
Mario Zubiaga es profesor de ciencia política en la UPV
Una pista de baile. Tres bailarines: Josu Jon, Jesús y Arnaldo. En primera fila de patio, sus parejas oficiales, madres y carabinas. Comienza el vals. ¿No era fox trot? -se queja Arnaldo. ¿No habíamos quedado en tango? -Apostilla Josu Jon. No hombre no, era milonga… -Concluye Jesús. Se acabó el baile. Y el público, al que sólo toca mirar, aplaudir y votar por la mejor pareja… para casa, frustrado y cabizbajo. Es posible que hasta algo enojado.
Dice McGrath que en toda negociación política cada posición negociadora tiene su propio grupo social de referencia -los de la primera fila de patio- que define los contenidos mínimos para un acuerdo y, por tanto, condiciona los movimientos posibles. Como asegura nuestro experto de guardia Gerry Adams, la negociación que debes hacer con tu gente es siempre la más dura.
Quizás uno de los problemas en nuestro caso es que, además, cada actor-negociador ha tenido un sistema de referencia doble -dos tipos de «nuestra gente»-, y en todos los casos el polo más determinante ha sido el que al final imposibilitaba el necesario acuerdo a tres bandas.
El negociador socialista y su doble sistema de referencia: Los
negociadores socialistas han estado condicionados por dos polos de
referencia ya conocidos: un primer complejo socio-ideológico, débil,
incipiente, que quizás cree todavía en una posible refundación
democrática de España y que llamaríamos «neo-frentepopulista». Las señas
de identidad de este polo -la recuperación de la memoria histórica, el
apoyo en las antiguas alianzas rojo-separatistas, la (con)federalización
del Estado…- fueron ensoñaciones que duraron hasta la magistral jugada
del Estatuto catalán. Sin negar que sigan existiendo aquí y allí
socialistas sinceros con los que poder negociar, incluso gobernar,
debería haber estado claro -a la luz de la experiencia histórica- que
una vez aterrizado el proceso negociador en Madrid, el polo de
referencia dominante para el negociador socialista iba a ser, como
siempre, el complejo socio-ideológico que hemos dado en llamar
«mediático-territorial»: PRISA y barones de toda laya, guerristas y
«galosos», hacedores todos de la tramposa transición política española,
apoyados y/o vigilados por un PP convertido en gestor único de la
constitución interna, esa que no está escrita y, por tanto, no se puede
cambiar jamás.
Repetimos: el mecanismo de certificación, ese que valida la
interlocución, no estaba claro en el lado gubernamental: lo que se
negocia con Egiguren puede no valer con Rubalcaba, menos aún con
Astarloa… Y si de lo que se trataba era de dar carpetazo a un
conflicto histórico no podía pensarse que bastaba con acordar con un
polo neo-republicano que jamás obligará al sistema político en su
conjunto. El grupo de referencia dominante en el lado socialista ha sido
y será el que jamás admitirá voluntariamente la superación del modelo
autonómico -acuerdo de Santillana-, aunque acordará su gestión con
cualquier regionalista domesticado que se ofrezca. Ese polo de
referencia dominante puede pactar con según qué PNV, nunca con la
izquierda abertzale. Zapatero no sólo no ha resistido el tirón del PP,
tampoco ha resistido el de su propio partido. El de su parte más oscura
y cerril. Eso, además de una equivocación, es señal de impotencia, pero
que cada palo aguante su vela. Si puede.
El negociador jeltzale y su doble sistema de referencia: En este caso,
la bipolaridad se ha producido de forma inversa. El sector más proclive
a una negociación política efectiva ha sido escandalosamente ninguneado.
El complejo soberanista-decisionista, es decir, los sectores egibaristas
y el propio lehendakari no han actuado como polo de referencia efectivo
respecto a la posición negociadora jeltzale.
El actor negociador -Josu Jon y los suyos- estaba apoyado única y
exclusivamente en el polo que denominamos «complejo
burocrático-tangentopolitano». Seis lustros de gobierno ininterrumpido
han creado un sottogoverno vascongado que se ha conjurado desde el
inicio para despolitizar al máximo el proceso de negociación. La
experiencia de Lizarra y el temido contra-modelo de una CIU defenestrada
les lleva a rechazar cualquier ampliación competencial y territorial del
autogobierno que suponga poner en riesgo su hegemonía y abra paso a
contubernios transversales de izquierdas.
Lógicamente, su posición hegemonista le lleva a ofrecerse seductoramente
a ese PSOE mediático-territorial, incluso como leemos recientemente,
para combatir al fascismo (sic) de la izquierda radical, a la que niegan
incluso el carácter abertzale. Con tanta finezza en el análisis, el
acuerdo a tres deviene imposible.
