«¿Todo el mundo estaría dispuesto a aceptar la disminución de la energía eléctrica sin posibilidad de recurrir ni siquiera a las lámparas de petróleo, el oscurecimiento inevitable de los medios de comunicación y, por tanto, no más de una hora de televisión al día, los viajes en bicicleta en vez de en coche, los cines y las discotecas cerradas, la cola en los McDonald’s para conseguir la ración diaria de una rebanada de pan de salvado con una hoja de lechuga? En resumen: ¿todo el mundo aceptaría el cese de una economía del bienestar y del despilfarro?».

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Cuando la invasión de Kuwait dio lugar a la guerra del Golfo de principios de los noventa escribí una serie de artículos sobre el tema de la guerra. En cada capítulo tenía que ir modificando mis ideas sobre el concepto de guerra; con el tiempo, un concepto que seguía siendo el mismo desde los tiempos de los griegos, independientemente del tipo de armas utilizadas, ha tenido que ser revisado al menos tres veces de 1992 a 2002.

A lo largo de los siglos, las finalidades de la guerra habitual, a la que llamaremos paleoguerra –una forma concisa o culta de decir guerra antigua- solían ser: derrotar a un adversario para obtener un beneficio de su derrota; alcanzar unos objetivos cogiendo al adversario por sorpresa; evitar que el adversario consiguiese sus objetivos; pagar un precio en vidas humanas del bando propio a fin de que el enemigo sufriese pérdidas mayores. En estas guerras, la libertad de maniobra de los beligerantes dependía de que no perjudicasen a terceros, y había que saber quién era el enemigo y dónde estaba. Normalmente, el choque era frontal y estaban implicados dos o más territorios reconocibles.

En nuestro siglo, la energía atómica eliminó la diferencia entre beligerantes y neutrales; independientemente de quienes sean los contendientes, todo el planeta resultaría perjudicado por una guerra con armas nucleares. La guerra fría permitió la transición de la paleoguerra a la neoguerra –una forma concisa o culta de decir guerra nueva-: existía una tensión de paz beligerante o de beligerancia pacífica, de equilibrio del terror, que garantizaba una notable estabilidad en el centro (entre los poseedores de armas nucleares), y permitía, o hacía indispensables, formas de paleoguerra marginales –Vietnam, Oriente Medio, África… -. La guerra fría permitía la paz al primer y segundo mundos al precio de algunas paleoguerras en el tercero.

1. Neoguerras: Iraq y Kosovo.

Tras la caída del imperio soviético cesaron las condiciones de la guerra fría, pero salieron a la luz las guerras que nunca han cesado en el tercer mundo. Con la invasión de Kuwait por Iraq parecía que había que restablecer una paleoguerra, pero la importancia que allí tuvo la información demostró que ya no había dos frentes separados; millones y millones de musulmanes proiraquíes vivían en los países de la alianza antiiraquí.

Que las industrias occidentales hubiesen armado a Iraq no era una cuestión casual, como tampoco lo fue que las industrias occidentales hubiesen armado a los talibanes diez años antes. Estaba en la línea del capitalismo maduro, que escapa al control de los Estados individuales. Con las paleoguerras se beneficiaban las industrias armamentísticas de cada uno de los beligerantes; con la neoguerra comenzaban a beneficiarse multinacionales que tenían intereses a ambos lados de las barricadas –si es que aún había una verdadera barricada-. Pero aunque la neoguerra beneficiaba a los vendedores de cañones, provocaba la crisis –en todo el mundo- de la industria del transporte aéreo, del turismo, de los medios de comunicación (que perdían publicidad comercial) y, en general, de toda la industria de lo superfluo, verdadera columna vertebral del sistema.

En la guerra del Golfo anoté que este era el único factor que hacía que al menos las neoguerras tuvieran que durar poco, ya que a fin de cuentas una prolongación no podía beneficiar a nadie.

