
Dejando a un lado las exposiciones descriptivas, que lo presentan como una comunidad humana peculiar que ejerce dominio sobre un territorio y una población, se encuentra la interpretación weberiana, que lo concibe como un grupo humano que “reivindica con éxito para si el monopolio legitimo de la violencia física”. Esto último recoge solo una parte de la verdad, dado que el Estado se asienta en la violencia pero no se reduce a ella, pues sus funciones ideológicas, inculcadoras y, también, creadoras del sujeto a través de la formulación de cosmovisiones complejas, integradoras y nulificantes, son tan importantes como las constrictivas, ello sin olvidar su crucial actividad en el ámbito de la economía, el desarrollo técnico y científico, la agricultura y otras.
En poco difiere la interpretación del ente estatal como productor del derecho y promulgador de normas jurídicas que organizan la vida del cuerpo social, haciendo que el desorden deje paso a la justicia y a la legalidad 255. Tal
concepción pacificadora, mediadora y ordenadora, aunque ha sido desarrollada
por autores contemporáneos como H. Kelsen, apenas introduce
nada nuevo en relación con lo expuesto por Hobbes.
Sin duda, la concepción más sincera es la que entiende el Estado como
institución gobernante de la sociedad, pero ésta tiene el doble inconveniente,
para los apologetas académicos de lo instituido, de presentar con realismo al Estado como tirano colectivo, y de convertir su existencia en
antagónica con la democracia. Próxima se encuentra la interpretación paternalista,
que justifica el aparato estatal por la pretendida incapacidad
de la sociedad para realizar determinadas funciones de autogobierno, de
donde su existir es imprescindible para la adecuada realización del bien
común.
Más sutil es la versión de los defensores del régimen representativo,
que sin negar las funciones gubernativas del Estado arguyen que es
un instrumento neutro y dócil que se pone a las órdenes de los órganos
elegibles constituidos por representantes del pueblo, lo que hace que su
existencia y quehaceres no entren en contradicción con la participación
del pueblo en la vida política. Ello sitúa de manera absoluta al gobierno
(que es electivo) sobre el Estado (que no es electivo), algo difícil de creer.
El marxismo presenta al Estado como un órgano para el sometimiento
de una clase, el proletariado, por su antagónica, la burguesía, enfoque en
el que coincide también un sector del pensamiento libertario, de ahí la
expresión “Estado capitalista”. Ésta niega lo más evidente, que el Estado
es, en primer lugar, servidor de si mismo, y resulta de la exageración más
allá de toda medida del significado del poder económico en el conjunto
de los diversos poderes ilegítimos actuantes en una formación social con
dictadura. Con todo, posee el mérito de considerar de manera negativa, al
menos sobre el papel, al ente estatal.
255. Anuncia N. Bobbio en “El futuro de la democracia” que «no se puede prescindir del Estado
porque esto seria la anarquía», pero, desde criterios democráticos reales, Bobbio debería reivindicar
el derecho de la sociedad a decidir si desea o no ser gobernada por el Estado, y debería formular
a continuación los procedimientos adecuados para que aquella formase, expresase y realizase con
libertad su voluntad política al respecto. Al no hacerlo, Bobbio, una vez mas, muestra que no es un
demócrata. Además, debería admitir que la desembocadura inevitable de un régimen de dictadura
severo y creciente, mantenido durante un tiempo prolongado, es esa misma anarquía que tanto
teme, que no es antagónica sino complementaria del despotismo, como es dado observar ya en un
buen numero de países y como acontecerá cada vez mas en todas partes en los próximos decenios.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).