
Y aquí llega el último fragmento de la novela Esperando al Mahatma que me parece interesante compartir en Tortuga: un nuevo tropiezo de Sriram, el bienintencionado patoso que protagoniza la novela, a la hora de llevar a la práctica las consignas de Gandhi entre la gente de la calle de la India de los años cuarenta. Sirvan éste y los anteriores para la reflexión sobre el cómo y el por qué de las campañas de agitación, y para animar a quienes lean el fragmento a la lectura del interesantísimo libro completo; espero que el cuelgue máximo en que el protagonista queda al final de este fragmento sea un aliciente (Crates).
Esperando al Mahatma / R.K. Narayan. – Traducción de Silvia Komet. – Barcelona, Ed. El aleph, 2003.
Antes en Tortuga: Una novela muy didáctica sobre Gandhi: «Esperando al Mahatma»
Más sobre «Esperando al Mahatma», 1: la noviolencia y los poderosos
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Su próximo destino era una aldea a cinco kilómetros llamada Solur. Consistía en unas cincuenta casas en la ladera de una colina, al pie de la cual se extendían valles y praderas. Eran las siete cuando Sriram llegó, y el pueblo estaba muy activo. Los hombres, las mujeres y los niños se reunían en animados grupos que conversaban bajo la higuera de Bengala de la aldea. Una lámpara de gas colgaba del árbol y una o dos personas colocaban un par de sillas de hierro traídas de las casas ricas del lugar. Las sillas estaban destinadas a los distinguidos visitantes que esperaban. Sriram se dirigió a la única tienda del pueblo y compró un par de plátanos que acompañó con una botella de soda para calmar la sed.
-¿A qué hora empieza el acto? –le preguntó al tendero.
-En seguida, traerán a alguien para entretenernos. Será una función bonita. ¿No quiere quedarse?
-Sí, me quedaré.
-¿De dónde viene?
-De lejos –respondió Sriram.
-¿Adónde va? –le preguntó el otro.
-Muy lejos también –dijo Sriram tratando de ser lo más evasivo posible.
El tendero rió tomándoselo a broma. El hombre se sostenía agarrado a una cuerda que pendía del techo. La pequeña tienda, hecha enteramente de viejos cajones de embalaje y con un asiento cubierto de cojines de arpillera para que se sentase el propietario, parecía un cubo. Las botellas de refrescos de todos los colores del arco iris adornaban el estante superior, los racimos de plátanos colgaban de unos clavos frente al negocio, si uno se descuidaba, casi le daban en la cara. Había también varias cajas pequeñas y botes de boca ancha llenos de arroz tostado, garbanzos fritos, pastillas de menta, caramelos y cosas por el estilo. Al hombre le divirtió tanto el chiste de Sriram que le preguntó:
-Tengo galletas inglesas muy buenas, ¿quiere probarlas?
-¿Son inglesas?
-Las mejores galletas inglesas.
-¿Cómo está tan seguro?
-Por que las conseguí a través de un amigo militar. Se las dan sólo al ejército. Galletas inglesas cien por cien, imposibles de encontrar en kilómetros a la redonda. En estos días, nadie más puede conseguirlas.
-¿No le da vergüenza? –preguntó Sriram.
-¿Por qué? Oiga, ¿qué le pasa? –dijo el otro desconcertado-. Eh, págueme lo que ha tomado y lárguese. Usted es uno de esos tipos que van vestidos con khadi, ¿verdad? ¡Ah!… No me había dado cuenta. Y por eso cree que puede decir lo que le dé la gana, pensar lo que le dé la gana y buscar bronca.
-Puede decir de mí lo que quiera, pero no hable mal de esta ropa. Es… es… demasiado sagrada para hablar de esta manera.
El tendero se acobardó por el tono de voz de Sriram y dijo:
-De acuerdo, señor, por favor déjenos en paz y siga su camino. No me hacen falta sus sermones. Me debe dos annas y seis pies… dos plátanos a un anna cada uno y la soda seis pies…
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-Aquí tiene –dijo Sriram, sacando de su diminuta bolsa dos monedas pequeñas y una de seis pies para dárselas al hombre.
