Simone Weil (1909-1943) fue una mujer inclasificable, alguien dijo «ser enraizado en la ausencia de lugar», este carácter hors norme hizo que sobre ella recayeran, desde sus tiempos de estudiante, los motes más variados: ratón, marciana, virgen roja, santa laica, y…hasta loca que dijese el general Charles De Gaulle. Una mujer dotada de una extrema radicalidad, autenticidad y empatía que le llevaba a probar las desgracias que afectaban a los humanos, a los de abajo; no se conformaba con teorizar sobre las condiciones de vida de los trabajadores, de los combatientes antifascistas y demás sino que se implicaba en tales ambientes con el fin de conocer en directo los padecimientos y las condiciones de lucha en directo. Este carácter indómito no era del gusto de los inspectores de educación, y los padres de las alumnas, que criticaban su manera de vestir y su discurso a favor de los pobres, que iba acompañado con la frecuentación de dichas compañías en sus paseos, etc. Tras trabajar en varios liceos, entró como obrera n una fábrica, experiencia de la que daría cuenta en su La condición obrera, que recogía su diario de fábrica y algunas reflexiones filosóficas y morales sobre la experiencia. En agosto de 1936, habiéndose enterado de la sublevación franquista en España, le faltó tiempo para conseguir un visado y un carnet de periodista, facilitado por algunos ferroviarios sindicalistas para cruzar la frontera y plantarse con su mochila en Barcelona. Pacifista convencida no dudó en acudir a luchar contra el fascismo, al considerar que lo que se iniciaba en el Estado español era una revolución y no estaba dispuesta en permanecer en la retaguardia viendo los toros desde la barrera. En la Ciudad Condal, en donde había pasado una temporada el año anterior, tomó contacto con Julián Gorkin, miembro del comité ejecutivo del POUM, al que trata de convencer para infiltrarse en las filas del enemigo para conocer el paradero del desaparecido Joaquín Maurin, cuñado de Boros Souvarine, de quien Weil era muy amiga, además de para tomar el pulso de la moral del enemigo; Gorkin asombrado de la fogosidad de la mujer, rechazó en redondo la propuesta de ésta al considerar que con semejante aspecto, sería descubierta por el enemigo de inmediato: «mi pobre Simone, con tu aspecto, tus reacciones, tu entusiasmo, quedarías descubierta en veinticuatro horas». El disgusto fue de órdago ya que ella consideraba que tenía derecho a morir, no comprendiendo el rechazo de Gorkin. Ella quería participar en la lucha, sacrificarse, a pesar de lo que había contado a sus padres de que simplemente se dedicaría a las labores de periodista, su deseo era ir al frente para lo que se une a la CNT y marcha hacia Lérida con un grupo de periodistas que acompañan a los milicianos; en un momento dado abandona el grupo y se dirige a Pina, al borde del Ebro, en donde ha oído que Durruti acude con frecuencia, y al que ve dirigirse a los campesinos. Allá es aceptada por un grupo internacional, compuesto de búlgaros, italianos, españoles, dos franceses, destinado a misiones peligrosas; ella era la única mujer en medio de veintidós hombres. Ella que no había tomado un arma en su vida, se ve con un mosquetón entre las manos, aleccionada por Carpentier; a pesar de las lecciones, cuando ella iba a disparar, todos sus compañeros huían temerosos debido a la falta de habilidad de la mujer a la que se había de sumar su miopía. De tales experiencias, y de los sentimientos experimentados, dará pormenorizada cuenta en el cuaderno que siempre la acompaña, quedando recogidos en una veintena de páginas y varias fotos de uniforme -como la que ilustra este artículo- bajo el título de Diario de España. Quiso, no obstante la fortuna que debido a su torpeza y sus problemas oculares metiese el pie en un recipiente de aceite hirviendo lo que hizo que, a pesar de su resistencia, fuera desalojada del frente: primero a un improvisado hospital en Pina, por llamarle de algún modo, y posteriormente ante la gravedad de las quemaduras a un hospital de Sitges. De allá le rescataron sus padres, que desconociendo el paradero de su hija, y contraviniendo la voluntad de ésta, se habían trasladado a Barcelona y movían Roma con Santiago por saber de ella, para lo que permanecían de guardia constante frente a las oficinas del POUM. Hallada en el hospital y no fiándose del tratamiento que estaba recibiendo, el padre se llevó a la hija, contra la voluntad del estupefacto médico, a la pensión en la que estaban, en donde le practicó los auxilios de urgencia. Cuarenta y cinco días duró la experiencia de la filósofa metida a miliciana. Si líneas arriba, decía que por suerte había debido abandonar el combate es a causa de que todo el resto de componentes del grupo, ella como única mujer, murieron bajo el fuego de los falangistas.

