
Que las redes sociales presentan una extraordinaria utilidad práctica es algo imposible de negar. Como vehículos para difundir de forma inmediata cualquier tipo de información son muy valiosas y gracias a ellas, además de innumerables asuntos banales, podemos tener conocimiento de cuestiones fundamentales para nuestro trabajo, ocio o actividad de diferente índole. En ese sentido las funciones mecanicista y de construccionismo social de la comunicación se enriquecen notablemente, y demostrada está su capacidad de convocatoria en un espacio mínimo de tiempo. Pero en algunas de ellas existe un lado oscuro que no podemos olvidar ni dejar de divulgar, pues no hacerlo nos covertiría en simples consumidores alienados y domesticados. En este caso me refiero a Facebook, probablemente la más conocida y
con mayor número de miembros.
Y aún sabiendo que algo similar a lo que aquí expongo ocurre para otros ámbitos, voy a referirme al entorno que conozco y al que principalmente destino mi uso de esa
página: el trabajo por los derechos olvidados o conculcados de los animales,
normalmente los no humanos, pero sin omitir jamás a los de nuestra especie, pues en
el fondo toda esa explotación, tortura y muerte de seres vivos, hablen, ladren,
mujan o emitan sonidos inaudibles para nosotros, responde a idénticos principios de
un mismo sistema. Ignorar o soslayar ese hecho es malograr cualquier acción para
combatirlo.
Observo que de un tiempo a esta parte, y de forma paralela con el aumento de la toma
de conciencia animalista motivada por la mayor información y compromiso activo de
los ciudadanos, con la aparición de nuevas iniciativas orientadas a la protección de
estos seres surgidas en organizaciones (casi siempre) y asumidas por las
instituciones (casi nunca), con la denuncia de abusos, sean legales o no, y con la
constatación gracias a profesionales de la medicina, de las fuerzas de seguridad, de
la judicatura y de los servicios sociales, de que las conductas violentas con
personas están muy ligadas a comportamientos similares con perros, toros, gatos o
cualquier otra criatura, observo, decía, que se multiplican los intentos para
bloquear en esa Red a quienes la utilizamos para tales fines. Y están teniendo éxito
no para que tiremos la toalla o que nos callemos, pero sí en encontrar la
connivencia en los administradores del Facebook.
Usuarios partidarios de actividades como la tauromaquia, la caza o simples
maltratadores, (todos ellos lo son, pero me refiero a que unos llevan a cabo sus
prácticas bajo el amparo de ley y otros las cometen de forma ilícita), que están
infiltrados entre los contactos de perfiles pertenecientes a activistas, se dedican
incansablemente a denunciar imágenes que éstos cuelgan en sus muros y que. en
cualquier caso, son fotografías que circulan por internet, accesibles para todos en
otros enlaces y que no hacen más que mostrar animales heridos o asesinados por la
mano del hombre.
Pero van más alla, pues hay casos de gente que integra este movimiento que no puede
entrar temporalmente en su perfil o ha sido expulsada definitivamente por: aceptar
demasiadas amistades en un día, darle un número de veces determinado al «Me gusta»,
escribir textos que explican los desmanes cometidos por los violentos e incluso,
porque «alguien ha intentado acceder a su cuenta».
Leyendo las normas de conducta de Facebook se puede ver que prohíben la existencia
de perfiles con temáticas discriminatorias o que inciten al odio, falten al respeto
o a la honra. Y se supone que en estos principios se basan para tomar medias contra
nosotros cuando publicamos la imagen de un perro al que han golpeado con saña, la de
un toro vomitando sangre, o la de un cazador con su bota sobre el cadáver de un
zorro reventado de un disparo. ¿Somos los animalistas, al divulgar esas fotografías,
los que hacemos apología de la violencia? Esta increíble bajeza moral al condenar no
al que mata sino al que muestra la imagen del crimen, para quien tuviese la duda de
calificarla como vileza, se suma al hecho de que nuestras denuncias de perfiles de
taurinos, cazadores o de grupos ligados a esas actividades y otras letales para los
animales, en las que abundan las imágenes a modo de trofeo de criaturas agonizando o
muertas, a menudo con críos posando,
y en las que defienden incluso que los niños puedan ser plenos partícipes de tales
prácticas, no son tenidas en cuenta y ellos, los que torturan y matan, los que
alaban esas conductas, sí pueden administrarlas con total impunidad y promover
comportamientos que estimulan la violencia y el sometimiento sobre seres vivos.
No llama la atención que siendo Facebook propiedad de un cazador se dé pábulo a las
denuncias de quienes querrían ver al movimiento animalista silenciado y hasta
aniquilado. Como tampoco lo hace su «caza de brujas» a grupos que reclaman mayor
libertad, igualdad o justicia. La ideología revolucionaria de izquierdas no está
bien vista por quienes representan y se lucran de las leyes del capitalismo más
feroz.
Y ya que no van a respetar el derecho a la expresión y continuarán ejerciendo como
censores, que al menos tengan la decencia de explicar qué ocurre con los datos e
información de las cuentas que cierran y por qué no se los devuelven a sus
propietarios, pues darse de baja voluntariamente en Facebook o que te expulsen e
intentar que todo lo que te concierne y permanece publicado desaparezca de ese
lugar, es más complicado todavía que apostatar. El uso que hagan de todo eso sigue
siendo otro secreto que no desvelan.
Decía Friedrich Hebbel que «no hay censura que no sea útil. Cuando no me hace
conocer mis defectos me enseña los de mis censores». Si pedir respeto y justicia
para los animales es una conducta reprobable que nos expliquen las razones, mientras
no lo hagan desde la cordura y el respeto, continuarán siendo los que ejercen la
censura sobre el movimiento animalista los que tengan que justificar el por qué de
su ensalzamiento del sufrimiento ajeno.
Lo que está muy claro es que toda esa estrategia les servirá para causarnos
molestias en mayor o menor grado, pero jamás para ponernos una mordaza o conseguir
que nos invada el desánimo. Más bien conseguirán el efecto contrario: afianzar el
compromiso y la convicción en una causa en la que las tácticas ruines que empleen
para impedirnos avanzar, no hacen más que demostrarnos que vamos por el buen camino
y que lejos de considerarnos unos utópicos sin posibilidades, nos contemplan como
una amenaza para su cada vez menor exención legal de responsabilidad en el maltrato
de animales, y ante una cuestión en la que día a día no dejan de sumarse nuevas
voces para expresar su hastío y rechazo frente a tan cobarde violencia.
Julio Ortega Fraile
Delegado de LIBERA! en Pontevedra
www.findelmaltratoanimal.blogspot.com