-Verá –dijo el otro, ablandándose-, es que no es el tiempo de los plátanos y no van tan baratos como deberían.
-Yo no le discuto el precio, pero quiero que comprenda que no es correcto vender mercadería extranjera. No tendría que vender galletas inglesas.
-Muy bien, señor, de aquí en adelante tendré cuidado; cuando liquide estas existencias.
-Si tuviera algún orgullo como hindú, tiraría toda la mercancía a una zanja y no dejaría ni siquiera que la gente la tocara. ¿Comprende?
-Sí, señor –respondió el hombre, disgustado por el pequeño círculo de curiosos que se había reunido.
Al final de la calle, se levantaba la plataforma para el acto, y los grupos observaban mientras esperaban. La gente del pueblo estaba contenta, había animación por todos los rincones. El tendero vio a un viejo enemigo suyo de pie junto al público, que disfrutaba viéndolo en apuros, con una sonrisa irónica en el rostro. Parecía como si los dioses, para complacerle, hubieran enviado a ese hombre vestido de khadi, un camorrista nato.
-Ahora, señor, por favor, váyase. Tengo que cerrar la tienda –le suplicó a Sriram.
-Puede cerrarla si quiere, pero me gustaría que destruyera esas galletas –dijo Sriram con firmeza.
-¿Qué galletas? –preguntó el comerciante, alarmado-. Por favor, señor, déjeme en paz.
-Me ha dicho que tiene galletas inglesas.
-Yo no tengo galletas inglesas, ¿de dónde quiere que las saque? No se consiguen ni en el mercado negro.
-Si no son inglesas, tanto mejor. Mi opinión sobre usted entonces cambia mucho, pero ¿me permitiría ver una?
-No tengo galletas –alegó el comerciante.
La gente rió a carcajadas.
-¡Eh! –llamó un hombre a otro-, ven, aquí está Ranga en apuros.
– Las tiene en aquella caja –dijo Sriram señalando una de las latas.
El tendero destapó la caja en el acto y mostró el contenido: harina, afortunadamente para él.
-Pero, ¿no me ha dicho hace un momento que tenía galletas?
-¿Quién? ¿Yo? Simplemente bromeaba. Soy un pobre tendero, ¿cómo quiere que pague el precio de las galletas en el mercado negro y después las venda?
-Las tiene dentro, señor. Dígale que nos enseñe el interior de la tienda –dijo uno de los que se reían.
-Cierra la boca y lárgate –gritó el tendero.
La situación cada vez se complicaba más.
-Lamento mucho descubrir que, además de estraperlista, es usted un mentiroso. Sería capaz de dar mi vida aquí mismo si con esto consiguiera hacer de usted una persona honesta y patriota. No pienso moverme hasta que le vea tirar toda la mercadería en la zanja y me dé su palabra de que nunca más en la vida volverá a decir mentiras. Me quedaré aquí hasta que caiga muerto ante su puerta.
-Se está metiendo conmigo sin razón –se lamentó el hombre.
-Yo sólo lucho contra el mal que hay en usted, es una lucha no violenta.
Una mujer se acercó a comprar media anna de sal. Sriram se interpuso y dijo:
-Por favor, no compre nada aquí. – La mujer trató de abrirse paso y él se arrojó a sus pies, sobre el barro-. Si quiere, puede pasar por encima de mí, pero no permitiré que compre nada en esta tienda.
El comerciante parecía desesperado. ¡Qué terrible día! ¡Qué maleficio habría caído sobre él esa mañana al despertarse!
-Señor –suplicó-, haré todo lo que dice, pero por favor, no me cree problemas.
-Se equivoca completamente, amigo, no tengo intenciones de crearle problemas. Sólo quiero ayudarlo.
-Si espero a que terminen la discusión, la salsa del horno se va a evaporar – dijo la mujer que había ido a comprar sal, mirando la figura que yacía en el suelo, y suplicó-: ¿Puedo comprar sal en aquella otra tienda, señor?
