Carlos Taibo

Público

Se ha dicho de todo sobre la respuesta que el Gobierno español ha asumido ante la crisis. Se ha hablado, así, de su responsabilidad, no precisamente menor, en la gestación de aquella, de impresentables acatamientos del credo neoliberal y de políticas tan erráticas como complacientes con los poderosos. Es muy escasa, sin embargo, la atención que hemos dispensado a la percepción de la crisis y de sus remedios que alienta el grueso de los partidos y de los sindicatos que, conforme a la descripción más común, están a la izquierda del PSOE. No hay, pese a ello, mejor prueba de la zozobra en la que nos encontramos que el escaso empaque, la sumisión al orden establecido y la llamativa ausencia de algo que huela a prospección crítica del futuro que muestran diputados, consejeros y concejales de fuerzas políticas, liberados sindicales y, en su caso, intelectuales y artistas afectos a firmar manifiestos.

Cifremos el sinsentido de esas percepciones en dos hechos. El primero nos recuerda que el horizonte mayor que parecen contemplar las propuestas progresistas –en mal momento reaparece este hueco adjetivo– es el que proporciona la defensa de los estados del bienestar, en un intento de devolver el reloj a dos o tres años atrás y en abierto olvido, por cierto, de la inanidad histórica de los derechos sociales entre nosotros. Pareciera, en otras palabras, como si debiéramos sentirnos orgullosos de lo alcanzado en los últimos decenios en una suerte de remedo, muy común en los dirigentes sindicales biempensantes, del “España va bien” aznariano. Al abrigo de unas demandas que, ajustadas al discurso alicaído y cortoplacista de los sindicatos mayoritarios, parecen entender que saldremos adelante si acrecentamos, o al menos mantenemos, los salarios –o si conseguimos para todos un trabajo por cuenta ajena, que para el caso tanto vale–, ha quedado dramáticamente en el olvido cualquier horizonte de transformación de la sociedad. A duras penas sorprenderá que, en este caldo, y no sin que falten llamativas invocaciones a la solidaridad con la pequeña y mediana empresa, todo lo que está lejos de nuestros reductos de prosperidad, y en singular el expolio de los recursos humanos y materiales de los países pobres, quede relegado a un discretísimo segundo plano.

No deja de sorprender, por lo demás, que la propuesta progresista asumida por el grueso de las formaciones que dicen ser de izquierda, luego de criticar la inanidad de la reacción gubernamental ante la crisis, asuma con frecuencia, sin embargo, todo tipo de miramientos ante unos sindicatos, los mayoritarios, que nadan en la misma miseria (cómo estará de subida la patronal, por cierto, para que, con los sindicatos que tiene a su merced, se permita rechazar acuerdos claramente ventajosos para los empresarios). Lejos de tirar de esas fuerzas sindicales hacia posiciones de mayor entereza y confrontación –no hay ningún camino que recorrer en sentido contrario–, lo que se intuye es, sin más, un acatamiento de la podredumbre que aquellas, burocratizadas y coartadas por su dependencia económica de la teta estatal, difunden.

El segundo hecho relevante bebe de un sonoro silencio: el que se dispensa a una cuestión vital como es la de los límites medioambientales y de recursos del planeta. No se busque en los pronunciamientos progresistas ninguna mención que no sea sibilina y retórica al crecimiento imparable de la huella ecológica, a un cambio climático que empieza a ser una realidad omnipresente o al inevitable encarecimiento que, en el medio y el largo plazo, afectará a la mayoría de las materias primas energéticas que empleamos. El hecho de que todo esto quede, también, en segundo plano, en provecho de nuevo de una visiblemente abusiva sacralización de salarios y derechos sociales –para qué preguntarnos qué producimos, con qué lo hacemos y al servicio de quién–, acerca una vez más el discurso progresista a las miserias de las propuestas oficiales que padecemos, incapaces de abandonar el terreno de juego que perfila un oxímoron, el del crecimiento sostenible, que retrata bien a las claras lo que tenemos entre manos: pan para hoy y hambre para mañana.

