colocados de pie con la cara contra la pared y los iban clasificando entre coscorrón y coscorrón, de forma que la gente iba desapareciendo del lugar, supongo que bien a la calle, bien a los calabozos. A mí me dejaron aparte, siempre con la cara pegada a la pared y que sólo la despegaba cuando algún espontáneo me daba un tirón de los pelos para verme la jeta, suerte que las selfies no existían entonces. A falta de una explicación de nuevo supongo que me dejaron ahí hasta el final porque fui el que entró en la iglesia, dio la voz de alarma y salió a continuación de la iglesia.
En la sala había varios policías de paisano en movimiento de un lado para otro, algunos jugaban conmigo al policía bueno y policía malo. Me enseñaban fotos en blanco y negro de gente en diversas manifestaciones en Madrid durante semanas anteriores. Recuerdo que unas cuantas eran de un domingo en la Catedral de San Isidro, todavía no habían terminado la de la Almudena, cualquiera diría que para ser izquierdistas nos pasábamos el día en misa, pero ni por esas hubo intercesión divina.
Me señalaban a algunos mientras me decían que sabían que yo los conocía porque me habían visto con ellos. Querían que les identificara y les diese información sobre ellos. Claro que los conocía, juntos pegábamos carteles en las paredes, soltábamos octavillas donde podíamos, colocábamos pancartas en puentes, teníamos reuniones, etc.
Incluso pusimos en práctica una innovación. Hartos de ir de aquí para allá cargando con el cubo de plástico lleno con la cola, la brocha y la cartelería, se nos ocurrió pegar los carteles en la parte trasera de los autobuses municipales, concretamente el de la línea 52, que paraba en la puerta de mi casa y recorría Madrid hacia el centro para terminar en la misma Puerta del Sol. Esto era una maravilla de la técnica: propaganda antifascista en movimiento por la capital. Fue un éxito total que sin embargo se marchitó antes de llegar a la siguiente parada. Con el calor que despedía el motor se despegaba la cola, el cartel se desprendía y de andar tuvimos que pasar a correr detrás del autobús y poner más cola de mala manera, pero con el mismo resultado al final.
Creo que fue en una de esas innovaciones que nos paramos en el Parque de Berlín a descansar hartos de correr detrás del autobús. Nos pusimos a planear alguna barrabasada nueva. Aldo, un chico italiano, participaba en todo y era el más echado pa’ lante. A mí me parecía excesivo, aunque nunca hablamos de ello y no me dio tiempo a conocerle. Ya de noche cada mochuelo se fue a su olivo, pero Aldo se quedó en el parque. Al día siguiente apareció muerto allí mismo. Al parecer un indigente le perforó el cerebro a través de un ojo mediante una certera estocada con un paraguas. Nunca supimos qué pasó ni por qué.
También acudíamos a saltos, manifestaciones y mogollones. Los grises salían a nuestro encuentro a saludarnos con porras, botes de humo, botijos, o sea, los camiones con cañones de agua, caballos, vaya, lo que viene siendo para Pedro Sánchez ‘una democracia muy mejorable’.
De vuelta a la DGS, no recuerdo bien la actuación los dos polis, sí de que uno me amenazó con meterme agujas o palillos por las uñas si no cantaba, mientras algunos de sus compinches me avisaban: torres más altas que tú han caído, tú no vas a aguantar, quién te crees que eres, por aquí han pasado hombres grandes, me cago en… hijo de… y otras carantoñas por el estilo.
Otros se pusieron de muy mala leche porque no soltaba palabra. En mi ingenuidad no se me ocurrió que serían capaces de hacerme eso, pero si me enseñan los palillos me los tienen que meter inconsciente porque me desmayo del susto.
Al final me soltaron sobre la medianoche porque tenía 14 años y mi padre fue a recogerme. También recuerdo que primero saludó a los policías y a renglón seguido empezó a pegarme, así que, menos de cenar, a lo largo de esa tarde noche todo el mundo me dio lo mejor que sabía hacer.
El 30 de septiembre de 2000, otros valientes uniformados, soldados del ejército de ocupación militar de Israel en Palestina, asesinaron a tiros a Mohamed al Durrah, un niño de 12 años, lo típico en este tipo de ejércitos -como hace el de Estados Unidos y otros países occidentales en el mundo árabe y otros lugares- sólo que en esa ocasión este asesinato dio la vuelta mundo gracias a una oportuna grabación.