Cualquier guerra del pasado se basaba en el principio de que los ciudadanos la consideraban justas y, por lo tanto, estaban ansiosos por destruir al enemigo. Ahora, en cambio, la multiplicación de información hacía vacilar la fe de los ciudadanos, e incluso los convertía en vulnerables frente a la muerte de los enemigos, presentada como una evidencia visual insostenible. Por tanto, con la guerra del Golfo se establecía –más que con el precedente de Vietnam- que en la neoguerra actual todo el mundo tiene al enemigo en la retaguardia. Aun cuando los medios de comunicación fueran amordazados, las nuevas tecnologías de la comunicación permitirían flujos de información imparables; son flujos que ni siquiera un dictador podría bloquear, porque utilizan infraestructuras tecnológicas mínimas a las que tampoco él puede renunciar.

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Afirmar que un conflicto ha resultado beneficioso para una de las partes en un momento dado implicaría que se identificase el beneficio en un momento dado con el hipotético beneficio final. Pero en las dos grandes guerras mundiales del siglo XX ya se vio que la política de la postguerra fue siempre y en cualquier caso la continuación –por cualquier medio- de las premisas establecidas por la guerra. Fuera cual fuera el resultado, al haber provocado la guerra un reordenamiento que no podía corresponder plenamente a la voluntad de los contendientes, se prolongaría una dramática inestabilidad política, económica y psicológica durante los decenios siguientes, que sólo podrían producir una política de hostilidades. Practicar la guerra como solución a los estados de desequilibrio no es más convincente que resolver los desequilibrios psicológicos recurriendo al alcohol o las drogas.

De hecho, en la guerra de Kuwait resultó el mismo equilibrio que había dado lugar al conflicto –hasta el punto de que sobre la mesa apareció constantemente, tras la guerra, el problema de cómo destruir a Saddam Husein-; en Kosovo, a la postre hubo que proteger a los serbios de los albaneses, cuando el conflicto se había iniciado para proteger a los albaneses de los serbios.

Con la guerra se planteó un problema nuevo respecto a la psicología de las paleoguerras. El objetivo de las paleoguerras era destruir el mayor número de enemigos posible, dando por sentado que también morirían muchos del bando propio. La muerte de los propios soldados se celebrara con ceremonias conmovedoras y culto al esfuerzo y sacrificio de los héroes; la muerte de los otros era divulgada y magnificada, y los civiles, en sus casas, tenían que alegrarse de cada enemigo eliminado. Con la guerra del Golfo se establecen dos principios: no debe morir ninguno de los nuestros, y hay que procurar no matar a los civiles, a no ser por accidente, pues una gran matanza de civiles –que llegase a ser conocida- provocaría la condena de los medios de comunicación internacionales.

De ahí el uso y la celebración de las bombas inteligentes. Es posible que a muchos jóvenes les parezca normal tanta sensibilidad, después de los cincuenta años de paz que proporcionó la benéfica guerra fría, pero, ¿es posible imaginar esta sensibilidad en los tiempos en que los V-1 destruían Londres y las bombas aliadas arrasaban Dresde?

La neoguerra se convierte en un producto mediático, una representación televisiva, y los medios de comunicación de masas, por definición, venden felicidad y no dolor. Así, los medios están obligados a introducir en la lógica de la guerra un principio de felicidad máxima o, al menos, de sacrificio mínimo. Ahora bien, una guerra que no tenga que implicar sacrificio y se preocupe de salvar el principio de felicidad máxima ha de durar poco. Y eso es lo que ocurrió con la guerra del Golfo y, sobre todo, con la de Kosovo: nunca se había visto una guerra que se basara tanto en el principio de felicidad máxima y sacrificio mínimo.

No obstante, la neoguerra de Kuwait duró tan poco que en buena parte fue inútil; de otro modo, los neoconservadores no habrían podido poner contra las cuerdas tanto a Clinton como a Bush para que no diera tregua a Saddam y emprendiese la invasión de Iraq. La neoguerra entraba en contradicción con las razones mismas que la habían alimentado.

