
«El árbol de la vida» (The tree of life, Terrence Malick, 2010) es la suma de todo lo que debo destruir para sanar. Hablo de mí porque soy lo único que conozco. Apenas. Mi cuerpo ha reaccionado a las imágenes de «El árbol de la vida» como si intentaran sumergirlo en un baño de pestilencia cinematográfica. En el extremo aparentemente superior de mi cuerpo está mi cabeza, a la que el cuerpo envía sus señales para recordarle que esa superioridad aparente deriva del hecho de que aún no he aprendido, por desgracia, a pensar con los pies y a andar apoyada sobre mi cerebro.
Desde ese analfabetismo sé, porque mis huesos terminan imponiéndose a la educación y el dolor no se deja compartir, que cualquier discurso sobre una comunidad es una mentira. Mi «semejante» es radicalmente distinto. Lo único que puede rozarlo es mi soledad, contaminada fatalmente por el lenguaje. Porque no vengo de un útero ni de una organización celular ni de un bing-bang cósmico sino de un relato. A veces me pregunto cómo me enamoraría si no me hubieran hablado del amor.
Todo relato que pretenda incluirme es un ejercicio fascista. En «El árbol de la vida» no hay lugar para mi desorden genético. No hay lugar para lo pequeño, lo anómalo y lo impuro. Alguien supone cómo soy y me relata que hay detrás y más allá de los dos hechos que menos me importan en mi vida y de los que no tengo ni tendré registro alguno: dónde estaba antes de nacer y a dónde iré cuando me muera. Me lo cuenta (es decir, habla por mí y me miente) como si lo supiera y como si esa información pudiera redimir este mientras tanto. Este mientras tanto es mi única experiencia y para que me pertenezca de algún modo debo emanciparla de los mandatos, de la tradición y de la propiedad.
Tengo que matar a Dios, a mis escuelas y a todos mis gobiernos. Tengo que matar a mis padres para quererlos después, si mi cuerpo decide aproximarse a sus cuerpos que ya han cambiado de estado, sin que yo pueda ver ahora a mi padre con estos ojos o comprender el lugar desde el que mi madre habla con las cosas. Debo matarlos aunque supuestamente se hayan ido, para que no sigan hablando por mi boca.
«El árbol de la vida» intenta inocularme su pedagogía venenosa. Su veneno no es la grandilocuencia, porque si así fuera habría que dinamitar la ópera o el marxismo. Hay ambiciones que pueden aflojar algún eslabón de mis cadenas. Su veneno tampoco es el kitsch, entendido como la negación absoluta de la mierda del mundo. Su veneno es el conservadurismo, esa vocación de hablar de todo para que nada se mueva de su sitio, ese magisterio tranquilizador que tiene la respuesta a las Grandes Preguntas y las responde con letras mayúsculas y música clásica. No desprecio «El árbol de la vida» porque funcione en un plano anestésico. La desprecio porque despliega como una bandera todo lo que tengo que volar para poder sentirme. Porque es una película de banderas, que ofrece protección a cambio de soberanía.
Como buena soga voluntaria de ahorque, está impregnada de confortables destellos luminosos, regada constantemente por una manguera o una catarata purificadora y afectada por la peste de la larga duración. Un Gran Relato no puede contarse corto. Tiene que decir a chorros, subrayar lo que dice con una voz en off que recite un manual inofensivo y volver a subrayarlo con la banda sonora de la Alta Cultura. Para eso molestaron a un especialista en efectos especiales no digitales que se había jubilado, le pidieron malabarismos de iluminación en luz natural a un experto en fotografía y le encargaron partituras de ocasión a un compositor que aceptaría en su programa de mano cualquier teatro de Prestigio (definir un término equivale a gritar, es decir, a hacer ruido).
Un Gran Relato aplana las historias bajo el peso opresivo y protector de la Historia, se pasa por el culo la sociología y vocifera desde su estrado sin miedo ni mugre que pasamos de los dinosaurios a la familia monogámica, aria y heterosexual. Papá nos pega pero es bueno, mamá garantiza la continuidad de la prole con su Gran Vagina Virginal Parlante que repite el cuento de las buenas noches y al final todos nos vamos al cielo, que es una playa que queda allá arriba, donde no hay tsunamis y recaló con expresión beatífica la troupe entera de los muertos del barrio.
No quieren que estemos solos ni en la muerte. Es peligroso. A ver si se nos ocurre interrogar por lo concreto y cuestionar las humillaciones terrenales. Además, antes de morirnos, papá y mamá nos hablan desde el más allá, como los difuntos líderes políticos.