De todo esto habla Adrien Bosc (Avignon, 1986) en su «Colonne», publicado en Stock. El libro pone el foco en las circunstancias de este episodio no excesivamente conocido vivido por aquella tenaz y combativa mujer de veintisiete años que no conocía ni ripio de castellano, ni por supuesto de catalán, y para la que «escribir, pensar, actuar, son una sola y misma cosa». El tema de la novela no se detiene en el momento de su vuelta, junto a sus protectores progenitores, a su país, sino que se extiende a los años posteriores hasta el fallecimiento a causa de la tuberculosis en Londres en 1943. Además de este episodio y los que se sucedieron posteriormente, iluminación religiosa que le condujo a profesar a su modo el cristianismo, en una postura que podría resumirse en un Cristo sí la Iglesia no, y que proponía que en las puertas de las iglesias pusiese un cartel que prohibiese la entrada a quienes ganasen más de equis; sin obviar los intentos de participar de manera directa, lanzándose en paracaídas en territorio enemigo, en la resistencia de la France libre, operación que le fue rechazada, de ahí el calificativo de loca proferido por De Gaulle, siendo al final destinada, en 1942, a la dirección de Interior como redactora, en Londres, en donde fallecería en unas condiciones singulares al negarse a ingerir alimentos, compartiendo así el destino de sus conciudadanos franceses y de otros hambrientos del mundo…lo que dio lugar a toda una serie de versiones acerca de su pretendida anorexia, tendencias masoquistas, y…otras yerbas. Por asociación, con el tema del hambre, me vienen al recuerdo aquellas palabras de Simone de Beauvoir en su Memorias de una joven formal que habiéndose cruzado, en 1926, en el patio de la Sorbona con una banda de antiguos alumnos de Alain entre los que iba Simone Weil, que llevaba en su bolsillo de su chaquetón un ejemplar de Libres propos y L´Humanité: «ella me intrigaba, a causa de su gran reputación en lo que hace a su inteligencia y de su manera de vestir estrafalario…Una gran hambre acababa de devastar China, y se me había contado que que conociendo esta noticias ella había sollozado: estas lágrimas forzaron mi respeto todavía más que sus dones filosóficos».

Si la parte de la que da cuenta la historia referida está tomada por el escritor del moleskine de la mujer, la otra parte, en contraposición, da cuenta de la carta que le había dirigido Simone Weil, que se encontró en la chaqueta de Georges Bernanos cuando falleció en 1948. Bernanos era un ferviente católico, monárquico y conservado que se trasladó a Mallorca con el propósito de unirse a las fuerzas sublevadas. La visión de los crímenes, y las ejecuciones sumarias le horrorizaron hasta el punto de afirmar que aunque los muertos callen hablarán los cementerios, conversión expresada en su Los grandes cementerios bajo la luna. En la carta referida, que en su momento provocó un enorme revuelo y no poca indignación, mostraba su horror ante la actitud de «hombres que parecían valientes, que contaban sonriendo cuántos sacerdotes o “fascistas” (término muy amplio) habían matado», dejando ver in extenso su decepción ante las atrocidades vistas, como la liquidación de nueve supuestos fascistas como represalia a los nueve asesinados en Mallorca por los fascistas…u otros episodios como el de aquel chaval de quince años al que se encontró, haciéndose el muerto, con un escapulario, un carnet de la falange y una carta de su madre, y al que Buenaventura Durruti, en persona, le tratará de convencer de que se convierta en anarquista y si no la hace le espera la muerte, al día siguiente fue fusilado. Del corto verano de la anarquía hablaba Hans Magnus Enzensberger, dando cabida entre otros a las opiniones de Weil.

Decía Albert Camus que la guerra civil española fue la mala herida de Simone Weil, a la que consideraba el espíritu más grande de nuestra época, no fue la única que allá vio la bestia humana, guiada por la fuerza y la hybris, las pasiones desatadas, que convierten las buenas causas en replica especular de las del enemigo, lo que hace que los medios marquen, o se conviertan, en el fin…No fue Simone Weil, la única herida, pues Georges Orwell, léase su Homenaje a Catalunya, vio a la bestia comunista en acción, o Arthur Koestler que padeció, espantado, la infame presión de los franquistas y de sus contrarios.