2. El 11-S y Afganistán.

Con los atentados del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas se produce un nuevo vuelco en la lógica bélica. Obsérvese que con el 11-S no comienza la guerra afgana, sino el enfrentamiento, que todavía sigue, entre el mundo islámico y el mundo occidental –o, más concretamente, Estados Unidos-. Pero en esta nueva fase de la neoguerra desapareció por completo el principio de frontalidad, y nadie deja de reconocer que el conflicto ya no es territorial. Hay Estados que apoyan al terrorismo, pero el terrorismo sobrepasa territorios y fronteras. Se encuentra sobre todo en el interior de los países: el enemigo está, con toda propiedad, en la retaguardia.
Mientras que en las neoguerras de Kuwait o de Kosovo el enemigo en la retaguardia aparecía a través de los medios de comunicación y era conocido, en el terrorismo la fuerza del enemigo reside en ser desconocido e inobservable. Ni siquiera es de otra etnia, sino que un compatriota puede pasar al enemigo y realizar actos terroristas que provoquen, como mínimo, inquietud y, en general, terror.

El objetivo de Ben Laden al destruir las Torres Gemelas era impresionar a la opinión pública con una imagen que demostraba que los mayores símbolos del poder de Occidente podían ser violados. Gracias a esa imagen, los periódicos multiplicaron las ventas, las televisiones aumentaron sus audiencias y el público insistía en la repetición de aquellas escenas, ya fuera para cultivar su indignación o por un sadismo inconsciente. Esta actuación regaló a Ben Laden miles de millones de dólares de publicidad gratuita, en el sentido de que se mostraron a diario las imágenes que él había creado precisamente con intención de que todos las vieran, para descontento de los occidentales y para orgullo de sus seguidores fundamentalistas.

De este modo, los medios de comunicación, al mismo tiempo que lo reprobaban, se convirtieron en los mejores aliados de Ben Laden, que ganó así su primer asalto. Por otra parte, incluso los intentos de censurar o de suavizar los comunicados que Ben Laden enviaba a través de al-Yazira resultaron en la práctica un fracaso. La red global de la información era más fuerte que el Pentágono y, por tanto, se restablecía el principio, fundamental en la neoguerra, de que la voz del enemigo llega desde el interior.

En este caso, la neoguerra no enfrentaba ya a dos patrias, sino a infinitos poderes, con la diferencia de que estos poderes habían trabajado en las dos neoguerras anteriores para reducir la duración del conflicto y producir la paz, mientras que en esta ocasión se exponían a prolongar la guerra. El ex director de la CIA dijo hace unos meses que el enemigo que había que bombardear eran los bancos a través de los que circulaba el dinero del terrorismo. Desde luego, esto lo entendió bien el Pentágono en un primer momento, cuando concibió una respuesta basada en la paralización de los centros económicos del terrorismo; pero había que reparar de inmediato la profunda humillación sufrida por la opinión pública estadounidense y el único modo de hacerlo rápidamente era proponer una paleoguerra.

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De modo que el conflicto afgano se basó de nuevo en el enfrentamiento territorial, batallas campales y tácticas tradicionales -hasta el punto de recordar las campañas decimonónicas de los ingleses en el Kyber Pas-, y recuperó algunos de los principios de la paleoguerra:

a. De nuevo se impidió que la información minara la eficacia de las operaciones militares desde el interior, y ello dio lugar a una actuación muy parecida a la censura; que luego el sistema global de información hiciera que lo que no querían decir los medios de comunicación estadounidenses lo dijera una televisión árabe era el signo indudable de que la paleoguerra ya no es posible en la era de internet.

b. Aniquilación física del enemigo –que había vencido el primer asalto simbólico-. Se mantuvo el principio formal de respeto a los civiles inocentes, pero se aceptó que cuando no operaban los occidentales, sino los locales de la Alianza del Norte, no podía evitarse alguna matanza que se procuraba no mencionar.

c. Se aceptó de nuevo que podía haber bajas entre las propias filas, y se invitó a la nación a prepararse para un nuevo sacrificio. Bush hijo, como Churchill en la Segunda Guerra Mundial, prometió a los suyos la victoria final, pero también lágrimas y sangre, algo que no había hecho Bush padre en los tiempos de la guerra de Kuwait.

