
«Y siento un no sé qué al ver tantos rostros felices en estas fotos. ¿Qué habrá sido de ellos?», La revolución perdida, página 241.
I
La editorial Trotta ha publicado recientemente (2004) el tercer libro de memorias de Ernesto Cardenal, ‘La revolución perdida’. Cardenal, prestigioso poeta y contemplativo cristiano, nicaragüense que participó en la revolución y gobierno sandinista, cuenta aquí ese periodo de su vida y de otras con que convivió en aquel entonces (desde mediados de los setenta hasta 1990) La solapa del libro nos dice que éste vale por «recatar del olvido a aquellos que se perdieron en el anonimato y que, con su muerte, su heroísmo y su esperanza fueron los verdaderos hacedores de la utopía [;lo hace] iluminando su humanidad con dramatismo, además de con ternura y candor».
No es menos cierto que rescata del olvido -¿30 años?- otras facetas de la revolución sandinista; la de los nada anónimos que, sin heroísmo ni esperanza y con vileza la combatieron (1), y la de los anónimos que ni heroizaron ni esperanzaron. Por lo segundo, Cardenal no omite matices de la sociedad nicaragüense, aunque con un punto de regañadientes: «… se nos hacía difícil criticar la revolución porque había tantas cosas buenas en ella» (p. 405).
Pero no por eso olvida que también las sociedades humanas están hechas de personitas humanas, y ello tiene un peso. Anota por ejemplo: «El corte de algodón es durisimo, y como la revolución mejoró la situación de los campesinos, la mayoría ya no lo quería cortar, y tenía que hacerse con trabajo voluntario … venían de todas las partes del mundo, aunque el coste del pasaje del avión era mayor que lo que aportaban cortando café» (p. 423/424).
No solo entran estos hechos -¿anecdóticos?-. Tampoco omite cómo el desarrollo de la revolución no evitó que las simpatías de parte de sus presuntos beneficiarios se dirigiesen a la abominable ‘Contra’, fuerza antisandinista financiada por E.U.A., o el papel del peso humano en la derrota electoral de la revolución sandinista: «Todas las predicciones y las encuestas daban al frente sandinista una victoria del 15% [frente a otros siete partidos]… el cambio fue a ultima hora, cuando un sector no muy grande de la población fue influido por las declaraciones de Bush [padre], y se resignó a elegir otro gobierno, rendido por cansancio y por hambre» (p.463).
Para una valoración de cómo se rinde ‘por cansancio y por hombre’, el valor del libro está en que, con estilo conciso, pone nombre, cuerpo y sentimiento a un coste humano que dejó paso a la sombra de una realidad inquietante: el peso principal del sistema capitalista no estaría en fuerza y dolor, sino en acosar con desabastecimiento y cansancio a los disidentes. Cardenal -y otros muchos- nos han honrado contando la ola de represión, miedo y dolor que cayo sobre la población antecediendo a la revolución, la enorme magnitud de la represión que respondía a la rebelión, y sin embargo, todo eso no impidió que los acontecimientos evolucionasen así: «Después del fracaso de la primera insurrección vino una segunda, con más fuerza, y así pues nadie se desanimo. Al año fue la segunda insurrección, mucho más grande, y que también fracasó; supimos que habría una tercera mayor, y menos de un año después fue la tercera insurrección, que fue la del triunfo… Para la segunda insurrección, las tres tendencias del Frente Sandinista lucharon, aunque todavía sin unirse; en la tercera, que fue la del triunfo, ya se habían fusionado», p. 45.
Aunque no soy nadie para conclusiones, cabe concluir de la lectura del libro de Cardenal que si así fueron las cosas, ni la fuerza ni el dolor pueden frenar una insurrección, pues hubo tanto de ambos que ninguna había tenido lugar -quizás, impúdicamente, pueda tomarse como emblemática la historia que cuenta en las p. 180/181-. Más eficacia que las propuestas brutales hechas reales, resulto ser el acoso a la seguridad material; la capacidad de evitar que el gobierno sandinista, una vez hecha la revolución, jugase un papel de abastecedor.
