
1) Uno de los acontecimientos que, entre alardes tecnológicos y augurios apocalípticos, dará que hablar literariamente en el año 2000 será el centenario de la muerte de Oscar Wilde (1854-1900)1
. A tal efecto, hace poco más de un año, se inauguró un memorial en una de las calles más populosas de Londres y, desde entonces, como suele ocurrir en estos casos, asistimos a una nueva reedición de sus libros y a la aparición de algún que otro estudio biográfico. En este artículo, y frente a quienes sólo ven en el escritor irlandés a un esteta decadente, se aboga por alguien que, de acuerdo con George Woodcock, “creía fervientemente en el valor intrínseco del individuo; negaba el derecho de la sociedad a condenar a cualquiera de sus miembros al sufrimiento o a deformar sus vidas con sus exigencias, y odiaba a la autoridad, la crueldad y la fealdad, tanto en la vida como en el arte”. Lenguaje y pensamiento, como es sabido, se encuentran en una relación tan íntima que, difícilmente, se pueden separar. Toda actividad intelectual tiene lugar mediante el lenguaje. Éste conforma al pensamiento, lo acompaña, lo hace posible, nos eleva sobre otros animales y nos permite mejorar. Lenguaje y pensamiento, en su inextricable unidad, han alcanzado las cimas más altas en las visiones de algunos filósofos, artistas y poetas. Y entre ellos, pocos, como Oscar Wilde, lograron poner a uno y a otro en tan fecunda tensión, pocos, como él, supieron cautivarnos con el dulce encanto de sus diálogos, con la brillantez de sus paradojas y la imaginativa elegancia de sus provocaciones. Y, acerca de eso, no deja de ser curioso que Wilde, tan influido desde sus inicios por el esteticismo de Théophile Gauthier, afirmara que el arte carece de utilidad y que todo mal arte es el resultado de una buena intención. A pesar de lo cual, o justamente por ello, nos legó un tesoro de epigramas fascinantes cuya mordaz ironía, al igual que en Charles Baudelaire, no tenía otro objeto que épater le bourgeois, verdaderos destellos de anarquía desde los que hoy, gracias a su ingenio, nos resulta mucho más fácil respirar. Basta recordar la réplica que pone en boca de Lady Windermere, protagonista de una de sus comedias, cuando manifiesta a su interlocutor: “Me mira usted como si fuese de otra época. Bien, lo soy. Sentiría estar al mismo nivel de una época como ésta”. O lo que, en Un marido ideal, Mabel Chiltern opina de ciertos músicos, esos que “siempre quieren que estemos absolutamente mudos cuando en realidad lo daríamos todo por estar sordos”. Algo que, sin duda, podemos aplicar también a las eternas pretensiones de demasiados políticos, obsesionados como están por mantenerse a toda costa y porque de manera insensata les votemos sin vacilar. Barbarie sobrealimentada. – Wilde, muy alejado de quienes le ven tan sólo como un snob superficial, se rebeló contra la servidumbre de la normalidad y el imperio de la repetición, contra el letargo de las costumbres y un sentido común tan prosaico que siempre promueve el conservadurismo y la estupidez. La suya, podemos comprobar, es la denuncia de un mundo que se ha transformado en un vulgar mercado, donde las cosas innecesarias son nuestra única necesidad y en el que se soborna al ser humano con un burdo confort para que, como un animal doméstico, se resigne a la seguridad que le ofrece la monotonía de una insufrible rutina. La nuestra, según Wilde, es una época utilitaria que ignora la verdadera utilidad, que conoce el precio de todo pero el valor de nada. Una época, a la que llamó “barbarie sobrealimentada”, donde la mayor preocupación de la gente, aparte de malgastar su vida en la acumulación de cosas externas o en los símbolos que las reemplazan, es guardar esa respetabilidad puritana tan propia de la clase media que sólo conduce a incrementar la hipocresía y la pusilanimidad. En este contexto, el deber se confunde con lo que se espera que hagan los otros, no con lo que uno mismo hace, y aquellos que se pasan el día predicando, en realidad, condenan todos los pecados que no les tientan o bien nos advierten de las faltas que ellos mismos están cansados de cometer. Por eso, afirma, si la moralidad equivale únicamente a transigir con las normas de nuestro