
El que en Europa presentan como líder de la nueva izquierda latinoamericana, Rafael Correa, acaba de perder uno de sus apoyos sociales, el de los pueblos y comunidades indígenas. Ellos lo alzaron al poder cuando Correa era la promesa para el avance de los derechos de los pueblos y de la sociedad.
La mayor de las organizaciones de los indígenas en Ecuador, la Confederación de las Nacionalidades Indígenas del Ecuador, acaba de declararse en lucha contra ese líder de hojalata que comienza a parecerse cada vez más en sus modales a la endémica tradición caudillista y autoritaria de la región y a defraudar las expectativas de verdadero cambio que lo elevaron sobre los contendientes.
Los indígenas le acusan de haber violado de constitución nacional, de gobernar para el paradigma neoliberal y contra el pueblo y han convocado una gran marcha por la vida y la dignidad de los pueblos, que comenzará en la privincia de Zamora y llegará a Quito hacia el 22 de marzo.
Correa ha convocado a su facción a manifestarse en su favor para defendes su “democracia revolucionaria”, pero es muy dudoso que una manifestación convocada desde el poder sea algo más o mejor que pura propaganda.
Tal vez una democracia revolucionaria no debería permitirse índices de pobreza extrema y exclusión de más de un tercio de la población del país, ni que ésta exclusión esté tan sospechosamente mal repartida. Tampoco parece oportuno que los índices de atención social, sanitaria o de justicia social sean tan pésimos a la par que sube el gasto militar y la desigualdad regional y de clases sociales. Tampoco vemos lo revolucionario de imponer una minería intensiva que deprede la naturalza y que desvincule a la gente con la madre tierra a cambio de un poco de lucro para los de siempre, o que se cercenen derechos y libertades básicos ante cualquier atisbo de crítica al líder carismático.
Los proyectos racionalistas y modernizadores del caudillismo americano siempre han sido muy negativos para las sociedades y Correa, que se postulo en franca oposición a ellos, debería saber sacar consecuencias.
A la protesta indígena se han unido otros colectivos sociales de amplia repercusión, como sindicatos de maestros, grupos de izquierda y sociales y otros, pero Correa ha tenido la brillante idea de tacharlos a todos de derechosos.
Nosotros esperamos que el pueblo empoderado y movilizado consiga en Ecuador y en otros sitios romper con siglos de marginación y promover más justicia social y más dignidad para todos. Por eso nos alegra conocer su estrategia de desobediencia noviolenta para conquistar sus derechos pisoteados.