Sriram, ocultando la cabeza, no pudo evitar reírse.
-¿Por qué no va a poder comprar sal dónde quiera? –dijo.
La mujer, como no entendía su punto de vista, explicó:
-Compro sal una vez al mes, señor. Es que somos pobres, no podemos permitirnos grandes lujos en esta vida. La sal costaba…
Sriram, que seguía boca abajo, levantó la cabeza.
-El Mahatma Gandhi lucha por gente como usted. ¿Sabe que no descansará hasta que sean eliminados los impuestos a la sal?
-¿Por qué, señor?- preguntó la mujer con inocencia.
-Por cada pizca de sal que consume, tiene que pagar impuestos al gobierno inglés. Por eso es tan cara.
-Y cuando desaparezcan los impuestos –añadió alguien-, podrá comprar así de sal por un anna –dijo mostrando una gran cantidad con las manos.
La mujer estaba muy impresionada y abrió los ojos de par en par.
-Solía ser muy barata –dijo, y lanzando una mirada hostil al tendero, quien, con lágrimas en los ojos, se sostenía de la cuerda de puntillas, añadió-: Pero hoy en día los comerciantes suben los precios de todo. Se han vuelto muy avaros.
Un sentimiento con el que la mayoría de la gente estuvo de acuerdo. Un murmullo de aprobación general circuló entre el público.
El tendero, de puntillas, dijo:
-¿Qué podemos hacer nosotros? Vendemos la sal al precio fijado por el gobierno.
-Debería apoyar a aquellos que luchan contra el gobierno en estas cuestiones –replicó Sriram-. ¿Recuerda la marcha del Mahatma a la playa de Dandi en 1930? Caminó quinientos kilómetros, cruzó el país para hervir el agua de mar de la playa de Dandi y ayudar a todo el que quisiera hacerlo, para así tener su propia sal.
El tendero era la viva imagen de la pena.
-Haré todo lo que quiera –dijo bajando la voz-, pero levántese y márchese. Se está ensuciando la ropa, tirado así en el barro.
-No se preocupe por mi ropa. Sé cuidarla y además puedo lavarla.
-Pero éste es un barro arcilloso y no es fácil de quitar –dijo el hombre.
-¡Qué te importa! –gritó alguien entre la gente-, probablemente se la dará a algún buen dhobi.
– Si no encuentra ninguno, se la puede dar a nuestro dhobi Shama, que le quitará todas las manchas. Hasta los europeos de las fincas de arriba lo llaman para que les lave la ropa, señor.
Los demás asintieron, y alguien murmuró:
-No habléis de los europeos ahora, no le gustan.
Sriram tuvo la sensación de que a la gente le gustaba verlo en el suelo y que hacía todo lo posible para que se quedara ahí tirado. En cuanto se le ocurrió, se levantó apoyándose con las manos y se sentó. Tenía la nariz y la frente embarradas y arena en el pelo. Un chiquillo, con una camiseta pequeña y unos pantalones dos veces más grandes que él, se acercó corriendo con una moneda de seis pies en la mano.
-Deme tres pies de rapé para mi abuelo, y tres de bharfi de coco –gritó. Pasó veloz junto a Sriram y extendió la mano con la moneda.
El comerciante se la arrebató en el acto. Sriram tocó el pie del muchacho y le ordenó:
-No compres nada en esa tienda.
-¿Por qué?
-Verás –empezó a explicar Sriram-, nuestro país…
Pero dos o tres hombres cogieron al niño por el cogote y le dijeron:
-¿Por qué preguntas? Haz lo que te dicen que hagas. – Y trataron de apartarlo.
Pero el niño se agarró a uno de los barrotes de la barandilla de madera y gritó:
-Ha cogido mi dinero. ¡Mi dinero, mi dinero!
-Devuélvaselo al chico –gritó muy enfadada la gente.
-No puedo. Es viernes y devolverle la moneda me traería mala suerte –exclamó el tendero-. Me arruinaré para el resto de mi vida. Estoy dispuesto a darle lo que me ha pedido y hasta un poco más, si quiere; pero no puedo devolverle el dinero. Amigos, apiádense de mí. Tengo siete hijos.