tiempo, “aceptarlas es la forma más grave de inmoralidad”. Y por eso, bajo tales circunstancias, proclamó que “el pecado es el único elemento de color que queda en la vida moderna” y que “una idea que no sea peligrosa es indigna de que la llamemos idea”.En este sentido, uno de los textos más explícitos de Wilde lleva por título El alma del hombre bajo el socialismo, que publica en 1891 y se considera como una de las más importantes contribuciones a la literatura anarquista de aquella década[[Oscar Wilde, “The soul of Man under Socialism” (1891), De Profundis and other writings, London, Penguin, 1986. Hay una edición en papel de Tusquets editores, descatalogada, y una edición digital de acceso libre: http://www.kclibertaria.comyr.com/lpdf/l022.pdf. Higinio Polo publica en www.rebelion.org una reseña muy extensa que es, además, biografía de Wilde: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=52877]]. Acerca de lo cual, y antes que nada, hay que apreciar el sincero interés que Wilde siempre manifestó por las ideas y actitudes libertarias[[Richard Ellmann, en la que hasta el momento pasa por ser la major biografía de Oscar Wilde –Barcelona, Edhasa, 1990 (1987)-, nos cuenta que éste, en 1984, le dijo a un entrevistador: “Todos nosotros somos más o menos socialistas en la actualidad… Creo que soy algo más que socialista. Tengo algo de anarquista, pero creo, por supuesto, que la política de la dinamita es absurda, realmente”.]]. Así, en 1886, a instancia de George Bernard Shaw, fue el único escritor que, en Londres, firmó una petición para conmutar la pena y salvar la vida de los ochos obreros anarquistas que injustamente habían sido condenados por los disturbios de Haymarket Square en Chicago. “Aquella firma fue un acto completamente desinteresado por su parte –anotó Shaw-, que le aseguró mi consideración más distinguida hasta el final de sus días”[[George Bernard Shaw, ‘Mis recuerdos de Oscar Wilde’, en F. Harris, Vida y confesiones de Oscar Wilde, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999 (1914, 1918).]]. Cuatro años después, según señala George Woodcock, cuando el joven poeta John Barlas fue detenido por disparar un revolver en la Cámara de los Comunes, Wilde propuso que se le liberara bajo fianza, para, posteriormente, presentarse como fiador cuando aquél tuvo que comparecer ante el juez[[Woodcock, Oscar Wilde. The Double Image, Montreal, Black Rose, 1989 (1949).]]. Y, todo eso, sin olvidarnos de su último gran poema, La balada de la cárcel de Reading, con el que, junto con dos cartas públicas –una de las cuales tituló ‘No leáis esto si hoy queréis estar contentos’-, levantó su voz contra un sistema penitenciario que no es sino otro peldaño, especialmente infame, en la historia de la crueldad humana2
. Porque toda prisión, alegó Wilde, está construida con ladrillos de ignominia y, entre sus muros, donde se agazapa el terror, unos seres tristes miran con ojos ávidos “a ese pequeño toldo azul al que los prisioneros llaman cielo y a cada nube feliz que pasa en tan extraña libertad”. Por lo demás, en El alma del hombre bajo el socialismo aparecen gran parte de las críticas que, envueltas en una atmósfera de aparente frivolidad, Wilde ya había manifestado en sus comedias o en otros libros. Por ejemplo, cuando nos habla de los filántropos, esos auténticos “engorros de la ética”, cuyos remedios son “una estafa sentimental” y que lejos de curar la enfermedad forman parte de ella, pues la prolongan en la medida en que usan la propiedad privada para aliviar unos males que ella misma acarrea. O cuando desconfía de una opinión pública que “tiene una curiosidad insaciable por conocer todo, excepto lo que merece la pena saber” y a la que define como “una tentativa de organizar la ignorancia de la comunidad y elevarla a la categoría de fuerza física”. Una opinión pública a la que ve sometida al influjo de un periodismo que sólo desea “divertir a los esclavos” y que viene a confirmar “el gran principio darviniano de la supervivencia de los más vulgares”, el imperio asfixiante de la estulticia y la mediocridad. Utopía libertaria. – Pero, junto con eso, Wilde, que admiraba a Piotr Kropotkin y se inspiraba en William Godwin, plantea también