
A las sociedades que viven del trabajo de otros les interesa
que la diferencia entre el plagio y todo lo que no lo es (homenaje,
cita, remezcla, referencia, derivado, paralelismo, inspiración, etc)
sean cada vez más pequeñas. Afortunadamente, llevan las de perder: un
plagio es lo que pasa cuando alguien coge un trabajo que no es suyo y
lo firma con su nombre, y todo lo demás es todo lo demás.
Dos casos diferentes, pero iguales. Hace 27 años, Jacob Epstein copió y pegó 53 párrafos de Martin Amis en su primera novela «Wild Oats» y la firmó con su nombre. Hace un año, Ian McEwan tomó dos párrafos de las memorias de Lucilla Andrews y los añadió a su propia novela con unos ligeros retoques.
McEwan incluyó una nota al final citando a Andrews como inspiración y
ha reconocido su deuda con la escritora en entrevistas y lecturas
públicas; Jacob Epstein no dijo nada. A pesar de las diferencias, en el
tono y en la forma, los dos usaron el trabajo de otra persona y lo
firmaron con su nombre. Los dos plagiaron. Y ya está.
Epstein y McEwan son culpables del mismo crimen. Sin embargo,
Epstein fué excomulgado por la comunidad de escritores mientras que
McEwan está siendo defendido fervientemente por un puñado de grandes
firmas que incluye, irónicamente, al propio Martin Amis. Thomas
Keneally llegó a decir que McEwan no había plagiado porque la ficción de depende de cierto valor añadido al material original y McEwan ha añadido un valor.
Pero la diferencia entre el plagio y la copia no es moral sino literal.
«La casa de los espíritus» de Isabel Allende es una copia de «Cien años
de Soledad» pero no es un plagio, porque la copia no es literal. Los
dos párrafos de Ian McEwan, sí.
Las excepciones. McEwan se ha defendido diciendo que la
escena plagiada describe un proceso muy específico y que la descripción
de dicho proceso deja poco márgen de maniobra. Este es un problema
habitual en contextos científicos y técnicos como, por ejemplo, la
programación. Cuando un programador escribe un bloque de código está
creando una receta para conseguir un resultado concreto. Hay un número
limitado de caminos para llegar al mismo sitio, algunos más rápidos y
elegantes que otros. Dicen que el código perfecto es aquel al que no se
le puede añadir ni quitar nada. Si consideramos la naturaleza misma de
los lenguajes de programación, cuanto más perfecto sea ese código, más
posiblidades hay de que otro programador con el mismo propósito y el
mismo talento llegue a la misma conclusión. Esto no se considera un
robo, salvo que la longitud de la coincidencia sea estadísticamente
inverosímil. En la literatura y en el arte, ese tipo de coincidencia es
prácticamente imposible. Puede que un mono inmortal tecleando infinitamente una máquina de escribir acabe firmando Hamlet. De momento, no se sabe de ningún escritor que tenga tanto tiempo.
El problema se habría resuelto de manera sencilla en una nota a pie
de página con la referencia correspondiente. Y McEwan no lo hizo, por
eso plagió. A algunas sociedades les interesa que la distinción sea
difícil para desarticular nuestros esfuerzos por liberar la cultura de
sus codiciosas manos pero no lo es. Cuando defendemos el derecho a
utilizar, remezclar y distribuir material ajeno, no defendemos el
derecho a hacerlo ignorando al autor original. ¡Ya le gustaría a la
SGAE que tuviéramos tanto morro! Lo que defendemos es el derecho a
hacer uso de nuestra propia cultura, de nuestra propia lengua, en
nuestros propios términos como lo han hecho todos los grandes
novelistas, filósofos, científicos y artistas a lo largo de la
historia.
El mito del genio y el copyright. Otra cosa es que la
pretensión de originalidad sea una ilusión vanidosa y moderna,
fomentada por tres industrias con intereses egoístas: la del arte, la
del entretenimiento y la editorial. El genio -a ser posible
atormentado, indigente o al menos un poco excéntrico- es mucho más
publicitario que el esfuerzo de una vida.
Cuando presentó su relación E=mc2 en la revista Annalen der Physik
en 1905, Einstein había usado de manera literal el Principio de
Relatividad de Poincaré (1904) y se calló como una puta hasta 1955,
cuando un historiador llamado Whittaker le puso en evidencia. Poincaré,
por su parte, basó gran parte de su trabajo en el de Hendrick Lorentz,
a quien atribuyó generosamente la paternidad de sus conclusiones. El
trabajo derivativo es la arquitectura fundamental del desarrollo
científico, y basarse en el trabajo de otros no es ningún desmérito.
Pero Einstein presentó ideas ajenas como si fueran propias y Poincaré
hizo referencia a ideas ajenas para llegar a conclusiones propias. La
diferencia sigue estando clara.
Un «iluminado» siempre tendrá más glamour que un laboratorio
de veinte personas trabajando noche y día en una institución. Es como
si tuviera más mérito que la verdad te pegue en el ojo en un momento de
inspiración divina a que sea la culminación de cuarenta años de
trabajos forzados. Irónicamente, esto nos llevaría de vuelta a Platón.
Pero, si las ideas están por ahí sueltas hasta que alguien llega y las
identifica, ¿podemos hablar de autor?
