A Mohandas Karamchand, los palos que vio y los que recibió le llevaron a la constatación de que las porras del Imperio eran demasiado duras y sus látigos demasiado dolorosos. Su corta experiencia de abogado de inmigrantes indios en Sudáfrica le reafirmó en la convicción de que la toga no gana los pleitos de los pobres. La diversidad de sus clientes: hinduistas, sijs, musulmanes… le permitió también comprobar que a los humillados les unían lazos que sus religiones parecían incapaces de reconocer.

Fue entonces cuando Mohandas tuvo varios sueños.

Primero soñó que era un asceta jaina desnudo, que recorría los caminos polvorientos precediendo su paso de una escobilla con la que evitaba acabar con la vida de cualquier pequeño insecto, a costa de fuerte dolores de espalda.

Luego soñó que era Cristo planeando con sus amigos una estrategia política, consciente de que el mejor servicio a su causa – la revolución – era el dejarse sacrificar. Con los ojos llenos de lágrimas, se dejó coger y torturar por las autoridades. Sabía que la dramática potencia de su muerte iba a hundir ideológicamente a los poderes establecidos.

Finalmente soñó que era el guerrero Arjuna, el pequeño de la familia de los Pandavas, que salía al campo de Kuruksetra, en la más gigantesca batalla que conociera el universo. El dios Krsna conducía su carro. Él acariciaba las flechas de su carcaj y se repetía: “Haz lo que tienes que hacer y no esperes nada de tus acciones.”

Tras estos sueños, cambió el traje por el taparrabos y se echó a los caminos – escobilla en mano – para hablar de la unidad de los pobres y de la necesidad de luchar contra la injusticia y la opresión; por ello, su primer objetivo fue el de enfrentarse a la ocupación colonial británica.

En ese preciso momento, los políticos indios – siempre los políticos –, con corbatas nuevas y fumando puros, concibieron la posibilidad de usar a este personajillo para captar a las masas analfabetas para la causa de la independencia; su educación británica les impedía acercarse a esa gente sucia y atufada por el opio religioso… Porque fueron los políticos quienes decidieron convertirlo en “Alma Grande”, en “Mahatma”. Por delante de él, en los pueblos en los que iba a predicar, aparecían siempre agitadores del Partido del Congreso disfrazados de monaguillos que anunciaban que, con su llegada, verían milagros.

Pero Mohandas seguía a lo suyo. Él hablaba el lenguaje de los pobres que sus patrocinadores ni siquiera chapurreaban; sólo ver pasar el tren en el que iba el Mahatma recompensaba con la gracia, con el “darshan” que únicamente emanaban los santos.

En el Partido, alucinaban. India se iba convirtiendo a San Gandhi, así que ellos decidieron disfrazarse como él para parecer sus apóstoles.

Pasado un tiempo, no obstante, este “fakir con taparrabos” – que dijera Churchill – se les fue de las manos. De los jaina, había aprendido que la “ahimsa”, el respeto a todo lo vivo y el no ejercicio de la violencia, podía ser un arma sumamente eficaz en una lucha que implicaba a millones, porque cada golpe a una persona indefensa deslegitimaba un poco más al agresor. Inspirado en la “ahimsa”, Mohandas inventó buena parte de la metodología reivindicativa del siglo XX: la resistencia pasiva, la marcha protesta, la huelga de hambre y, nadie lo olvide, la difusión mediática de la movilización, que a buen seguro fue otra de las herencias póstumas del viejo Tolstoi… Jamás movía un dedo sin ser fotografiado, filmado o reflejado en una entrevista.

A Mohandas se le asocia siempre a la paz, pero de Arjuna había aprendido que era un guerrero y había de seguir su “dharma”, su obligación social y moral de luchar. No combatirá, pese a ello, por la independencia de la India sino por la independencia del ser humano y no comulgará nunca con los estrechos objetivos de los políticos.

Esa es la causa, nadie se engañe, de que la independencia de la India y Pakistán se hiciera como se hizo: a espaldas de Mohandas y a pesar suyo; y provocando además un millón de muertos. Él era partidario de deshacer el camino andado y los pobres sin voz del subcontinente continuaban siendo sus seguidores incondicionales, sus “satyagrahi”, sus “guerreros por la verdad”… Demasiado poder para dejarlo suelto.

Es obvio que allá por 1947-1948, casi todo el mundo con un poco de poder en la India y en Pakistán tenía una buena razón para querer cargárselo.

No sé lo que los niños (¡ni los mayores!) piensan de Mohandas Karamchand cuando celebran San Gandhi, patrono de la paz. Ni siquiera sé si desempeña ya algún papel en esa celebración del 30 de enero. Lo que sí sé es que también hoy habría muy buenas razones en los que nos gobiernan y en los que nos dominan para querer quitarse de enmedio a alguien como él.

Fuente: http://www.ultimocero.com/blog/la-s%C3%A1bana-perforada/gandhi-reloaded