La Tostadora

Mark Stewart es uno de esos personajes irreductibles que el pop insiste en producir cada cierto tiempo. Muchos de ellos surgieron en el post-punk de los primeros 80, que desde muchos puntos de vista fue el verdadero punk. Grupos como Gang of 4, The Wire o This Heath en el Reino Unido o la No Wave neoyorquina, eran mucho más coherentemente extremos que los punks originales (Pistols, Sham 69, Clash, Damned, Eddie and The Hotrods…) y musicalmente mucho más evolucionados. En este caldo en ebullición, la voz de Stewart, un chaval de apenas 17 años, propulsaba a un (irónicamente) llamado Pop Group hacia lugares político-estéticos que nadie había frecuentado. The Pop Group gritaba contra todos los males sociales e incorporaba en su música elementos como el dub o el funk junto a distorsiones extremas y todo tipo de salvajadas sónicas.

Tras el Pop Group, Mark Stewart se unió a la sección rítmica de Sugarhill como The Maffia y bajo la dirección del productor neo-dub Adrian Sherwood, lanzó una serie de discos que profundizaban tanto en la política como en los experimentos con el sonido, ahora lógicamente aún más decantados hacia el dub. Este “Kiss The Future” es una antología excelente y extraña, porque mezcla piezas inéditas con otras que llegan hasta The Pop Group. Y ello sin ningún orden aparente, desde luego, no el cronológico. Tiene que ver algo con la intensidad, más bien y funciona de miedo, pero es difícil distinguirá las reglas a primera vista.

El viaje no es cómodo. Del grito lleno de ira post-adolescente en “We Are All Prsotitutes” (1979), se pasa al dub profundo de “High Ideals and Crazy Dreams” (1983), donde el grito surge de un alto horno electrónico mientras una guitarra aúlla como mil lobos huyendo del fuego. Y cuando se piensa que el asunto no puede ir a más, llega “Liberty City” (1983) desarrollada casi como una pieza de free jazz pasado por mil efectos y sobre ritmos casi a la Art Ensemble of Chicago…

Ya digo, “Kiss The Future” (entre cuyas numerosas dedicatorias viene una algo misteriosa a la Movida Madrileña de los 80) no es un trayecto “agradable”, a que engañarse. Pero lo desesperado y duro de las letras llega a través de una música tan intensa que la idea habitual de “placer” deja paso a otras sensaciones, algunas tan oscuras como un ritual prohibido (la versión de “Dream Kitchen”, 1993), pero siempre llenas de vida.

El (buen) pop suele bascular entre lo social y lo emocional. En este caso, que tampoco es el único, se reúnen ambas direcciones en pie de igualdad, pero dejando en la puerta una tercera pata bastante habitual: el entretenimiento inconsciente. Esto puede fascinar, pero no es alegre. Mark Stewart siempre ha ido muy en serio.