
‘Tras las rejas’ prestan servicio militar jóvenes que cuidan cárceles del país
Algunos corren con suerte y reciben piropos en las penitenciarías de mujeres, mientras que otros van a parar a reclusorios de hombres y son víctimas de amenazas.
Para miles de jóvenes vinculados al Inpec, vivir ‘encarcelados’ cuidando presos es su oportunidad para tener estabilidad laboral en el futuro.
Estar rodeado durante un mes de 300 mujeres es el sueño de muchos hombres. Para Jhon Jairo Pulido, de 19 años, fue como un regalo de Navidad.
El muchacho estaba prestando su servicio militar en la Reclusión de Mujeres de Medellín como bachiller auxiliar del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario. Pasó en diciembre y tiene gratos recuerdos.
«Papacito», le decían algunas internas. Otra se levantó la camisa para tentarlo y una más dijo que hasta se daría la pela de robar por él.
Estaba advertido por su madre y sus cuatro hermanas: «Cuidado con esas muchachas, porque va y las enamora a todas», le dijeron.
Fue una suerte para él caer en un lugar donde podía darse el lujo de ver hermosas mujeres a donde quiera que mirara, porque en Medellín ni las cárceles se escapan de eso.
A otros no los acompaña tal fortuna. Óscar González, también de 19 años, prestó apoyo en una reclusión de hombres, en la cárcel La Dorada (Caldas). ‘Convivió’ con delincuentes de un establecimiento de alta y mediana seguridad. Supo que allí se debe ser rudo y compartir un vocabulario vulgar.
No contaba con que, de entrada, recibiría amenazas contra su familia de parte de algún interno enfurecido tras requisar las celdas, uno de los momentos de mayor tensión, pues eso «rebota» a los reclusos. Otros más sumisos, le decían «mi comandante», implorando que no se llevara algunas de sus pertenencias. Marihuana y cocaína eran las que más súplicas generaban.
Instigan y atemorizan, pero tanto Óscar como Jhon entendían que era algo de esperarse. Nadie les quita de la cabeza que prestar el servicio militar en el Inpec es el primer paso de todo un proyecto de vida: convertirse en dragoneantes y seguir el ejemplo de amigos, vecinos o familiares que tienen lo que para ellos son exitosas vidas como guardianes. Es la oportunidad para superar las limitadas oportunidades laborales del país.
A cambio de esa estabilidad económica, que les genera entre 1’200.000 y 1’400.000 pesos, deciden ‘encarcelarse’ para tener seguir una vida de dominio y poder sobre otros. Los guardianes son los ‘jefes’ de los reclusos.
Nuevos reclutas
A diferencia de los 18 meses que deben permanecer en el Ejército, allí solo deben estar durante un año, en el que se incluyen tres meses de capacitación en una de las cuatro escuelas de formación del país.
Algunos son enviados de inmediato a prestar apoyo en centros penitenciarios. Jhon y Óscar estuvieron entre 7 y 8 meses en el área administrativa de la Escuela Penitenciaria Enrique Low Murtra (en Funza), donde fueron formados, y terminaron su servicio en las cárceles. Será solo el principio si tienen suerte y son aceptados en el curso de dragoneantes.
Este año, son 1.200 bachilleres (el doble del 2006) los que se inscribieron para prestar su servicio militar. Hace un par de semanas llegaron a las diferentes escuelas de formación.
En la de Funza están Fredy (20 años), Jhony (18) y Róbinson (20), los dos primeros viajaron desde Medellín, y el tercer desde Puerto Tejada (Cauca). En sus lugares de origen dejaron el clima cálido y a sus novias y madres en llanto. También ellos lo ven como su oportunidad de oro para ser alguien, convertirse en dragoneantes.
Fredy y Jhony siguieron el ejemplo de algunos de sus familiares que hacen parte del cuerpo de custodia y vigilancia del Instituto. «Tengo además unos amigos (en el Inpec) que están estudiando medicina forense», dice Jhony.
Se lamenta de la madrugada diaria (a las 4 a.m.), pues antes de entrar a la Institución holgazaneaba en su casa durmiendo hasta el mediodía y recibiendo el desayuno en la cama. Se iba de tragos los fines de semana.
Pero ellos aseguran que allí no se presentan reprochables prácticas comunes en el Ejército, como los famosos ‘tablazos’.
Otras situaciones parecen no poder evitarse, como cuando hace dos semanas ‘se perdieron’ unos tenis en una de las 5 compañías de reclutas en Funza y como castigo sacaron a 200 jóvenes a formar a altas horas de la noche con las tres prendas que tenían encima. Los tenis aparecieron.
Cuando terminan su servicio asisten durante dos semanas a un taller de ‘readaptación a la vida civil’, en donde básicamente realizan actividades para desprenderse del ambiente hostil de una reclusión. Óscar y Jhon saben que el ambiente los vuelve agresivos, a veces con sus familias.
Deben aprender a separar esos comportamientos de su vida personal, más si el proyecto de vida de ellos está enmarcado en una cárcel, como guardianes. Saben lo difícil que es acostumbrarse a la hostilidad, porque no todo serán piropos de lindas reclusas.
ANDRÉS GÓMEZ OSORIO
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