
Nadie les pide que sean ángeles, sino tan sólo eficaces como guardianes de la paz. Pero los cascos azules no son una cosa ni otra. Demasiadas veces ya, las tropas de Naciones Unidas han demostrado que no valen para garantizar la seguridad de las poblaciones indefensas a las que teóricamente se encargan de proteger. Lo he comprobado a lo largo de los años en distintos rincones del mundo.
En julio de 1995, catorce meses después de asistir al genocidio que no fueron capaces de evitar en Ruanda, me tocó informar de la matanza propiciada por la pasividad culpable de los soldados holandeses en Srebrenica (Bosnia). Entre ambas tragedias, me decepcionaron los paquistaníes atrincherados en Mogadiscio (Somalia), cuidando únicamente de impedir que un balazo les impidiera disfrutar de la cuantiosa paga atesorada durante meses, cuando regresaran a su país. Podría citar muchos escenarios donde la actuación de los cascos azules me ha indignado, unas veces por su cobarde inhibición y otras por su incompetencia, cuando no por su corrupción.
Uno de los peores sitios fue Liberia, en mayo de 2005, tras la devastadora guerra civil. Lo menos grave era que en los mercados de Monrovia se comerciara con alimentos y bienes de la intendencia militar de la ONU. Que las tropas de Bangla Desh estuvieran encadenadas a sus armas para evitar que se las robasen (véase la imagen congelada de la filmación que hizo mi compañero Jesús Mata) no pasaba de ser una vergüenza castrense. Lo más indignante era que las fuerzas internacionales solo dispusieran de cinco policías para controlar a 60.000 soldados distribuidos por todo el país. Su jefa, una mujer valiente llamada Celhia de Lavarene se lamentaba de su impotencia para combatir la trata de blancas y otros tráficos criminales. ‘Sólo podemos hacer algo en la capital –nos confesaba– y tampoco podemos contar con ayuda de la policía local porque está implicada en el tráfico.’
Entretanto, en el interior del país era un secreto a voces que los cascos azules contrataban como sirvientas a niñas por un dólar diario y abusaban de ellas dentro de sus propios cuarteles. El Congo es el más reciente fracaso de las fuerzas de paz de la ONU. Para paliarlo se discute una ampliación de sus efectivos. Pero no se habla de reestructurar su funcionamiento. Ni tampoco de investigar sus responsabilidades y castigar a los culpables. Los cascos azules son un mito. Y muchas veces, una vergüenza.