Pier Paolo Pasolini tenía guardado en la guantera de su coche, el día de su asesinato, un ejemplar del libro de Friedrich Nietzsche ‘Sobre el porvenir de nuestras escuelas’. Esto hace pensar que la serie de artículos de prensa dedicados a la educación, que publicó en su último mes de vida, no había llegado a término. Vayan aquí dos de esos artículos (nota 0), justificadores de la abolición de enseñanza secundaria obligatoria, en homenaje al autor que nunca se amedrentó ante los esfuerzos con que “las personas serias” intentamos escudarnos en lo que se cree inevitable (Crates).

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1) Mi ‘Accattone’ en televisión después del genocidio.

‘Accattone’ puede ser visto también, en el laboratorio, como el extracto de un modo de vida, es decir, de una cultura. Visto así, puede ser un fenómeno interesante para un investigador, pero es un fenómeno trágico para quien está implicado: por ejemplo para mí, que soy su autor.

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Cuando apareció ‘Accattone’ (1961), aunque estábamos en los inicios de eso que se solía llamar “boom” –palabra que ya nos hace sonreír, como “belle epoque” o “estilo aerodinámico”-, estábamos en una era distinta.

Una era represiva. En realidad, a lo largo de los años cincuenta, no cambió nada de lo que había caracterizado a Italia en los años cuarenta o incluso antes. La continuidad entre el Régimen fascista y el Régimen democristiano era todavía perfecta. En ‘Accattone’ resultan impresionantes dos aspectos de esta continuidad: el primero, la segregación del subproletariado en una marginalidad en la que todo era distinto; el segundo, la despiadada, criminaloide e indiscutible violencia de la policía.

Acerca de este segundo punto nos entendemos todos de inmediato; es inútil gastar palabras. De hecho, en parte la policía sigue siendo así: basta ir a Madrid o a Barcelona para volver a ver a nuestros viejos conocidos en todo su escuálido esplendor.

Acerca del primer punto, sin embargo, se podría escribir mucho: porque en 1961, cuando se estrenó ‘Accattone’, ningún burgués sabía qué era y cómo vivía el subproletariado urbano, y en especial, el romano; y en 1975, año en que ‘Accattone’ se emite por televisión, ningún burgués sabe exactamente todavía qué fue aquel subproletariado y qué es el subproletariado hoy. Me encuentro con el deber de explicar y de discutir al mismo tiempo. Todos los burgueses son, en realidad, racistas; lo son siempre, en cualquier lugar y cualquiera que sea el partido al que pertenecen.

En 1961 ‘Accattone’ desencadenó fenómenos explícitos de “racismo” por primera vez en Italia. Entre ellos una feroz persecución contra
mí y contra el pobre –subproletario- Franco Citti. Pero hoy, en 1975, las cosas no son tan distintas. El “racismo” siempre aparece explícitamente en cualquier confrontación o choque directo con el subproletariado, surge de ese sopor y de esa potencialidad que, por lo demás, determinan, tanto más rígidamente cuanto más inconscientemente, la idea de la existencia y la existencia del burgués.

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En 1961, los burgueses veían en el subproletariado el mal, exactamente igual que los racistas americanos lo veían en el universo negro. Y por lo demás entonces los subproletarios eran “negros” a todos los efectos. Su “cultura” –una cultura “particularista” en el marco de una cultura más vasta, a la vez particularista, como era la cultura campesina meridional- daba a los subproletarios romanos no sólo unos originales “rasgos” psicológicos sino también unos “rasgos” físicos originales. Creaba verdaderamente una “raza”. El espectador de hoy puede comprobarlo viendo los personajes de ‘Accattone’. Ninguno de los cuales –lo repito por enésima vez- era actor: cada cual era realmente cada cual. Su realidad se representaba a través de su realidad. Aquellos “cuerpos” eran así tanto en la vida como en la pantalla.

Su “cultura”, tan profundamente diferente que creaba incluso una “raza”, proporcionaba al subproletariado romano una moral y una filosofía de clase “dominada” que la clase “dominante” se contentaba con “dominar” policialmente, sin preocuparse de evangelizarla, es decir, de obligarla a asumir su propia ideología (en este caso un repugnante catolicismo puramente formal).