«Lo que Estados Unidos se había propuesto era destruir la revolución de Nicaragua. Para eso hicieron bloqueo económico, boicot comercial, minado de puertos, sabotajes, y una vasta campaña publicitaria… Destruían los plantíos y las instalaciones agrícolas, interrumpían la recolección de café, hundían las embarcaciones de pesca, minaban los puertos. Hacían que se desviasen para la defensa los recursos para la educación, salud, bienestar social, construcción de viviendas, carreteras y caminos. Y, en fin, retrasaban los programas de la revolución… El coste de la agresión no se puede calcular. Se podría calcular el coste de un barco de pesca hundido, pero no de lo que ese barco dejó de pescar. El costo de un puente dinamitado, pero no de todo lo que dejo de pasar por ese puente. ¿Y el coste de la muerte de un trabajador, de una muchacha, de un niño?… La guerra de la Contra era para hacerla vida más miserable y en gran medida lo logró», p. 432.
Si el fracaso de la revolución se mide en la incapacidad de proporcionar programas, resulta difícil entonces imponerse a los ya cuarteados profesionales en la cumbre. El mundo es muy pequeño para que haya dos factorías de bienestar que el dinero puede comprar (2), y la que ya existe anda sobrada de reservas y mañas como para ser desbancada por aficionados bienintencionados, sobrada para hacer creíbles propuestas de solución económica -y para brutales juegos de manos que desacreditan a las alternativas-; sobrada para lograr con el miedo al desabastecimiento y al cansancio lo que no logra con otros.
Ante esto, los sandinistas no optaron, según cuenta Cardenal, por transcender la fragilidad humana con sacrificios numantinos de la libertad ajena y propia, cumpliendo misiones ‘históricas’ de ‘sepultar el capitalismo’. En vez de atrincherarse en ese papel, convocaron elecciones que perdieron.
«Muchos llegamos a la conclusión de que fue mejor que hubiéramos perdido unas elecciones y entregado el poder honrosamente, en vez de ser derrocados por el pueblo de forma vergonzosa; porque la crisis económica que teníamos el Frente Sandinista no la iba a poder resolver, dado que no cesaría el acoso de los Estados Unidos», p. 465.
«En realidad el Frente Sandinista se había propuesto hacer unas elecciones justas, libres y honestas, y fueron tan libres, tan justas y honestas, que las perdió. La democracia significa la posibilidad de perder unas elecciones. Unas elecciones en las que un partido jamás pudiera perderlas, no serían jamás unas elecciones libres, serían unas elecciones falsas de una falsa democracia. La revolución de Nicaragua ganó perdiendo unas elecciones. Dejo de ser una revolución en el poder para pasar a ser una revolución democrática en la oposición», p. 462.
Hasta nos incluye Cardenal una reflexión sobre lo oportuno que podría haber sido hacer fraude para perder las elecciones y obtener así autoridad moral desde la que ejercer el poder de base (p. 464), reflexión que los empollones de la primera fila de barricadas tildarían de ‘mártir’. En cualquier caso, reconoce que lo importante no es «el poder ejecutivo», sino «seguir gobernando desde abajo» -p. 462- (3) Sin embargo, estuviese donde estuviese lo importante, la perdida fue más grande de lo esperado, extendiendose al título del libro.
«Ahora la mayor parte de los jóvenes de Nicaragua, con la revolución perdida, han quedado apáticos, desencantados, apolíticos, sin creer en líderes, ni en partidos, ni en ideologías», p. 471.
Y es que «Una razón más que hemos tenido también después para alegrarnos de la perdida de la revolución, y fue ver la corrupción en la que han caído los principales dirigentes», p. 465, so capa de garantizar la financiación del partido (p. 469/470). Pero sobre esto, que no cito aquí como mantra que justifique la inacción, ni para dejarnos pensando que ‘todo es la misma babosada’, aunque para ello suele servir, volveré al final de la segunda parte.
II
No habiendo prestado atención al conjunto de la obra de Ernesto Cardenal, ni teniendo una relación de cercanía con la revolución de Nicaragua, me supera dar un juicio global sobre este libro y lo que en él se nos testimonia -aunque soy persona a la que desborda incluso el farmacéutico, que no le testimonia nada-. Aquí y ahora, lo que me parece oportuno es citar algunos textos de Cardenal que pueden ser buen motivo de cavilación para la gente que nos movemos entre la noviolencia.
