Esperando al Mahatma es un testimonio novelesco de los últimos años de campañas noviolentas de Gandhi, tal y como las vería un despistado y bienintencionado militante de base. En otro apartado de Tortuga se hizo una primera presentación de este libro didáctico y ameno. En ella se citaba un extenso fragmento, uno que puede hacer pensar que la visión de la noviolencia expuesta en la obra es apologética o acrítica; por ello, me parece oportuno transcribir ahora otros fragmentos, haciendo justicia a los muchos matices que se pueden encontrar en esta novela. Queda para quien lea la comparación con otras situaciones en otros lugares y épocas, y para mí animar a la lectura de la obra completa. Vuelvo a dar la referencia: Esperando al Mahatma / R.K. Narayan. – Traducción de Silvia Komet. – Barcelona, Ed. El aleph, 2003. (Crates)

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Sriram continuó haciendo su trabajo como una máquina, perdió la noción del tiempo. Entraba en bosques y pueblos y transmitía lo que él consideraba el mensaje del Mahatmaji. Dónde quiera que iba, escribía en alguna pared: QUIT INDIA (Fuera de la India, frase de Gandhi que se convirtió en un lema dirigido a los colonizadores británicos), y a continuación los gubernamentalistas le añadían: “Don’t” o “I” antes de “Quit”.

-¿Para qué escribe eso en todas partes?- le preguntó una vez un hombre-. ¿Quiere que nos vayamos?

-No quiere decir eso –respondió Sriram.

-Entonces escríbalo dónde puedan verlo aquellos a los que va dirigido.

-Están en todas partes, a veces lo ven y a veces no. Es mejor escribirlo en muchos sitios.

-Es una pérdida de tiempo y de pintura – dijo el hombre.

… A mil quinientos metros sobre el nivel del mar había una plantación adonde Sriram llevó su bote de pintura y su brocha. Llegó a la hacienda una tarde a última hora, tras casi medio día de caminata… Miró a su alrededor indeciso, pero descartó la duda por inútil. Sacudió con energía el polvo del poste donde ponía FINCA MATHIESON y escribió con una hermosa letra cursiva: QUIT INDIA, y se dio la vuelta para marcharse.

Un peón de la finca, que pasaba en aquel momento por el lugar, se detuvo a mirar el mensaje.

-¿Está escribiendo un anuncio? –preguntó.

Sriram le explicó con detalle la importancia del mensaje. El hombre escuchó durante un rato y le dijo:

-Márchese. El dorai es un sujeto malo. Siempre con una pistola. Le puede pegar un tiro.

Sriram dudó un momento, preguntándose si era más digno que le pegarán un tiro o que se fuera tranquilamente. De pronto, sintió que era inútil haber caminado tanto sólo para volver sano y salvo, No había subido más de mil quinientos metros para nada. El peón, tras haberlo advertido, se alejó con su azadón. Sriram avanzó hacia un antiguo bungalow que tenía delante. “Espero que no tenga bulldogs”, pensó. Se imaginó una escena sangrienta: él se acercaba a la escalera y el dorai le disparaba con su escopeta de dos cañones, haciéndole volar bañado en sangre. Probablemente, Bharati se llenaría de remordimientos: “Ojalá le hubiera demostrado mi amor más claramente cuando aún vivía”, se diría la muchacha. Pero, en todo caso, ¿por qué hacía todo aquello? El alto mando no le había ordenado que fuera a exponer su vida delante de un hombre armado.

Una figura enorme, de rostro rojizo y pelo castaño claro, lo abordó cerca del poste. Fumaba en pipa y tenía una mano cómodamente metida en el bolsillo del pantalón. Por un segundo, a Sriram se le pasaron las ganas de seguir adelante.

-Hola. ¿Quién eres?

Sriram se sintió muy pequeño a su lado. Se acercó y respondió con voz aguda:

-Traigo un mensaje.

-Qué bien. ¿De dónde?

-Del Mahatmaji.

