
Juan Peiró fue un importante militante del sindicato anarcosindicalista CNT en los años anteriores a la Guerra Civil en España. Obrero del vidrio, promovió tanto el cooperativismo como la formación de federaciones sindicales de industria; ambas formas de organización le parecían medios de capacitación de la clase obrera para su emancipación respecto al capitalismo. Mantuvo agrias polémicas con otros sectores de su organización, de las que le vino el sambenito de ‘reformista’. Durante la Guerra Civil fue miembro con la cartera de Industria de la cuota de ministros anarcosindicalistas en el gobierno de Largo Caballero y, posteriormente, comisario de Energía en el gobierno de Juan Negrín –donde mostró, a juicio de los cronistas, un gran compromiso con la victoria sobre el fascismo-. Fue sentenciado a muerte por un tribunal franquista y ejecutado.
En los siguientes artículos, publicados en 1925 por el semanal ‘Solidaridad proletaria’, pueden encontrarse aspectos destacados del pensamiento de Peiró y, más allá, un testimonio de las preocupaciones y debates entre los revolucionarios de aquella época que, por contraste, puede resultar iluminador para los de la actual -Crates-.
1) ¿Qué es sindicalismo y qué acción directa? (Solidaridad proletaria, 07 de marzo de 1925).
Los elementos sociales que a sí mismos se adjudicaron el apelativo de “fuerzas vivas”, son en todos los países del mundo, hoy como nunca, la más alta representación de las especulaciones y del agiotaje sobre todos los artículos de primera necesidad; son lo que, plantándose descarados y retadores sobre la plataforma de sus privilegios, reducen la ración de pan y dejan sin albergue al proletariado.
Portugal no es una excepción de la regla. Pero en el pueblo que vio nacer y morir a Guerra Junqueiro acaba de darse un caso cuyo valor será tan relativo como se quiera, más es un caso singularísimo.
El Gobierno de la República se pronuncia abiertamente contra las inmoralidades de las llamadas “fuerzas vivas”, inmoralidades que se expresan por una monstruosa carestía de vida y de la habitación, como si ello hubiera de ser el fatídico corolario a la situación dificilísima creada por la aguda crisis industrial y económica. Al margen de esa actitud gubernamental, la C.G. de T. emprende una campaña ruidosa contra las expoliadoras y victimarias “fuerzas vivas”, por todo lo cual el clamor de protesta, que en creciente progresión se levanta contra los especuladores y agiotistas, adquiere alarmantes proporciones. Y es cuando las “fuerzas vivas”, en las que están incluidos los financieros de la alta banca, la reacción y una parte de la guardia nacional, inician una maniobra que se pretende cristalice en un golpe de Estado que derribe al Gobierno y acalle las voces indignadas del proletariado.
Los elementos republicanos acuerdan salir al paso de la maniobra por medio de una manifestación de protesta, y la Federación local de Sindicatos de Lisboa, interprete de los acuerdos de la C.G. de T., invita a los trabajadores a que se sumen a la manifestación; pues sí la maniobra reaccionaria va contra la gallarda y singular postura del Gobierno, no se dirige menos a destruir la personalidad de la C. G. de T. y el derecho de defensa de la vida del proletariado. La guardia nacional trata de dispersar a los manifestantes con una carga que produce numerosas víctimas, pero el pueblo se defiende y logra llegar al Ministerio de la Gobernación, donde un representante de los trabajadores, otro de los republicanos y el jefe del Gobierno hablaron al pueblo condenando las maniobras de las organizaciones patronales, industriales y bancarias. Volvió a hablar el representante de los obreros para declarar “que si la Federación había invitado a los trabajadores a asistir a la manifestación no era con objeto de apoyar al Gobierno, sino para demostrar su descontento contra las ‘fuerzas vivas’”.