Es posible que esta paleoguerra afgana resolviese alguno de los problemas que ella misma había planteado –es decir, que se apartó a los talibán del poder-, pero no resolvió los problemas de la neoguerra de tercera fase de la que había surgido. Es evidente que los centros del terrorismo islámico siguen existiendo en otras partes que no son Afganistán, y el problema es decidir donde hacer el siguiente movimiento. La neoguerra iniciada el 11 de septiembre no se ganó ni se resolvió con la paleoguerra afgana, y parece que no hay mandos militares capaces de ganar neoguerras.

Llegados a este punto la contradicción es máxima: por un lado ya no se dan todas las condiciones que permiten hacer una guerra, puesto que el enemigo está totalmente camuflado, y, por el otro, para poder demostrar que en cierto modo todavía se hace frente al enemigo, hay que realizar simulacros de paleoguerra, aunque sólo sirven para mantener sólido el frente interno y hacer olvidar a los propios ciudadanos que el enemigo no está donde se le está bombardeando, sino que se encuentra entre ellos.

3. El 11-S e Iraq.

La derecha neoconservadora estadounidense no tuvo en cuenta nada de todo esto al favorecer la invasión de Iraq en 2003. Insistió en que la única forma de frenar el fundamentalismo árabe era dar una prueba de fuerza demostrando que la mayor potencia del mundo estaba en condiciones de destruir a sus enemigos; por consiguiente, era indispensable ocupar Iraq y derrocar a Saddam, no sólo para defender los intereses petrolíferos estadounidenses en esa zona, sino para dar ejemplo de fuerza y poder disuasorio. Ni la ausencia de pruebas ni el hecho de que el régimen de Saddam fuese laico y no fundamentalista fueron tomados en consideración: es como si la superioridad de fuerza de Estados Unidos diese, en sí misma, derecho a prevaricar.
Los altos mandos británicos y estadounidenses hubieron de asombrarse cuando lo que se esperaba que fuese una guerra relámpago resultó una empresa larga y costosa, en la que contra lo previsto no se producía una deserción masiva de iraquíes. ¿Tan difícil era entender que el ataque de un ejército extranjero produciría cohesión en el país atacado? Cualquier estudiante de antropología cultural podría haberlo señalado, pero los neoconservadores comparten con los antisemitas el rechazo de la ciencia y la cultura. Con lo que está sucediendo ahora en Iraq entre las distintas facciones que quieren gobernar el país sin la presencia de los occidentales, me parece que se ha deshecho el consenso en torno a Saddam, pero no el sentimiento de desconfianza e intolerancia hacia los extranjeros.

Hasta ahora, el único resultado tangible de la guerra han sido las brigadas voluntarias de posibles kamikazes que se han trasladado desde Egipto, Siria y Arabia Saudí a las trincheras de Bagdad; parece que se están desencadenando odios étnicos y religiosos bastante difíciles de controlar.

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Desconcertada ante estos fracasos, la opinión pública –de la que se hacen interpretes algunos líderes- sigue intentando desesperadamente recuperar la imagen de una paleoguerra posible con la metáfora del choque de civilizaciones, del conflicto entre cristianos e infieles. “¿Por qué no se podría ganar la neoguerra global convirtiéndola en una paleoguerra mundial entablada entre nosotros, los blancos, y los moros?”: planteada en estos términos parece una idea de tebeo, pero el éxito de los libros de Oriana Fallaci nos demuestra que, si es un tebeo, lo leen muchos adultos –y, con un lenguaje que recuerda al de Mussolini, forma parte de los documentos de la política exterior norteamericana-. En plena globalización, existen todavía conocimientos tan confusos respecto a otros países que ponen la carne de gallina: la actitud intolerante con que Bush hijo ha reaccionado a la prudencia de muchos países europeos respecto a la invasión de Iraq ignora que estos países han tenido formas de convivencia pacífica y de enfrentamiento armado con el mundo islámico durante casi mil quinientos años, y por lo tanto, tienen un conocimiento profundo de él.

