Elvira me recuerda algo que escribí hace cincuenta años.

«Cuando el hombre era una integridad y no este ser patéticamente escindido que nos ha proporcionado la mentalidad moderna, la poesía y el pensamiento constituían una sola manifestación del espíritu.

Como afirmó Jaspers, desde la magia de las palabras rituales hasta la representación de los destinos humanos, desde las invocaciones a los dioses hasta las plegarias, la poesía impregnaba la expresión entera del ser humano. Y la primera filosofía, aquella primigenia indagación del cosmos desde las costas jónicas, no era sino una bella y honda expresión de la actividad poética. Pero en esta destructiva era de la des-mitificación (que torpemente se confunde con des-mitificación, como si mito y charlatanerismo fueran la misma cosa), se ha pretendido que el progreso está jalonado por el paulatino desalojo del pensamiento poético: freudianos, positivistas y buena parte de marxistas trataron de colonizar los nuevos territorios después de «sanear los pantanos de la incosciencia»».

Tenemos a la vista el fracaso.

Hace falta lo que Nietzsche llamó «atmósfera envolvente». Aquello que da encanto a la vida, que la enamora: ilusiones, pasiones, amor, relatos, furias quijotescas, imposibles búsquedas, inalcanzables deseos. Pueden no ser verdaderos pero se vuelven verdaderos en las vidas de quienes tienen el coraje de vivirlos. Paradójicamente, quienes encarnan estas irrealidades son vitalizados por ellas.

La vida debe ser sostenida y fecundada en la ilusión.

Lo que importa no es la «realidad estricta» que algo contenga, sino aquella altura a la que apunta.

Es gracias a ese imposible que nos elevamos por encima de todo lo posible. Es el entusiasmo el que nos mantiene vivos.

De paso me han dicho que entusiasmo quiere decir estar inspirados por los dioses. Algo que parecerá muy retrógrado a la feligresía del progreso.

SABATO, ERNESTO; España en los diarios de mi vejez

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