Miguel A. Delgado

La Butaca

Parece como si la ciencia ficción hubiese mutado en los últimos tiempos, buscando formas de superar el hecho de que la sobreabundancia e infinita capacidad de los efectos especiales la hayan llevado a la posible muerte por saturación. Ahora no es difícil encontrarse con cintas que construyen sus historias a partir de postulados afines al género, pero expresados con los mimbres de otros aparentemente ajenos al suyo. El último ejemplo en llegar a nuestras pantallas es “Nunca me abandones” (ver tráiler), película que tiene la virtud de mimetizarse con cintas de índole aparentemente muy diferente, hasta el punto de que los lugares de convergencia con la otra novela de Kazuo Ishiguro, “Lo que queda del día”, son más que evidentes, con ese retrato de una sociedad, la británica, experta en reprimir las emociones y sacrificar la satisfacción de los deseos a cambio del cumplimiento de las normas.

Si en la adaptación cinematográfica de James Ivory el escenario era una gran mansión en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, con una relación amorosa nunca expresada entre dos personajes —un mayordomo y un ama de llaves— que saben el lugar que les corresponde y el cual bajo ningún concepto deben abandonar, en este caso la historia se detiene en una Inglaterra paralela, en la que el avance de la medicina ha disparado las expectativas de vida de la gente hasta los cien años y ha tenido por contrapartida el surgimiento de un nuevo tipo de ciudadanos de segunda clase, los clones cuyo único fin es servir de suministradores de órganos para que los ciudadanos de primera clase, los originales, puedan vivir.

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Como una gran parábola del sistema de clases que, quizá por confluir en su mirada lo japonés y lo inglés, Ishiguro sabe tan bien describir, los tres protagonistas —con una soberbia Carey Mulligan al frente— vivirán aislados del mundo. Primero en un internado y más tarde en una granja, sentirán las dudas y trampas del amor, e intentarán encontrar en este una manera de evitar su destino. Y todo esto lo cuenta Mark Romanek, un director venido del mundo del videoclip y lo “moderno”, con una elegancia extrema, sin cargar en demasía las tintas, aferrado a un tono de elegía en el que los pocos humanos que aparecen se muestran más deshumanizados que sus salvadores.

“Nunca me abandones” es una cinta de una profunda belleza, triste pero conmovedora, capaz de sacudir el corazón y emocionar de manera profunda. Sin necesidad de golpes de efecto, con la sutilidad de quien sabe esquivar los peligros de caer en lo evidente o más sórdido, sublimando las características de un cine, el de época inglés, que vuelve a estar entre nosotros, situando la historia en una intemporalidad —desde finales de los setenta hasta mediados de los noventa— que casi podría situarse en cualquier lugar de los últimos cincuenta años.

Y, mediante un inteligente cruce, otorga nuevo poderío a un género, el de la ciencia ficción, que mantiene intacta su capacidad para plantear preguntas, entre ellas una que vuelve una y otra vez dejando siempre el regusto amargo de la carencia de una respuesta clara, o al menos una que nos satisfaga: la eterna cuestión sobre qué nos hace humanos. “Nunca me abandones” es una nueva aportación, una verdaderamente hermosa, a esa cuestión, abriendo interrogantes y dejándonos con una desolación parecida a la de estos chicos que no gritan, no protestan y tan sólo aspiran a que alguien les pueda asegurar que su sacrificio, que nadie les agradecerá, al menos tiene sentido.

One thought on ““Nunca me abandones”: La eterna pregunta”
  1. “Nunca me abandones”: La eterna pregunta
    Pues a mi la película me parece un tostón, y mira que tengo aguante!

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