Abandonada durante siglos a sí misma, es decir, a su propia inmovilidad, aquella cultura había elaborado valores y modelos de comportamiento absolutos. Como en todas las culturas populares, los “hijos” recreaban a los “padres”: ocupaban su lugar, repitiéndolo (lo que constituye el sentido de las “castas”, que nosotros, racistamente y con tanto racionalismo “eurocéntrico” y menospreciativo, nos complacemos en condenar). Así pues, ninguna revolución interna en aquella cultura. La tradición era la vida misma. Valores y modelos pasaban inmutables de padres a hijos. Y, sin embargo, había una continua regeneración. Basta observar su lengua (que ahora ya no existe): se inventaba continuamente, aunque los modelos léxicos y gramaticales fuesen siempre los mismos. En el cinturón de barrios periféricos, que constituía la metrópolis plebeya, no había un solo instante de la jornada en el que no se oyese en las calles o en los descampados una “invención” lingüística. Señal de que se trataba de una “cultura” viva.

Todo esto está fielmente representado en ‘Accattone’ –y se ve, sobre todo, si se lee ‘Accattone’ de determinada manera, prescindiendo de mi esteticismo fúnebre-. Entre 1961 y 1975 algo esencial cambió: se produjo el genocidio. Se destruyo culturalmente una población. Y se trata precisamente de uno de esos genocidios culturales que precedieron a los genocidios físicos de Hitler. Si yo hubiera hecho un largo viaje y hubiese regresado al cabo de unos años, al dar una vuelta por la “grandiosa metrópolis plebeya” habría tenido la impresión de que todos sus habitantes habían sido deportados y exterminados, sustituidos, en las calles y en los descampados, por pálidos, feroces e infelices fantasmas. Como las SS de Hitler. Los jóvenes –vaciados de sus valores y de sus modelos como si de su sangre se tratara- se han convertido en copias espectrales de otro modo de ser y de concebir la existencia: el pequeño burgués.

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Si hoy quisiera rodar de nuevo ‘Accattone’ ya no podría hacerlo. No encontraría ya ni un solo joven cuyo “cuerpo” se pareciese ni siquiera vagamente al de los jóvenes que se representaron a sí mismos en ‘Accattone’. No encontraría ya ni a un solo joven que supiera decir, con aquella voz, aquellas frases. No sólo les faltaría el espíritu y la mentalidad para poder decirlas sino que ni siquiera las comprenderían. Deberían hacer con las señoras milanesas que a finales de los cincuenta leían ‘Ragazzi di vita’ o ‘Una vita violenta’, a saber: consultar el glosario. Y, finalmente, ha cambiado incluso la pronunciación –los italianos nunca han sido fonólogos; es de suponer, por tanto, que este punto quedará envuelto por un espeso y definitivo misterio-.

Los personajes de ‘Accattone’ eran todos ladrones, o chulos, o carteristas, o gente que vivía al día; se trataba, en definitiva, de una película sobre la mala vida. Naturalmente, a su alrededor estaba también el mundo de la gente del arrabal, implicada tal vez por complicidad en la mala vida, pero que, en definitiva, trabajaba normalmente –por un salario miserable, como Sabino, el hermano de Accatone-. Pero como autor y como ciudadano italiano, en la película yo no expresaba ningún juicio negativo sobre los personajes de la mala vida: todos sus defectos me parecían defectos humanos, perdonables, además de estar del todo justificados socialmente. Eran, como dije, los defectos de unos hombres que obedecen a una escala de valores absolutamente “propia” y “diferente” de la burguesa.

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En substancia, son personajes enormemente simpáticos; es difícil imaginar gente tan simpática – más allá de los sentimentalismos burgueses- como la del mundo de ‘Accattone’, es decir, de la cultura subproletaria y proletaria de Roma hasta hace unos diez años. El genocidio ha borrado para siempre esos personajes de la faz de la tierra. En su lugar están esos “sustitutos” suyos que, como ya tuve ocasión de señalar, son, por el contrario, los personajes más odiosos del mundo.