4. Escenario de una posible cruzada.

Los defensores de la cruzada no han pensado que, incluso en este caso, la cruzada sigue siendo una forma de paleoguerra que no puede librarse en la situación global que ha creado las condiciones y las contradicciones de la neoguerra.

Imaginemos realmente un choque global entre el mundo cristiano y el mundo musulmán; un choque frontal, por tanto, como en el pasado de las Cruzadas, de la invasión de Constantinopla y de la batalla de Lepanto. En el pasado Europa tenía las fronteras bien definidas y el choque sólo podía adoptar dos formas: ataque o defensa. Tras siglos de uno y otra, Oriente se debilitó y Occidente aprovechó para conquistarlo. No hay duda de que fue una operación coronada por el éxito, y por mucho tiempo, pero el resultado lo vemos hoy: el enfrentamiento no ha desaparecido, sino que más bien se ha agudizado.

En la época de las cruzadas, el potencial bélico de los musulmanes no era tan distinto al de los cristianos, ya que ambos disponían de espadas y maquinarías para el asedio. En cambio, hoy día Occidente va muy por delante en términos de tecnología bélica. Es cierto que Pakistán, que está en manos de los fundamentalistas, podría utilizar la bomba atómica, pero a lo sumo conseguiría arrasar París, e inmediatamente sus reservas nucleares serían destruidas. Si cae un avión estadounidense fabrican otro, si cae un avión sirio sería difícil que obtuviesen otro en Occidente. Si el Este propaga el botulismo por correo, el Oeste envenena todo el desierto de Arabia y mueren hasta los camellos. Fantástico. Ni siquiera se tardaría mucho, un año a lo sumo, y luego seguiríamos todos con las piedras, aunque ellos probablemente llevarían las de perder.

No obstante, hay otra diferencia respecto al pasado. En la época de las Cruzadas, los cristianos no necesitaban el hierro árabe para fabricar sus espadas, ni los musulmanes necesitaban el hierro cristiano. Hoy día, en cambio, incluso nuestra tecnología más avanzada vive del petróleo, y el petróleo lo tienen ellos, al menos la mayor parte. Ellos solos, sobre todo si se les bombardea los pozos, ya no son capaces de extraerlo, pero nosotros nos quedamos sin combustible. De modo que Occidente debería reestructurar toda su tecnología para evitar esta dependencia, y no sé cuánto tiempo haría falta para efectuar esa reconversión, seguramente mucho. Además, no me extrañaría que las compañías petrolíferas occidentales estuvieran dispuestas a aceptar un mundo islamizado con tal de seguir obteniendo beneficios.

Pero la cosa no acaba aquí. En los buenos tiempos pasados, los sarracenos estaban en una orilla y los cristianos en la otra. En cambio ahora Europa está llena de islámicos que hablan nuestras lenguas y estudian en nuestras escuelas. Si ya hoy algunos se ponen de parte de los fundamentalistas de casa, imaginemos lo que ocurriría si se produjera un enfrentamiento global. Sería la primera guerra en la que el enemigo no sólo está instalado en casa, sino que además en atendido por la Seguridad Social. (El mismo problema se plantearía en el mundo islámico, que tiene en su casa industrias occidentales).

Si el conflicto se radicaliza mucho y caen otros dos o tres rascacielos, o incluso San Pedro, nos dedicaremos a la caza del moro: se coge a todo el que lleve bigote y no tenga una tez muy clara y se le corta el cuello. Se trata de matar a millones de personas, pero de eso ya se ocuparán las masas sin necesidad de recurrir a las fuerzas armadas.

