
Autor: Francisco Gil Craviotto. Miembro de Granada Laica.Fuente: UCAR Granada.
El culebrón de los profesores de religión es como para morirse de risa o de pena -según se mire- y demuestra con toda claridad que Valle Inclán no se equivocó cuando dijo aquello de que éste es un país esperpéntico. Para comenzar, lo primero que llama la atención es el sistema que reina en España para ser profesor de religión: los elige a dedo el obispo de la diócesis. De esta manera ocurre que, mientras que todos los demás profesores de cualquier escuela o instituto han tenido que realizar una carrera y superar unas oposiciones, el de religión entra en el colegio o instituto sin otro aval que el del obispo que lo envía. No termina aquí lo insólito del caso, lo mejor viene ahora: a este profesor no lo paga la Iglesia, como en buena lógica debería ocurrir, sino el Estado; es decir, el contribuyente. Puede muy bien suceder que usted, ciudadano de a pie y contribuyente, sea católico y esté encantado en pagar al profesor que envía el obispo a dar clase; pero también es posible que sea protestante, judío, musulmán, o acaso, decididamente agnóstico o ateo y no lo esté tanto o incluso en modo alguno. No importa: usted paga, el obispo manipula y los políticos siguen alardeando de que este es un país laico.
No termina aquí lo absurdo del caso. El meollo del culebrón viene cuando el obispo en cuestión, porque le place, llega a la arbitrariedad de cambiar a un profesor de religión por otro. Otro más dúctil y maleable, se sobreentiende. Se verá mucho mejor si ponemos un ejemplo. Helo aquí:
Imaginemos por un instante uno de estos profesores. En nuestro caso, dado que estamos en la época de los feminismos, va a ser una profesora. ¿Le ponemos un nombre? ¿Le gusta al lector el nombre de María del Mar? Ya está. María del Mar es una chica joven -menos de treinta años-, simpática, que frecuenta la parroquia, y habla y escucha a todo el mundo. Es relativamente culta -incluso se ha atrevido a leer, un poco a hurtadillas, el “Cándido” de Voltaire y la novelita “San Manuel bueno y mártir” de Unamuno- y viste con decoro y decencia. Nada de mini faldas ni blusas con el ombligo al aire. Ha ayudado al párroco en su labor de catequesis y conoce al obispo desde la época en que todavía no era obispo, así como a la mayor parte de la camarilla que lo rodea. Es, -al obispo no le cabe la menor duda-, la persona ideal para ocupar el puesto de profesora de religión. El primer año transcurre como la seda. El obispo la felicita. En el instituto, ese primer año conoce a otro profesor -el de matemáticas- con quien comienza a intimidar. Paseos al atardecer cogidos de la mano, besos en la soledad de un parque. Un día el profesor de matemáticas consigue llevarla a su estudio. Ven libros, oyen música, beben una copita y después otra. El final es que terminan en la cama. La experiencia le ha resultado agradable. Se impone la repetición y ya no hay final de semana que no visite el estudio del matemático. Sus amores son tan discretos que en el instituto casi nadie sabe que él y ella son novios; sin embargo, el obispo, que tiene ojos y oídos por todas partes, sí que lo sabe. Muy pronto, a través del párroco y otros fieles servidores, comienza una campaña de acoso que al final, con el beneplácito de la Iglesia, termina en boda. A los seis meses nace el primer niño, año y medio después viene el segundo. Todo perfecto. Pero al instituto llega una profesora de literatura que al matemático lo deja deslumbrado. Muy pronto se da cuenta de que para él es más agradable hablar de Lorca y de Machado que del milagro del pan y de los peces o del sermón de la montaña. El cuarto curso de Mar en el instituto coincide con su divorcio.
Inmediatamente queda invalidada por el arzobispo para la enseñanza y, sin esperar siquiera a las vacaciones, a mitad de curso es reemplazada por otro profesor, ahora hombre, al que el Estado le paga con la misma obediencia con que antes le pagaba a Mar. De la noche a la mañana Mar se ha quedado sin trabajo y con dos hijos a las espaldas. De nada le han valido demandas ni súplicas. Mientras tanto, el obispo de nuestro cuento sigue repartiendo bendiciones y el matemático -tan divorciado como ella- con sus binomios, hipotenusas y catetos.
Sólo es un ejemplo entre cientos.
Lo más impresionante en esta sucesión de arbitrariedades e injusticias es la argumentación de los políticos. Todos se escudan en el mismo tópico: el concordato. Uno no puede evadir la inevitable pregunta: ¿tan inamovible es el concordato que puede pisotear los más elementales principios de nuestra Constitución y los derechos del hombre?
II.
“Decíamos ayer…” Fue la frase que, dicen, pronunció Fray Luís de León cuando, después de haber permanecido cinco años en las mazmorras de la Inquisición, volvió a su cátedra de Salamanca. La Inquisición -o la santa Inquisición, como dicen los beatos-, ese gran invento de la Iglesia Católica para evitar, mediante la tortura y el fuego, toda disidencia, no sólo atacó a judíos, moriscos y luteranos, sino que también se cebó en los suyos, como fue el caso de Fray Luis.
Yo también decía ayer que me parece escandalosamente abusivo que con el dinero del contribuyente, sea católico o no lo sea, se paguen las clases de religión. Si en mi alegato de ayer contemplaba el problema proyectando toda mi atención sobre el profesor, hoy lo voy a hacer deteniéndome sobre todo en la víctima: el niño que tiene que sufrir esas clases.