-Mi abuelo me pegará si no le llevo el rape. Su caja está vacía, me está esperando –exclamó el niño.
-Ve a comprarlo a otra tienda -dijo alguien.
-Si es de otra tienda, lo tirará a la basura –respondió el chiquillo.
-Es cliente mío desde hace diez años –añadió el comerciante con orgullo-. Este rapé no se consigue en ninguna otra tienda. Se lo apuesto a cualquiera.
El niño se cogió de la barandilla y gritó:
-Tengo que llevarle el rapé, si no…
Una persona se abalanzó maldiciendo sobre el niño y lo arrancó de la barandilla. El niño lanzó un alarido y la gente se echó a reír a carcajadas. El tendero se retorcía las manos desesperado. Sriram, sentado en medio de la confusión como una estatua, miraba solemnemente el suelo. Alguien consoló al niño diciéndole al oído:
-Ven a buscar el rapé cuando este hombre se haya ido.
-¿Y cuándo se va a ir? –cuchicheó el niño.
-Pronto, no es de aquí- murmuró el otro.
-Pero tengo que llevarle enseguida el rapé a mi abuelo.
-No te preocupes, yo iré y se lo explicaré.
Sriram seguía sentado y escuchaba todo sin pronunciar palabra ni moverse.
La gente que estaba junto a la tienda se dispersaba poco a poco y empezaba a reunirse al otro extremo de la calle. Alguien se ocupaba de subir una segunda lámpara al árbol. Todos levantaron la mirada.
-Ramu está trepando al árbol con una linterna –dijeron señalando a un joven con una túnica rayada y unos shorts color caqui.
-Eh, Ramu, no subas –gritó la madre, que observaba desde abajo-. Que alguien baje a este niño, siempre está trepando a los árboles.
-¿Y por qué le molesta que suba? – le preguntaron.
-No hablaría así si tuviera a un hijo que siempre se está poniendo en peligro –replicó la madre.
Había empezado la discusión.
-Si van a pelear, saltaré y chillarán todos –gritó el chico desde lo alto del árbol.
La gente disfrutaba con la situación. El tendero se olvidó por un momento de sus propios problemas y, mirando al árbol, comentó:
-Es un chico terrible, siempre haciendo padecer a su madre con sus travesuras. La pobre nunca está tranquila con él.
-Pero parece bastante mayorcito como para cuidarse solo –observo Sriram.
-Sí, pero la madre lo ha malcriado; siempre se está subiendo a los árboles, nadando o fastidiando a la gente. Es un gamberro –dijo el tendero.
-Creo que es la gente la que lo molesta a él. Si lo dejarán tranquilo, no fastidiaría a nadie –señaló Sriram-. Todo el mundo lo acosa dándole consejos.
En aquel momento se oyó un grito desde la punta del árbol:
-He puesto la lámpara. ¿Quién otro lo habría hecho? – La lámpara se balanceaba en el aire y dibujaba sombras movedizas en la pared de roca de la montaña de atrás. La gente se burlaba y se reía de él-. Si alguien se burla de mí, cortaré la cuerda y tirare la lámpara sobre todos vosotros- desafió el chico.
-Demonio de muchacho –gritó la madre.
Sriram sintió que era una burla inútil. Estaba enfadado con toda aquella gente frívola y sin rumbo.
-En este pueblo no hay tranquilidad –añadió el tendero-; esos dos, de una manera u otra, siempre están molestando a todo el mundo.
-Usted no es mucho mejor, que digamos –dijo Sriram irritado.