Uno de los medios más reconocidos por su amor a la verdad cum aversión a la manipulación, Wikipedia, lo dio a conocer sobriamente: “Incidente de Muhammad al-Durrah”, un titular que debería estar inscrito en letras de oro en todas las cabeceras de diarios, informativos y facultades de ciencias de la información.
El uno de octubre – justo 25 años después de salir de la DGS franquista- volví a entrar en otro calabozo, en esta ocasión por cortesía del gobierno democrático del Partido Popular, lo que vendría siendo para Pedro Sánchez una democracia medio plena.
Fuimos un puñado de personas a concentrarnos ante la embajada de Israel para condenar ese asesinato. Hay que saber que ese día -como otras veces- había más policías de las Unidades de Intervención Policial (UIP) que concentrados. Como si recibieran sus órdenes de la embajada, nos obligaron a retirarnos a otra calle, donde no se nos podía ver ni escuchar porque el edificio del antiguo NO-DO la tapaba por completo.
Treinta, quizás cuarenta personas, paradas de pie, algunas ancianas, todas perfectamente identificables, controlables, lejos de la embajada y rodeados por lecheras, no podían ser un peligro para nadie, pero será por el plus si entran en acción o por el gustillo de dar unas hostias a los moros y sus secuaces, surgió un conato de tángana al intentar colocar una peligrosísima pancarta de dos metros cuadrados en un muro de ladrillo alusiva al asesinato.
Para mediar entre un policía y un concentrado con el fin de que la discusión no llegara a más, me interpuse entre ambos sin tocar a ninguno, pero en vez de darme las gracias y un abrazo, el policía me llevó detenido a la lechera. No me resistí, ya que no quería buscar problemas sino solucionarlos y pensé que era para identificarme. Ocupé el asiento al lado de la puerta que curiosamente dejó abierta y yo a la espera de que volviese el oficial.
Llegó y lo mismo, ni buenas tardes, ni besos, ni nada, sin mediar palabra empezó a darme puñetazos, un acto de cobardía sideral por estar ya detenido, desprevenido, sin provocar, siquiera haber dicho una palabra. Cuando se cansó, se dio la vuelta y ordenó que el coche saliera hacia la comisaría. Solamente me llevaron a mí.
Con el autobús en marcha y quizás media docena de policías todos juntos en los últimos asientos, escuché esto: a ver quién le lee ahora sus derechos, no va a entender nada. Como soy moreno de piel pensaron que yo era moro y claro, lo bueno de las hostias es que se entienden bien en todos los idiomas. Me estaban diciendo: no tienes derecho alguno, podemos hacer lo que queramos, te jodes y como me mires a la cara, te la pongo del revés.
Me llevaron a la Comisaría de Moratalaz, cuando mi ‘crimen’ se había cometido cerca de la comisaría de Chamartín, en la Avenida de Pío XII.
Tras dar los datos de rigor, me bajaron por unas escaleras a un chabolo con vistas a la pared que por no tener no tenía ni pintura. Me quitaron el cinturón sin explicaciones, así que no me pude ni suicidar con la camisa por la vergüenza de que el ABC me sacara en una foto con los pantalones caídos y en paños menores con su habitual veracidad: Terrorista se ahorca con su ropa al verse sorprendido atentando contra la embajada de Israel. El cinturón que podría llevar los explosivos fue detonado por un experto artificiero tras desalojar la policía los edificios colindantes, etc.
De allí salí otra vez a medianoche, de nuevo con ayuda exterior, sin ver un abogado, algo de comer ni beber, un médico, hacer una llamada, tomar medicinas, a pesar de que les dije que estaba con gripe y había salido de casa sin la dosis de la noche pues no tenía previsto acudir a otra fiesta con los guindillas.
Si esto le ocurre a un funcionario de carrera del Estado por ser algo moreno, de nuevo perfectamente identificable y deseoso de hacerlo, ¡qué es lo que no les pasará a los negros, latinos y otros que no hablan español, quizás no tienen papeles y sobre todo no son vistos como seres humanos por alguna deficiencia del observador!
Al poco tiempo me llegó de un juzgado de la Plaza de Castilla una nueva invitación para charlar entre amigos sobre mi agresión a tres policías de las UIP. En la sala me pidieron cárcel, multa, etc.
Al loro con la imaginación de la fiscal de Madrid que me tocó quizás por casualidad: Un hombre solo, con sus simples manos, aunque cuidadas con esmero, contra tres maderos disfrazados de Maldeman y con más armas que el Séptimo Regimiento de Caballería con el general Custer a la cabeza, lo que viene siendo bastante normal para una recua de ministros que hablan de democracia por no callar y joder un día pasable a la plebe.