Podría ser que se impusiera la razón y no se le cortase el cuello a nadie. Pero incluso los estadounidenses, tan liberales, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, metieron en campos de concentración –aunque de forma muy humanitaria, eso sí- a los japoneses e italianos que tenían en casa, a pesar de haber nacido allí. Por lo tanto, y dejándonos de sutilezas, se identifica a todos los que podrían ser musulmanes y se les mete en cualquier parte. Dado que es difícil organizar campos de concentración para tantos millones de personas, cabe la solución de las lanchas negreras: echarlos al mar. Millones de cadáveres flotando en el Mediterráneo. Me gustaría ver qué gobierno se decide a hacerlo; incluso Hitler mataba a pocos cada vez, y a escondidas.

Como somos buenos, les ofrecemos la alternativa de quedarse tranquilamente en casa, pero ponemos detrás de cada uno a un agente de los servicios secretos para vigilarlos. ¿Y de dónde sacamos a tantos agentes?

Todas estas reflexiones podría hacerlas un musulmán razonable desde la otra parte de la barricada. Desde luego el frente fundamentalista no sería el ganador: una serie de guerras civiles cubriría de sangre sus países con horribles matanzas, las repercusiones económicas también se dejarían sentir entre ellos, tendrían menos comida aún y menos medicinas que las pocas que tienen ahora, morirían como moscas. Pero si partimos de la idea de un choque frontal, no deberíamos preocuparnos de sus problemas.

Surgirían entre nuestras propias filas grupos proislámicos, no por convicción sino por oposición a la guerra, nuevas sectas que rechazarían la decisión de Occidente, seguidores de Gandhi que se cruzarían de brazos y se negarían a colaborar con sus gobiernos, fanáticos que propagarían el terror para purificar el Occidente en decadencia. Aparecerían por los caminos de Europa cortejos de orantes desesperados y pasivos en espera del Apocalipsis.

¿Todo el mundo estaría dispuesto a aceptar la disminución de la energía eléctrica sin posibilidad de recurrir ni siquiera a las lámparas de petróleo, el oscurecimiento inevitable de los medios de comunicación y, por tanto, no más de una hora de televisión al día, los viajes en bicicleta en vez de en coche, los cines y las discotecas cerradas, la cola en los McDonald’s para conseguir la ración diaria de una rebanada de pan de salvado con una hoja de lechuga? En resumen: ¿todo el mundo aceptaría el cese de una economía del bienestar y del despilfarro? Qué más le da a un afgano o a un prófugo palestino vivir bajo una economía de guerra, para él no cambiaría nada. En cambio, nosotros: ¿en qué crisis de depresión y de desmotivación nos sumergiríamos?

¿Hasta qué punto se seguirían identificando con Occidente los negros de Harlem, los desheredados del Bronx, los chicanos de California?
Y, por último, ¿qué harían los países de América Latina, donde muchos, sin ser musulmanes, han engendrado sentimientos de rencor hacia los gringos, hasta el punto de que, tras la caída de las torres, había incluso quienes decían que los gringos se lo habían buscado?

En definitiva, con la guerra global veríamos un islam mucho menos monolítico de lo que se cree, pero no hay duda de que también veríamos una cristiandad fragmentada y neurótica en la que muy pocos se prestarían a ser los nuevos templarios o los kamikazes de Occidente.

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Se trata de un escenario de ciencia ficción en el que, si algún día se convirtiera en realidad, nadie saldría vencedor. Por tanto, aunque la neoguerra de tercera fase se convirtiese en paleoguerra global, no lograría otro resultado que no fuese su perpetua continuación en un escenario desolado de Conan el Bárbaro.