Por esto dije que ‘Accattone’, visto como repertorio sociológico, sólo puede ser un fenómeno trágico.

¿Necesita el lector una demostración de lo que digo? Bien; si no frecuenta –está claro-los arrabales de Roma, que lea la página de sucesos de los periódicos. Los “delincuentes” no son monstruos. Son producto de un ambiente criminaloide, como también eran producto de un ambiente criminaloide los delincuentes de ‘Accattone’; pero ¡cuánta diferencia entre estos dos ambientes!

Sería un imbécil si generalizase; mi perplejidad es sólo formal. Ciertamente, más de la mitad de los jóvenes que viven en los arrabales de Roma, o, en definitiva, dentro del mundo subproletario y proletario, son honrados desde el punto de vista del código penal. Son incluso buenos chicos. Pero ya no son simpáticos. Son tristes, neuróticos, indecisos, llenos de ansiedad pequeño burguesa; se avergüenzan de ser proletarios; intentan parecerse a los “pijos”, a los “hijos de papá”. Sí: estamos asistiendo al desquite y al triunfo de los “hijos de papá”: son ellos quienes encarnan hoy el modelo a seguir.

Que el lector compare personajes como los neofascistas del barrio residencial de Parioli, que han cometido una horrenda masacre en una villa del Circeo, y personajes como los del arrabal de Torpignattara, que han matado a un automovilista aplastándole la cabeza contra el asfalto: en dos niveles sociales diferentes estos personajes son idénticos; sin embargo, los “modelos” son los primeros, esos hijos de papá que desde muy antiguo –durante siglos- habían sido objeto de burla y de desprecio por parte de los muchachos del arrabal, que los consideraban inútiles y mojigatos. Antes estaban orgullosos de ser lo que eran; orgullosos de su cultura, que les daba sus gestos, su mímica, sus palabras, su comportamiento, su saber y sus criterios para juzgar.

Ahora la prensa echa las culpas sobre los jóvenes de Parioli –privilegiándoles, por lo demás, con su interés-. Aunque los neofascistas de Parioli no hayan vencido, a pesar de todo quienes han vencido son los pariolinos. Al mismo tiempo, la prensa levanta acta –con años de retraso- de que “la mala vida romana ha empeorado”. Pero la prensa es cómplice de los políticos, y los políticos están fuera de la realidad.

Al mismo tiempo, un periodista “moderado” de un gran periódico burgués y un dirigente importante del Partido Comunista Italiano, al polemizar conmigo en tonos distintos, han incurrido en el mismo desatino. Es decir: para ambos los “defectos” que yo representaba en mis obras narrativas y cinematográficas de hace quince años les parecen representados “negativamente”, atribuyéndome a mí una actitud de condena evidente y natural que, en realidad, es la suya.

Son tan inconscientemente racistas que ni por asomo les entra en la cabeza la sospecha de que yo podía ver aquellos “defectos” como partes de un “bien”, o, al menos, de una realidad cultural que era la que era, pero que era vida y tenía derecho a vivir. Y ambos han tomado luego como una triste muestra de coherencia mi posición, por el contrario explicita y violentamente negativa, contra los muchachos de los arrabales de hoy. Al negarse a ver algo real en mi radical cambio de opinión sobre el subproletariado –que para mí implica una tragedia personal-, se niegan a admitir, en lo substancial, una realidad que afecta a todo el país; o sea: la radical transformación objetiva del mundo de las clases dominadas. No admiten, pues, que el genocidio es un hecho consumado. No pueden dejar de creer en el progreso: tout va bien.

Además, quienes me reprochan mi visión catastrófica en la medida en que es una visión total –aunque sólo desde el punto de vista antropológico- de lo que hoy es Italia, se burlan compasivamente de mí porque no tengo en cuenta que el materialismo consumista y la criminalidad son fenómenos que se extienden por todo el mundo capitalista, y no sólo en Italia. Viles, deshonestos y necios: ¿será posible que no les entre ni por asomo en la cabeza que en los demás países donde se extiende esta plaga hay algunas compensaciones que restablecen de algún modo el equilibrio?