Quien tenga el lujo de un rato de tiempo libre debería aplicarse a dar miedo y no Belleza. «El árbol de la vida» da miedo por lo que niega y no por lo que desenmascara, aunque su director también incluya una máscara teatral subacuática en su repertorio de fuegos de artificio. Están las velas de De la Tour, los girasoles de Van Gogh y también la puertita en el desierto de Magritte, todos reducidos a la estética del poster. Está la colección completa de postales de la tienda de souvenires, con perfume a agua de colonia y atardeceres dignos del Día de los Enamorados. No recuerdo tamaña atrocidad multipremiada desde los días en los que Roberto Benigni declamara que La vida es bella entre los decorados de un campo de concentración.
Mamá es una lánguida vestal prerrafaelista, adecuadamente pálida y pelirroja, habla de sus niños como «su todo» y le dice, supuestamente a Dios, «te doy mis hijos», como quien transfiere un inmueble. Es una escena particularmente espeluznante, considerando que los delegados tangibles de Dios mandaron al cartero al Hogar, para comunicarle que uno de esos tres hijos era cadáver joven en un Vietnam que jamás se nombra. Vietnam no se menciona pero se sobreentiende. Es un lugar geográfico específico y «El árbol de la vida» no está para experiencias singulares sino para el Mensaje Global.
Si tus Vietnam personales te destrozan, es obra de Dios que da pero también te quita y por eso Sean Penn (el hijo sobreviviente rebeldón que osó romper un vidrio a pedradas) deambula atribulado por los ambientes asépticos de una corporación hipermoderna, en cuya superficie acristalada se reflejan las nubes y les dieron licencia a las entrañas donde se cocina la explotación. «El árbol de la vida» es una superficie acristalada que salda el conflicto por gracia divina.
Hace como que no es maniquea pero sí. Porque hay dos caminos y mamá y papá se los repartieron: ella es la Gracia y él, la Naturaleza, con cara de Brad Pitt impostando prognatismo para hacer de severo veterano de guerra. Deberíamos desconfiar de cualquier proyecto en el que Brad Pitt oficie de productor (aunque haya puesto 1 dólar), de cualquier texto de más de unas pocas páginas, de cualquier película que dure más de una hora y de cualquier persona a la que se levante un monumento. Desconfiar de padres que tocan el piano y en cualquier momento te asestan un sopapo porque te reíste en la mesa.
Tengo para mí que en la familia versión Malick la salida sería el suicidio infantil o el parricidio o el Vaginicidio en masa excepto para el sexo sin código de producto. Pero las películas son como la gente. En el fondo no cambian. Se agravan. El fondo coincide fatalmente con la forma. Por eso «El árbol de la vida» es arteramente diáfana. Eso, su culto subterráneo a la autoridad, es lo imperdonable y no su carácter solemne y soporífero.
Da para adjetivos de la calaña de «poética», «sublime» y «maravillosa» (todo eso que tiene que ver con una «esencia») y sería cómica si no encarnara el imaginario de tantos. Lo repugnante no es que la gente sea o no sea como la muestra «El árbol de la vida» sino que aspire a verse en ese espejo, que estetiza las maquinarias institucionales de la podredumbre y nos permite ir a trabajar contentos. Este mundo no es obra ni culpa de Dios sino de los padres, de los hijos que devienen padres y de esta necesidad de persistir hijo y buscarse padres de múltiples caras, pero padres al fin. Dios puede ser papá, mamá, la patria, el partido y después los hombres. La desgracia de no poder soltar y de soltar para Dios y no para tambalear y hacer pie por sí mismo.
«Te doy mis hijos». No. Especialmente porque no los tengo. No doy los hijos que he decidido no tener, todos los hijos que solté pero en verdad jamás tuve, esta ausencia de instinto maternal, esta perplejidad atenazada por el «yo», en pie de guerra con «mis» posesiones y rendida ante el silencio animal. Saturada de imágenes sin nervios, atascada en aparatos fónicos que propagan conceptos, estaqueada en la rueda de una «comunidad». No me dejan entrar al hospital con perros, entro en el hospital porque no soy perro, el árbol de la vida es una sociedad a la que contribuyo perpetuando relatos.
Tengo que matar el árbol de la vida, debería abrazarme a un árbol de nada que entienda, tengo que matar este cine en mí.
Fuente: http://pajarodechina.blogspot.com/2011/10/manana-iremos-trabajar-contentos.html
Mañana iremos a trabajar contentos
otra peli tipo «el secreto de la felicidad» moral hipócrita… no me parece muy valiente el padre, pero la peli, tanto una como otra viene que ni pintada para rezorfar la ideología americana moderna (que es la misma que la antigua). Lo cierto es que no hay crisis de valores en la familia, simplemente, no hay familia, hay personas, algunas se quieren y otras necesitan pensar y decirle a todo el mundo que aman y son amados
Mañana iremos a trabajar contentos
Compensamos, una opinión favorable: http://laberintodelaidentidad.blogspot.com/2011/09/la-naturaleza-y-la-gracia.html