Ahora bien; de las zonas de las generalizaciones ampulosas y hueras, de las regiones de la inconcreción tradicional y de los botarates y estrafalarios con gruesos y ridículos ribetes de una filosofía propia de filosofastros y filo – analfabetos, hase levantado ya una ola de dicterios injuriantes contra los dirigentes de la C.G. de T. portuguesa; y hasta en los labios de las piltrafas histéricas es bien visible la sonrisa descocada –que quiere ser una suspicacia que acredite un celo de puritano y es, en esencia, la quintaesencia de lo rufianesco- “descubriendo” en las últimas palabras del representante de los obreros lusitanos todo un monumento de hipocresías y claudicaciones interesadas, de cotizable politiquería encubierta con la capa del sindicalismo.
Convengamos en que todo eso es una ligereza más agregada a la serie, o habrá de reconocerse que esas gentes poseen un portento de perspicacia infalible, certera lo mismo en esa especie de corte de los milagros que se llama Barcelona que, a despecho de las distancias, de las circunstancialidades del tiempo y de los medios ambientales, lo es en Pekín.
Sería interesante saber si el sindicalismo y la acción directa tienen su expresión reducida a las luchas sindicales por las mezquindades materiales que informaran las gestas de los últimos diez años en España, o si, además, esa expresión debe trasponer ese círculo vicioso e ineficaz para dar calor a movimientos obreros de carácter popular, de actividad perenne y continuada, informados por una intervención directa de los pueblos en todos los problemas tangibles e interesantes en los órdenes económico y ciudadano. Porque, queridos amigos, dígase si el caso de Portugal interesa o no a los trabajadores de aquel país; y si interesa, porque de interés son para ellos las inmoralidades que les condenan al hambre y atentan contra sus libertades de asociación y de actividad colectiva, recuérdese que la actuación anarco – sindicalista tiende siempre en franca pugna a la atracción de las multitudes al plano del apoliticismo. Y si apoliticismo significa abandono de la intervención en esos y todos los problemas que interesan a la economía y a los atributos ciudadanos de los trabajadores, siendo esos problemas otras tantas realidades tangibles, lo inmediato será que los interesados corran a los partidos políticos para en ellos hallar la defensa de lo que el apoliticismo deja abandonado.
El apoliticismo está representado por la acción directa, y ésta quiere expresar y expresa que cualesquiera que sean los problemas –tanto los económicos en su mínima o máxima expresiones, como los morales, políticos y sociales-, pueden y para su bien deben los trabajadores afrontarlos y resolverlos por su personal acción, rechazando por perniciosa, desde luego, esa “magnánima” concesión burguesa llamada sufragio universal.
¿Está clara la consecuencia de los camaradas lusitanos al acordar y realizar la campaña de protesta contra las inmoralidades de la alta y baja burguesía, de las camarillas financieras y de la reacción negra y rojiza?
No, no está clara, porque en el caso de Portugal existe el hecho de secundar una manifestación convocada por los republicanos, y queda aún la “apostasía” de un representante obrero al hablar desde los balcones del ministerio de la Gobernación. Eso se dirán algunos muy dados a juzgar sólo los efectos de las cosas, y aún con una rigidez proporcionada a su petrificación cerebral.
Y se explica. Aquí que tanto se cultiva la memez de prodigar para la solución de microscópicos problemas la fórmula de la revolución social –y así nos luce el pelo y anda la seriedad de los anarquistas-, no hay cuestiones de oportunidad sin identificación con el repudiable oportunismo sistemático de los socialistas, ni la apreciación de que algo es más que nada. Por eso no es comprensible para ciertas gentes que la intervención de la organización portuguesa en la manifestación popular o republicana, aparte del interés que en el objeto tenía aquellas, obedeció sin género de duda alguna al propósito de evitar la sensación de que sólo los republicanos se preocupaban de la defensa del pan y de las restringidas libertades del pueblo.
Eso, que fue la causa, el móvil, indudablemente no interesa a los excéntricos de la “línea recta”, “rectitud” tan excéntrica y paradojal que, siguiéndola “geométricamente”, algunos de ellos, cuando están presos se hartan de “instanciar” implorando su libertad a quien dispone de ella.