1) Cardenal mantuvo una polémica con el famoso jesuita y desobediente civil Daniel Berrigan: «El padre Daniel Berrigan, jesuita y poeta… publicó un artículo despiadado contra mí… por aquella ‘Carta al pueblo de Nicaragua’… en la que dije que los muchachos de Solentiname habían tomado las armas por amor al reino de Dios, que habían combatido con valor pero también cristianamente -pues no le habían pegado fuego al cuartel por consideración a los guardias heridos- y que habían peleado sin odio. Berrigan me compara allí con los cruzados de la Edad Media, me acusa de poner una pistola en manos de Cristo, observa mordazmente que los guardias no fueron odiados, pero de todas formas murieron; y termina diciendo que ningún principio por elevado que sea justifica la muerte de un solo niño / No quise polemizar con él. Pensé que cuando triunfase la revolución… se vería justificada la lucha armada. Así fue… Le contesté que estaba de acuerdo con él en que ningún principio por elevado que sea justificaría la muerte de un niño, pero que el Frente Sandinista no había luchado por un principio, sino para que no siguieran muriendo niños, y jóvenes, y hombres, y mujeres, y ancianos, y no había ningún principio, por elevado que fuese, ni siquiera el de la no-violencia, más importante que eso. Dije que habría sido bueno que el padre Berrigan hubiese visto cómo el pueblo había recibido con júbilo la entrada de las armas que le habían liberado, las viejitas abrazando a los muchachos con fusiles, los niños felices arriba de los tanques…» (p. 66/67) En la página 347 narra sucintamente un episodio semejante.
En la polémica con Berrigan, la postura de Cardenal es sentimentalmente implacable, y por ello insatisfactoria. Además, si en otro lado Cardenal nos recuerda que no se puede tomar la democracia formal como un fin en sí mismo -pues puede engendrar incluso dictaduras, y «siempre se puede manipular a los pueblos»(p. 472), lo mismo se puede decir de las demostraciones de masas (4). Quizás entonces Berrigan tuviese una visión más clara, pero también recaería sobre él el principal problema, sería quién tiene el problema y la responsabilidad de la solución. Pues él convive con quien causa la rebelión causando la opresión, convive con quienes les votan y les legitiman, quién está en posición, bajo derechos adquiridos de libertad política, de hacer que la superioridad de la noviolencia sobre la violencia se muestre como algo más que un lema.
2) Los niños que en la cita anterior trepan a los tanques parecen mostrar que los hacedores de utopia rescatados del anonimato por Cardenal no se compadecen demasiado con nuestros escrúpulos hacia el que la educación de los niños se contamine de referentes violentos.
«Fueron muchos los niños revolucionarios, como les he venido contando… Uno de Monimbo ha dicho: ‘Si yo pudiese contar cuantos niños pasaron por aquí con su pañuelito, niños de doce, diez, nueve años. Me decían: ¿no vas a cooperar con las bombas de contacto? Aquí en la calle pasaban los chavalitos con las bolsas de bombas de contacto. Y lo peligroso que era una bomba de contacto: no la podían apretar, no la podían aflojar, y había que saber tirarla’… ‘¡Muchachitos! Eso era lo más maravilloso, que hasta los niños participaban de la insurrección'», p. 205/206.
«Unos jovencitos se habían reunido una noche a protestar alrededor de una fogata; salieron en fuga cuando una patrulla llegó al lugar, pero uno de ellos no logró escapar y fue asesinado. Y ése fue el detonante para la rebelión de los escolares… Adolescentes, flaquitos y flaquitas. Con pistolitas, escopetas de caza y bombas caseras, hachas y machetes.. Llegaron hasta tanques, aviones y helicópteros, pero los muchachos no se corrieron, pelearon en sus barricadas… Un periodista dijo que allí nadie dirigía a nadie… Una semana estuvo la ciudad bajo la ley de los jóvenes. Y todo ese tiempo la gente les daba la comida», p. 98/99.
El mismo tenor aparece en otras muchas páginas, como las dedicadas al caído con nueve años héroe revolucionario Luis Alfonso Velásquez -«Es por culpa de los grandes que aun no hemos triunfado; no solo déjeme andar en esto, sino también únase», p. 204-. Sin embargo, y sin necesidad de leer el párrafo que une las páginas 468 y 469 o las 250 y 251, no creo que Cardenal tenga mucho en contra de las campañas contra el juguete bélico; y no sólo por bélico, sino por juguete -¿Se podrán contar los contenedores de basura de ciertas calles de ciertas ciudades entre los juguetes bélicos?-.
