
China Keitetsi luchó en la Uganda de Museveni
Soldado a los ocho años.
Bernardo Pérez
China Keitetsi.
Por Yolanda Monge
El País
10/02/05, 10.24 horas
Dice que los abusos y las humillaciones son para el alma como las
cicatrices que lleva en el cuerpo. Y que no desaparecerán mientras viva.
«En mis sueños veo las sombras de mis compañeros, los niños soldado que
pusieron fin a su vida con sus propias armas para escapar de aquel
infierno». China Keitetsi tiene 28 años, pero cuando contaba sólo ocho
se enroló en el Ejército Nacional de Resistencia (NRA, en sus siglas en
inglés) del hoy presidente de Uganda, Ioweri Museveni, que a mediados de
los ochenta hacía estragos por todo el país.
Se convirtió en una niña soldado para huir de una infancia llena de
abusos. Su padre la abandonó «por ser niña» y la dejó en manos de una
abuela y una madrastra que la maltrataron cruelmente. Como ella hay
300.000 niños envueltos en combates, según Amnistía Internacional.
En el Ejército de Museveni no la trataron mejor. Antes de tener su
primera menstruación tuvo que estar a disposición de cualquier oficial
al que se le ocurriese exigir sus favores. A su condición de niña
soldado sumó la de esclava sexual, «una herida que no se cura jamás»,
relata Keitetsi.
Y que le reportó dos hijos. Un niño de más de 13 años y una niña de 10
de la que no sabe nada desde hace más de siete. A su primer hijo le
vestía con trozos de su uniforme militar.
El padre, un mando para el que trabajaba de guardaespaldas a cambio de
15 dólares al mes, se desentendió totalmente de ambos. «Con 14 años no
era capaz de recordar el número de hombres que me habían tocado».
China Keitetsi ha escrito un libro: Mi vida de niña soldado. Me quitaron
a mi madre y me dieron un fusil (Ediciones Maeva). Lo ha escrito para
superar sus propia experiencia y sus terribles recuerdos. Colgado del
cuello lleva un corazón de plata con una leyenda en cada cara: «Llora
cuando debas. Ríe cuando puedas».
Es menuda, incluso parece frágil. Pero China Keitetsi llegó a ser una
temible guerrillera. Relata las atrocidades en las que participó, las
torturas, los asaltos brutales. Los cuenta en voz baja, a veces casi
inaudible. Pero firme.
Tiene una mirada dura, unos ojos achinados. Su verdadero nombre es
Goret, pero un sargento, incapaz de pronunciarlo durante la instrucción,
la apodó China por la forma de sus ojos. Hasta eso le robaron.
Explica Keitetsi cómo los mandos educaban a los niños soldados en el
odio al enemigo para que fueran más sangrientos en los ataques. «Era la
única manera de sobrevivir», cuenta entrecerrando los ojos para que no
le moleste el humo del quinto cigarrillo que ha encendido y fumado
compulsivamente en algo más de media hora.
«El NRA nos daba las armas, nos enviaba a hacer la guerra por ellos, nos
enseñaba a odiar, a matar, a torturar y finalmente abusaba de nuestros
cuerpos», asegura rotunda.
Cuando ingresó en las filas de Museveni, el fusil AK-47 que le
entregaron con su nombre era más grande que ella. «No necesitas ser muy
grande, no necesitas poder, sólo necesitas tu arma», explica la joven
ugandesa.
Y entonces muestra su dedo índice de la mano derecha y haciendo el gesto
de disparar una pistola dice: «Este dedo te da el poder porque pone la
sangre de la gente en tus manos».
Todavía tiene ademanes de soldado. Se sienta con las piernas muy
abiertas, cargada de hombros y lanza miradas duras. Durante el relato se
mantiene serena. Pero llega un momento en que se quiebra. Entonces casi
llora. Sólo casi. Se le ahoga la voz y concede: «En ocasiones me parece
que tengo cinco años y otras veces siento que soy centenaria».
Tras diez años cargando su fusil decidió que debía de huir de nuevo. Su
apuesta por la libertad debía de ser certera o de lo contrario sería
fusilada en castigo por sus propios compañeros de armas. Dejó Uganda y
tardó tres semanas en llegar a Suráfrica a través de Kenia, Tanzania,
Zambia y Zimbabue.
Allí descubrió que por segunda vez iba a ser madre. En esta ocasión
había una diferencia con la primera: no tenía ni idea de quien podría
ser el padre de su hija. Las violaciones habían sido sistemáticas.
Siempre a partir de las nueve de la noche.
«Perdimos nuestra infancia y la dignidad como mujeres, perdimos el sueño
tranquilo y aprendimos a odiar nuestra propia piel. No pensamos como
niños ni como adultos normales, pero hemos engendrado criaturas con
hombres de la edad de nuestros padres», explica Keitetsi.
Hoy esta niña-vieja de Uganda tiene estatuto de refugiada política en
Dinamarca, donde vive desde 1999. Pero siempre le han acechado las malas
noticias.
Al poco tiempo de llegar a Copenhague e intentar seguir el rastro de su
familia en Uganda descubrió que todos habían sido asesinados: su padre,
su madre, sus hermanas. Todos.
Con una infancia arruinada y una juventud traumatizada, China Keitetsi
afronta la madurez con una meta: ser la voz en el mundo de los niños
soldados. Existen 500.000, de ellos 300.000 combaten en primera fila.
«Estoy segura de que mis pesadillas no me dejarán en paz hasta que los
miles de niños soldado que hay en el mundo se vean libres de sus
creadores y opresores», confiesa. «Si algún cariño tengo todavía, es por
la infancia siempre inocente». Otra cosa no le queda si no es el
recuento de las pérdidas.