Si en el libro se ve la decepción y el horror de los dos personajes nombrados, justo es destacar que el elogio de esa mujer que siempre luchó contra la pobreza y el oscurantismo, manteniendo una clara apuesta anticolonialista y antifascista…más allá de cualquier disciplina de partidos o de comisarios de diferente pelaje…«una mirada radicalmente independiente e irreductiblemente excéntrica sobre las desdichas y sufrimientos de los de abajo, sobre sus ilusiones y esperanzas, sobre sus formas de organizarse y e comportarse, sobre ls teorías que inventaron para salvarse de la explotación y de la opresión, sobre la guerra y la paz, sobre la educación y la revolución», que dijese Paco Fernández Buey.

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Me permito ya que…añadir un par de artículo que en su momento vieron la luz en el diario GARA:

Simone Weil , el coraje de lo imposible

+ Emilia Bea (edición de )

Simone Weil. La conciencia del dolor y de la belleza

Trotta, 2010.

254 págs. / €.

El año pasado se cumplieron cien años del nacimiento de quien fuera considerada por Christiane Rangé como el ejemplo más claro del coraje puesto al servicio de lo imposible( Seuil, 2009). El aniversario supuso, como no podía ser de otro modo, la aparición de libros de y sobre ella, del mismo modo que fue la propicia ocasión para organizar actos académicos en los que se trabajó en torno a la importancia de esa inquieta mujer y de su obra; entre estos actos, en la sede valenciana de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, con cierto adelanto -en octubre de 2008-, tuvo lugar un seminario en el que se tomó como objeto de estudio a Simone Weil. La pluralidad de miradas vertidas sobre su quehacer queda ahora publicado en este volumen, que recoge las intervenciones de dieciséis participantes (Emilia Bea, Maria Clara Luchetti Bingemer, Wanda Tomassi, Massimo La Torre, Joseph Oton, José Ignacio González Faus, Adrià Chavarria, Carmen Revilla, Jesús Ballesteros, Miklos Vetö, Juan-Ramón Capella, Giulia Paola Di Incola, Atilio Danese, Robert Chenavier, Tommaso Greco y Carlos Ortega) .

La vida de Simone Weil (1909-1943) dio para mucho, su firmeza combinada con su versatilidad en lo que hace a dedicaciones: filósofa, escritora, mística, poeta, mujer comprometida con todas las luchas de los años treinta del siglo pasado, como muestra su trabajo en la cadena de montaje de la fábrica Renault, su participación en la guerra civil junto a la CNT o su participación en la resistencia al nazismo. Una vida intensa, entregada a tope, en la que la palabra iba al compás de la acción, y en la que se entremezclaban el combate político con el compromiso espiritual, su visión filosófica con su práctica mística.; «en un navío que naufraga, el pánico surge de que todos, sobre todo los marinos, no hablan obstinadamente más que la lengua de las navegaciones; y nadie habla la lengua de los naúfragos»… Simone Weil habla dicha lengua.

Sorprende cómo en una vida tan breve pudiera darse una madurez tan profunda en lo que hace a la sagaz mirada sobre la época convulsa que le tocó vivir, y en la que sumergió con infinita piedad y solidaridad hacia los otros aun a riesgo de poner en peligro su propia vida y no lo digo sólo por sus participaciones guerreras sino también por sus solidarias hambres para sentir con los más desvalidos. Una incombustible búsqueda de la justicia, de la verdad que ahora es estudiada en visión poliédrica que abarca desde el compromiso político, a sus intuiciones místicas, sin olvidar sus incursiones por la filosofía del trabajo, del derecho, etc.

Magnífica ocasión nos brinda esta obra para conocer a esta santa laica -que dijese Michel Serres-, cuya huella la dejó en vida pero como otras celebridades (Rimbaud, Lautréamont, Kafka o Nietzsche) la gloria la alcanzó tras su muerte…influencia que ha ocupado la reflexión de gentes tan dispares como Albert Camus -gracias a quien se publicaron sus obras en la editorial Gallimard-, André Breton, Maurice Blanchot, T.S.Eliot, Susan Sontag, etc.

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Simone Weil, la lengua de los náufragos

Decía Carlos Marx, refiriéndose a los communards parisinos, que habían tomado el cielo por asalto. Pues bien, Simone Weil hizo lo mismo y posteriormente el cielo le asaltó a ella, según confesaba, marcándola con el sello de lo sobrenatural. El día veinticuatro se cumplen setenta años de su muerte.

Esta mujer nacida en París el 3 de febrero de 1909 en el seno de una familia judía, afirmaba que «en un navío que naufraga, el pánico surge de que todos, sobre todo los marinos, no hablan obstinadamente más que la lengua de las navegaciones; y nadie habla la lengua de los náufragos»… Ella optó por hablar dicha lengua a lo largo de toda su entregada vida, posicionada del lado de los esclavos, de los oprimidos, los explotados, los perseguidos, etc.