Algo prestado, el artículo de Malcolm Gladwell que recomiendo con tanta frecuencia, lo explica muchas veces mejor que yo:
When I read the original reviews of «Frozen,» I noticed
that time and again critics would use, without attribution, some
version of the sentence «The difference between a crime of evil and a
crime of illness is the difference between a sin and a symptom.» That’s
my phrase, of course. I wrote it. Lavery borrowed it from me, and now
the critics were borrowing it from her. The plagiarist was being
plagiarized. In this case, there is no «art» defense: nothing new was
being done with that line. And this was not «news.» Yet do I really own
«sins and symptoms»? There is a quote by Gandhi, it turns out, using
the same two words, and I’m sure that if I were to plow through the
body of English literature I would find the path littered with crimes
of evil and crimes of illness. The central fact about the «Phantom»
case is that Ray Repp, if he was borrowing from Andrew Lloyd Webber,
certainly didn’t realize it, and Andrew Lloyd Webber didn’t realize
that he was borrowing from himself. Creative property, Lessig reminds
us, has many lives-the newspaper arrives at our door, it becomes part
of the archive of human knowledge, then it wraps fish. And, by the time
ideas pass into their third and fourth lives, we lose track of where
they came from, and we lose control of where they are going. The final
dishonesty of the plagiarism fundamentalists is to encourage us to
pretend that these chains of influence and evolution do not exist, and
that a writer’s words have a virgin birth and an eternal life. I
suppose that I could get upset about what happened to my words. I could
also simply acknowledge that I had a good, long ride with that line-and
let it go.
nota. Me recuerda Julian que sí hay un contexto en el que sí se
puede usar el trabajo ajeno sin referencia pero sin plagiar: la sátira.
La palabra «sátira» viene del latín «satura», que significa «plato
lleno» o «mezcla». A veces, la sátira es una copia literal sacada de
contexto para destacar sus elementos ridículos o enojosos. Aunque
utiliza una obra ajena sin mencionar al autor, no es un plagio porque
el autor original está implícito en la copia, hasta el punto de que
sólo tiene sentido cuando el lector o la audiencia es capaz de
identificarlo. Por eso la ley reconoce la sátira como una excepción al
copyright y el plagio sigue siendo ilegal y vergonzoso.
Pero plagiar es otra cosa
Hace un año, desperté una noche con inusitada agitación.
Movido por fuerzas que no supe contradecir, me lancé al olvidado teclado de mi ordenador y me puse
a escribir sin saber exactamente qué o cómo iba a decirlo.
Sólo sabía que un manojo de intuiciones acumuladas pedían una urgente redención a través de la palabra escrita, clamaban
la búsqueda de sus congéneres, se agolpaban en mi cabeza generando una de las crisis creativas que más ha influido en el devenir de mi pensamiento.
Un amigo , un crimen de la enfermedad y un crimen del diablo…los viejos «Geist» volvían a aparecer y jugueteaban
remolonamente entre las fronteras de la casualidad y la causalidad.
El impacto que la cadena de acontecimientos y su sorprendente rango de improbables coincidencias halló en mí perpleja mente, me sugería un diseño inteligente» detrás de la orquestación aparentemente caprichosa del devenir del destino.
La inaprehensible serendipia aparecía implacable, haciendo coincidir nuevas e
íntimas relaciones.
El antes caótico mundo de las relaciones no-obvias entre sucesos, súbitamente adquirió patrones y formas, y las sombras chinescas que proyectaban sobre el lienzo de la caverna tomaron vida propia.
Había vivido experiencias profundamente
intensas junto a dos de mis seres queridos, cuyas existencias ya habían cruzado, tras duras etapas, su estadío más misterioso, donde la vida adquiere una dimensión renovada.
Lo cierto es que sentí que una revelación clamaba por proclamarse a los cuatro vientos. Es complicado moverse el el subjetivo mundo de la Verdad mostrada, pero ahí reside su mayor fuerza y capacidad de transmitir grandes cantidades de conocimiento en pequeñas perlas de imaginación, pero sobre todo de motivación para la acción.
Así lo hice , con la esperanza de ser un instrumento de su «transustanciación».
Un año después he encontrado que esas intuiciones se han manifestado en diferentes partes del mundo, y su evolución convergente corre dispar suerte entre los diferentes entornos donde se ha revelado.
Quizá la Verdad sea como un tesoro que encontramos en el campo de labranza.
Una vez encontrado hay quien lo atesora, volviéndolo a esconder y revelando poco a poco su naturaleza mientras especula con su valor. Pero hay otra vía…Y esa es la que le da su auténtica finalidad y sentido: cuando se comparte y se convierte en un medio multiplicador de lariqueza del espíritu humano ,no en una divisa finalizada en sí misma, autocumplida.
Aunque veremos una sutil transmutación en sus formas, y habrá hasta quien funda el precioso metal para apropiarse de su valor continente, intentando destruir la original fuente de valor-contenido, nada podrá eliminar el propósito de la original Voluntad que lo inspiró, pues ella sigue Viva, y es fuerza creadora y no creada.
Cuando la codicia te tiente a manipular y apropiarte de la Verdad que se revela ante tí, alerta!, pues sería caótico engaño todo lo obtuvieres en la soledad de la oscuridad … aprehenderás sin aprender!!