El país estaba embarcado en una lucha por la supervivencia; por su mente pasó fugazmente la imagen de Gandhi, de su rueca, de las horas que había pasado caminando, pensando y mortificándose de diversas maneras, de su encarcelamiento. De pronto, al ver a la gente a la que todo esto iba dirigido, le pareció un esfuerzo inútil. Le entró una enorme tristeza. Hasta su propia actividad le parecía carente de sentido. No había razón para que no volviese al acogedor aislamiento de la calle Kabir, al menos de ese modo haría feliz a una persona anciana. ¿Qué importaba que el tendero vendiese galletas inglesas, escandinavas o chinas, o mantequilla francesa? Era sólo un intercambio comercial entre un tendero sin escrúpulos y una clientela insensible. Toda la escena de estar sentado en el barro, preocupándose y peleando, había sido gratuita. De pronto, se sintió muy cansado.
-¿Puede darme una hoja de papel, una pluma y un sobre? – le pidió al tendero-. Se lo pagaré.
-No, señor –respondió éste-, en esta tienda no se vende papel ni cosas así. La gente que viene aquí son personas sencillas, que sólo quieren algo para comer o beber.
-Y que piden sólo galletas inglesas, supongo –añadió Sriram con cinismo.
-Olvídelo, señor. Si se levanta de ahí –le aseguró el comerciante-, no lo volveré a hacer.
A Sriram le agradó el cumplido y la gran importancia que había adquirido su persona. Era muy gratificante.
-Espero que no me mienta en lo del papel y el sobre –dijo-. ¿O acaso sólo tiene tinta y papel inglés del más caro?
-No, señor, se lo juro por la diosa de aquel templo. No tengo, y le juro por todo lo sagrado que a partir de ahora no tocaré ni un producto inglés. Tiraré a la basura cualquier galleta que vea y le daré una patada al primero que me pida una inglesa. Por lo menos en este pueblo, no habrá más galletas inglesas. Mientras tanto, si quiere, puedo ir a casa del maestro y traerle papel y pluma. En este lugar él es el único que escribe. –Y añadió-: Por favor, apártese un poco, no puedo dejar la tienda abierta, hay muchos ladrones.
-Yo le cuidaré el negocio –dijo Sriram, y agregó en tono malvado-: Ya sabe lo bien que me las arreglo para mantener alejada a la gente. – Pareció disfrutar del comentario como si fuera un chiste.
El comerciante pensó que lo mejor era seguirle la corriente y se rió intranquilo mientras se preparaba para cerrar las puertas de la tienda. Tenía los nervios en tensión, no fuera que Sriram cambiara de idea de repente. Como para salvaguardarse de esa posibilidad, comentó:
-Por muy ocupado que esté, tiene que escribir sus cartas sin falta. Enseguida vuelvo. – El sujeto se alegró inmensamente cuando cerró la puerta con llave y saltó abajo. Se sentía como un hombre libre. Tuvo una sensación de completa libertad por primera vez en su vida-. En seguida vuelvo. En seguida vuelvo, señor –gritó alejándose deprisa y haciendo tintinear el manojo de llaves.
Era divertida la imagen del gordo corriendo.
Sriram disfrutó de la escena durante un momento y se apoyo contra la puerta de la tienda, adornada con chapas esmaltadas de anuncios de jabones y aceites para el cabello. Empezó a redactar en su mente la carta que escribiría cuando llegara el papel. Siguió con la mirada el balanceo de las lámparas que colgaban del árbol, por encima del santuario, y a la gente reunida debajo para el acto. Su mente estaba ocupada con la carta:
Venerado Mahatmaji: No sé por qué tenemos que ocuparnos por estas personas. No se merecen nada de lo que podamos hacer por ellas. Venden y comen galletas extranjeras. Son unos frívolos que prestan demasiada atención a un muchacho travieso que ha trepado a lo alto de un árbol. No sé si ya habrá bajado, no me importa si se cae; como mucho, se librarán de un peso. Prefieren que les dejemos tranquilos a que les expliquemos cómo conseguir el Swaraj. Simplemente, no les interesa. En este preciso instante les encuentro absortos en la preparación de un acto de los gubernamentalistas. Lo que quisiera saber, venerado Mahatmaji, es…
Se preguntó qué quería decirle. ¿Cuál era el problema en realidad?
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La verdad es que sí, me está apeteciendo conseguir el libro ese…