Su vida fue corta pero intensa, tan intensa que podría establecerse que equivalió a más de diez vidas, digamos que, normales. Ya desde su niñez mostró un espíritu sorprendentemente singular e independiente: lectora impenitente, sin preocuparse apenas por su cuerpo ni por las pasiones (el amor y la amistad), y comiendo como un pajarito y hasta limitando sus comidas en solidaridad con los soldados del frente, en la primera guerra mundial; luego repetiría el gesto pensando en las víctimas del régimen del mariscal Pétain o en los combatientes de la guerra civil del 36. Tras sus estudios de bachiller entró con calificaciones brillantes en la prestigiosa École Normale Supérieure en donde fue compañera de otra Simone, de Beauvoir. Acabados los estudios de filosofía -ya en el liceo le había influenciado Alain a quien había tenido de profesor- sacó la agregaduría y dio clases en varios liceos, siendo su comportamiento discordante para con las rígidas normas de las autoridades académicas, que no para las alumnas ni algunos de sus padres; esas desviaciones le supusieron ser destinada a distintos lugares; por aquella época se le conocía como la virgen roja, pues se unía a las manifestaciones y mítines obreros llevando la bandera, y participando activamente. Ya desde estos inicios militantes siempre mostró un compromiso furioso al tiempo que un individualismo, que no egoísmo, solidario.

Dejó la enseñanza para ingresar en una fábrica a trabajar de obrera con el fin de conocer en su propia carne la condición obrera. Entre otros puestos, ocupó el de fresadora en la Renault. Sus contactos se multiplicaban en los ambientes trotskistas (conoció al líder bolchevique ruso en París manteniendo arduas disputas con él), con otras tendencias marxistas y con la corrientes libertarias con las que se hallaba más identificada. Ajena a todo dogmatismo y pensamiento anquilosado, su espíritu crítico y su creatividad hacían que siempre resultase molesta debido a que no callaba y que argumentaba sus objeciones con una destacada inteligencia; llegando a mostrar desacuerdos hasta con su propia persona. Ya desde la experiencia obrera recibió «la marca del esclavo, semejante a la marca del hierro candente que los romanos aplicaban en la frente de sus esclavos más despreciados. Desde entonces-afirmaba- me he considerado a mí misma una esclava». Nunca le abandonó la huella de aquella etapa en la que vivió en primera persona la vida de los de abajo, viendo cómo se resentía su salud y dejando constancia de la condición obrera en memorables textos. La tarea que ella pensaba que debían cumplir los intelectuales era la de tratar de educar a la clase obrera, integrándose con ellos, y así desalienarles, haciéndoles salir del espíritu gregario. Por entonces se reforzó en ella igualmente su posicionamiento con los de abajo, con los parias, con los fugitivos, con los extranjeros, con los oprimidos, etc.

En 1936, al darse el alzamiento fascista de Pirineos para abajo, tomó el primer tren que pilló con destino a Barcelona y allá se puso en contacto con los anarquistas con los que se incorporó a la lucha, en la columna Buenaventura Durruti, en el frente de Aragón. Quiso la suerte que sólo permaneciese en las trincheras dos meses ya que pisó una cazuela cuyo contenido le cayó encima quemándola y teniendo que ser trasladada a un hospital, en Sitges, y posteriormente enviada a su país. Decía “suerte” ya que prácticamente todos aquellos compañeros combatientes cayeron al poco en el campo de batalla. Su fe en la revolución y en el ideario anarquista se vieron debilitados, no obstante, tras su experiencia guerrera, al constatar que en el fragor del combate hasta los más honestos luchadores recurrían a usar los mismos métodos que sus enemigos; en todo momento trató de mediar con el fin de evitar fusilamientos que esta santa laica-que dijese Michel Serres- juzgaba desmedidos.

En su país, tras algunos trabajos en el campo, intentó reingresar en la enseñanza. Las autoridades de Vichy habían puesto en pie unas leyes raciales que le iban a impedir ser admitida por su condición de judía. En una carta, que incomodó al menos a muchos judíos, dirigida al ministro del interior le preguntaba a ver qué era eso de ser judío ya que si de religión se trataba, ella de eso nada, si era cuestión de tener no sé cuántos abuelos de tal condición (en Alemania era distinto el número) el criterio era de una arbitrariedad absoluta, además de que sus antepasados siempre habían vivido en Francia y suponer que procedían de Palestina era mucho suponer. Se ha solido criticar a Simone Weil por su insensibilidad ante la situación de los judíos en aquellos años oscuros -igual que luego pasaría con otros judíos ilustres que se opusieron a la empresa colonial sionista: Karl Popper y Hannah Arendt, por ejemplo- si bien sus palabras son de una pertinencia y actualidad absolutas. Precisamente con Arendt se le ha emparejado más de una vez por varias coincidencias: ser mujeres, judías, perseguidas y cuya preocupación fundamental es la política (recomendable resulta el encuentro /desencuentro que organiza entre ellas dos Roberto Esposito en su <>. Paidós, 1999). Paralelas en este orden de cosas sus posturas y las de Henri Bergson que aun habiendo adoptado la fe cristiana, reivindicaban su condición de judíos, en solidaridad con los sufrimientos a que éstos estaban siendo sometidos.