Si las posiciones que ahora me atraen se hallan claramente a la defensiva y se ajustan, mal que bien, al “virgencita, que me quede como estaba”, nada retrata mejor su sentido de fondo que la exultante crítica del neoliberalismo que nos rodea por todas partes. Aunque en una primera y superficial lectura pueda sonar a contestación radical del orden establecido, haríamos mal en olvidar que esconde a menudo –no me atreveré a afirmar que siempre– el designio de no ir más allá y de esquivar cualquier discusión que afecte, no ya al neoliberalismo, sino al propio capitalismo. Y es que una de las trampas mayores que se nos tienden en los últimos tiempos es la que nace de la afirmación, mil veces repetida, de que lo que está en crisis es el capitalismo desregulado, con el consiguiente corolario, a menudo orgullosamente verbalizado, de que el capitalismo regulado no arrastra ningún problema de relieve.

En la trastienda es fácil adivinar lo que se nos vende: la aceptación callada y vergonzante de que no hay vida fuera del capitalismo y, con ella, la inevitable negativa a examinar la hondura de la crisis que afecta al paraíso fiscal de escala planetaria y a una crisis ecológica imparable que aquel, regulado o desregulado, ha contribuido a crear. El mero retorno a un estado de cosas que está en el origen de lo que hoy padecemos, al amparo de un procedimiento que invita, franca o subterráneamente, a darle otra oportunidad al capitalismo, mal escudo parece para hacer frente a los duros tiempos que se avecinan.

2 thoughts on “Miserias del progresismo”
  1. MISERIAS DEL INTELECTUALISMO PEQUEÑOBURGUÉS
    Allá por 1970, en una reunión entre representantes estudiantiles y de CC.OO., un dirigente de la organización estudiantil del PCE se dirigió a un joven obrero preguntándole si tenía clara la importancia de las reivindicaciones concretas. El joven obrero, abriendo unos ojos como platos, le contestó: «Es que si no no comemos«.

    Me ha venido a mientes esa anécdota después de leer en Público el artículo de Carlos Taibo titulado «Miserias del progresismo», en el que entre otras cosas arremete contra «una visiblemente abusiva sacralización de salarios y derechos sociales«. Entiendo que Carlos Taibo, que como yo es profesor de Universidad, no sienta las reivindicaciones salariales como prioritarias. Más extraña parece su falta de empatía con los millones de parados o trabajadores precarios cuyo problema más inmediato es cómo llegar a final de mes.

    Pero es que además el profesor Taibo, al contrario de lo que podía dar a pensar el título de su artículo, no remite a la órbita del PSOE, sino que arremete contra «el grueso de los partidos y de los sindicatos que, conforme a la descripción más común, están a la izquierda del PSOE«. La verdad es que no tengo claro cuáles son los sindicatos que están «a la izquierda del PSOE», pero respecto a los partidos u organizaciones políticas, esa referencia inducirá a la mayoría de los lectores a pensar en Izquierda Unida y en el PCE. Pero la perplejidad aumenta cuando el profesor Taibo les acusa de no cuestionar el capitalismo. Por lo tanto, y dado que la última Asamblea de Izquierda Unida se definió inequívocamente como anticapitalista, y que el reciente Congreso del PCE ha optado rotundamente por el socialismo como alternativa al capitalismo, nos quedan únicamente dos opciones: o el profesor Taibo desconoce olímpicamente la posición de Izquierda Unida y del PCE, o se refiere a unas desconocidas organizaciones procapitalistas «a la izquierda del PSOE«.

    Con todo, el trasfondo del artículo de mi colega se expresa tanto en su desprecio de las reivindicaciones salariales y de «derechos sociales» como en el extraño razonamiento de que, al criticar el neoliberalismo, se estaría aceptando el capitalismo. Extraño razonamiento, efectivamente, dado que el neoliberalismo es el capitalismo realmente existente, y parece difícil atacar en lo concreto al capitalismo sin cuestionar el neoliberalismo.

