Desde hace algunos siglos puede entreverse cómo la conciencia colectiva del concepto de «muerte» ha sufrido un menoscabo de su omnipresencia y fuerza plástica. En sus últimas etapas, este proceso se ha acelerado. Y, en el transcurso del siglo XIX, la sociedad burguesa, mediante dispositivos higiénicos y sociales, privados y públicos, produjo un efecto secundario, probablemente su verdadero objetivo inconsciente: facilitar a la gente la posibilidad de evitar la visión de los moribundos. Morir era antaño un proceso público y altamente ejemplar en la vida del individuo (piénsese en los cuadros de la Edad Media, en los que el lecho de muerte se metamorfosea en un trono ante el que se asoma apretadamente el pueblo a través de las puertas abiertas de par en par de la casa donde se recibe la muerte). En el curso de los tiempos modernos, morir es algo que se aleja cada vez más del mundo perceptible de los vivos. En otros tiempos no había casa o habitación en la que no hubiese muerto alguien alguna vez. (El medioevo experimentó también especialmente lo que, en un sentido temporal, expresó tan significativamente la inscripción de un reloj solar de Ibiza: Ultima multis -para muchos, la última-.) Hoy los ciudadanos son como pobres inquilinos de paso en una falsa eternidad, residen espacios inmaculados y sin que la muerte haya dejado en ellos su paso, hasta que, en el ocaso de sus vidas, son aparcados por sus herederos en sanatorios u hospitales.

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Texto tomado de «El Narrador», artículo de Walter Benjamin incluido en «Iluminaciones». Taurus, Madrid 2018.

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