
SOLO LE PIDO A DIOS
“Que la guerra no me sea indiferente… es un monstruo grande y pisa fuerte… Solo le pido a Dios”… Y como respuesta a ese clamor latinoamericano se anuncia en uno de los más destacados diarios de nuestra patria colombiana: “En los próximos días comenzarán a llegar los equipos adquiridos con los recursos extraordinarios, para reforzar las operaciones de la Fuerza Pública. La gran inversión se realizó en material de comunicación, movilidad e inteligencia integrado en un paquete de $8,6 billones. El ministro de defensa reveló que entre las adquisiciones llegarán 15 helicopetros Black Hawk para el Ejército, 12 helicópteros de combate y aviones de transporte para la Fuerza Aérea, 13 aviones Kfir, 60 botes para la Armada y un importante número de automóviles y motos para la Policía Nacional”. Lo que nunca nos llegará es la Paz.
Y a pesar de que ya estamos cansados de repetir datos estadísticos no nos queda otra alternativa que recordar en estas líneas que en Colombia, según el Ex procurador general de la nación y la UNICEF, mueren cada año quince mil niños por causas relacionadas con la desnutrición y veinte mil por consumir agua no potable. Y mientras nuestros niños mueren ante la insensibilidad de nuestros gobernantes, el presupuesto de la nación se destina a la compra de armamento como única respuesta al clamor de tantos niños que cada día viven el drama de su propia guerra en las frías calles de cualquier ciudad colombiana o en los fríos paramos de la geografía nacional. Y son niños y niñas que no entienden el simple hecho de no poseer un pan entre sus manos mientras más de ocho billones de pesos se destinan a la guerra que nunca significará su paz.
Niños y niñas que sirven de espectáculo en los separadores y en los semáforos de cualquier ciudad colombiana. Niños que tragan fuego para saciar su hambre; que se lanzan en esquizofrenicas piruetas para saciar su milenaria languidez en la inmundicia de patria que nunca parecen merecer. Niños y niñas que nunca han conocido ni conocerán el abrigo de un hogar y que deben abandonar tempranamente las aulas escolares por que nunca en país alguno el hambre se ha podido conjugar con la palabra cultura. Niñas convertidas en rameras en las sórdidas y sacrílegas pulperías como única, última y desesperanzada alternativa para mitigar su hambre. Y niños esqueléticos y raquíticos que parecen pequeñas llamas saltarinas alimentadas de su misma avidez que una y otra vez se estrellan contra nuestra nublada vista en cada rincón de esta mal llamada patria.
Y ante su drama, su muerte y su agonía se nos esboza por los padres de la Patria un presupuesto que en nada se conduele de tanto dolor. ¿Qué clase de sociedad somos y en qué engendro diabólico nos hemos convertido para pretender creer que es en la guerra donde está la solución a tanto sufrimiento? ¿Qué decir de los cientos de viejecitos y viejecitas que extienden su lánguida mano mientras el frío penetra sus huesos y una exclamación de conmiseración se escapa de sus desdentadas bocas? Parecen llagas tiradas en el piso anhelosas de una simple moneda. Caradura que somos los colombianos al pretender sanar las heridas con manotadas de sal.
Desde estas páginas abogamos por mayor inversión social, menos guerra y más atención a la niñez. No queremos seguir contemplando indiferentes la cara de languidez de nuestros niños en las escuelas cuando tienen que limitarse a hacerle un nudo a su estomago por no disponer de dos mil miserables pesos para cancelar la cuota del restaurante escolar. Y mientras ese niño soporta el hambre, el gobierno destina $8,6 billones para comprar material bélico en los mercados norteamericanos e israelíes. Unamos nuestras voces para gritar, no más muertes, no más niños y niñas muertos de inanición. Sí a la vida, pero no de una manera retórica, sino plasmada en el presupuesto nacional.
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