    El problema es que mi colega parece pretender limitarse a una crítica global del sistema sin enraizarla en la lucha por los problemas concretos de la gente trabajadora. Pero las mayorías sociales no se movilizan únicamente por abstracciones, y sólo acceden a plantear alternativas globales a partir de la lucha por sus reivindicaciones concretas. Esas reivindicaciones concretas cuya importancia mi camarada estudiante comprendía por el estudio de la línea del Partido y de las obras de Marx y Lenin, pero que mi camarada obrero, que por cierto ha sido conocido recientemente por enarbolar una bandera republicana en sede parlamentaria, comprendía a partir de su propia vida.

    Y sin embargo Carlos Taibo es un aliado objetivo de la clase trabajadora. Y lo será más todavía en la medida en que asuma su condición social de trabajador intelectual, renunciando a la presuntuosidad de un intelectualismo elitista que desprecia los problemas concretos de la clase a la que objetivamente pertenece.

    1. MISERIAS DEL INTELECTUALISMO PEQUEÑOBURGUÉS
      Yo no soy miembro de Izquierda Unida ni del PCE y por tanto no puedo hablar con ninguna propiedad de los últimos pronunciamientos anticapitalistas que cita el anterior comentarista. Pero como bien dice la frase “por sus obras los conoceréis”, de los hechos que observo, por encima de las palabras que el viento se puede llevar, extraigo conclusiones. Y las obras de IU-PCE y partidos cercanos retratadas quedan en muchos municipios que han gobernado, del que Córdoba es el principal, en la política de su grupo parlamentario en Las Cortes en las últimas legislaturas con Llamazares a la cabeza, en diferentes parlamentos autonómicos, en su apoyo a curiosas reivindicaciones como la celebrada hace bien pocos días manifestación de militares (tradicionales enemigos de la clase obrera) a la que asistió Cayo Lara (también han apoyado reivindicaciones similares de la Guardia Civil, otro cuerpo del estado bien conocido por su adhesión histórica al pueblo llano), en la gestión de la consejería de interior del gobierno catalán y de los mossos d´esquadra por citar algunos ejemplos.

      En general coincido bastante con las afirmaciones de Carlos Taibo, y aunque concedo a Rafael Pla razón en su argumento de que las reivindicaciones revolucionarias no pueden serlo en abstracto y a espaldas de las necesidades concretas de la clase asalariada se me ocurren varios peros. En primer lugar que no creo que la afirmación de Taibo niegue eso. Él simplemente denuncia que quienes se arrogan representar a esa supuesta clase obrera actualmente se dedican a reivindicar mejoras concretas para esa clase que están divorciadas de un horizonte radicalmente transformador y de algún modo se han vuelto reformistas e incluso corporativistas. Creo que tanto Carlos Taibo, como Rafael Pla y este humilde servidor opinamos que ambas cosas deberían ser necesarias. Taibo va más lejos y acusa a ese sector político a la izquierda del PSOE (entiendo que incluye a UGT y CCOO que como bien sabemos y sugiere Pla están tan a la derecha en el espectro político como el mismo PSOE) de estar en connivencia con la perpetuación del sistema en el que estamos con la única condición de que éste sea un “estado del bienestar”, afirmación que comparto, y a los hechos y no a las palabras me remito. Cierto que, y vuelvo a repetir, no hay que caer en el intelectualismo de divorciar la revolución de las necesidades concretas del presente, pero no olvidemos que esa mentada clase obrera en el pasado supo perfectamente mantener ambas luchas a la par y lo hizo poniendo en jaque al mismo sistema. Años luz de lo que pasa ahora. Y a años luz seguiremos si no variamos el discurso y el trabajo. Hay precariedad laboral, sí, hay explotación, sí, se atenta contra las conquistas sociales, sí. Aún así el nivel de vida y de consumo medio, la renta per cápita sigue siendo infinitamente más elevada aquí que en otros lugares del planeta de los que se nutre nuestra economía estatal. La verdadera solución y el camino que es preciso retomar a mi entender, y en eso coincido con Taibo, no está en una ciega defensa de unas cuantas prestaciones sociales y de unas determinadas condiciones laborales, sino en una radical transformación del tablero sobre el que se juega la partida.

      Y que conste que yo no soy funcionario del estado sino trabajador precario por cuenta propia más que afectado por el momento de crisis económica.

      Saludos.

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