Magda Bandera | 10-02-05

Los niños «soldado africanos» están de moda, escribía recientemente el cooperante Jordi Raich en El espejismo humanitario (Debate), su crítico análisis sobre las ONG. Concretamente, los tildaba de «víctimas sexy», porque, según él, resultan muy atractivos para los medios de comunicación.

Las editoriales han detectado ese interés y en las últimas semanas han aparecido varios libros que recogen estos testimonios. El más reciente de ellos, Mi vida de niña soldado (Maeva), es la biografía de China Keitetsi, una adolescente de Uganda que explica cómo «le quitaron a su madre para darle un fusil».

China es una más de los 500.000 menores que desde hace años han sido obligados a convertirse en soldados. Su historia es parecida y a la vez muy distinta a la de Peter, niño soldado (Martínez Roca). La condición femenina de la pequeña ugandesa hizo que, además de la crueldad de la guerra, tuviera que sufrir los abusos de sus compañeros.

Este tipo de vejaciones es habitual entre los niños soldados, reconoce Peter en su libro. Este adolescente, que desconoce su edad exacta, narra con profusión de detalles y mucha sinceridad su historia a quienes le atienden en un centro de rehabilitación de Cruz Roja en el que ha aprendido el oficio de carpintero.

Por su parte, el reportero independiente Gervasio Sánchez recoge en Salvar a los niños soldado (Debate) la experiencia del misionero Chema Caballero en el centro de rehabilitación de Saint Michael en Sierra Leona. Para ello ha seguido su trabajo a lo largo de los últimos cinco años.
Pese a las semblanzas entre todas estas historias y la que narró Ahamdou Kourama hace cuatro años en la novela Alá no está obligado (Muchnik Editores), Sánchez va más allá y analiza los porqués de estas prácticas en capítulos como el dedicado a «Los diamantes ensangrentados».

Asimismo, el reportero destaca que este fenómeno no es nuevo ni exclusivo de África. En los ochenta, Sedky-Lavandero demostró que «los manuales de la CIA utilizados en Centroamérica para la instrucción de la Contra nicaragüense aconsejaban «explicar el manejo de las armas a los jóvenes y muchachos, ya que ellos son reclutas potenciales para nuestras fuerza».

Instrucción

Peter explica en su libro que los jefes examinaban a los menores mediante la «»prueba de los disparos». Se trataba de ir uno por uno y esconderse tras un arbusto. A continuación «los soldados disparaban directamente al arbusto, muchas veces a ras de suelo para asegurarse de que te darían. Se trataba de demostrar que podías salir de allí con vida». Ese día tenía tanto miedo que consiguió salvarse. Pronto, «gracias a las drogas, no me daba miedo ir en primera línea de fuego. Los más pequeños éramos los más valientes».

Sánchez reproduce el testimonio de Komba Gbanya al respecto: «En los primeros combates me aterrorizaba el ruido de las balas. Un día me retrasé para hacer mis necesidades. Un teniente me disparó sin alcanzarme y yo conseguí matarle. Mi comandante me felicitó y me ascendió en una Small Boys Unit (Unidad de Niños Pequeños)». Una vez convertidos en reclutas, los niños se asignan nombres rimbombantes. «Commando, Rambo y Suicide» eran algunos de los compañeros de China.

Canibalismo

Tanto en el relato de Peter como en algunos de las historias recopiladas por Sánchez se aborda uno de los principales temas tabú sobre los niños soldados: el canibalismo. Peter confiesa que sus compañeros eran verdaderos adictos a la lucha y la violencia: «Nada nos importaba. Incluso a veces, después de capturar a un enemigo, le arrancábamos el corazón (…). Lo condimentábamos con sangre humana que cocinábamos y luego nos bebíamos. Eso nos hacía más audaces.

Muy similar resulta un testimonio recogido por Sánchez: «El comandante nombró a quienes debían utilizar el machete para abrirlos en canal y sacarles el hígado y el corazón. (…) Yo maté a uno, le saqué el hígado y lo coloqué en un puchero. Era obligatorio beber la sangre o utilizarla para lavarse la cara y las manos. No había elección: te mataban si te negabas (…). Quiero que entienda, Father Chema, que no me gustaba hacerlo. Tras recibir un botón (ascenso), ya no tenía que matar a los prisioneros. Los más pequeños lo hacían por mí y yo sólo me los comía».

La primera batalla dejó a China estupefacta: «Todos empezaron a desnudar los cadáveres (…). Los heridos se arrastraban pidiendo auxilio. Los que se habían rendido estaban sentados en el suelo con las manos atadas a la espalda de la manera más dolorosa. Y cuando vi que mis camaradas reían y parecían estar pasándolo bien, me convencí de que nada en el mundo agrada tanto a los humanos como torturar a sus presas y burlarse de ellas».

Las atrocidades cometidas por los menores sobrepasan todos los límites. En este sentido, Peter narra el episodio en que abren en canal a una mujer embarazada viva para comprobar el sexo del bebé y después cocinan el feto.

