El núcleo más antiguo de los cuentos maravillosos deriva de los rituales de iniciación tan frecuentes en las sociedades primitivas como en las nuestras.
 
En mitos somos tan analfabetos como siempre. Primero elegimos, después acumulamos razones para elegir, la razón es tan esclava de las pasiones como siempre. Los ritos y los mitos se engranan interminablemente. Con las ceremonias los imponemos, como carácter imponían los sacramentos (sacrum facere). Una y otra vez inocencia es ahogada por ellas, una y otra vez con su repetición: The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere/ The ceremony of innocence is drowned;/ The best lack all conviction, while the worst/Are full of passionate intensity.

   El agua no sólo sirve para ahogar la inocencia. Lo que el agua hace es descrito por medio de varios verbos diferentes: los dedos, la cara, la boca se enjuagan; las ropas se lavan; el cuerpo y los pies son bañados al lavarse… el agua puede a veces tanto purificar como limpiar. En donde esa costumbre es más evidente es en el lavado de los muertos. La costumbre está testimoniada desde Homero, y ha permanecido hasta nuestro siglo XX como un rasgo común de los rituales funerarios cristianos, judíos y musulmanes desde Marruecos hasta los Urales… muy frecuentemente por las mismas mujeres que lavan también al recién nacido.

  Ceremonias para nacer y para graduarse, ceremonias para casarse y para morir. La ceremonia del examen que consigue la transubstanciación del saber profano en saber sagrado, ¿verdad, doctor? La ceremonia de la manifestación con la que esperamos cambiar las cosas, la ceremonia de la fiesta que prepara una metamorfosis, la de la huelga para encontrar mejores condiciones de trabajo, la del casorio con la que deseamos buen viaje a los recién casados.

  Cuando decimos como Pascal, “actúa como si creyeras y creerás, la fe vendrá por sí sola”, estamos diciendo que si te prestas a actuar es porque en el fondo crees, delineamos un mecanismo reflexivo intrincado de fundamentación “autopoiética” retroactiva que excede de lejos la afirmación reduccionista de que la creencia interna depende de la conducta externa. Es decir: arrodíllate y creerás que te arrodillaste a causa de tu creencia; o sea, respetar el ritual es una expresión/efecto de tu creencia interna; en resumen, el ritual “externo” genera performativamente su propio fundamento ideológico.

   Creer directamente, sin la mediación externa de un ritual, es un gran peso, opresivo y traumático, al cual, a través del ejercicio de un ritual, uno tiene la posibilidad de transferir a Otro. ¿Es realmente merecida la autoestima que obtengo mediante proezas “reales”? ¿No se trata más bien de que a causa (no sólo de la injusticia social, sino) de la separación entre el nivel de los logros reales y de su reconocimiento en un ritual público, el reconocimiento añade algo a la “hazaña real”? Ese regalo que nos dan los demás no nos lo dan las drogas. Pero en cierto modo es tan artificial, tan ajeno a nosotros, tan alienante, como ellas.

    ¿Recoger los frutos del jardín de la hipocresía o en la realidad de los nuevos órganos en la sala de proyección? Hacer como si creyeras para acabar creyendo, parecer una cosa para que te acabe siendo difícil ser otra, hacer como si te gustara para que te acabe gustando. Gestos de lamento para ver si valen para que el verdadero dolor no se presente, rituales de duelo para que la ausencia del allegado golpee menos, fantasías maníacas no sólo para defendernos de la tristeza de las depresivas sino para que valgan por la alegría que quizás no sentimos de modo suficiente.

  Te matamos (recitan los ainos en el ritual de osos) para que el año próximo puedas volver de nuevo entre nosotros y poder volver a matarte. Si el sueño de la razón produce monstruos ¿no sería razonable tratar de comprender nuestros propios monstruos, en lugar de proyectarlos fuera de nosotros, matándolos y matándonos, en y a través de un ritual de temor y temblor? Los portadores de símbolos mantienen el orden político. La comunicación ritualizada le confiere un carácter duradero. Los mass-media no solamente son medios de transporte simbólico sino comunicaciones ritualizadas. El núcleo más antiguo de los cuentos maravillosos deriva de los rituales de iniciación tan frecuentes en las sociedades primitivas como en las nuestras.

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