algunas cuestiones nuevas. Y la primera, que toda forma de gobierno es un fracaso, incluida la democrática, pies “sólo significa el apaleamiento del pueblo por el pueblo y para el pueblo”. De modo que toda autoridad, por apoyarse en la compulsión, es igualmente mala, ya que degrada tanto a quien la desempeña como a aquellos sobre los que se ejerce. De ahí que el socialismo no deba convertirse en un sistema cuartelario de tiranía económica donde nadie disponga de libertad. Por el contrario, para que el ser humano se encuentre verdaderamente a gusto, toda asociación tiene que ser libre y voluntaria. Y tal es así que el socialismo, “al convertir la propiedad privada en riqueza pública y sustituir la competencia por la cooperación”, deberá consistir en un medio cuyo fin no sea su propia permanencia ni el mero bienestar económico, sino la plena expresión de la independencia de juicio y la personalidad de cada cual, esto es, el desarrollo más intenso del individualismo. De un individualismo existencial –una energía inconformista y disidente- que no podemos confundir con el utilitarismo egoísta, que exige a los demás que piensen de igual manera que uno, sino que representa ese estadio superior donde hemos de valorar al ser humano por lo que es y no por lo que posee. Un nuevo estadio en el que la gente, gracias a su control sobre los medios técnicos de producción, pueda disfrutar de los placeres del espíritu, y donde cada uno, antes que apresurarse a pedir un arte popular, “debe intentar hacerse artista a sí mismo”, deleitarse en producir cosas bellas. Por supuesto, hay quienes replican que este ideal de autorrealización es tan impracticable como utópico. A lo cual Wilde no duda en responder que, justo por eso, se trata de una meta que merece la pena esforzarnos por alcanzar. Porque, en definitiva, ¿qué es un proyecto práctico?, nos dice, “o bien es un plan que ya existe o bien es un plan que podría llevarse a cabo bajo las condiciones existentes”. Sin embargo, añade, “precisamente esas condiciones son las que se objetan, y cualquier proyecto que pudiera aceptarlas es incorrecto y absurdo”. Y contra el lastre de eso que realmente existe, así como de todo pensamiento envilecido por su sentido práctico, sólo cabe la desobediencia y la imaginación. La primera, “porque a los ojos de cualquiera que ha leído historia es la virtud original del hombre”. Y la segunda, porque es el recurso más importante de quienes, despiertos, saben soñar. Al fin y al cabo, declara con su habitual lucidez: “Un mapa del mundo que no incluye la utopía no merece siquiera la pena de un vistazo, pues excluye el único país en el que siempre la humanidad ha querido desembarcar. Y cuando la humanidad llegue ahí, mirará más adelante, y al divisar un país aún mejor, navegará hacia ese nuevo destino”. Muchos fueron los que, en su día, consideraron este ensayo como una simple ocurrencia intrascendente y divertida. Aún no percibían las brumas autoritarias que albergaba la confiada arrogancia del socialismo científico. Wilde, por su parte, pertinaz defensor de los fueros del individuo, no sólo se limitó a comentar que las murallas de Tebas se elevaron al son de la música pero que Tebas fue en verdad muy insípida, sino que poco después escribió uno de sus más hermosos aforismos, ese que dice: “Todos vivimos en las cloacas, pero algunos miramos a las estrellas”. Desde entonces, sabemos bien que el rutilante titilar de éstas alivia cada noche los sueños sin nombre de quienes, abatidos por la pestilente fatuidad de aquellas, sienten a veces que no pueden más.2) Estrambote de la cosecha de quien transcribe. Cita del final del capítulo quinto de la novela de Wilde “El retrato de Dorian Gray”3
