José Luis Ferris

Muchas noches, cuando vuelvo a casa, tomo la ruta costera, bordeo el puerto de Alicante, avanzo por el Paseo de Gómiz y alcanzo la avenida de Denia en los momentos en que el tráfico remite y circular es un placer insólito.

Hago entonces el giro de costumbre en una curva recién asfaltada y me coloco delante del semáforo. Son apenas noventa segundos los que tarda el disco en ponerse en verde, los suficientes para que Marcela se aproxime con sigilo a la ventanilla derecha de mi coche y me regale una sonrisa provocativa, recién pintada, y esa leve inclinación de cabeza que es toda una invitación al desastre o al sosiego.

La conocí hace unos años en un bar de la ciudad, ya de madrugada, en una de esas despedida de soltero que te permiten acercarte mucho a lo prohibido. Marcela estaba junto a la barra, apurando su copa y ejerciendo de francotiradora con sus ojos fatales. En un descuido de la concurrencia me pidió fuego adelantando el rostro, acercándome la mirada y los labios, el cigarrillo que se interponía entre los dos como la medida última de las cosas. Era un momento mágico, pero yo no tenía un mal mechero con que solucionar el asunto y, antes de que pudiera reaccionar, un buitre que presenciaba la escena desenfundó su Zippo y se arrimó a sus muslos con absoluta insolencia. En aquel antro poblado de humo y decibelios perdí el rastro de mis amigos, pero, antes de marcharme, averigüé que Marcela era lituana, llevaba tres meses en Alicante y aún no había cumplido los diecinueve.

No volví a saber de ella hasta hace unas semanas, cuando la encontré a las afueras de la ciudad, junto al semáforo, ejerciendo la prostitución sin retórica alguna. Pero el caso de Marcela se disuelve en el lamentable espectáculo de cientos de muchachas que son igualmente explotadas en esta provincia, de cientos de miles que llegan a nuestro país para perder definitivamente los sueños y padecer una esclavitud sexual de irreparables consecuencias.

La información está ahí. Si en los 90 eran las mafias rusas las que controlaban el comercio de mujeres, la delincuencia organizada rumana se apropió del negocio de la explotación sexual en la provincia a comienzos de la presente década; un dominio que remitió considerablemente en 2007 con la incorporación de Rumanía a la Unión Europea y con la firme apuesta del Ministerio del Interior por la lucha contra la explotación sexual.

Los últimos estudios sobre la prostitución en Alicante afirman que las mujeres sin papeles que ejercen la prostitución en clubes han caído a la mínima expresión. Así lo constata el Cuerpo Nacional de Policía, cuyos agentes apenas encuentran ya a extranjeras irregulares en los controles periódicos que efectúan en los locales de alterne.

Los especialistas sostienen asimismo que este tipo de establecimientos ha pasado en los últimos siete años de albergar en torno a un 40% de prostitutas indocumentadas a una cifra inferior a un 10%. Sin embargo, no es ésa la cuestión, porque, sin desestimar esos logros, hay un submundo de comercio ilegal que sigue su cauce sin el mínimo pudor y mostrando su tierna mercancía en lugares públicos y en horas de máximo trasiego.

Son las mujeres que sin papeles, sin documentos y sin control alguno, optan, en mucha mayor medida, por ejercer el oficio en la calle o en pisos convertidos en prostíbulos clandestinos. Las vemos a diario en puntos estratégicos de la Avenida de Denia, en la Avenida de Elche, camino de San Gabriel; y lo que es más paradójico, absurdo si quieren, las vemos en el centro mismo de la ciudad, cerca de la Plaza de (Correos) Gabriel Miró, en las calles de San Fernando, Rafael Terol, Canalejas, Lanuza, Santiago y Velarde; una zona histórica que desde el pasado mes de agosto cuenta con un nuevo cuartel de policía local (130 metros cuadrados y 22 agentes que prestan servicio por turnos para mantenerlo abierto las 24 horas). La voluntad pareció ser mucha el pasado verano cuando el gobierno municipal declaró que este cuartel iba a dar «seguridad y confianza a vecinos y comerciantes de la zona», vaticinando también que el centro tradicional, gracias a los nuevos comercios y a la creación de este retén, recuperaría la dignidad que había perdido.

Mucha voluntad, sí, pero la evidencia sigue ocupando las esquinas y mostrando sus boquitas pintadas, sus labios de adolescente o de madura triste en las calles de antes, en las avenidas de las afueras con total impunidad. Son rumanas, rusas, chicas del Este, sudamericanas y de países africanos (por ese orden) las que, sin papel alguno, esquivan el control policial y se juegan la vida cada vez que se exhiben.

Seguro que todas ellas, alguna vez, tuvieron la potestad de soñar. Seguro que creyeron en Dios y en la ilusa promesa de un mundo sencillo y honrado. Puede que sí. Pero lo cierto es que acabaron siendo mercancía para el lucro, criaturas que llegaron en vuelo regular o en viajes organizados a nuestro próspero país para que el fracaso les acabara borrando la sonrisa y un chulo las marcase para siempre.

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