En Nueva York, en París y en Londres hay delincuentes feroces y peligrosos –casi todos, ¡oh!, de color o casi-: pero los hospitales, las escuelas, los sanatorios, los manicomios, los museos y los cines de arte y ensayo, funcionan perfectamente. La unidad, la aculturación, la centralización se han producido de un modo muy distinto. De sus genocidios fue testigo Marx hace más de un siglo. Que tales genocidios se produzcan hoy en Italia cambia sustancialmente su significación histórica. Accattone y sus amigos fueron silenciosamente al encuentro de la deportación y de la solución final, tal vez riéndose de sus alguaciles. Pero, ¿y nosotros, testigos burgueses? (Il corriere della Sera, 8 de octubre de 1975).

2) Dos modestas proposiciones para eliminar la criminalidad en Italia.

Los varios casos de criminalidad que llenan apocalípticamente tanto la página de sucesos de los periódicos como nuestra bastante aterrorizada consciencia no son un caso más: son, evidentemente, casos extremos de un modo de ser criminal difuso y profundo: de masa.

En realidad, los criminales no son los neofascistas. Recientemente, un episodio –el asesinato de una muchacha en el Circeo- aligeró imprevistamente todas las consciencias y permitió un suspiro de alivio, porque los culpables del asesinato eran los fascistas del barrio de Parioli. Había, por lo tanto, dos razones para alegrarse: primero por la confirmación del hecho de que los fascistas siempre son los únicos culpables de todo; y, segundo, por la confirmación de que la culpa es siempre y únicamente de los burgueses privilegiados y corruptos. La alegría de ver confirmado este viejo sentimiento populista –y la solidez de la configuración moral correspondiente- no sólo estalló en los periódicos comunistas sino en toda la prensa –que desde el 15 de junio tiene un miedo enorme de ser menos que los comunistas-. En realidad, la prensa burguesa fue literalmente feliz al poder culpar a los delincuentes de Parioli porque la culpabilizarles tan dramáticamente les privilegiaba -sólo los dramas burgueses tienen un valor y un interés verdaderos- al tiempo que podría regodearse con la vieja idea de que no vale la pena ocuparse demasiado de los delitos proletarios y subproletarios, pues está demostrado de antemano que todos los proletarios y subproletarios son delincuentes.

Pienso, por tanto, que también el crimen del Circeo ha desencadenaod la acostumbrada oleada ofensiva de estupidez periodística.

En realidad, repito, los criminales no son sólo los fascistas, sino también, del mismo modo y con la misma consciencia, los proletarios y subproletarios que tal vez votaron a los comunistas el 15 de junio.

Recordemos el delito de los hermanos Carlino, del barrio de Torpignattara, o la agresión de Cinecittà –un muchacho brutalmente apaleado y encerrado en el portaequipajes del coche y la muchacha violada y apaleada por siete jóvenes de la periferia romana-. Estos delincuentes “populares” –y por ahora me refiero sólo al caso de los hermanos Carlino, documentado con precisión- gozaban de la misma libertad condicional que los delincuentes de los Parioli; es decir, gozaban de la misma impunidad. Es absurdo, pues, acusar a los jueces que dejaron en libertad a los neofascistas si no se acusa al mismo tiempo y con la misma firmeza a los jueces que dejaron en libertad a los hermanos Carlino –y a otros miles de jóvenes delincuentes de los arrabales romanos-.

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La realidad es la siguiente: los casos extremos de criminalidad proceden de un ambiente criminaloide de masa. Hacen falta miles de casos como los de la juerga sádica del Circeo o de agresividad brutal por problemas de tráfico para que ocurran casos como los de los sádicos de Parioli o los sádicos de Torpignattara.