, que recoge una conversación entre la madre y el hermano de una muchacha, Sibila Vane, seducida por el personaje que da nombre a la obra. Pasaba de las cinco y Sibila tenía que acostarse un par de horas antes de trabajar. Jim insistió en que no dejase de hacerlo. Quiso despedirse de ella en aquel momento mismo, mientras su madre estaba ausente. Ésta haría seguramente una escena, y él detestaba las escenas de cualquier clase. Se despidieron en el cuarto de Sibila. En el corazón del joven anidaban los celos y un odio feroz y homicida contra aquel extraño que le parecía que venía a interponerse entre los dos. Sin embargo, cuando ella le hecho los brazos al cuello y sus dedos acariciaron sus cabellos, se ablandó y la besó con sincero afecto. En sus ojos había lágrimas cuando bajó por las escaleras. Esperaba abajo su madre. Refunfuñó por su tardanza al entrar él. No le contestó y se sentó ante su pobre comida. Las moscas zumbaban alrededor de la mesa y se paseaban por el sucio mantel. Entre el ruido de los ómnibus y el alboroto de los coches de la calle, percibía el rumor de la voz que consumía uno a uno los minutos que le quedaban. Pronto apartó su plato y oculto la cara en sus manos. Sintió que tenía derecho a saber. Había estado escuchando antes y sospechaba. Su madre le miró atemorizada. Las palabras caían de sus labios maquinalmente. Un pañuelo de encaje, rasgado, se enrollaba en sus dedos. Al sonar las seis, se levantó y se fue hacia la puerta. La miró. Sus ojos se encontraron. En los de ella había una ardiente súplica de perdón. Esto le enfureció. – Madre, tengo que preguntarte una cosa. Ella no respondió. Sus ojos vagaron por la habitación. – Dime la verdad. Tengo derecho a saberla. ¿Estabas casada con mi padre? Ella lanzó un hondo suspiro. Era un suspiro de alivio. El momento terrible, el momento esperado con terror día y noche, durante semanas y meses, había llegado al fin y, sin embargo, no sentía terror. Era realmente, en cierto modo, una decepción para ella. La vulgar franqueza de la pregunta requería una respuesta directa. La situación no había sido encauzada gradualmente. Era cruda. Aquello le parecía un mal ensayo. – No – le contestó, asombrada de la dura sencillez de la vida. – Entonces, ¡mi padre era un canalla! – gritó el joven, con los puños cerrados. Ella movió la cabeza. – Yo sabía que no era libre. Nos amábamos apasionadamente. Si hubiese vivido, habría subvenido nuestras necesidades. No hables en contra suya, hijo mío. Era tu madre y era un gentleman. Pertenecía a una buena familia. De los labios del joven partió un juramento. – A mí eso no me importa –exclamó-; pero no abandones a Sibila… Es un gentleman, ¿no?, el que está enamorado de ella o dice estarlo. Supongo que también será de una buena familia. Invadió por un instante a la vieja una sensación de atroz humillación. Bajó la cabeza. Y se secó los ojos con sus trémulas manos. – Sibila tiene una madre –murmuró-. Yo no la tenía. – Siento haberte apenado preguntándote por mi padre –dijo-; pero no he podido evitarlo. Ahora debo marcharme. Adiós. No olvides que ya no tienes más que una hija que vigilar y créeme, si ese hombre hace el menor daño a mi hermana, averiguaré quién es, le perseguiré y le mataré como un perro. Lo juro. Gracias a la loca exageración de la amenaza, al apasionado ademán que la acompañó, a las palabras melodramáticas, pareció a la comedianta que la vida se hacía más intensa para ella. Estaba familiarizada con aquel ambiente. Respiró con más libertad y, por primera vez desde hacía muchos meses, admiró realmente a su hijo. Hubiese querido continuar la escena en aquel tono emocionante, pero él cortó en seco. Había bajado el equipaje y buscado las bufandas. La criada iba y venía. Tuvo que ajustar al cochero. Pasaban los minutos en vulgares detalles. Experimentando de nuevo una sensación de desencanto, la madre agitó por la ventana el roto pañuelo de encaje cuando su hijo partió en el coche. Estaba convencida de que se había perdido una gran oportunidad. Se consoló diciendo a Sibila la desolación que sentiría en su vida, ahora que ya no tenía más que un hijo que vigilar. Recordaba esta frase. Le había gustado. No dijo nada de la amenaza expresada tan intensa y dramáticamente. Tenía la sensación de que, algún día, todos se reirían de ella.- Artículo de Juan Claudio Acinas tomado de Disenso : revista canaria de información y opinión. – nº 27, octubre 1999, págs. 26-27. Actualizo algunas notas. ↩︎
- Se recogen escritos contra las cárceles de Wilde en la citada edición digital. ↩︎
- Cito por una edición de venta por correspondencia del ‘Círculo de amigos de la historia’ (1975), que recoge, probablemente, la traducción de Julio Gómez de la Serna para Aguilar. ↩︎