3) Cuando se busca ilustrar el lema «Gastos militares para necesidades sociales», se suele hablar de lo que ‘se pierde’ con los gastos militares, y adjuntar presupuestos de organismos internacionales y humanitarios, mostrando lo que ‘se podría ganar’. Pero esas ganancias no siempre se calculan con perspectiva ganadora, como muestra la siguiente cita:
«Lo primero que había que hacer era un censo para saber cuántos analfabetos había. Se recurrió a la UNESCO, y la UNESCO dijo que eso constaría tres millones de dólares y tardaría dos años. En Nicaragua se pensó que no se podía esperar y tampoco se tenía ese dinero, y los muchachos del colegio fueron lanzados a recorrer distancias enormes por los caminos lodosos de todo el país, preguntando a todo mundo… El censo se terminó en un mes, y costó 10.000 dólares… Llegó el experto de la UNESCO y se asombró de que estuviese tan pronto y preguntó cómo lo hicieron, y le contestaron que simplemente prescindiendo de la UNESCO… Y la evaluación que después hizo la misma UNESCO reveló que el margen de error había sido mínimo» (p. 281)
Habrá quien deduzca de esta cita que los militares no despilfarran mucho -lo que podría invertir la UNESCO en un pais-, sino muchísimo -30 campañas de alfabetización nicaragüenses-. Pero también quien deduzca que estamos perdiendo mucho más que dinero con este sistema sostenido por los ejércitos.
4) Los viajes internacionales de Cardenal por el mundo dan para mucho cavilar. Conoce a personajes como Carlos Andrés Pérez cuando era ‘bueno’ (p. 29/30)-ahora, tras la ‘revolución bolivariana’, es ‘malo’-. Conocemos el pasado conspiratorio -y ‘buenisimo’- del siniestro tertuliano radiofónico Javier Nart (p 47, 141/143) Echo a faltar la encerrona a la que le sometió Mercedes Mila en televisión española, pero nos daremos por vengados a manos de Umbral. En fin, conocemos muchas cosas.
En el libro publica, como las publicó entonces, las notas de un primer viaje a Irán, a poco del derrocamiento del Sha, del que volvió expresando mucha simpatia por lo que veía; aunque las cosas han cambiado -y no solo por medio del asunto «Irangate» (p. 446)-, no escenifica ninguna justificación. Simplemente anota con laconismo, junto a las notas de entonces, hechos posteriores -las luchas internas del régimen iraní, que llevan a la muerte a antiguos revolucionarios; cómo cuando se exilio su antiguo contacto en Irán, «no me habló de la situación interna de Irán, ni yo le toqué ese tema. El gobierno sandinista y el de Irán eran aliados, sufriendo el acoso de un enemigo común; y la mayor ayuda financiera que recibía Nicaragua era la de Irán [(Sin la ayuda de Irán…) en pocos meses Nicaragua no iba a tener ni una gota de petróleo, … ni siquiera para mover un tanque, estando en guerra con la Contra, p. 164]. Ella lo sabía, y ni ella ni yo podíamos hablar con franqueza. Lo lamento» (p. 154)-.
Queda a la lectora o el lector, ante la honesta parquedad de Cardenal, el pensamiento sobre cómo una revolución «hecha por Dios» (p. 163) se consolida exiliando o asesinando a destacados protagonistas de la misma; ante una revolución hecha posible gracias a la inesperada e imprevista fuerza de la religión -«que no la pueden medir los computadores» (p. 166) y por eso pilló desprevenidos a sus enemigos-, queda al lector reflexionar sobre si la espiritualización de la política pone diques al Estado totalitario, o más bien abre compuertas a su peste. Y más nos va a quedar que decidir a los lectores y a las lectoras, ahora que Irán está en el punto de mira de una operación militar estadounidense, y los medios así llamados contrainformativos -se pretenderá decir, espero, informativos a la contra- volverán buenísimo y ‘desafío a la globalización’ al régimen iraní.