Brevemente: a las preguntas de la abogada defensora, Doña María del Amor Hermoso y Madre de los Desamparados, que Dios bendiga para que yo siga besando sus pies, el primero respondió que no me reconocía, el segundo que no recordaba si yo portaba un objeto contundente y el tercero, quien había denunciado por lesiones, que se le había entendido mal, que le dolía la espalda por haber dormido el día anterior en una mala posición.
Por ese sainete con absolución, mofa de la Constitución y derroche del dinero público, a la salida del juzgado tuve que gastarme una pasta en celebrar mi libertad con la claque en un bar de la Plaza de Castilla. ¡Qué lejos estaba de saber lo que me esperaba!
Quizás un mes después me llegó otra invitación, esta vez de la Delegación de Gobierno. Me ofrecían la bicoca de pagar mil o dos mil euritos (no recuerdo) a cambio de olvidarse de todo. Por lo visto el poder judicial y el poder ejecutivo se llevan regular tirando a mal, pero encuentran el modo de amigarse y demostrar raudales de lealtad, patriotismo para castigar sin descanso a simples disidentes y si te escapas del fiscal, ya está al quite el delegado, que te roba la cartera. Lo que vendría siendo una democracia de pago para demócratas molestos.
No lo hacen tanto porque te tomen cariño tan altos servidores públicos como por quebrar tu aguante. Entre la persecución, el miedo a que el juicio termine en cárcel, el sablazo de la multa gubernativa y de los convites a los colegas que te esperan a la puerta con hambre de seis semanas, parece que la gente se piensa más lo de meterse en líos, al menos eso espera la pasma.
Otros veinte años después, en democracia plena, por lo que dicen al pueblo sus conductores, a pesar del “todo es cierto… salvo alguna cosa”, según Rajoy, Intxaurrondo, el paseo por Iraq, el horror del Tarajal, los ocho días concedidos por Sánchez a Maduro y tantos otros actos que llenarían un diverso y precioso Manual de Democracia Plena, Plena de Gratia, tampoco nos falta de ná.
En plena pandemia volvía hacia casa caminando por la calle cantando como Joselito tras comprar pan para la comida de mediodía y de repente, desde un coche policial, como en las películas de Hollywood, saca la cabeza por la ventanilla un policía y me dice: ven pa’quí. Creí que era un anuncio en directo de la décimo sexta entrega de Torrente, el brazo tonto de la ley:
¿Dónde vas?
A casa (con la barra en la mano, aún caliente y a la vista)
¿Tienes el tique?
Aquí lo tengo (después de 40 años de éxito como desviado social, iba preparado por fin)
Lo ve, me mira, lo vuelve a ver, vuelve a mirarme, se hace un tenso silencio mientras tanto. El conductor, un hombre maduro y con muchas tablas, pregunta al joven del asiento del copiloto que aún sostiene en sus manos el tique como si fuera el Código de Hammurabi: ¿es bueno, es de hoy? Contesta el otro: sí. Al maduro le faltó decir, menudo cabronazo estás hecho, seguro que lo has pedido para joder, pero en vez de confirmarlo cambió al interrogatorio de luxe:
¿Quién más vive en la casa?
Mi hija
¿Cuántos años tiene?
14
¿Por qué no va ella a por el pan?
Siguió una serie de preguntas provocadoras sin sentido, por no decir sin derecho alguno, les van a pagar lo mismo si realizan un interrogatorio decente o mejor aún ninguno, pero así pueden pasar un rato satisfaciendo su sadismo subvencionado.
Como tuve la suerte de mantenerme relajado no salté ni con el último intento del que parecía el jefe: Bueno, te puedes marchar, a ver qué te inventas la próxima vez que te paremos
Este caso desagradable pero menor no impide al jefe del gobierno del PSOE y los ministros garantizar hoy mismo sin sombra de duda que “España es una democracia plena”.
Lástima que las noticias y el CIS no hayan preguntado a las víctimas de Linares y otras que han tenido encuentros con ciertos miembros de las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado.
Aunque son quienes más experiencia tienen para hablar de esa maravilla de normalidad, la prensa suele preguntar a los que se sientan en el Hemiciclo con la protección de sus muros, fuerzas de seguridad, coches oficiales, etc.
Durante la dictadura -obviamente- pero también en el remedo de democracia que la ha seguido, el poder, tanto de izquierdas (es un decir) como de derechas, no ha querido de ninguna manera cambiar esta situación que Esteban define como “el poco o nulo control que ejerce la policía sobre sus agentes.”