El hombre se sacó la pipa de la boca y dijo:

-¿Qué?

-Del Mahatma Gandhi.

-Ah. ¿Y qué dice?

-Que debe abandonar la India.

El otro pareció confundido durante un instante, pero en seguida recobró la compostura.

-¿Por qué me dices eso? –preguntó.

-Yo no lo digo, simplemente le transmito el mensaje.

-¡Ah! Entra y tómate una copa, ¿te apetece?

-No, nunca bebo.

-Sí, sí, por supuesto. Pero no me refería a bebidas alcohólicas, puedes tomar lo que quieras, café, té, o un sorbete.

-No necesito nada.

-Pareces cansado, anda, pasa, en todo caso podemos charlar. ¡Chico! –gritó y apareció un criado-. Dos vasos de zumo de naranja –ordenó-. ¡Date prisa!

-Sí, señor –dijo el chico mientras salía.

El criado llevaba un uniforme blanco con muchos botones. “Este hombre quiere que los sirvientes hindúes que trabajan para él usen ropa especial”, reflexionó Sriram y sintió de inmediato una rabia inexplicable. El otro lo miró a la cara durante un instante y le dijo:

-Ven conmigo, vayamos a la galería.

Lo guió escaleras arriba hasta la galería, en la que había algunas plantas decorativas en enormes macetas y sillones de mimbre cubiertos de hermosa zaraza. Sriram comparó todo aquello con su propio entorno: un edificio en ruinas construido hace miles de años, lleno de serpientes y escorpiones, y con sólo una manta para dormir.

-¿Puedo saber cómo se las arregla para tener todo esto? –no pudo evitar preguntar.

-¿Tener qué? –interrogó Mathieson.

-Tanto lujo y tantos adornos en un sitio tan apartado –dijo Sriram, señalando el lugar.

-Amigo mío, yo no llamaría lujo a todo esto –dijo Mathieson riendo amablemente.

-¡Y todo esto mientras hay millones de personas sin casa ni comida! –dijo Sriram de manera vaga; en aquel momento las estadísticas que había aprendido de Bharati lo habían abandonado.

-Es nuestro deseo –dijo Mathieson- que pronto tengan todos no sólo comida suficiente, sino también hermosas casas para vivir. Espero incluso que sean mejores que ésta, que en realidad no es gran cosa.

Sriram consideró esta explicación como fruto de la arrogancia racial. “Es la prosperidad y la sensación de ser dueño del país lo que le hace hablar de esta manera”, pensó, y quiso gritar con todas sus fuerzas: “¡Fuera, fuera!, ya nos ocuparemos de nosotros, no queremos muebles de mimbre con fundas chillonas, ni siquiera queremos comida, lo que queremos es…”. No tenía muy claro cómo terminar la frase, simplemente dijo en voz alta:

-Lo único que nos importa es hacer lo que el Mahatmaji dice que hagamos.

-¿Y qué os ha aconsejado hacer?

-Hilar con la charka, usar khadi, vivir sin lujos, y así lograremos que la India sea gobernada por hindúes.

-Pero habéis rechazado la oportunidad de intentarlo. ¿No crees que es una lástima que hayáis rehusado la oferta de Cripps?

Sriram se quedó callado durante un momento. Le parecía una cuestión técnica en la que él no tenía nada que ver. Semejantes tecnicismos académicos se negaban a entrar en su cabeza, por lo tanto simplemente respondió:

-El Mahatmaji no lo cree así. – Y puso fin a la discusión. Sabía algunas frases sueltas: “situación de dominio”, “restricciones para los musulmanes” y esto y lo otro, pero aunque gracias a los periódicos había conseguido reunir algunas, le parecían frases que no venían a cuento, lo único importante era que el Mahatma no creía que las propuestas tuvieran nada que ver con la independencia de la India-. No son más que zalamerías –dijo recordando un comentario del periódico-, no queremos todo eso. No necesitamos ofertas de ese tipo. No queremos caridad.

