
Colgado de la luna
24 de octubre de 1993. El modesto Southampton juega de local contra el Newcastle y, a falta de cinco minutos para el final del partido, un mediapunta alto y regordete pasea a tres metros del área. Controla el balón con su muslo derecho y, antes de que éste ose oler el cesped, lo golpea para enviarlo a la escuadra del palo largo. Deshace el empate a uno. Tres puntitos más para conseguir la permenancia al final de temporada.
Veinte minutos antes… Las vallas publicitarias del estadio promocionan el Street Fighter 2 (sí, hasta las referencias más entrañables de mi infancia son violentas), un defensa del equipo local despeja hacia el campo rival, un compañero suyo la retrocede de cabeza y el mediapunta alto y regordete -que lleva cinco partidos sin ser titular- espera a que bote la pelota para recogerla con la espuela de su pie izquierdo. El balón ya es suyo. Un autopase con la diestra a media altura le ayudará a superar a su primer adversario. Con la misma pierna, y después de que la bola golpee el suelo, sortea con un precioso sombrero a otro defensa. Ya sólo queda el portero. El esférico continúa con naturalidad su grave camino hacia la superficie, pero el mediapunta lo ha domesticado; apenas un instante antes de acariciar la hierba, éste lo empuja con fuerza y delicadeza -nuestras acciones suelen ser tan complejas como nosotros mismos- a… ¡Gooooooooooooooooooooooooooool!… de Matthew Le Tissier.
Le Tissier es sin duda el gran olvidado del firmamento futbolístico; esa estrella que brilla más que el resto, pero que nadie sabe que se llama Sirio porque no forma parte de la Osa Mayor ni de Orión. Durante dieciséis años -entre 1986 y 2002- peleó por la mitad baja de la tabla en el equipo británico que dio color al Athletic. En cada estadio que pisó regaló (o quizá vendió) momentos inolvidables: regates, vaselinas, chilenas, voleas, impresionantes disparos con ambas piernas…, algo parecido a lo que Cristiano Ronaldo y Messi ponen en el mercado todas las semanas.
Sí, Cristiano y Messi son también dos grandes futbolistas, pero no me gustan. Llega un momento en el que, hasta en el fútbol, buscas algo más que la palomita de Paco Buyo o la elegancia de Michael Laudrup; entonces, algo te llama la atención en el carácter incorformista y violento de Cantona o en los excesos y la prepotencia de Best. Cada acto que se sale del prefabricado camino del éxito, más allá de su valor ético, te resulta sugerente. Al final, vas aclarando un poco tus ideas y terminas por aplaudir a un tal Javi Poves que abandona el fútbol porque “el capitalismo es muerte”.
Le Tissier es otro de los futbolistas que siguió su propio camino. Si dejó constancia de su juego en todos los campos, fue en el viejo y pequeño The Dell donde dio y recibió su mejor regalo. Considerado por muchos como uno de los mejores jugadores del mundo, permaneció en la sureña ciudad de Sothampton durante toda su carrera. Decía que allí era feliz, que no quería tener la presión de ser un deportista de élite y que le gustaba comer muffins y beber cerveza antes de los partidos, y así rechazaba una tras otra las ofertas que le llegaban de los grandes de Inglaterra.
Que nadie me malinterprete: no pretendo convertir a este futbolista en un ídolo para la izquierda. Sólo digo que, hasta en un mundo tan competitivo y mercantilista como el del fútbol, a veces el capitalismo observa como un buen tipo, por el hecho de serlo, subvierte las virtudes que le habían sido recetadas por el poder. Esto es lo que diferencia a Le Tissier, y no sus 200 goles en 500 partidos, de Cristiano y de Messi; por eso, él me gusta y ellos, no.
Kant distinguió entre belleza libre y belleza adherente. Supongo que está bien que ambas se unan de vez en cuando, y bueno…, ya sé que el fútbol no es el Amor, pero menos da una piedra. Les invito a ver a Le Tissier, a su manera:
Matt Le Tissier: semblanza del futbolista desconocido
Muy bonito el artículo, y espectaculares los goles.