En esto disiento de Esteban: no es solamente ni principalmente ese control lo que facilita hechos punibles como los de Linares y -hay que repetir- muchos otros,
alguno como el horrible del Tarajal.
Los que más sufren esto son los emigrantes, los diferentes, los que viven en los márgenes de la sociedad, los presos, los que se conoce como ‘desechables’. Pero también otras personas que el poder identifica como enemigos: manifestantes en general, aunque también titiriteros, músicos, desahuciados, estudiantes, ancianos, trabajadoras precarias, disidentes sin más, en general todos los perjudicados por un capitalismo desbocado.
Ese control de la jefatura policial -suponiendo que se lleve a cabo de alguna manera- es el último recurso antes de que un policía se descontrole por su cuenta, pero no es ninguna garantía.
Tampoco se trata de un problema de unos cuantos policías macarras. Una cosa es que no se pueda evitar por completo el problema y otra es que no se haga lo posible para conseguirlo e incluso exista una permisividad que no es moral ni legalmente admisible. Esta corrupción en esas fuerzas inevitablemente produce gangrena entre sus miembros.
Se trata de la impunidad de la que disfrutan y el porqué. ¿Se puede imaginar un tendero que de una hostia al cliente por no llevarse un producto que le quiere colocar y que si se queja le da otra y así hasta que se cansa o acaba con el cliente?
Es impensable, sin duda. Entonces lo que hay es un uso torticero de la policía por parte del poder.
No hay atajos para que la justicia reine en una sociedad, si los poderes del Estado no hacen justicia, se convierte en un promotor de anti-sistemas, mejor dicho, se convierte en un anti-sistema él mismo contra la población.
La policía tiene un doble trabajo aunque a primera vista parece uno solamente, pero no es así. Persiguen a delincuentes, sí, protegen a personas, sí, velan por la seguridad general, sí. También los hay que se sacrifican y hasta dan la vida.
Ojalá no hiciese falta, pero no se cambian las condiciones económicas y sociales en vez de usar la represión, el abuso y la delincuencia estatal para controlar a la gente.
¿Cui prodest? Ni el marginado ni el que protesta, tampoco la sociedad en bloque.
¿Quién saldría a la calle si no estuvieran otros en la cárcel o sin derechos humanos?
¿Quién hablaría mal de la policía si nunca hubiera recibido un porrazo, un insulto, una amenaza o algo peor? ¿Acaso no se habla mal de un padre o un marido maltratador?
El otro trabajo, en realidad el principal, es proteger al poder, ojo, no solamente el político, sino que también el económico. Ambos tienen todo lo que le han arrancado a la población: vida decente, leyes justas, acción política decisiva, no la del timo de la iniciativa legislativa popular. Como no hay forma de lograr justicia mediante políticas canallas, echan mano de la represión para castigar la reacción lógica: la protesta.
Usan a la policía para evitar que se desmanden los descontentos de la globalización, como ya se ha escrito bastantes veces.
Se promueven leyes de control social como la Ley Mordaza y si no alcanza se usan las argucias y tropelías necesarias para mantener el control sobre las masas. El que se atreva a violar esa ley sufrirá las consecuencias y si entre éstas está una paliza, el encarcelamiento, la pérdida de un ojo, un miembro, la vida y hasta la muerte, sea antes que soltar el poder.
Se trata de algo como un pacto no escrito, un quid pro quod, la policía defiende al poder de la ira de las masas y a cambio el poder la recompensa de forma dineraria, psicológica y judicial.
El resto de la gente pierde siempre. En alguna ocasión las víctimas más perjudicadas suben peldaño a peldaño por las escaleras de un tribunal a otro y así hasta llegar a la justicia europea y ya se conoce su dictamen, pero nada altera el statu quo.
En el mismo momento en que el poder actuase con justicia, los policías dejarían de actuar como se ha visto, las condenas serían demasiado largas y costosas para quien se atreviese a cometer un delito y pasarían a defender a toda la población, si es que ésta tuviera necesidad de ello, pues “el fruto de la justicia es la paz y la quietud y la confianza reinarán para siempre” como dijo el profeta Isaías (32:17).
No hay sesión parlamentaria, menos aún declaraciones de políticos podridos hasta los huesos, ni medios de comunicación canallas, que desmientan a Isaías, que profetizó lo del Tarajal, lo de Linares y todo lo demás en el siglo VIII a.C.
(1) Esteban Navarro Soriano, Lo de Linares 18 de febrero de 2021, https://www.grupotortuga.com/Lo-de-Linares