
A las pocas horas del atentado de Mallorca, tanto en algunos blogs como en Twitter surgieron críticas a la BBC y los periódicos británicos por definir a ETA como “grupo armado” o “grupo separatista”. No es la primera vez que ocurre y no será la última. Hay personas que creen que estos medios no consideran a ETA un grupo terrorista porque no lo definen como tal. Es un razonamiento falso, casi diría que estúpido y no se apoya en ninguna prueba, pero se repite con frecuencia.
No hay en el Reino Unido, y supongo que en casi todos los países europeos, ninguna duda sobre el carácter criminal de los actos de ETA. Mucho menos en el Reino Unido, donde durante décadas se soportó un terrorismo como el norirlandés, que cuenta con algunas similitudes, y otras tantas diferencias, con lo que se llama el caso vasco.
En el caso de Mallorca, las críticas aumentaron cuando por la tarde las webs de los medios británicos eligieron como primer titular de la noticia el caos provocado en los vuelos a Palma de Mallorca al quedar cerrado el aeropuerto. Miles de turistas británicos se vieron afectados y los medios apostaron por el enfoque local.
Si cambiamos el lugar de la noticia y la nacionalidad de los turistas, es fácil captar el ridículo de esos ataques.
Un atentado en El Cairo o Atenas en el que dos policías fueran asesinados, que alterara durante horas el transporte aéreo y condicionara los planes de vacaciones de miles de turistas españoles recibiría un tratamiento similar en los medios de nuestro país. Por la mañana, el titular de la noticia sería el atentado y por la tarde, probablemente, el caos aéreo, aderezado con las opiniones de los turistas y alguna llamada en las webs para que éstos últimos enviaran sus opiniones a la redacción.
A estas alturas, supongo que a nadie le sorprenderá que existan medios de comunicación que hagan un uso un poco restrictivo de las palabras terrorismo y terroristas. No escriben comunicados de condena, excepto en sus editoriales y artículos de opinión, sino que hacen información. Y el periodismo, aunque no debe abominar de los adjetivos, no consiste en elegir el adjetivo adecuado con la intención de que periodista y lector se sientan aliviados de estar ambos en el lado de los buenos.
Ya se sabe lo que ha venido ocurriendo desde el 2001. Lo que ha venido siendo normal es agitar la palabra terrorismo como un capote rojo delante de un toro para liberar a la gente de la funesta manía de pensar. Todo lo demás resulta secundario. La Constitución, los derechos civiles, la idea de que la guerra no siempre es la mejor solución con la que afrontar problemas complejos… ¿Terrorismo? Sólo las nenas ignoran que esto soluciona echándole huevos. Apuntas a la cabeza y fin de la historia.
La BBC –estos británicos siempre tan metódicos– tiene un breve texto con instrucciones sobre cómo informar en estos casos. Recomienda específicamente no utilizar la palabra terrorismo. En el primer párrafo, apunta el porqué:
We must report acts of terror quickly, accurately, fully and responsibly. Our credibility is undermined by the careless use of words which carry emotional or value judgements. The word «terrorist» itself can be a barrier rather than an aid to understanding. We should try to avoid the term without attribution. We should let other people characterise while we report the facts as we know them.
Como todos los criterios periodísticos, éste es discutible. No es la palabra de Dios revelada a las masas ignorantes. A mí me interesa la última frase, en realidad, las últimas palabras de la frase. Informamos sobre los hechos. Ésa es la clave. No es necesario emplear una palabra determinada para dejar patente que un acto de violencia dirigido específicamente contra civiles con una intención política es eso que habitualmente se considera un acto terrorista.
Durante varios años, estuve informando sobre lo que ocurría en Israel y Palestina, y creo que nunca (nunca digas nunca, deberían recordar todos los periodistas) llegué a utilizar la palabra terrorismo. Lo que hice fue describir en los términos más claros qué es lo que había ocurrido. Si alguien había puesto una bomba en una discoteca o un restaurante, explicaba quiénes eran las víctimas, incluidos datos personales si eran conocidos en ese momento, qué estaban haciendo y, si acaso, qué consecuencias podría tener ese acto de violencia indiscriminada contra civiles.
Si la bomba había estallado en un mercado un viernes poco antes de que comenzara la jornada festiva del Sabbath, como recuerdo acerca de un caso concreto en Jerusalén, esos datos eran relevantes. Las víctimas eran en su mayoría personas muy pobres que acudían al mercado poco antes de que cerrara, cuando los dueños solían regalar los productos perecederos o venderlos a muy bajo precio, porque de otra manera los tendrían que tirar.
Había que informar también del contexto, evidentemente. La prioridad, sin embargo, eran los hechos.
Cuentas a la gente que esa bolsa negra que contiene unos restos humanos es lo que queda de un hombre o mujer de avanzada edad que sólo pretendía comprar unas verduras o legumbres a bajo precio. ¿Qué impresión le queda al lector o al espectador? ¿Necesita adjetivos? ¿Necesita que un titular de la BBC le diga que eso es un acto terrorista?
Por tener que echar mano siempre de la palabra terrorismo, hemos olvidado una palabra más antigua que todo el mundo entiende. Y es la palabra terror. Lo malo es que hay Estados que también cometen actos de terror. Con la intención de aterrorizar a civiles y obligarles a pagar un precio en sangre de las decisiones tomadas por otros.
En el instante en que esa violencia del Estado se considera una respuesta a los grupos terroristas cualquier discusión posterior queda eliminada. Definirla como terrorismo, dicen, supone comprar el discurso de los terroristas. Hay que apuntar en este momento que los periodistas tampoco deberían hacer suyo el discurso de los Gobiernos, en especial si son extranjeros y tienen unos modales deplorables.