Por mi parte, vengo diciendo desde hace años que el universo popular romano es hoy un universo “odioso”. Lo digo para escándalo de los bienpensantes; y, sobre todo, para escándalo de los bienpensantes que no saben que lo son. He indicado incluso las razones –pérdida de sus propios valores morales por parte de los jóvenes, es decir, de su propia cultura particularista, con sus patrones de comportamiento, etcétera-. Por tanto, es preciso decir que los atenuantes populistas de costumbre no valen para un universo criminaloide como el mundo popular romano: es preciso armarse de la misma rigidez puritana y punitiva que solemos descargar contra las manifestaciones criminaloides de la ínfima burguesía neofascista. En realidad, los jóvenes proletarios y subproletarios romanos ahora pertenecen totalmente al universo pequeño burgués: el modelo pequeño burgués les ha sido impuesto definitivamente, de una vez para siempre. Y sus modelos concretos son precisamente esos modelos pequeño-burgueses idiotas y feroces que ellos, en los buenos tiempos, despreciaban con mucho ingenio como ridículas y repugnantes nulidades. No es casual que los subproletarios que volaron a la muchacha de Cinecittà, sirviéndose de ella como de una “cosa”, le dijeran: “Estate quiera o te haremos lo que le hicieron a Rosaria López”. Mi experiencia privada, cotidiana, existencial –que contrapongo una vez más a la insultante abstracción e imprecisión de los periodistas y de los políticos que no viven estas cosas- me enseña que ya no hay ninguna diferencia auténtica en la postura ante la realidad, y en el comportamiento consiguiente, entre los burgueses de Parioli y los subproletarios de los arrabales. La misma enigmática cara sonriente y gris pone de manifiesto su imponderabilidad moral –su mismo estar suspendidos entre la pérdida de los viejos valores y la fallida adquisición de unos nuevos: la falta absoluta de cualquier opinión sobre la propia ‘función’-.

Otra cosa que me enseña la experiencia directa es que esto es un fenómeno totalmente italiano. Forma parte de un conformismo, por lo demás anticuado, del periodismo italiano consolarse con el hecho de que también en los demás países existe el problema de la criminalidad. Existe, es cierto: pero se sitúa en un mundo donde las instituciones burguesas siguen siendo sólidas y eficientes, y continúan ofreciendo, por tanto, una contrapartida.

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¿Qué es lo que transformó a los proletarios y subproletarios italianos substancialmente en pequeño burgueses, devorados además por las ganas de serlo también económicamente? ¿Qué es lo que transformó las “masas” de jóvenes en “masas” de criminaloides? Lo he dicho y repetido más de una decena de veces: una “segunda” revolución industrial, que en Italia es la “primera”; el consumismo, que ha destruido cínicamente un mundo “real”, transformándolo en una irrealidad total, en la que ya no hay elección posible entre el bien y el mal. De ahí la ambigüedad que caracteriza a los criminales, así como su ferocidad, producto de la falta absoluta de cualquier tipo de conflicto interior tradicional. Para ellos no hay elección entre el bien y el mal; aunque de todos modos ha habido una elección: se ha optado por el endurecimiento, por la ausencia total de piedad.

En Italia se lamenta la falta de una eficacia policiaca moderna contra la delincuencia. Lo que yo lamentaría, sobre todo, es la falta de una consciencia informada acerca de todo esto y la supervivencia de una retórica progresista que ya no tiene nada que ver con la realidad. Hoy hay que ser progresistas de otro modo, inventar una nueva manera de ser libres: sobre todo al juzgar, precisamente, a quienes han optado por no tener piedad. Hay que aceptar de una vez para siempre el fracaso de la tolerancia, que ha sido, por supuesto, una falsa tolerancia, y una de las causas más importantes de la degeneración de las masas de jóvenes. En definitiva, a la hora de juzgar hay que comportarse en consecuencia y no a priori -ese a priori progresista válido hasta hace unos diez años-.

¿Cuáles son mis dos modestas proposiciones para eliminar la criminalidad? Son dos proposiciones swiftianas, como su denominación humorística no se preocupa en lo más mínimo de esconder.

– Abolir inmediatamente la enseñanza secundaria obligatoria,

– Abolir inmediatamente la televisión.

A los enseñantes y a los empleados de televisión no hay necesidad de comérselos, como sugería Swift, sino que bastará con enviarles a la oficina de empleo.