Y conste, amigos, que no censuro el hecho; únicamente señalo la inconsecuencia.
2) El sindicato de Industria, I (Solidaridad proletaria, 17. – 07 de febrero de 1925).
El Sindicato de Ramo, es sus funciones en los medios de relación y en el mundo del trabajo, es de una estructura más compleja que el Sindicato de Industria. Para los que, a sus sentimientos corporativistas y a sus egoísmos individuales anteponen los intereses generales del proletariado, sus preferencias serán siempre por el Sindicato de Ramo; porque en su mayor complejidad radica, precisamente, una mayor trabazón de relaciones y confusión de intereses entre un ramo y otro ramo –nos referimos ahora concretamente a las relaciones en el mundo del trabajo-, y es ello lo que excluye el sentido corporativista para dejar plaza al sentimiento de la solidaridad entre los trabajadores. Por el contrario, si el Sindicato de Industria no implica el retorno específico al corporativismo, entraña, sin embargo, peligros que abren el paso hacia él –aun cuando el problema tiene determinados aspectos de pretendida contradicción.
Pero anotemos que nuestro criterio se fundamenta en las concepciones doctrinales, por así decirlo, que determinaron la creación del Sindicato de Ramo; y si de lo especulativo y teórico pasamos a lo que la práctica nos han enseñado, en seguida nos damos cuenta de que el Sindicato de Ramo, lejos de librar el campo de lo que se requería extirpar, ha hecho que el corporativismo tomase formas más egoístas, menos nobles, y que se manifestara con exigencias que fueran un azote a la organización, causa todo ello de momentos difíciles, de amarguras estériles.
De aquí, pues, que no hallemos entre el Sindicato de Ramo y el de Industria esenciales y básicas diferencias, pues que, por lo experimentado, estas diferencias tienen su raíz y su todo, más que en la estructura orgánica del Sindicato, en el individuo determinado siempre por sus egoísmos y pasiones… Y la opción por el Sindicato de Industria, a juicio nuestro, apenas sí tiene otro alcance que asegurar la existencia de la organización.
Para justificar nuestra opción por el Sindicato de Industria, vamos a establecer un razonamiento tomando, para que éste sea claro, la industria textil y fabril, por ejemplo.
En cada fábrica, aparte de los obreros y obreras que se dedican a la producción específica de la industria, hay el maquinista y el fogonero, varios mecánicos, el carpintero y probablemente algún albañil. La aportación de éstos a la industria es un trabajo auxiliar, simplemente complementario, el de unos, y secundario y prescindible hasta cierto punto el de los otros. Y he ahí la complejidad: los trabajadores de la industria en sí, que son el grueso de cada fábrica, pertenecen al Sindicato del arte fabril, al del ramo de la metalurgia el maquinista, el fogonero y los mecánicos, al de la madera el carpintero y el albañil al de la construcción, pues que ello es la consecuencia de la organización por sindicatos de ramo.
Si los actos del individuo estuvieran siempre presididos por el respeto al interés general –no corporativista-, esta convivencia diaria en el trabajo de individuos pertenecientes a distintos sindicatos sería un gran bien a la causa obrera, una preparación moral para la obra final del proletariado, según la concepción del Sindicato de Ramo. Pero la práctica, contra todos los buenos propósitos, nos ha ofrecido muy otra cosa, para cuya explicación –y sin que ello implique el deseo de desenterrar muertos- nos valdremos de un hecho histórico: la huelga de metalúrgicos de 1920.
La sección de lampareros, nos parece que era, estuvo entonces empeñada en larga lucha por determinadas reivindicaciones, y la prolongación de la huelga requirió del Sindicato Metalúrgico la prestación del apoyo moral del resto de sus secciones, lo cual se determinó con la petición general de un aumento en los salarios. Los metalúrgicos que prestaban sus servicios en industrias no metalarias consiguieron el aumento pedido, ya que éste representaba para aquéllos una alteración imperceptible; pero en los talleres de la industria metalúrgica la petición fue rechazada en absoluto, y la huelga hubo de ser la consecuencia inmediata. Y el apoyo moral de que antes precisara la sección lampareros, húbolo de menester poco después el Sindicato todo.
