Este debate entre quienes adoptan la estrategia electoral y la estatización de la economía y los servicios, y quienes propugnan autogestión, descentralización y federalismo se da desde los primeros albores de la historia del obrerismo. Os copio aquí un texto muy ilustrativo escrito hacia 1880-90. Nota del copista.


Sucede siempre que, después que un partido político ha manifestado una aspiración definitiva, proclamando que no se contentará con menos de lo consignado en su programa, se divide en dos fracciones. Una de ellas permanece inalterable, mientras que la otra, aunque pretendiendo no haber cambiado nada de sus primitivos propósitos, acepta alguna especie de transacción, y una vez dado el primer paso en este sentido, se va ensanchando la distancia que ha empezado a separar a las dos, hasta que la última llega a alejarse tanto del punto de partida, que termina por convertirse en otra agrupación limitada sólo a pretender muy modestas reformas.

Esto es precisamente lo que ha ocurrido con la Asociación Internacional de Trabajadores. Nada menos que la expropiación de los actuales poseedores de la tierra y el capital, y el pase a manos de los productores de la riqueza de todo aquello que es necesario para su producción, era, en un principio, la franca aspiración de dicha sociedad. Se había hecho un llamamiento a los trabajadores de todas las naciones para que se organizaran en sus países respectivos, a fin de estar dispuestos a luchar directamente contra el capitalismo, a estudiar los medios de socializar la producción de la riqueza y su consumo, y cuando se encontraran aptos para realizarlo, tomar posesión de los elementos de producción y regir ésta, sin preocuparse de la presente organización social, la cual debe sufrir una reconstitución completa. La asociación ha tenido que ser, por consiguiente; el medio de preparar una inmensa revolución, primero en las inteligencias y más tarde en las formas mismas de vivir; revolución que abriría a la humanidad una nueva era de progreso, basado en la solidaridad de todos.

Este fue el ideal que despertó de su sueño a millones de trabajadores europeos, y atrajo a la asociación sus mejores fuerzas intelectuales. Dos fracciones, sin embargo, se dibujaron en corto tiempo. Cuando la guerra de 1870 terminó en una completa derrota para Francia, el levantamiento de la Commune de París fue ahogado en sangre, y las leyes draconianas que se promulgaron contra la Asociación excluían a los trabajadores franceses, prohibiendo que pertenecieran a ella; y cuando, por otra parte, el gobierno parlamentario fue introducido en la Unión alemana -meta a la que aspiraban a llegar los radicales desde el 48-, los alemanes hicieron un esfuerzo para modificar las aspiraciones y la marcha de todo el movimiento socialista.

La conquista del poder, DENTRO DEL ACTUAL ESTADO DE COSAS, vino a ser la consigna de esa fracción que tomó el nombre de Democracia Socialista. Su primer triunfo electoral en las elecciones al Parlamento alemán despertó grandes esperanzas. Habiendo crecido el número de diputados de ese partido de dos a siete y luego a nueve, se calculó confiadamente por hombres que, aparte de esto eran razonables, que antes de terminar el siglo XIX, la democracia socialista tendría mayoría en el Parlamento alemán, pudiendo entonces introducir el Estado popular por medio de una legislación adecuada. El ideal socialista de esta agrupación perdió gradualmente el carácter de algo que tiene que plantearse por las mismas organizaciones obreras, convirtiéndose en una aspiración a que el Estado intervenga en la vida industrial; en una palabra, en el socialismo de Estado; esto es, EN EL CAPITAL OFICIAL.

Hoy, en Suiza, los esfuerzos de los demócratas socialistas se dirigen en política, a favor de la centralización y contra el federalismo, y en el terreno económico, a procurar que el Estado se haga cargo de los ferrocarriles y monopolice la banca y la venta de alcoholes. La administración de la tierra y de las principales industrias, y hasta del consumo de la riqueza, seria el paso inmediato en un porvenir más o menos remoto. Gradualmente, la vida y actividad del partido de la democracia socialista alemana se fue subordinando a consideraciones electorales; las uniones de oficios eran tratadas con desprecio y las huelgas sólo hallaban desaprobación porque ambas apartaban la atención del obrero de las campañas parlamentarias. Todo movimiento popular, toda agitación revolucionaria en cualquier país de Europa, era mirada en aquellos años por los jefes de dicho partido con mayor animosidad si cabe que por la prensa capitalista.

Pero en los pueblos de raza latina este nuevo giro halló poca acogida. Las secciones y federaciones de la Internacional permanecieron fieles a los principios que habían sido proclamados al fundarse la asociación; federales por su historia, hostiles a la idea de un estado centralizado y amantes de las tradiciones revolucionarias, estos trabajadores no podían seguir la evolución de los de Alemania. La división entre las dos ramas del movimiento socialista se hizo aparente inmediatamente después de la guerra franco-alemana. La asociación, según tengo ya manifestado, había creado una especie de gobierno, bajo la forma de un Consejo General con residencia en Londres; y siendo los inspiradores de éste dos alemanes, Engels y Marx, él fue la piedra angular del nuevo partido; en tanto que las federaciones latinas seguían los consejos de Bakunin y sus amigos y se dejaban guiar por ellos.

El conflicto entre los partidarios de Marx y los de Bakunin no tenia un carácter personal; era el resultado inevitable del antagonismo entre los principios federales y los centralizadores; el municipio libre y la paternal tutela del Estado; la acción espontánea de las masas y el mejoramiento de las condiciones capitalistas existentes por medio de la legislación; conflicto entre el espíritu latino y el Geist alemán que, después de la derrota de Francia en el campo de batalla, reclama la supremacía en el terreno de la ciencia, en el de la política y también en el del socialismo, calificando de científica su concepción de estas ideas y de utópica la de todos los demás.

En el Congreso de La Haya, de la Internacional, celebrado en 1872, el Consejo General de Londres, valiéndose de una mayoría ficticia, excluyó a Bakunin, a su amigo Guillaume y aun a la misma Federación del Jura, de la Asociación. Pero como era indudable que casi todo lo que quedaba entonces de la Internacional, esto es, las federaciones españolas, italianas y belgas, harían causa común con la del Jura, el Congreso intentó disolver la Asociación. Un nuevo Consejo General, compuesto de algunos demócratas socialistas, fue elegido en Nueva York, donde no había organizaciones obreras pertenecientes a esta sociedad que pudieran influir en su conducta ni vigilar sus actos, y donde desde entonces no se ha vuelto a oír más de él. Entre tanto, las federaciones de España, Italia y Bélgica, así como la del Jura, siguieron sin disolverse, reuniéndose anualmente, como de costumbre, durante los cinco o seis años posteriores, en congresos internacionales.


Tomado de: «Memorias de un revolucionario» de Piotr Alexéievich Kropotkin