No es nada baladí preguntarse por la evolución de la revolución en Irán, dado que, en los testimonios reunidos por Cardenal, los actos de la revolución ostentan un marcado gesto antimilitarista: «… también ellos pensaron liberar ciudades en Irán; pero vieron cómo Somoza destruía las ciudades, y desistieron de ello, porque el Sha habría hecho lo mismo. Pensaron que primero debían desmoralizar al ejército… Cuando empieza la desmoralización de un ejército nadie la para… Los soldados disparaban contra la multitud, y el pueblo daba flores y dulces a los que disparaban… les decía a los rasos que porque mataban. Si lo hacían por dinero ellos les podían pagar ese dinero. Y por primera vez se dieron cuenta de que mataban por dinero, y por poco dinero, para que los generales se hiciesen millonarios» (p. 152/153)
También nos habla Cardenal de otro personaje interesante, escriba quien escriba sobre él, el presidente de Panamá Omar Torrijos: «…bien sabia Torrijos lo que se podía y no se podía… Él hubiese querido hacer una revolución en Panamá, pero sabia que no la podía hacer con los yankis encima… Y por eso ayudaba a toda revolución lo más que podía. Su manera de hacer la revolución en Panamá fue fomentarla en otras partes» (p. 92) Al menos Torrijos hacía lo que podía -mientras le dejaron-, pero no sé que se puede pensar de esas plagas de pequeños Omares Torrijos y Torrijas que, presidiendo a lo sumo una comunidad de vecinos pero entonando ‘allí sí es posible’ o ‘está legitimado por el derecho internacional’, se dedican al internacionalismo de fin de semana o de puente sobre río legendario; vaya, no sé si saben mejor que yo lo que se puede y no se puede.
5) Cardenal dedica un apartado a uno de los aspectos más complejos de las luchas contra el gobierno sandinista, el de los indígenas miskitos: «… teníamos el problema de una revolución en dos países… la Nicaragua del Pacífico de colonización y lengua española y religión católica, y la del Atlántico, de colonización y lengua inglesa y religión protestante… A esta Nicaragua de habla española, los de la otra, en su mayoría negros e indios de habla inglesa, nos llaman… los ‘españoles’ / Y la revolución sandinista para los de la Costa fue una revolución de los ‘españoles’. Era una revolución ajena a ellos, y la sentían como impuesta. Las consignas y discursos tan del gusto de los revolucionarios les repugnaban a ellos. Hasta después los revolucionarios supieron cómo llegarles, y fue con cantos y con bailes… La principal causa del error fue que cuando el triunfo no llegaron allí antropólogos, sino unos combatientes jovencitos. Y lo que es peor: con prejuicios racistas» (p. 455)
Comenta como un líder misquito se paso a la Contra y «ya empezó la lucha contra la revolución con el apoyo de Estados Unidos y la Contra y el ejército hondureño, y con una descomunal propaganda en el mundo entero a favor de los indios miskitos cuyo nombre había sido desconocido en el mundo entero fuera de Nicaragua. / La situación se habia hecho invivible para los miskitos de la margen nicaragüense del río Coco, que era la frontera con Honduras. Los contras habían impedido toda navegación en el río, única vía de comunicación para esas comunidades, y toda su vida se había paralizado, no pudiendo recibir absolutamente nada del exterior. Desde sus campamentos en Honduras llegaban a asaltar sus aldeas, reclutar a sus jóvenes para la guerra, y asesinar a los que eran sandinistas. Al gobierno no le quedó más remedio que reubicar esos poblados hacia el interior… Esto se prestó para una nueva ola de calumnias contra la revolución… Algo muy doloroso fue que cuando los miskitos estaban siendo trasladados alcanzaron a ver sus chozas en llamas; y que sus frutales y sus siembros estaban siendo destrozados por los sandinistas. Y era que no podía quedar nada para que los Contras establecieran allí sus campamentos. ¿Y cómo hacer que los indios lo entendiesen?» (p. 457)
Pienso que en otros lugares esta problemática, la de los asentamientos indígenas o campesinos que se descubren interpuestos en medio de los combates revolucionarios, sigue siendo viva; pero que siga siendo viva no significa que sea nueva, que para algunas cabezas puede ser incluso vieja y que debemos valorarla en perspectiva.