¿Cómo se procuró el Sindicato ese apoyo moral? Retiró todos los metalúrgicos que prestaban sus servicios en las demás industrias, y así las fábricas de la textil y fabril hubieron de paralizarse por no haber quien movilizara la maquinaria, se paralizaron muchas otras industrias por el mismo motivo y no hubo ninguna que no se resintiera y peligrara su funcionamiento.
¿Por qué y para qué retirar esos metalúrgicos, si habrían obtenido el aumento pedido?… Responder a esto no le importaba al Sindicato Metalúrgico. Lo que le interesaba a él eran las consecuencias de la retirada, y las consecuencias eran la huelga forzosa de miles y miles de trabajadores de otras industrias, la provocación automática e indirecta de la huelga general, la salvación del interés corporativo a costa del interés general.
Este hecho, aislado, nada significaría. Lo significativo y peligroso está en que el procedimiento se usó sistemática, rutinaria y especulativamente por casi todos los sindicatos, desde 1919 hasta la última huelga del transporte.
Reflexiónese acerca de lo expuesto y se verá que la sistematización de ese procedimiento es el polo opuesto al objetivo perseguido por el Sindicato de Ramo. Las consecuencias de ese procedimiento, por lo que han tenido de ruinosas, han traído trastornos internos, descalabros, sacrificios y dolores inútiles. El crédito que de contumaces tenemos, creemos que nos obliga a declarar cumplida la misión histórica del Sindicato del Ramo.
La solución puede darla el Sindicato de Industria. ¿Cuál es o habría de ser su estructura orgánica? Recurramos otra vez a los ejemplos sencillos. El Sindicato del arte textil y fabril, que en la organización por ramos comprende únicamente a los trabajadores que se dedican a la preparación y producción y acabado de los hilados y tejidos, lo habrán de formar, además, el resto de obreros que prestan sus servicios en las fábricas de dicha industria: esto es, el maquinista, el fogonero, los mecánicos, el carpintero, el albañil, los contables, en fin, todo el personal sin distinción alguna, habrán de estar afiliados al Sindicato de la Industria textil y fabril. Y así, por el mismo tenor, en todas las demás industrias.
Por de pronto, el Sindicato de Industria neutraliza toda posibilidad de hacer uso del procedimiento que hemos señalado, pues importa mucho al interés general de la organización que la solidaridad entre el proletariado no se preste por imposición, sino respondiendo al libre y mutuo consentimiento, provocado por los organismos superiores, que así es cómo la solidaridad es más grata al que la presta y más eficaz para el que la recibe.
Poco llevamos dicho acerca del Sindicato de Industria, pero mucho es el espacio ya ocupado, y ello nos obliga a dejar para otro día el estudio de las posibilidades que el tema ofrece.
3) El sindicato de Industria, II (Solidaridad proletaria, 18. – 14 de febrero de 1925).
¿Qué posibilidades, mejor aún, qué facilidades nos ofrece el Sindicato de Industria? No olvidemos una cosa: la organización de los trabajadores por profesiones, primero, y por ramos, después, ha sido el pretexto de que sirvieron gran número de asalariados para negar su concurso al proletariado en sus luchas contra la burguesía. Por ejemplo, ahí tenemos al elemento técnico y a los contables que, siendo como nosotros asalariados, viven en completo divorcio con los manuales. Porque, si estos se organizaron por profesiones y ramos, no había razón que oponer a que aquellos hicieran otro tanto. Además, unido a esto, nosotros hemos puesto toda una resultante de nuestros prejuicios e incomprensiones dejando al técnico y al contable envueltos entre nuestra indiferencia y nuestros odios para, con ellos, y así, mientras por un lado se les ha dado camino, por otro les hemos empujado a constituirse en mundo aparte.