Esta última apreciación le animó tanto que cuando el criado entró llevando una bandeja con dos vasos de zumo de naranja, habría deseado tirarla teatralmente y decir: “¡No lo quiero!”, pero era una bebida sabrosa, dorada y fresca, en un vaso alto, casi invisible, y la caminata y el esfuerzo le habían secado la garganta. Sriram dudó.
Mathieson le tendió un vaso, y dijo, levantando el suyo:

-¡A tu salud!

-Gracias –consiguió a duras penas articular Sriram, y vació el vaso. El paso del zumo por su garganta era tan placentero que tuvo la sensación de que no podía interumpirlo bajo ningún concepto. Cerró los ojos con éxtasis. Por un momento se olvidó de la política, de Bharati, de la lucha y hasta del Mahatmaji. La dicha duró sólo un segundo. Dejó el vaso y suspiró.

El otro sólo había tomado un invisible sorbito infinitesimal y le decía:

-¿Quieres otro?

-No –respondió Sriram, y se dispuso a partir. Mathieson lo acompañó hasta la mitad del camino-. No borre el mensaje que he pintado en la entrada.

-¡Oh, no! No pienso hacerlo. Es un recuerdo, lo dejaré muy orgulloso.

-Pero, ¿no se irá de este país, quiero decir, no lo abandonará? –preguntó Sriram.

-No lo creo. ¿Tú quieres irte de este país?

-¿Y por qué tengo que irme? Yo nací aquí –dijo Sriram indignado.

-Desgraciadamente, yo no nací aquí, pero llevo aquí mucho más tiempo que tú. ¿Qué edad tienes?

-Veintisiete o treinta. ¿Qué importa?

-Pues tenía tu edad cuando llegué, y ahora tengo sesenta y dos.

-Pero yo soy indio –insistió Sriram.

-Yo también –replicó el otro-, y quizás sea de alguna utilidad para la gente de este país, teniendo en cuenta que empleo a cinco mil peones rurales y cerca de doscientos obreros y empleados de oficina.

-Lo hace por su propio beneficio. Cree que sólo servimos para ser sirvientes suyos y para nada más –respondió Sriram, incapaz de esgrimir un argumento mejor-. ¿No tiene miedo? –preguntó-. Está completamente solo, y si los hindúes deciden echarlo, puede que su situación ya no sea tan segura.

Mathieson se quedó pensativo durante un instante.

-Bueno, supongo que correré el riesgo, eso es todo. Pero de una cosa sí estoy seguro, y es que no tengo miedo a nada.

-Porque el Mahatmaji es su mejor amigo. Él quiere que esta lucha se desarrolle por canales estrictamente no violentos.

-Por supuesto, eso también es importante. Bueno, ha sido un placer conocerte –dijo tendiéndole la mano-. Adiós.

Sriram descendió por el sendero rodeado de arbustos de café, setos, bambúes y pimientos trepadores que se enroscaban sobre el resto de las plantas. La hierba verde oscuro cubría las zanjas del costado. Estaba tan cansado que se preguntó por qué no se echaba sobre el aterciopelado césped, pero tenía otras cosas que hacer. Tenía impostergables deberes que cumplir.

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Próximo mes, tercera y última parte de estos aperitivos: Más sobre Esperando al mahatma, 2: la noviolencia y la gente.

One thought on “Más sobre «Esperando al Mahatma», 1: la noviolencia y los poderosos”
  1. «Esperando al Mahatma», Noviolencia activa
    Espero poder leer el libro, gusta leerlo, tiene un título agradable y esperanzador al menos.
    Recordaros que el Movimiento Humanista (no podía ser otro) ha iniciado el 2 de octubre en Nueva Zelanda, una Marcha Mundial por la Paz y la Noviolencia hasta el 2 de enero en Argentina. «Dos grandes almas acompañan nuestro eempeño, Mahatma Gandhi y Luther King…»
    Ver http://www.Silo.net

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