6) En varios puntos nos cuenta Cardenal cómo los sandinistas de la tendencia de la que él formaba parte incurría en lo que aquí suele ser criticado como propio de «apagafuegos» y «reformistas». En efecto, aunque reconocían libertad de expresión a sus rivales derechistas (p. 247, 267), se consideraban obligados a combatir tendencias ‘extremistas’: cuenta de una brigada de ‘trotsquistas’ que » a lo mejor habían sido contratados por la CIA sin saberlo ellos» y «comenzaron a agitar a los trabajadores para que se tomasen las fábricas y las empresas estatales», de cómo hubieron de expulsarlos de Nicaragua (p. 235); cuentan de conflictos con sectores radicales del sandinismo que protestaban contra sus propios dirigentes, exigiendo ‘la expulsión de la burguesía’ y planteando críticas tan aceradas que eran recogidas por los periódicos de derecha (p. 45); él, que siempre enaltece los margenes amplios de la libertad de expresión bajo el sandinismo, no vacila a la hora de apoyar la intimidación a los asesores cubanos o a quienes habían estudiado en la RDA para que no ofendiesen los sentimientos religiosos ‘del pueblo’ (p. 273)
Todo esto es para él coherente con el ‘sandinismo’. En varias páginas se precia de que el sandinismo era un «marxismo antidogmático», con lo que no se refiere, como en estos pagos, a renuncia de objetivos, sino a no obcecarse en la búsqueda de soluciones inmediatas que supongan una ruptura radical con el pasado y una política desarraigada. Parece valorar este antidogmatismo en tres aspectos: en sí mismo, como maniobra diplomática, y como evitación de falsos debates que enmascaren los conflictos reales y las verdaderas agresiones.
Sobre lo primero vale la siguiente cita: «La ideología de Sandino es la que marcó la revolución, sin que ésta hubiera sido una ideología fácilmente catalogable. Hubo una especie de sincretismo político… un pluralismo natural, nacido de las entrañas de un pueblo lleno de humor y nada dogmático» (p. 426)
Para lo segundo: «La revolución de Nicaragua fue diferente de la cubana. Prudencia y moderación fueron las características de esta nueva revolución, y su política se guiaba por lo que era práctico y posible. Esto contrastaba con el extremismo que tuvo al inicio la revolución cubana, y se parecía más bien a la madurez que ésta ya habia alcanzado veinte años después… Para los Estados Unidos hubiese sido más fácil oponerse a una revolución radical que a una revolución cautelosa, hábil y sagaz, como desde un principio lo fue la nicaragüense» (p. 257; también p. 65, 217/218, 247, y, más centrado en «los sentimientos religiosos», 311, 322)
Para lo tercero: «En Venezuela le oí decir a un viejo líder del partido comunista que viendo que los cristianos se estaban haciendo revolucionarios ya iba a ser posible la revolución en América Latina… Ellos antes habían creído que la revolución se podía hacer sin los cristianos, dijo; pero en eso no habían sido buenos marxistas, porque no habían tomado en cuenta que el pueblo era cristiano, y que una revolución así tendría que ser una revolución sin el pueblo, y por tanto una falsa revolución» (p. 314)
Parece que la integración no dogmática de cristianos y marxistas permitió la auténtica revolución, pero no deberíamos olvidar que estamos leyendo sobre una revolución auténticamente perdida. Cardenal argumenta que son precisamente los cristianos los que menos la podían perder por el camino:
«Los que tan solo tuvieron una certeza científica del triunfo inmediato se han desilusionado de la lucha revolucionaria después de la derrota. Pero no aquellos que luchaban por una causa justa, la del amor, independientemente de que se ganase o no… Los cristianos debemos saber que siempre estamos expuestos a la derrota, como Jesús» (472; cf. también el, digamos, aforismo, sobre cómo el cristianismo revolucionario purificó en Nicaragua al marxismo de mitología religiosa, p. 312)
No es éste el momento ni mi silla ergonómica el lugar para polemizar sobre estos méritos de la fe que ‘tanto bien’ ha hecho en este país que no es Nicaragua. Pero sí entraré en el lado de maniobra diplomática, estratégico, del antidogmatismo. Pues la ausencia de medidas radicales permitió la consolidación de una dirección política de la revolución, impidió que esta fuera quitada de en medio por una invasión militar; y se protegió así un bien que tiene poco de precioso, según reconoce el propio Cardenal:
«Tomás Borge dijo que la revolución era invencible, y que nadie la podría destruir, a no ser que la destruyesen los mismos sandinistas. Y eso fue lo que ocurrió. Y uno de los principales que lo hizo fue Tomás Borge» (p. 470)
Yo que no sé hacer nada, no diré que se podría haber hecho otra cosa. Aunque en este punto parece oportuno recordar que, siendo falso el dicho «Quién construye sobre el pueblo, construye sobre el barro», no lo debe ser menos el que dice que se ponen cimientos de acero cuando se construyen sobre líderes astutos que saben cuándo utilizar la fuerza y cuando refugiarse y retroceder bajo ‘prudencia y moderación’.