¡Cuantas reflexiones nos sugiere este tema! Es verdad que una parte considerable de esos elementos han constituido sus asociaciones, pero también lo es que no las constituyeron guiados por elevadas aspiraciones de clase ni por un sentido de resistencia a ciertas imposiciones de conducta contra los trabajadores, ni siquiera para actuar como órganos consultivos y de información. Las asociaciones que agrupan a los técnicos, contables y otros elementos asalariados, son algo así como cofradías de elegantes pordioseros o de comparsas para servir de tales en los festejos callejeros que la burguesía organiza; o, a los sumo, son asociaciones barnizadas de un matiz político, pero nunca colectividades con un ideario social y de clase. Y ésta son las que en unión de los fósiles socialistas, usurpan la representación y la personalidad de las clases trabajadoras para colaborar en la ficción política llamada social del Estado; contra cuya usurpación debemos pronunciarnos resueltamente.
Opinamos que el Sindicato de Industria es el medio más adecuado para atraer a los técnicos, contables, etc., a nuestras organizaciones, para injertarles espíritu de clase y el sentimiento de altas aspiraciones sociales, y obviamos la serie de razones que demuestran la posibilidad y la conveniencia de conseguirlo.
Queremos constatar, sin embargo, que la organización económica de la sociedad futura solamente tendrá fácil realización por la inteligencia entre el cerebro y el músculo, la técnica y la fuerza; y cuanto más hagamos ahora porque esta inteligencia se efectúe, tanto mayor será la proximidad a la realización de nuestras aspiraciones.
Asegurar la subsistencia de nuestras organizaciones habrá de ser, sin duda alguna, uno de los primordiales objetivos que nos interesa al resumir.
Hasta ahora, ha bastado cualquier estado de anormalidad constitucional, o una simple clausura de los centros obreros, para que los Sindicatos sufriesen también anormalidades y para que las masas obreras se dispersaran por falta de relación, que es el nexo entre el individuo y la colectividad. Y es que nuestros Sindicatos, en cuanto a manifestación orgánica, apenas han salido de la insuficiente obra de sus centros.
El Sindicato debe trasponer estos estrechos límites y, para su natural y necesario desenvolvimiento, tomar posesión de la fábrica, taller, etc., para afirmar y hacer más tangible su existencia. Esta expansión puede ser una realidad por medio de los comités de fábrica.
Claro es que esa prolongación del Sindicato ha tenido ya una expresión por medio de los delegados, que constituían el nervio de nuestras organizaciones; pero no es menos cierto que la función de los delegados estaba, de hecho, regulada por el criterio personal de los mismos, y, aparte los excesos lamentables que muchos de ellos cometiesen, esa función, por lo que de individualista tuviera, ha carecido de autoridad y de eficacia en casi todas las ocasiones decisivas; y aún podríamos quitarle el ‘casi’, a juzgar por la experiencia del los últimos tiempos. Para preservar, pues, la organización de las anormalidades de la vida política, como asimismo para dar al Sindicato la extensión necesaria a su calidad de agente fundamental en el mundo de la producción, precisa sustituir los delegados por los comités de fábrica, taller, etc.
Un Comité de fábrica, designado por el personal de ésta, es expresión de la voluntad de los poderdantes. Lo mismo ocurría –o ha debido ocurrir- con el delegado. Pero es que, al revés de lo que representa el delegado, casi siempre inspirado por la Junta del Sindicato, cuando no por sus propios y exclusivos sentimientos, el Comité de fábrica habría de obrar siempre de acuerdo con el personal representado y como mandatario del mismo en el Sindicato. No es que éste deje de ejercer cierta autoridad sobre el Comité de fábrica. Lo que queremos decir es que, en buena práctica federalista, la actuación del Comité de fábrica debe ir del grupo representado a la Junta del Sindicato. Lo contrario de lo ocurrido hasta ahora, precisamente.
Esto considerado, el Sindicato tiene una prolongación real desconocida hasta el presente, se desenvuelve y late con fuerza como ser viviente en la fábrica, en el taller, en donde quiera que los trabajadores estén en actividad de tales; y cualesquiera que sean los acontecimientos políticos y las circunstancias que de ellos se deriven, la cohesión y la moral de los obreros organizados pueden ser un hecho.