La escuela obligatoria es una escuela de iniciación a la calidad de vida burguesa: se enseñan cosas inútiles, estúpidas, falsas, moralistas, incluso en el mejor de los casos –es decir, cuando se invita aduladoramente a aplicar la falsa democraticidad de la autogestión, de la descentralización, etcétera: un lío enorme-. Además, una noción sólo es dinámica si incorpora su propio despliegue y profundización: aprender un poco de historia tiene sentido sólo si se proyecta hacia el futuro la posibilidad de una cultura histórica real. De lo contrario las nociones se marchitan, al carecer de futuro nacen muertas, y su función no es otra, pues, que la de crear, en su conjunto, un pequeño burgués esclavo en lugar de un proletario o subproletario libre –es decir, perteneciente a otra cultura que le deja virgen para entender ocasionalmente nuevas cosas reales, mientras está muy claro que el que ha pasado por la escuela obligatoria está prisionero de su ínfimo círculo de saber y se escandaliza ante cualquier novedad-. Para un obrero y su hijo basta hoy una buena escuela primaria hasta quinto. Ilusionarlo con un avance que supone una degradación es delictivo porque, en primer lugar, le hace ser presuntuoso –a causa de las dos miserables cosas que ha aprendido-; en segundo lugar –y a menudo al mismo tiempo-, le frustra angustiosamente, porque esas dos cosas que ha aprendido no le proporcionan más que la consciencia de su propia ignorancia.

Por supuesto, llegar hasta octavo en vez de hasta quinto, o mejor aún, llegar hasta el último curso, sería para mí, y supongo que para todos, el optimum. Pero, dado que hoy en Italia la escuela obligatoria es exactamente como yo la he descrito –y me angustia literalmente la idea de que se le añada una “educación sexual”, incluso tal como la entiende el propio ‘Paese Sera’-, lo mejor es abolirla en espera de tiempos mejores, es decir, de otro desarrollo –éste es el nudo de la cuestión-.

En cuanto a la televisión, no quiero añadir más: lo que acabo de decir sobre la escuela obligatoria se multiplica infinitamente con la televisión, puesto que no se trata de una enseñanza sino de un “ejemplo”. Es decir: la televisión no propone “modelos” sino que los representa. Y si los modelos son esos, ¿cómo se puede pretender que la juventud más expuesta e indefensa no sea criminaloide o criminal? Ha sido la televisión la que prácticamente –no es más que un medio-, ha puesto fin a la era de la piedad y ha empezado la era del hedonismo. Una era en la que unos jóvenes a la vez presuntuosos y frustrados a causa de la estupidez y la inalcanzabilidad de los modelos que les proponen la escuela y la televisión tienden inexorablemente a ser agresivos hasta la delincuencia o pasivos hasta la infelicidad –que no es una culpa menor-.

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Hasta ahora todas las aperturas a la izquierda tanto de la escuela como de la televisión no han servido para nada: la escuela y la televisión son autoritarias porque son estatales, y el Estado es la nueva producción –producción de humanidad-. Por tanto, si los progresistas sienten realmente la condición antropológica de un pueblo, que se unan valientemente para pedir el cese inmediato de las clases en la escuela obligatoria y de las emisiones televisivas. No sería nada, pero también sería mucho: tal vez ayudaría a que una barriada –sin escuelitas abominables y abandonada a sus tardes y a sus noches- reencontrara un modelo de vida propio. Posterior al de antes y anterior con respecto al del presente. De lo contrario, cuanto se dice acerca de la descentralización es burdamente apriorístico o pura mala fe.

Para garantizar los vínculos informativos de la barriada –como de cualquier otro “lugar cultural”- con el resto del mundo bastaría con los periódicos murales y el del Partido Comunista, ‘L’Unità’; y, sobre todo, con el trabajo que en un contexto así asumiría naturalmente un sentido distinto, tendente a unificar, de una vez y por decisión propia, el modo de vida con la vida. (Il corriere della Sera, 18 de octubre de 1975)

***

Nota 0: Tomados de las «Cartas luteranas» editadas en castellano por Trotta en 1997; entre los dos artículos aquí transcritos podéis encontrar el muy incisivo dedicado a las «personas serias». ¿Para saber más?: www.pasolini.net y el catálogo de la exposición «Palabra de corsario»: http://www.circulobellasartes.com/fich_libro/arch_fich_libro_3.pdf Las ilustraciones son fotografías de los preparativos del rodaje de ‘Accattone’ tomadas de la primera web citada.

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