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Nota 1. Fiel a la inactualidad, respetaré como pleito ajeno lo que nos cuenta Cardenal del finado Karol Woytila (p. 301/310, 319/320 y especialmente p. 434), y no haré sensacionalismo instrumentalizandolo aquí.
Nota 2. No pretende ser esto una mera metáfora, o no más que la teoría del desarrollo ‘notarial’ que se expone en trabajos como: José Manuel Naredo y Óscar Carpintero / El metabolismo de la economía española: flujos de materiales, energía y sus consecuencias ecológicas. En: La situación del mundo 2004: informe anual del Worldwatch Institute sobre progreso hacia una sociedad sostenible. _ Editorial Icaria.
Nota 3. Aunque escrito esto, no sé qué cara poner cuando Cardenal le atribuye a Fidel Castro los dones que le atribuye en la página 316.
Nota 4. Cardenal parece reconocer este punto ante la crítica de Joan Baez que relata en la página 340, aunque después se hace el longui.
> Sobre «LA REVOLUCIÓN PERDIDA: MEMORIAS 3» de Ernesto Cardenal.
Por aquí hay que ir. La recuperación de la memoria reciente de la izquierda. Eslabón clave entre la Revolución de Octubre y el Movimiento Antiglobalización Noviolento singularizado en los Zapatistas, sus directos herederos.
> Sobre «LA REVOLUCIÓN PERDIDA: MEMORIAS 3» de Ernesto Cardenal.
El diario «El Ciudadano & La región» fue cerrado por segunda vez en la mañana del miércoles 14 de setiembre en su atribulada historia que cumplirá siete años el próximo 7 de octubre.
La orden fue impartida por su verdadero dueño, Eduardo López, presidente de Ñuls, titular de LT 3, responsable de una escuela privada, propietario una estación de servicios cuyos costos son menores a la mayoría de establecimientos similares en todo el país y capitalista de una farmacia que vende medicamentos a muy bajos costos en pleno centro de Rosario.
Cuando López era un deudor moroso en los años ochenta, una década después se convertía en una de las principales 680 riquezas de la misma ciudad, demostrando una envidiable capacidad a la hora de multiplicar su propio patrimonio.
Ahora, Eduardo López, acosado por la falta de liquidez por los centenares de cheques rebotados y por sus extrañas relaciones con ex funcionarios del Banco Municipal, decidió el segundo cierre del diario dejando en la calle a ochenta familias.
El problema es que López es, hace y deshace porque la mayoría de los dirigentes políticos con responsabilidad institucional, en la ciudad, la provincia y el país, lo dejaron ser, hacer y deshacer.
La justicia federal no lo indagó cuando la AFIP lo acusó de lavar dinero.
La justicia provincial le dio un amparo histórico que le permitió hacer fortunas con su legendario bingo.
La policía provincial custodió su bingo y amparó otro tipo de transacciones en el interior de la popular y fuera de ella, en los barrios donde generalmente se desarrollan las actividades de los integrantes del grupo de tareas que se disfraza de barra brava.
La AFIP no insistió con sus investigaciones.
DEL LIBRO LA CIUDAD GOLEADA
De Carlos Del Frade
LAVADO DE DINERO
Rosario;argentina
Sobre «LA REVOLUCIÓN PERDIDA: MEMORIAS 3» de Ernesto Cardenal.
Todos nos encandilamos, desde España vivimos y seguimos muy de cerca la revolucion, nos lleno de esperanza que el pueblo hermano de Nicaragua fuera libre y se quitara de encima a la famosa y tirana familia somocista. Por aqui caminaba Carlos Mejia y su grupo recaudando fondos para la revolucion, seguiamos de cerca los manifiestos de Ernesto Cardenal y vivimos la entrada triunfal en Managua del FrenteSandinista, lastima de la OCASION PERDIDA, el poder corrompe y el gobierno es corrupto, adios a los sueños de la gente de bien, adios a los sueños del pueblo llano, malditos egoistas, si no lo pagais en la tierra lo pagareis en alguna parte, pues es injusto abandonar a tu pueblo, a ese pueblo que confio en ti y en tus palabras, que muchos dejaron sus vidas por seguirte y eso has de pagarlo.
VIVA LA REVOLUCION, VIVA EL PUEBLO DE NICARAGUA, LIBRE!!!!!!!!!!!!!
Desde España hermanos un abrazo.