No estará mal precisar al lector que, al decir víctima, hablo por mi propia experiencia: yo sufrí esas clases que, hablaban de pecados, demonios, infiernos, purgatorios, cielos y limbos, y llenaron mis días -y sobre todo mis noches- de desasosiegos y pesadillas. Las viví hasta que, llegado a la edad adulta, logré sacudirme todo ese lastre clerical. El niño no tiene capacidad para distinguir la verdad irrefutable -por ejemplo: la Tierra da vueltas alrededor del Sol-, de la pura entelequia que no tiene más soporte que la fe. El niño se traga el rollo del cura o la beata y termina traumatizado ante la posibilidad de que a él le pueda caer alguno de esos atroces castigos. Jamás se le ocurrirá pedirle al cura o a la beata el documento notarial y fehaciente que demuestre la existencia de tales lugares de tormento.
Entonces eran inevitables aquellas clases de religión.
http://www.laicismo.org/detalle.php?cadena=escuela&fecha=&buscar=Buscar&sbm=73&pg=1&pk=1879
Profesores de religión: usted los paga y el obispo los manipula
Mú bonito eso de hablar de las clases de religión de curas y beatas de cuando éramos peques. Claro, depende de la edad podríamos hablar también de los pirulís de la Habana de los años 40.
Pregunte usted la realidad y luego hablamos, a ver si todos queremos acojonar a los niños con el infierno, o sólo eso es la religión (me da igual cuál elijamos).
Demagógia pura y dura
Hola Francisco: La verdad que tú si que has escrito aquí un auténtico culebrón, que deja bien claro que te mueve un odio exacerbado hacia la Iglesia y un desconocimiento total sobre la misma. Es falso lo que dices sobre la elección de los profesores de Religión. Esto lo sabe cualquier persona que se dedique a la enseñanza, pero aunque así fuera, ¿a tí que te importa?. El Estado le paga a los profesores de Religión, porque vivimos en un país mayoritariamente católico, donde todavía existe esa demanda por parte de los padres, te guste a ti o no, del mismo modo que sigue habiendo bautizos, primeras comuniones, bodas, funerales, etc. El Estado que lo sabe, no puede negarse a esta realidad. Te pongo un ejemplo. Cada domingo, más de 10 millones de españoles, salen voluntariamente de sus casas, para asistir a la Santa Misa en la Iglesia. Este sigue siendo el fenómeno social más grande que tiene lugar en nuestro país. Ni el futbol, ni grupos musicales, ni nadie, es capaz de movilizar a una masa de personas tan grande. Y esto no un día, sino cada domingo. Lo que pasa es que el pueblo cristiano es silencioso, y tal vez por ello no seas capaz de verlo. Además la Iglesia, hace una labor humanitaria y social tan grande, que si ésta se retisare de ella, el Estado no tendría medios para sustituirla. Por eso, se le da lo de la casilla en la declaración y todas esas cosas que a ti te molestan. En cuanto a la víctima, el niño, acaso los que pensais como tú, ¿no le educáis a vuestros hijos según vuestras creencias?. Seguro que tu, por ejemplo les enseñas que el aborto es algo bueno. ¿Tiene entonces un padre, que cree que Jesucristo es el Señor, el Hijo de Dios renunciar a que sus hijos lo conozcan tb?. ¿Tal vez porque lo digas tu?. ¿Acaso no amas la libertad, y eres tolerante con cualquier forma de pensar?. Me haces gracia. Hay una canción para concretar lo que siento: «Te conozco Bacalao, aunque vengas disfrazao». La historieta de María del Mar no la comento, porque como decimos por aquí, es de coña. Jjjaja
Ah, por cierto, te comento que yo soy un converso, y te informo que conozco a unos cuantos que pensaban como tú, y que en un momento de sus vidas fueron “tocados”. Por tanto, queda esperanza para ti también.
Un saludo Francisco.
Demagógia pura y dura
Hola Francisco. Me considero cristiano y seguidor de Dios. Creo que todos formamos parte de un mismo espíritu. Tú, yo, los demás que han escrito y todos. Todos, incluye a los negros de Africa, los marroquies que viven en España, nuestros hermanos de sudamerica, todos, incluso quienes más traicionan su palabra, incluso el mayor enemigo de Dios y el hombre, es decir incluso los seguidores de la GRAN RAMERA, que no es otra que LA IGLESIA CATÓLICA, y todos sus gerifaltes, ellos son también, hijos de Dios. Mirando en las páginas de fachas católicos se puede encontrar la noticia de una profesora de religión obligada a quitar el crucifijo de su despacho, al lado de otra noticia que fomenta la xonofobia y el racismo diciendo que miles de extranjeros viven del cuento en España. Ese crucifijo, que no representa más que el sufrimiento, ese regodeo en ese dolor,no es más que el fruto de vuestro satanismo. FALSOS CRISTIANOS!!!! Hijos de Satanas!!!!!!!!MALDITA Y RAMERA IGLESIA CATOLICA, con todos sus ESQUIZOFRÉNICOS SEGUIDORES. Sanad vuestro espíritu y dejad de martirizar a vuestros hermanos y a Dios. Amen