Creo que estaremos de acuerdo en que la realidad del mundo que vivimos es compleja y difícil de abarcar en su totalidad. Tal hecho se da en todos los órdenes, desde lo general a lo concreto.

Hablemos de realidades cuya nocividad entiendo que despiertan consenso casi unánime en la sociedad. Pocas personas considerarán positivas e ideales a instituciones como los ejércitos, las policías y las cárceles, si bien la gran mayoría argumentará que éstas constituyen un mal menor y una necesidad irrenunciable. Mucha de esa gente considerará que estas instituciones jamás podrán ser reemplazadas en la evolución futura de la especie humana por causa de nuestra realidad antropológica deficiente e imperfectible.

Sólo una minoría –entre la que me cuento- albergará el suficiente optimismo y fe en el ser humano para creer que la humanidad, merced a algún tipo de transformaciones rápidas o lentas, posee suficiente capacidad de convivir en sociedad liberada de esas instancias coactivas.

Al pensar en estos casos nos podemos asomar a esta realidad tan compleja desde dos lados: 1.- Desde la perspectiva del presente, de la urgencia, del cómo resolver y enfrentar la situación que se da exactamente ahora, en este justo momento, que afecta a personas concretas, y 2.- Desde tratar de descubrir cuales son las causas últimas que provocan la corriente que nos ha hecho llegar hasta aquí, y que condicionan y fundamentan esos hechos actuales; y al mismo tiempo tratar también de determinar qué pasos podemos dar hoy y mañana para un cambio sustantivo de la situación.

Estas dos visiones no necesariamente han de oponerse. De hecho, lo suyo es que se complementen.

Me parece criticable la postura tradicional de muchos grupos revolucionarios, los cuales cegados por la convicción de poder alcanzar las “transformaciones definitivas” de forma ejecutiva e inmediata, en muchas ocasiones han vuelto sus miradas para no tener en cuenta las realidades dolorosas y las circunstancias concretas parcialmente remediables de muchos seres humanos. Esta ceguera autoimpuesta les ha conducido a la no consideración ética de los medios, siempre justificados por sus fines, la cual a su vez les ha arrastrado no sólo a no remediar los males del presente, sino a cometer los peores crímenes en nombre de un presunto futuro de libertad y justicia. Como lo más frecuente ha sido que tal meta no se haya conseguido, lo que sí ha supuesto esta actuación política de tipo “mesiánico” es un notable empeoramiento de las circunstancias del presente para la mayoría. Véase sin ir más lejos el caso de Colombia, donde la guerra de liberación nacional dura más de cuatro décadas y ha convertido a este estado en el primero del mundo en número de desplazados por habitante, sin entrar en otras sangrantes consecuencias.

Pero no menos criticable, por corta de vista, me resulta la postura de quienes renuncian a las transformaciones profundas y están dispuestos a sacrificar casi cualquier ideología y alcanzar casi cualquier pacto para poder atender y remediar urgencias del presente. No sucede pocas veces que la acción de paliar un mal concreto y visible termina justificando, reforzando y enriqueciendo las dinámicas soterradas que originan ese y otros males. Es lo de “barrer con una mano y desparramar con la otra”. Me parece ésta una acción política estéril y atrapada en un círculo vicioso que ni siquiera es capaz (o no lo desea) de percibir. También me resulta sospechosa de centrifugar conciencias. El “siempre será mejor esto que nada” o el “mientras alguien cambia el mundo algo habrá que hacer con estas realidades” a menudo son milagrosos bálsamos para evitar tener que entrar en mayores y “peligrosos” grados de cuestionamiento.

¿Y entonces qué?

La conclusión de lo dicho es obvia: Se trata de incidir en las claves (económicas y sociales pero también superestructurales) del orden vigente, mientras al mismo tiempo, y ejecutado de una forma que no se contradiga y reste con lo anterior, no dejar de avanzar los pasos cortos posibles, especialmente si dichos pasos alivian males evidentes de personas concretas. Por poner un ejemplo, la institución de la cárcel es una de las más claras evidencias del grado de barbarie y degradación de que la especie humana es capaz. Igual que la institución del ejército podría ser abolida de un plumazo de la faz de la tierra y no notaríamos empeoramiento alguno inmediato en las relaciones entre personas y estados, la abolición de las cárceles no es posible realizarla de un día para otro, y precisa ciertos cambios previos en la organización social y sobre todo en la mentalidad de los seres humanos que integran dicha sociedad. Pero mientras recorremos el camino que un día supere la institución de las cárceles, las personas presas en casi cualquier estado del planeta, hoy por hoy, sufren toda clase de torturas, vejámenes e impunidades. Me resulta imperioso lograr cambios parciales que mejoren la vida de estas personas mientras llega o no llega el otro mundo posible. Por otra parte opino que por mucho que beneficie a los presos, ninguna de esas mejoras habrá valido la pena si retrasa o impide el cambio de estructuras que ambicionamos. Difícil equilibrio, ¿verdad? Pero necesario si queremos atinar en la conquista de un mundo que verdaderamente valga la pena, y no extraviarnos por el camino.

Es el eterno funambulismo entre los hermosos horizontes utópicos, en los que sigo creyendo firmemente, y los útiles pragmatismos de lo que ahora es alcanzable, perspectiva a la que me parece equivocado e insolidario renunciar.

Naturalmente todo este montón de palabras no es más que construcción teórica. Queda a la voluntad, la inquietud, la honestidad y la capacidad de cada cual discernir en qué realidades se sitúa para primero analizar y después intervenir tanto sobre causas motoras como sobre consecuencias negativas insoslayables del Sistema este que cada vez nos resulta más conflictivo cuestionar radicalmente desde nuestros privilegios primermundistas.

One thought on “¿Revolución o reforma? ¿Utopía o posibilidad?”
  1. «Posibilismo es tensión»
    Anteriormente funcionaba una secuencia lógica por medio de la que la información generaba opinión y ésta se traducía en convicción y actuación. Hoy esa cadena está rota por el exceso de información y su filtro mediático y por la impotencia iniciada frente a lo lejano y general, que suscita acostumbramiento, acaba por trasladarse a lo cercano y nos va conduciendo a la pasividad y aun al cinismo. La ruptura de la pasividad sólo es posible desde lo cercano y concreto en el que el conocimiento es vivencia y no dato, la opinión contagio y la actuación posible. Eso, la realidad concreta, es difícilmente accesible al maximalismo, cuya tendencia será a refugiarse en lo general y abstracto, en las grandes afirmaciones absolutamente ciertas pero nulamente operativas. Desencuentro con la realidad que acaba llegando al desprecio, a la explicación estéril, a la culpabilización del otro, a la renuncia de la aproximación, a vivir en el refugio. El maximalismo deja de ser una práctica para convertirse en estética, deja de ser un compromiso para ser pose. Sólo el “cuanto peor, mejor” podría ser su intento de aproximación a la realidad, pero mejor que no lo ejerza, mejor que el maximalismo siga en pose, pues la caída en el totalitarismo sería inmediata.

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