«Salgo para Haití»
Ricardo Ortega, el periodista español muerto en Haití, había sido relevado en octubre como corresponsal en Nueva York de Antena 3 «por una presión expresa de la Moncloa». Ésas fueron las palabras de Ricardo en uno de los últimos intercambios de correo que mantuvimos. No fue una frase suelta, era un texto largo, con todo lujo de detalles y lleno de reflexiones amargas. Las crónicas de Ricardo durante la guerra de Iraq no habían gustado. Desentonaban con el infame alineamiento del Gobierno del PP. Ya le habían llamado la atención en varias ocasiones. En mensajes anteriores me adelantó que la cosa acabaría estallando. Pero con Ricardo no era fácil. Era inteligente.
Sabía cómo maniobrar, practicar el posibilismo, torear a los mediocres censores. Así, lograba seguir diciendo cosas. «Lo que siempre me temí ya ha llegado», me anunciaba en octubre. No tenía vuelta atrás, porque el cese venía «por una presión expresa de la Moncloa», decía. Pedía consejo. ¿Qué hacer? Con la alegría de quien no se está jugando su propio puesto de trabajo, le propuse el recetario de Don Quijote: poner en evidencia a los censores con escándalo. Lo más importante es no hacerles el juego, llamar a las cosas por su nombre. Llevar la honestidad hasta sus últimos extremos. Será un glorioso desastre para tu carrera, pero podrás sentirte orgulloso. «Pidió una excedencia», leo en las notas que se publican. Aparentemente todo muy limpio. No fue así. Ricardo calculó fríamente sus posibilidades. Le interesaba más no romper con Antena 3. Con algunos de sus jefes mantenía una excelente relación personal. Se trataba de intentar seguir vendiendo reportajes a esa y otras cadenas en calidad de autónomo.
En nuestra correspondencia, Ricardo pidió absoluta discreción. Ahora ya no hay secreto que valga. No habría citado todo esto si no fuera por las inexactitudes que rodean su necrológica. Gracias a los periodistas muertos, el público puede irse enterando de lo que es en realidad esta profesión. Un mundo de censura, autocensura, clientelismo y precariedad laboral. Un ambiente mediocre y corrupto, como el de la época de Breznev en la URSS. Un universo en el que ascienden los disciplinados y conformistas, con poco margen para el espíritu crítico y para la elemental sensibilidad ante la injusticia.
Ricardo era un tipo valiente. No era un «guerritas» ni un inconsciente ávido de gloria periodística. Simplemente estaba acostumbrado a jugarse la vida por informar. Siempre me salía el mismo comentario: «Pero, Ricardo, ¿tú crees que vale la pena tanto riesgo y sacrificio?». Era el oficio. Ricardo se dio cuenta en seguida de que la política estadounidense es algo tremendamente opaco y secreto, sin apenas nada que ver con lo que ventila la «prensa más libre del mundo». «Al lado de esto, lo del Kremlin es un cuento de niños», me dijo.
Efectivamente, en Moscú se podían seguir las líneas maestras de la política rusa. Políticos y analistas con información de primera mano eran accesibles. «Nada de eso ocurre aquí, éste es un mundo hermético, sin apenas fisuras.» Entrevistar a un polítologo retrógrado de tercera categoría o a un ayudante de senador es complicadísimo, decía. Intuitivamente, Ricardo se acercaba así a conclusiones parecidas a las del profesor Noam Chomsky, una de las mentes más sanas y preclaras de ese gran país, que está llamando la atención hacia la conversión de EE.UU. en una especie de Estado totalitario, con intelectuales y medios de comunicación bien pagados de vocación orwelliana. Nosotros, en España, seguimos esa estela.
La tendencia a elogiar al querido compañero muerto puede parecer irresistible. No lo es al escribir estas líneas tan tristes. La profesión periodística es dura, individualista y competitiva. No suele expresar nuestras mejores cualidades.
En ocho años de contacto con Ricardo no recuerdo un solo episodio mediocre. Mucha generosidad, nobleza, muchas risas y mucho ingenio. Sus padres pueden sentirse orgullosos. Dirán que no es consuelo. Lo es. Los menos valientes nos sentíamos arropados con Ricardo. Viajar con él hacia la aventura era una cierta garantía de seguridad. Era un tipo carismático, que inspiraba confianza y seguridad.
Lo que le ha ocurrido en Haití ha sido mala suerte. No tengo ninguna duda acerca de sus últimos momentos: midió la situación, tomó la mejor decisión posible y a continuación le alcanzaron las balas. Es como cuando un buen conductor tiene un accidente de tráfico. Mala suerte.
Su último mensaje me anunciaba, la semana pasada, su próxima visita a Taiwán con motivo de las elecciones. «Me ha tocado un viaje gratis para cubrir las elecciones en una rifa de la ONU», decía. Un viaje organizado y financiado por la «diplomacia de los dólares» de Taipei, ahora que se había quedado sin el sueldo de Antena 3. Y la última línea: «Salgo para Haití».
Rafael Poch
Article publicat a La Vanguardia, 09/03/2004