Al final hubo de huir con sus padres a Marruecos en donde fue recluida por un breve tiempo en un campo de acogida (?). Más tarde se embarcaron los tres hacia Nueva York. No podía, no obstante, nuestra mujer permanecer impasible cuando al otro lado del Atlántico se libraba una salvaje guerra provocada por el nazifascismo; se negó a aceptar la nacionalidad americana ya que le parecía un lujo escapista y cobarde teniendo en cuenta la situación que se estaba viviendo en el Viejo Continente. Ya en Europa intentó en varias ocasiones incorporarse a arriesgadas tareas de sabotaje o lo que fuese en la resistencia interior; tales propósitos fueron frenados por la jefatura de la Resistencia instalada en Londres, con De Gaulle a la cabeza, por juzgarlos suicidas ya que su condición de judía le haría presa fácil para los sabuesos fascistas. Habiendo sido admitida en la red Francia Libre se le destinó a tareas más bien burocráticas lejos del frente de batalla lo que enfureció a la mujer e hizo que rompiese sus relaciones con el nombrado general y su camariila, quienes la conocía como la loca.

No llegó a vivir ni diez meses en la capital inglesa ya que su salud se deterioraba de manera creciente. Ingresada en un hospital se le diagnosticó tuberculosis, enfermedad que a la sazón se curaba a base de abundante comida rica en calorías. La paciente se empeñaba en no comer o comer lo equivalente a lo que comían sus compatriotas oprimidos por el régimen del mariscal Pétain. Así murió en el sanatorio de Ashford, el 24 de agosto de 1943. Hablar de anorexia en el caso que nos ocupa -como se ha hecho en más de una ocasión- es de una falta de rigor de libro, ya que desde luego nada le inclinaba a dejar de comer por cuestiones estéticas, pues su cuerpo le importaba un comino sino por razones de solidaridad, pues esta mujer pertenecía al conjunto de los solitarios solidarios de los que hablase José Bergamín. Existe un libro en el que, entre otras cosas, se aclara a fondo este aspecto apoyándose en los testimonios de alguien que también vivió aquellos años oscuros en Londres, Anna Freud ( Simone Weil del psiquiatra Robert Coles. Editado por Gedisa).

Quedaría cojo este retrato si se olvidase la vena mística de esta dama que sintió varias iluminaciones que la llevaron a convertirse en una mística a su modo y manera (sin hacer caso a aquello de que fuera de la Iglesia no hay salvación, ni fuera del Partido tampoco); ella siempre comenzó según su libre albedrío, más allá de cualquier tipo de obediencia o sumisión. Tres episodios marcaron -según contaba ella misma- ese giro: una colorida procesión en Portugal, una visita a una capilla de Asís y la audición de los cantos gregorianos en la abadía benedictina de Solesmes. La figura de Cristo, que ella completaría en un sincretismo que acercaba una visión cercana al gnosticismo, al taoísmo, y al hinduismo.

Sus últimos años se vieron acompañados de profundas lecturas de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa de Jesús, de lecturas de literatura e historia griega y latina…y escritos balanceando entre Jesús y Platón, que se venían a unir a sus textos sobre temas sindicales, obreros, coloniales, anti-bélicos. Quien quiera acercarse a la obra de esta mujer que fue extranjera en vida, y poco conocida tras su temprana muerte, ha de saber que editorial Trotta tiene casi toda su obra traducida…leyendo sus Cuadernos, y otros textos, «se nos aparece- en palabras de Pietro Citati- maravillosamente joven, fresca, virginal[…] Su gloria permanece equívoca: una intelectual, una reformadora religiosa al margen de la Iglesia. Nadie la considera por lo que es: una gran escritora», a lo que podría añadirse que fue el ejemplo más claro -por utilizar las palabras de Christiane Rangé- del coraje puesto al servicio de lo imposible.

Fuente: https://kaosenlared.net/simone-weil-en-el-frente/

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