5. La paz.

Resulta entonces que en la era de la globalización una guerra total es imposible, ya que conduciría a la derrota de todos. Pero si se declarase el tabú universal de la guerra, dado que la neoguerra no tiene ni vencedores ni vencidos y la paleoguerra ya sólo aporta satisfacción psicológica al vencedor provisional, el resultado no sería positivo: consistiría en una neoguerra permanente, con muchas paleoguerras periféricas reabiertas constantemente y cerradas de manera provisional. El hecho mismo de la neoguerra debe inducirnos a reflexionar sobre la naturaleza equívoca de la noción de paz.

Cuando se habla de paz y se desea la paz, siempre se piensa (en la medida en que nos lo permite nuestro horizonte de visión) en una paz universal y global. Nunca hablaríamos de paz si pensásemos sólo en una paz para unos pocos, porque, de ser así, nos iríamos a vivir a Suiza o nos retiraríamos a un monasterio, como se solía hacer en tiempos muy oscuros de invasión permanente. La paz o se propone como concepto global o no merece la pena plantearla.

Complementariamente, siempre se ha impulsado la paz pensando que se trataba de restaurar una situación primitiva de la humanidad que en un momento determinado fue pervertida por un acto de odio y de atropello.

Frente a este mito, diré que la paz no es un estado que se nos haya dado antes y que simplemente tengamos que restablecer, sino una conquista sumamente dificultosa, como las que se obtenían en las guerras de trincheras: pocos metros cada vez y a costa de muchos muertos.

Las grandes paces que se han conocido en la historia, incluida aquella gran y bendita paz del primer mundo que se llamó guerra fría y que todos añoramos –que mantuvo a raya territorios que ahora están en conflicto entre sí-, han sido el resultado de una conquista o de una presión militar continuada, mediante la cual se mantenía cierto orden y se reducía la conflictividad en el centro a costa de muchas pequeñas paleoguerras periféricas. Las grandes paces siempre han sido el resultado de un poderío militar y, si hay paz, la paz es siempre la nuestra, nunca la de los otros. Si hay algo válido en la temática antiglobalización es la convicción de que los beneficios de una globalización pacífica se obtienen a costa de los perjuicios de quienes viven en la periferia del sistema.

La neoguerra de tercera fase promete un desequilibrio constante en el centro –convertido en territorio de inquietud diaria y de atentados terroristas permanentes- mantenido a modo de sangría permanente por una serie de paleoguerras periféricas, de las que Afganistán es sólo el primer ejemplo. En el fondo, lo que los estadounidenses sintieron en su propia piel el 11 de septiembre fue la pérdida de la ilusión de un estado de paz en el centro que pasase por paz global, y de ahí su estado de shock actual.

6. Paces locales.

Si la paz global es el producto de la guerra –y cuanto más autófaga e incapaz de resolver los problemas que la provocaron sea la guerra, tanto más imposible resulta la paz, a quienes crean en la paz sólo les queda trabajar por una paz de irregular distribución, por la creación de situaciones pacíficas en la inmensa periferia de las paleoguerras que seguirán sucediéndose unas a otras.

El carácter periférico del conflicto y la memoria fugaz de los medios son hoy condición esencial para la mediación pacífica. Hoy por hoy no parece que haya ninguna negociación o mediación capaz de resolver un desequilibrio central, sobre todo si ya no depende de la voluntad de ningún gobierno. No es previsible, por tanto, un proyecto de paz para la neoguerra de tercera fase, sino sólo para cada una de las paleoguerras que ésta origina. Una serie de paces locales podría, actuando de sangría, reducir a largo plazo las condiciones de tensión que mantienen viva la neoguerra permanente.

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Lo anterior son extractos de “Algunas reflexiones sobre la guerra y la paz”, conferencia pronunciada en Milán, julio de 2002 y convocada por la Comunidad de San Egidio; se han añadido algunas ideas de otros ensayos que acompañan a la conferencia en la antología de textos de Umberto Eco A paso de cangrejo (Lumen, 2007). El cortapega es de Crates, que ni quita ni pone rey y bien que lo echa de menos a veces.

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