
José María Tortosa
«El gobierno boliviano sucumbía a dos epidemias que aquejan el mundo político mundial: por un lado, echar balones fuera diciendo que el mal está en el extranjero. Por otro, cavar un inmenso foso entre la retórica y las prácticas.»
Todos los políticos, tarde o temprano, acaban diciendo una tontería espectacular. Lo hacen para distraer la atención de asuntos más importantes o su tontería es utilizada para no tener que fijar la vista en asuntos de más trascendencia. El discurso de Evo Morales la semana pasada en Cochabamba, en la inauguración de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático, pertenece al segundo tipo y, como tal, ha recibido todo tipo de comentarios entre la displicencia racista y la sátira inmisericorde.
También ha habido quien, abogado de causas perdidas, ha salido en su defensa a ultranza y también quienes han mostrado su frustración al ver que los posibles logros de una Conferencia alternativa al fracaso de Copenhague se diluían en las chanzas y críticas a determinados pasajes del desafortunado discurso.
Puede que haya una campaña contra el presidente Morales, como es posible que la haya contra el Papa y su Iglesia. Pero eso no quita que el discurso fuera un desastre ni que la ocultación de la pederastia de algunos eclesiásticos haya sido, hasta hace muy poco, la norma. Por lo menos en el caso boliviano hay, además, otras razones mucho más de fondo para criticar lo que aquel gobierno está haciendo. Se trata de las idas y venidas que acompañaron a la «Mesa 18» que se añadía a las 17 mesas en la que se había dividido la Conferencia.
En aquélla, que recibió todo tipo de críticas por parte del gobierno boliviano, se pretendía mostrar la incoherencia entre la denuncia que se hacía del maltrato internacional a la Pacha Mama (Madre Tierra) y las prácticas poco respetuosas del medioambiente del gobierno boliviano directamente o a través de sus «socios» extranjeros: San Cristóbal, Uyuni, Madidi estaban en la agenda… de la que el gobierno no quería hablar. El ocultado argumento de la deuda ecológica recogido por el gobierno es, sin embargo, impecable: el que contamina, paga; y el que ha contaminado es el mundo enriquecido; pues que pague lo que debe. Pero el argumento de la Mesa 18 (por supuesto, acusada de estar vendida al extranjero y estar manipulada por algunas ONG -extranjeras-) era otro: empecemos en casa.
En realidad, el gobierno boliviano sucumbía a dos epidemias que aquejan el mundo político mundial: por un lado, echar balones fuera diciendo que el mal está en el extranjero. Por otro, cavar un inmenso foso entre la retórica y las prácticas. Ya sabemos que los programas electorales son papel mojado o cualquier cosa menos un contrato entre políticos y votantes. Ya nadie se extraña, excepto cuando le están engañando en campaña electoral permanente.
Pero la diferencia entre lo que se predica y lo que se hace sigue incluso fuera de campaña. En el caso boliviano, se puede echar la culpa de los males de la Pacha Mama al capitalismo. Sólo en parte es cierto, ya que se conocen tremendas agresiones al medioambiente en sistemas pre-capitalistas. Pero entonces habría que reconocer que los ataques a la Pacha Mama que se están produciendo en el país, primero, existen; segundo, no pertenecen al «socialismo del siglo XXI», sino al capitalismo de los últimos 500 años; y tercero, que no pueden separarse de las otras agresiones que se están produciendo en el Planeta.
«Pucherazo». Pero, como digo, eso no diferencia tanto a Bolivia y su gobierno de lo que sucede en otros puntos del Globo. Como tampoco se escapa Bolivia de la otra epidemia creciente, con diversas variantes locales, en contextos muy distintos: la proliferación de acusaciones de «pucherazo» electoral.
Si sólo fuese acusar de fraude en las elecciones, estaríamos donde siempre hemos estado: en el síndrome del mal perdedor que sólo acepta los resultados cuando la suya sale por delante (tipo 14-M o Sri Lanka) y no tolera la regla de la mayoría cuando está en minoría. Pero la epidemia incipiente es otra: consiste en que sea el gobierno el que denuncie el posible fraude electoral. En Bolivia, aunque el MAS, partido que gobierna, ganó las últimas elecciones departamentales (básicamente; no voy a entrar en detalles controvertidos de su interpretación), fue precisamente el presidente el que habló de fraude… en los departamentos donde había perdido, claro.
No me refiero a los casos en los que unas elecciones más o menos limpias (por ejemplo, las que dieron la victoria al FIS en Argelia o a Hamás en Palestina) son rechazadas por «Occidente». Me refiero a los casos de Berlusconi (2006), Karzai (2010) o Al-Maliki (2010). Cuando el que manda acusa de fraude, algo va mal.
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