
JOSÉ MARÍA TORTOSA
Vuelvo a citar un texto de George Orwell que, en «Mil novecientos ochenta y cuatro», atribuía a Emmanuel Goldstein. Dice así: «A lo largo de los tiempos históricos […] ha habido tres clases de gente en el mundo: los de Arriba, los Intermedios y los de Abajo […]. Los intereses de estos tres grupos son completamente irreconciliables. El propósito de los de arriba es el de seguir en su sitio. Los de en medio quieren ocupar el lugar de los de arriba. La aspiración de los de abajo, si es que tienen alguna -ya que es una característica permanente de los de abajo, que viven tan oprimidos por los trabajos penosos, el no ser, sino de vez en cuando, conscientes de algo diferente a sus afanes cotidianos-, es la de abolir todas estas distinciones y crear una sociedad en la que todos los hombres sean iguales […] Desde el punto de vista de los de abajo, ningún cambio histórico ha significado algo más que el cambio de nombre de sus amos».
El libro se escribió en 1948 y lo traigo ahora a colación no por la lucha de clases de «los de abajo» contra «los de arriba», que, como Orwell, creo que no es muy frecuente. Lo recuerdo por dos cosas: porque recuerda que los intermedios lo que quieren es sustituir a «los de arriba» (es decir, que el sistema permanezca inalterado, con el único cambio de los que están «arriba»: cambia de lado la tortilla pero sigue siendo tortilla) y porque señala algo que, normalmente, no se tiene en cuenta, a saber, que «los de arriba» quieren seguir en su sitio para lo cual, añado, se dedican a la lucha de clases más frecuente, a saber, la de «los de arriba» contra «los de abajo» ya que, para seguir en su sitio, no sólo tienen que evitar que los intermedios les sustituyan sino que han de mantener a «los de abajo» en ese puesto para que las cosas sigan como dios manda. Esta división tripartita puede aplicarse no sólo a las clases sociales que, por cierto, hay quien dice que ya no existen e, izquierdistas, afirman que han sido sustituidas por la «multitud» o por los «consumidores» o por los «estratos sociales». Se aplica también a instituciones como la universitaria y, por lo que ahora toca, a las comunidades autónomas que conforman el Estado español según unos o que se confrontan con el Estado español según otros, pero ésa es otra historia. La historia de hoy es uno de los trucos que las comunidades «de arriba» (o, para ser exactos, «los de arriba» de las comunidades «de arriba») utilizan para justificar que quieran seguir arriba, a saber, la idea de que quien más aporta a las arcas del Estado tiene que ser también quien más reciba de él. No tiene mucho sentido ya que olvida la función redistributiva de la fiscalidad: se recauda para repartir, no para devolver. Pienso que no tendría mucho sentido que hubiese servicios públicos en función de la renta de forma que los más ricos tuviesen mejor sanidad y educación públicos (no hablo ahora del sector privado, que ésa también es otra historia) mientras que los pobres tuviesen unos servicios públicos acordes con su baja cotización, si es que cotizan, llegando al extremo de negar servicios públicos a quienes careciesen de fortuna.
Volvamos a Orwell y al pesimismo que hace expresar al malvado Goldstein y que se utiliza para mantener el statu quo. Me refiero al pesimismo de suponer que «los de abajo» siempre seguirán abajo. No es del todo cierto: pienso, por ejemplo, en Santa Cruz que está económicamente arriba en la Bolivia contemporánea gracias al petróleo pero que estuvo abajo en tiempos del estaño. Nada es eterno. Y no necesariamente el destino de «los de abajo» es ver cómo cambian sus dueños pero sin que cambie su situación. Vuelvo a poner un ejemplo boliviano, siendo mañana su fiesta nacional. Algunos criollos se enojan con Evo Morales por reconocer éste la aplicación de ese principio orwelliano: los indígenas, pueblos originarios, que fueron conquistados por los españoles, con la independencia no vieron cambiada su situación prácticamente en nada. De hecho, y no sólo en Bolivia, la condición de los indígenas empeoró notablemente con casos extremos de genocidio practicado por los criollos ya independientes. Creo, pues, y el llamado «diálogo social» ha sido un caso más, que, de haber lucha de clases, es por parte de «los de arriba». Nada nuevo bajo el sol.
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