Sin embargo, esa estrategia hegemonista de salón -limar regionalistas en
el caladero vasco del PP-PSOE y satelizar a EA-EB-Aralar-, ni recoge
voto españolista light -salvo en Bilbo, para desesperación de
Basagoiti-, ni llega a domeñar del todo a sus satélites, ni, sobre todo,
moviliza a sus bases. El jeltzalismo de a pie puede ser arrastrado por
un lehendakari populista, incluso hasta la decisión final, nunca por
tecnócratas seductores. Este planteamiento supuestamente hegemonista
también es un error, pero no veo al eje Egibar-lehendakari con fuerza
suficiente para sacar al PNV de su deriva suicida.
El negociador abertzale y su doble sistema de referencia: El actor
negociador de la izquierda abertzale ha estado sometido también a dos
polos presentes longitudinalmente en todos y cada uno de sus grupos de
referencia: el complejo político-militar y el estrictamente civil.
El primero de ellos está persuadido de que la actividad violenta todavía
puede dar réditos políticos, en tanto en cuanto la negación del
monopolio legítimo de la violencia por el Estado es el recurso máximo
que cualquier contrapoder puede utilizar, y, por tanto, el máximo tesoro
al que aquel aspira. Sin embargo, lo que teóricamente puede ser cierto,
no siempre se cumple en la práctica. Hace ya tiempo que la funcionalidad
de la lucha armada de ETA para la construcción simbólica del sistema
político español supera ampliamente el hipotético daño sistémico que
aquella pudiera infligir.
Por ello, entrar en un proceso negociador que no puede dejar de ser «a
la baja» y pensar que el PSOE -remember Argel- o el PNV -remember
Lizarra- van a cumplir su palabra es o pura ingenuidad o amnesia galopante.
No en vano, en toda negociación la virtualidad del acuerdo depende de la
posición de fuerza que lo sustenta. Se puede incluso firmar la
independencia con el Estado, pero si éste observa que el coste derivado
de la represalia por no concederla es menor que el beneficio de haberla
prometido falsamente, primero la firmará, luego romperá el papel, y aquí
paz y después gloria. El paradigma político-militar está atrapado por
una paradoja: el sistema político que debiera satisfacer una
reivindicación justa a cambio del cese de la violencia prefiere que esa
violencia permanezca para, precisamente, no tener que dar cauce a esa
misma reivindicación.
La sensibilidad más civil se lamenta porque la izquierda abertzale no se
acaba de creer que la capacidad de arrastrar al Estado a sus posiciones
no depende de la capacidad largamente demostrada de tumbar gobiernos
españoles -algo perfectamente prescindible para el sistema-, cuanto de
mostrar una fortaleza política inatacable, cientos de miles de votos,
millares de representantes dispuestos a dar pasos soberanistas
progresistas efectivos, siempre y cuando no se les ocupe el tiempo en
una pura actividad de resistencia, firme y continuada en el tiempo, sin
duda, pero mera resistencia al cabo, sin capacidad de trascender los
propios límites, ni discutir efectivamente la hegemonía al PNV. Ocupada
en un constante esfuerzo reorganizativo, la izquierda abertzale no acaba
de centrarse en la verdadera construcción nacional.
El caso es que aunque el coste de una ruptura de la tregua ya se había
invertido, el paradigma político-militar se ha vuelto a imponer. Ahora
confía en el miedo de Zapatero a perder el gobierno y amenaza con
realizar un vaticinio muy extendido en los círculos derechistas
madrileños: «Zapatero entró por un bomba, y saldrá por otra…». Y a una
mala luego se puede negociar con el PP lo que los socialistas no han
querido o no han podido conceder. ¿Pueden los partidarios de este
paradigma decir que entonces la posición política de la izquierda
abertzale va ser más fuerte que hoy? ¿Se podrá mover más al PP que al
PSOE? Y aunque la situación pudiera ser algo mejor, ¿compensa esa futura
e improbable posición de fuerza el coste político y humano de la ruptura
de la tregua?
La ética revolucionaria está para hacer ese tipo de análisis, no sólo
para acusar a los adversarios de falsarios o fascistas cuando lo único
que hacen es jugar sucio, es decir, hacer política. Al final, resultará
que el actor supuestamente más inmoral es el más moral de todos. Pero la
moral no vale para avanzar políticamente, sólo sirve para seguir siendo
esclavo y mantener, a pesar de todo, la autoestima.