Extractos del capítulo «Un anillo para gobernarlos a todos», del ensayo «El ladrillo de cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla», de Pablo San José Alonso. Ed. Revolussia, diciembre 2019.


A medida que el sistema político y económico se ha ido haciendo más y más complejo, y la sociedad, dejando atrás formatos más y menos descentralizados y disímiles, se ha ido homogeneizando, la forma de dominación y control de las personas de dicha sociedad, tanto del primer como del tercer mundo, también ha adquirido mayores cotas de sofisticación. El centro de poder, paulatinamente, va actualizando, cuando no generando de nuevo cuño, mecanismos, estrategias y tecnologías concretas que le permiten mantener a la población bajo control. Cuando pensamos en esas estrategias inmediatamente nos vienen a la mente figuras como la policía, las cámaras de videovigilancia o las pantallas adoctrinadoras. Sin embargo, hay un instrumento de control que es previo a todas estas instancias y mucho más poderoso que ellas. Presente desde siempre en toda cultura humana: la capacidad de cada sociedad de autorreproducirse, autoproyectarse hacia sus sucesivas generaciones. La simple transmisión de la cultura, la inercia de una sociedad concreta —el «habitus» del que hablaba Pierre Bourdieu—, a los nuevos integrantes de esa sociedad es el mejor antídoto para conjurar posibles desafíos a su modelo estructural. En las sociedades primitivas, cuya estructura no tenía gran complejidad y además estaba funcionalmente adaptada al medio, esa transmisión era automática, sencilla y de carácter total. En una sociedad gigantesca, tecnologizada y compleja como la nuestra que, además, está en evolución constante, esa autorreproducción se vuelve mucho más complicada pero, a la vez, imprescindible para los intereses de quienes la rigen. Éstos, a diferencia de lo que acontece en las sociedades primitivas, se dotarán de la capacidad suficiente para distinguir los datos que desean que sean autoperpetuados de los que les resultan a extinguir, ya que no favorecen su interés de grupo, y de medios para lograrlo. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) proponía la metáfora del guardabosques y el jardinero. Según la misma, las sociedades primitivas, por su simplicidad, se autorreproducen de forma espontánea, siendo la función del poder similar a la de un guardabosques que cuida la finca y vive de la recolección de los frutos maduros. En cambio, la complejidad de la sociedad contemporánea hace imposible su replicación espontánea, siendo necesario que la dominación adopte el rol de un jardinero que cuida, planta, riega, abona, cosecha y elimina malas hierbas. Más adelante volveremos a este ejemplo.

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Según Bourdieu, y en esto sigue a Foucault, en las sociedades contemporáneas el poder central tiende a esconderse, a difuminarse, a buscar formas de ejercer la dominación sutiles, inconscientes, que, lejos de despertar reticencias, conciten la adhesión voluntaria de los dominados. Así, más allá del empleo de medios coercitivos que regulen los comportamientos, el objetivo será poder controlar qué piensa la gente, cómo comprende la realidad y —sobre todo— cuales son los límites de ese pensamiento; qué cosas están fuera de lugar, son anormales, están en contra de lo que piensan los demás, ofenden al sentido común. Ya reflexionábamos sobre ello en el capítulo «hay que mirar más lejos». La violencia simbólica circula por las carreteras de la comunicación (sistemas de educación, mass media, expresiones culturales como películas, letras de canciones, etc.). Dirigida desde el centro de poder hacia los gobernados, se convierte en «estructurante»: crea estructuras mentales, imaginarios. Ciertos mensajes son sutilmente legitimados, al tiempo que se desacreditan otros. Al final, la gente acaba siendo obligada a pensar lo que tiene que pensar desde un marco comunicativo de legitimidad, no mediante una descarada coacción, como podría ser la censura o la formación explícita de masas.

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Todo el sistema se apoya en hacer creer a los dominados que no hay tal dominación: que la autoridad es democrática y que, precisamente por eso, por ser una autoridad democrática, todos deben someterse libremente a ella.

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