Podría desaparecer el Sindicato, pero siempre quedarían sus componentes aglutinados por los Comités de fábrica, y aún la relación entre éstos puede y debería realizarse por el medio de los Comités de barriada o distrito.
Ya aquí, digamos por nuestra aportación, con referencia a los Comités de fábrica, no es ninguna novedad. Queremos únicamente subrayar que los sindicatos de ramo, generalmente –no queremos apurar el concepto- son una dificultad a la constitución de tales Comités. Existiendo el Sindicato de Industria, todo el personal de una fábrica está incorporado a la misma colectividad sindical, de lo que resulta que el Comité de fábrica es uno y homogéneo. Por el contrario, subsistiendo los Sindicatos de ramo ese comité habría de estar integrado por individuos de distintos Sindicatos, y ello, aparte las dificultades de composición, a menudo será un obstáculo para el acuerdo y para la acción. Queda, desde luego, el recurso de la pluralidad de Comités en cada fábrica, es decir, uno para cada ramo; más, admitida la posibilidad de ello, si bien para las relaciones de los Comités con sus respectivos Sindicatos sería indiferente, la inteligencia y la unanimidad necesarias ante la burguesía es seguro que sólo por excepción presidiría las relaciones entre los distintos Comités.
Necesarios consideramos que son los Comités de fábrica y estimamos que para orillar los obstáculos y peligros apuntados el Sindicato de Industria es el medio más adecuado.
En fin, otras facilidades nos ofrecería el Sindicato de Industria. Por ejemplo, la nivelación de los salarios con miras a la atención de las necesidades individuales y huyendo de ese sistema de categorías y de privilegios jerárquicos que aún consagran los Sindicatos. Por lo menos, el establecimiento en cada industria de un tipo mínimo de salario que cubriera las necesidades de todos los trabajadores, sería hacedero con mayor facilidad.
Porque, que la burguesía mantenga estas diferencias, está explicado por su interés en mantener la división del trabajo, que es reflejo de la diversidad jerárquica de la sociedad capitalista. Pero los trabajadores debemos obligarnos a todo lo contrario. Y la realización de este objetivo habría de ser fácil o de estar dificultada por análogos motivos que los expuestos más arriba al tratar de la constitución y funcionamiento de los Comités de fábrica.
Lo más importante, después de todo, es que el paso del Sindicato de Ramo al de Industria habría de servirnos para fijar con mano segura la estructura orgánica y el funcionamiento de la máquina sindical.
Opinamos que lo más difícil sería la clasificación de las industrias y la de las profesiones que habrían de formar cada uno de los Sindicatos. Logrado esto y establecidos los Comités de fábrica, el funcionamiento de la máquina sindical es sencillísimo; ya no secciones profesionales, cuyo celo por su personalidad las torna egoístas. Hay el Sindicato como órgano de relación y de defensa y administración de los intereses del conjunto general de sus componentes. Después queda la fábrica, el taller, la obra, todo lo que sean centros de producción o tráfico y en ellos haya trabajadores, y cada una de ellas es una partícula del Sindicato con funciones propias, con autonomía para actuar y resolver todas las cuestiones que, al hacerlo, no lesionen el interés general del Sindicato.
En cada fábrica, el personal de la misma, y por medio de su Comité, puede atender sus propias necesidades. Cuando el Comité no basta, o la importancia del problema lo indica, la asamblea y no la junta, está por encima de todos.
Si lo dicho en apoyo del Sindicato de Industria no bastase, repitamos que lo interesante es salir de esa compleja trabazón que ofrece el sindicato de Ramo, puesto que la experiencia nos demuestra el mal uso que de ella se hiciera por especulación o por no ser comprendida en su grandeza ideológica. Para los efectos de las relaciones y de la solidaridad entre todos los trabajadores, si entre nosotros hay el sentido de ello y la buena fe reclamada a los hombres conscientes, los organismos superiores son una garantía de suficiencia para ello.