Drogas

«Ya no tratábamos a nadie con respeto porque ya nada nos infundía respeto, sobre todo después de haber tomado marihuana y otras drogas. Yo solía restregarme pólvora en los ojos. Cualquiera que me hubiera visto en ese estado sabría que nadie podía ser lo suficientemente valiente como para ponérseme por delante», explica Peter.

Justice, uno de los muchachos rehabilitados por Caballero, recuerda que se inyectaba cocaína en las venas con una aguja y tomaba unas pastillas azules que le provocaban un estado de gran euforia. «Mi corazón se hacía fuerte y no sentía dolor cuando me herían».

Sexo

Los niños también mantienen relaciones sexuales, abusan de sus compañeras. Ellas son violadas sistemáticamente. Peter lo explica de este modo: «Nosotros nos preocupábamos más de atacar y de tomar nuevos lugares que de mirar a las mujeres. Aunque sí es verdad que, de vez en cuando, cuando estábamos en primera línea de fuego y atacábamos por sorpresa, si nos encontrábamos con mujeres civiles las violábamos».

«A partir del grado de brigada, todos tenían derecho a gozar de nuestros favores. Casi todas las tardes se presentaba algún oficial y te ordenaba presentarte en su despacho (…). Cuando una se resistía, el abuso cobraba un cariz violento. Imagino que así debe ser el infierno, ¿dónde, si no, se encontraría tanta acumulación de dolor? (…). Los compañeros soldados conocían estos abusos y nos colgaban epítetos que significaban «pesebres de todos los afandes» o «tazones de los que bebían todos los oficiales». Desesperada, finalmente China inventó una mentira que la libró de las cotidianas violaciones. Dijo que «tenía la sífilis» e incluso logró evitar el contacto con un oficial que poco después murió de sida, después de infectar a incontables niñas soldado.

Recuperación

Peter y China han logrado recuperarse. Peter. La joven vive en la actualidad en Dinamarca, un lugar que le sorprendió gratamente porque allí «hasta los animales tienen derechos». Sin embargo, en el libro de Sánchez se incluyen historias que no siempre tuvieron un final feliz.

Hubo quien acabó en la cárcel por tráfico de drogas y chicas cuya inestabilidad psicológica les impidió tener una relación normal y acabaron prostituyéndose. Pero muchos de los 3.000 niños que pasaron por el centro de Chema Caballero consiguieron «renacer». Sánchez reproduce una conversación entre Justice y el misionero: «Cada vez pienso menos en que maté e hice el mal. Hago ejercicios todos los días porque quiero tener un cuerpo fuerte y una mente sana para gustar más a las chicas. Me ayuda a relajarme y a ser menos agresivo. Ya no sueño con los combates. Si estallase una nueva guerra, huiría del país lo antes posible. Aún se manejar un arma, pero espero no tener que usarla jamás».

Peter es de la misma opinión. Desea convertirse en «una buena persona para la comunidad. Sé que tengo que ser duro para sobrevivir. Quiero vivir decentemente. (…) Mi única intención es vivir para que cuando muera no vaya al infierno». Peter sabe de la creación de una corte especial para juzgar «a quienes nos ordenaron hacer lo que hicimos (…). Si pudiera enviarles un mensaje sería que lo que hicieron no estuvo bien. Para nosotros, los niños, eso no fue vida, si hubiéramos continuado con ese tipo de vida mucho más hoy no estaríamos vivos».

VÍCTIMAS

Fin del silencio en El Salvador

«No parleu del que va passar, us farà més mal», recomendaban los adultos a a Andrea, una de los cinco niños capturados en El Salvador que explican su historia en Segrestats per la guerra (Viena), una antología a cargo del jesuita Jon de Cortina. Por eso, «quan es parlava d’aquestes coses, ens posàvem una mica nerviosos i malenconiosos a la vegada. Entràvem en un tema prohibit».

A través de las historias de estos niños criados en orfanatos se ve la otra cara de una guerra que no resultó demasiado mediática a pesar de que entre 1980 y 1992 provocó más de 75.000 muertos y 8.000 desaparecidos. «Gairebé no hi ha documentació (…). Els mitjans de comunicació deien que la Força Armada havia guanyat una posició o una altra, però mai no van informar sobre els abusos i les matances (…).

Los niños de este libro, adultos ya, no sólo hablan de la destrucción, las torturas o el asesinato de sus padres, sino que también se detienen en contar cómo era su vida antes de que todo empezara. Asimismo, explican con ojos que conservan cierta inocencia infantil la lucha de los campesinos, su modo de organizarse y sus objetivos.


Mi vida de niño soldado

Autora: China Keitetsi

Editorial: Maeva

Páginas: 256

Precio: 18 €

Peter, niño soldado

Autor: Peter

Editorial: Martínez Roca

Páginas: 182

Precio: 17 €

Salvar a los niños soldado

Autor: Gervasio Sánchez

Editorial: Debate

Páginas: 237

Precio: 18 €

Secuestrados por la guerra

Autor: Jon de Cortina

Editorial: Viena

Páginas: 231

Precio: 17,5 €

Artículo original en:

http://www.magdabandera.com/es/hemeroteca/100205periodico.htm