
PEDRO SÁEZ
Pocos autores han logrado aprehender la primera mitad del agitado siglo XX, para expresar sus grandes desgarros y conflictos como Max Aub. Pese a lo discreto de su difusión y promoción, la obra de Aub es extensísima y abarca todos los géneros conocidos.
El siglo XX no es del cine o los automóviles, sino el de La metamorfosis. Probablemente, cuando Kafka escribió su angustiante novela, no podía ser consciente de la potencia del símbolo que estaba acuñando, del calado de un texto que expresaría perfectamente la condición de millones de personas en la era de los fascismos: la de la víctima inocente y pasiva.
Al igual que en el relato de Kafka, hubo un día en que millones de personas despertaron siendo ya cucarachas, es decir, habiendo sido así metamorfoseadas por un Poder enloquecido, que las abocaba sin remedio a la captura y la muerte. Bastaba poseer la condición de judío, o comunista, o trostkista, o republicano… para que la saña burocrática y homicida del Estado te convirtiese en un ortóptero ejecutable. Ése fue el tiempo que le tocó vivir a Max Aub; pero a su condición de víctima, Aub añadió también la de testigo y combatiente, y lo hizo con las exiguas armas que puede alcanzar un exiliado vencido exactamente en tres guerras consecutivas: la escritura, y la urgente necesidad de dar fe y de comprender. Sí, Aub vivió tres guerras que determinarían su vida de manera brutal. La primera de ellas le sorprendió en París, donde había nacido en 1903 de padres judeo- alemanes, hecho éste que determinó su expulsión de Francia en 1914, pese a ser inocentes de cualquier cargo salvo aquel que apuntaba a su pasaporte.
Por suerte para la literatura española, los Aub recalaron en Valencia, donde el joven Max se enamoró para siempre del Mediterráneo y de una lengua castellana que, pese a su maestría a la hora de escribir, nunca llegaría a pronunciar correctamente. En Valencia creció, estudió el bachillerato y empezó a militar en la vida cultural de la II República, transitando por las vanguardias y la deshumanización del arte promovida por Ortega, bajo cuya influencia empezaría su carrera literaria con textos más o menos ensimismados. Sin embargo, su gran literatura es social, y política, y tiene como motivación fundamental, como brusco resorte, la irrupción abrumadora de la Historia, esto es, de las guerras civil y mundial.
Durante la primera de estas guerras, Aub, entre otras cosas, codirigió junto a André Malraux el largometraje Sierra de Teruel, cine de urgencia y propaganda que sólo podrían medio terminar en el país vecino, tras haber abandonado la península por los Pirineos en enero de 1939. Por segunda vez Aub perdía una guerra, era expulsado de un país y se convertía de nuevo en víctima, en exiliado. No sería la última.
En 1940, en París, una denuncia anónima (que le acusaba de comunista y hebreo) le haría entrar en la rueda alucinante de las cárceles francesas, metamorfoseándole definitivamente en ortóptero. Aub pasó así una buena temporada en un infierno de presidios y campos de concentración, del último de los cuales, Djelfa, en el Atlas argelino (el más duro de todos, donde vio morir a infinidad de compañeros) consiguió escapar en 1942 hacia Casablanca, para desde allí viajar definitivamente a México, la tierra de promisión de tantos exiliados. Era la tercera vez que Aub perdía una guerra, y la tercera vez que como consecuencia de ello tenía que abandonar un país, porque la II Guerra Mundial no sólo la perdió en la medida en que le supuso prisión y dolor, sino también porque la legitimidad de la República no fue reconocida por los aliados, ni Franco fue derrocado, ni los exiliados pudieron regresar ya nunca a casa (al menos de forma colectiva, de forma política).
La fiebre del testigo
Dar fe y comprender. Desde su primer exilio Aub asume que ésa va ser su función, su ética y estética literarias, y a ello se dedica obsesivamente, acuciado por la fiebre del testigo que no quiere que se olvide aquello que ocurrió, pero que parece increíble e inverosímil que llegara a ocurrir. De ahí que no sólo sea preciso contarlo, sino también que sea imprescindible comprender por qué sucedió.
De su ingente obra (Más Aún, le llamaban en México), El laberinto mágico se destaca con sus seis volúmenes como el más complejo empeño literario sobre la Guerra Civil. Aub, ahora realista y testimonial, es un escritor voraz, omnívoro, y en su obra, que es galdosiana y vanguardista al mismo tiempo, caben todos y todo. Todos los recursos literarios y todo tipo de personajes, unos personajes que están más vivos que la vida y que generan en su creador la misma melancolía que la gente de verdad, la misma piedad y acaso el mismo amor (como cuando se declara enamorado de su personaje Asunción, que permanece joven mientras él envejece).
Sí, la escritura es un arma leve si la enfrentamos a la dureza de un blindado, pero es un arma del tiempo, capaz de anular al tiempo y hacer que la historia y la vida sean recreadas infinitas veces, y que los personajes literarios, esos fantasmas de palabras, sean seres en lucha sorda contra el olvido. O quizás no, porque no siempre lo que es bello y justo se impone sobre lo que no lo es. Así, Max Aub, un escritor apenas conocido, todavía habitante de un exilio infinito, incómodo para unos y otros, postergado, con una obra que durante decenios ha sido difícil de encontrar en las librerías. Construida la restauración democrática sobre la desmemoria, la impunidad y la mentira, apenas hay sitio en ella para una sinceridad y una denuncia radicales como la suya.