Y digamos al terminar, que las mismas posibilidades que el Sindicato de Industria –no tan sencillas, es verdad- las ofrece el Sindicato de Ramo, cuando por encima de los intereses profesionales y de los egoísmos corporativos es puesto el interés general del proletariado; que no es la realidad vivida estos últimos tiempos y por ello proclamamos la importancia y la necesidad de ir a la constitución de los Sindicatos de Industria (No sabemos si con lo dicho queda atendido el requerimiento del compañero Ángel Abella).
4) El problema previo (Solidaridad proletaria, 19. – 21 de febrero de 1925).
El problema que con más apremio llama a las puertas de la C.N.T. en demanda de solución, es el de la crisis moral predominante entre los militantes. Esa crisis moral, tal vez el único problema serio planteado en nuestros días, puede descansar ahora en el bajo plano de las querellas personales, odios de camarilla, afanes de caudillismo y cuantas miserias por el estilo se puedan imaginar, y que, con estar tan reñidas con las esencias del anarquismo, tanto se han cultivado entre nosotros. Pero se puede asegurar que la raíz de esta crisis está en estas dos cuestiones: a) Exceso de confusión al interpretar las funciones objetivas de la C.N.T. y las relaciones entre el anarquismo y el sindicalismo; y b) Falta de valor y de claridad para atajar esa confusión.
Séanos permitido decir entre paréntesis que bien sabemos hasta qué grado ha habido que extremar la nota del valor para balbucear débiles trabas al confusionismo ese, y convengamos, además, que no es poca la porción de claridad que se necesita para apearles del burro a esas legiones que nos vuelven locos con la “pureza de los principios” y otra serie de estribillos colocados a todo trapo y cuyo alcance no acertarían los siete sabios de Grecia, admitido que fueran contemporáneos nuestros.
Y hete aquí la raíz de la crisis moral de los militantes de la organización, problema que hay que resolver antes que todo y por encima de todo.
El anarquismo es una cosa y otra el sindicalismo. ¿Cuándo y por cuántos se ha tenido eso es cuenta?… El primero puede y debe ser complemento del segundo; pero es de interés, tanto para uno como para el otro, evitar que lo que ha de ser simple complemento se trueque en confusión. La confusión será siempre un perjuicio para la C.N.T. y una desventaja para el anarquismo. Por el contrario, manteniendo las distancias entre el sindicalismo y el anarquismo, como entidades distintas que son, aunque no opuestas, ha de llegar un día en que, fatalmente, la C.N.T. será de hecho francamente anarquista. Porque la Historia, por lo que hasta el presente tiene registrado, permite la previsión del futuro sujeto a un curso inexorable, que sólo nuestro desplazamiento del plano de las realidad puede variar, desplazamiento que, por cierto, fuera la característica de nuestros medios en los últimos tiempos.
La C.N.T. fue un día una fuerza formidable por su contenido numérico, pero no moralmente. La cantidad produjo el vértigo y se la quiso dar precipitadamente el contenido moral que aquélla no estaba en condiciones de recibir y asimilarse con precipitaciones, y el mismo vértigo arrastró a los hombres al procedimiento de la imposición de aquello que no se podía ni debía recibir. Y si mala y desechable es siempre la imposición de las ideas, mucho peor ha de ser su resultado cuando los actores de la imposición desconocen las ideas mismas, pues que lo impuesto no ha sido el pretendido contenido moral ni el valor de las ideas, sino un sentido de insurgencia y de subversión inconscientes.
Cuando la violencia no responde a un estado conscientemente moral y volitivo de la colectividad, ésta ha fatalmente de provocar otra violencia para estrellarse contra ella. No ha existido ese estado moral colectivo y, por tanto, tampoco ha debido existir un estado volitivo, y menos por lo desconocido, por lo que no se está en estado de comprender. Luego, pues, ¿por qué y para qué mantener situaciones sistemáticas de violencia?
Las distintas apreciaciones acerca del resultado de esas situaciones de violencia –no hablemos de las hondas discrepancias en el juicio sobre determinados procedimientos-, nos ha dividido en otros tantos sectores espirituales; y es que mientras por una parte somos extraordinariamente intolerantes a cuanto signifique gradaciones y matices, por otra el contagio bélico de la guerra ha dejado hondas huellas en muchos compañeros… Pero cuando los resultados están a la vista; cuando la dolorosa experiencia nos dice tantas cosas del pasado y para el presente y el porvenir; cuando se observa que ni lo uno ni lo otro produce la rápida reacción conformada a los imperativos de la lógica, es cosa de preguntar si la mala fe ha llegado a cargar la razón de los individuos y si el amor a las ideas y a la verdad es inferior al amor propio que impide rectificar los propios errores.
Es hora de fijar un punto de partida para esa rectificación. Su aceptación no exige declaraciones de error, y ello, la aceptación, puede unirnos en torno de un principio que el buen sentido proclama que a todos nos es común.
Por sus estatutos y por el sentido común, la C.N.T. es y ha de ser siempre un organismo económico de clase. Lo mismo ocurre con el Sindicato. Éste y aquella tienen por objeto ser centros de atracción de la clase obrera, esto es, ser instrumentos de agrupación de “todos” los trabajadores sin distinción de ideas políticas y creencias religiosas, puesto que la única razón que hace posible esa agrupación es una coincidencia económica de orden inmediato.
Salta a la vista que una organización obrera ecuánime en la observación de los principios básicos de su ser como entidad, lleva consigo una gran fuerza aglutinante de los trabajadores, resultando indefectiblemente todo lo contrario cuando se pretende, pasando por sobre del pacto establecido por los estatutos, la uniformidad moral y en el orden político y religioso en una masa de compuesto heterogéneo. Los determinismos económicos, creando a los individuos necesidades ineludibles, hacen del Sindicato una consecuencia natural, y al Sindicato acuden los trabajadores sin otro título que el de tales, porque en ello existe una coincidencia común. Pero cuando, además de los problemas económicos, se trata de las cuestiones que afectan a la conciencia o al mundo de las ideas, entonces ya no hay coincidencia y, por tanto, tampoco hay organización posible – nos referimos a una organización vasta y eficiente.
Luego el punto de partida debe ser éste:
a) La C.N.T. y los sindicatos deben ser organismos económicos de lucha de clase, que dejan a su margen toda expresión colectiva de orden político y religioso, para adoptar la acción directa como medio de combate contra el capitalismo y el Estado;
b) En el seno de la C.N.T. y de los sindicatos deben ser respetadas todas las ideas y la libertad de exposición de las mismas;
c) La soberanía de la C.N.T. y de los sindicatos reside en sus Congresos y Asambleas, limitándose las funciones de los comités y juntas a lo que corresponde sencillamente a los agentes mandatarios, y cuyos mandatos deberán conformarse a los acuerdos y resoluciones de los Congresos y Asambleas, o a los resultados de los “reférendum” en los casos no previstos por aquellos comicios;
d) “Statu quo” de la cuestión de las Internacionales hasta la reunión de un Congreso nacional; y
e) Régimen de publicidad a los efectos de la orientación.
Si los prejuicios no nos ciegan; si los militantes no somos ruinas morales; si somos capaces de comprender la magnitud de la responsabilidad que sobre nosotros pesa en los actuales momentos históricos, el índice expuesto ha de ser suficiente para realizar la unidad moral y espiritual de los anarquistas, de los llamados a poner fin a la crisis de la organización.
Nosotros seguiremos razonando el presente esquema.
Fuentes: http://www.cedall.org/Documentacio/Castella/cedall203530000_Solidaridad%20Obrera.htm
¿Qué es sindicalismo y qué acción directa?
Un proyecto para ir agrupando en interné los textos de la principal antología de textos de Peiró, los «Ecrits» editados por Pere Gabriel en 1975: http://www.alasbarricadas.org/forums/viewtopic.php?f=19&t=58382