Nací en un tragaluz de Lalibela, en la región de Ahmara. Con su irrupción, los rebeldes me hicieron precoz en el vuelo. Pero mientras ellos me alentaban a luchar por no sé qué causa con mis alas tempranas, yo opté por huir continente adentro.

Tras largas horas de viaje, crucé la frontera de una de las naciones más antiguas del mundo para entrar, Nilo Alto, en la más nueva, pero no me pareció que a un lado y otro fuera distinta la mirada de aquellas criaturas hacinadas a la sombra de una acacia o de una carpa polvorienta.

Continué, por tanto, hacia el corazón verde de África. Jamás habría imaginado tanta abundancia sobre la Tierra. En cualquier punto donde me detuviera a pasar la noche, me acompañaba un griterío fenomenal y diverso, que en el día se animaba de mil colores. No faltaba el alimento. Hasta que un día, en la orilla del río Kotto, noté que el verde se iba haciendo más oscuro, profundamente oscuro, y un brillo irracional -imposible discernir si era de mineral o de odio- dio paso súbito al silencio. Dolía aquel silencio, el aire ya solo olía a miedo. Me aproximé al suelo con cautela atravesando el ramaje -necesitaba saber qué estaba pasando- y entonces lo vi: vi el vórtice del olvido que se tragaba aldeas enteras, pueblos enteros, infancias tan tiernas arrulladas por el amartillar de un arma, consejos atávicos de ancianas que predicaban la reconciliación en vano. Y se tragaba al río y se tragaba la selva entera, y temí que a mí misma me fuera a engullir. Salir de allí. Salir de allí a toda prisa, fue ya mi único pensamiento.

Desorientadita yo, como no sabía hacia dónde dirigirme, me dejé guiar por el río. Así fue cómo el Kotto me llevó hasta el Ubangui, y el Ubangui, por bancos de sangre y arena, me condujo hasta el río Congo. Y por el Congo, siempre con el aliento del olvido voraz cerniéndose sobre mis alas, alcancé por fin el mar.

Quise alejarme todavía más, recobrar el prístino azul del agua y del cielo, y fui bordeando el Golfo de Guinea, para dirigirme luego hacia el norte, tras una inflexión en la línea de costa. Encontré ciudades que no se parecían en nada a la mía y escuché idiomas tan diversos que encerraban, sin embargo, una emoción idéntica… En Ouidah supe del Puerto de No Retorno; en Monrovia me hablaron de cuantos se tragaron las fauces de la tierra; en Ziguinchor me llegó la historia de aquel niño que sesteaba abrazado a su fusil a la sombra de un baobab; en Dajla oí de los cuarenta sabios de la Yemaa que se lamentan cada uno con su propio puñado de arena entre las manos; en Larache perduraba el rumor de los buques que zarparon rumbo al palenque…

No sé cuándo empecé a pensar que se cerraría el círculo, que en cualquier momento, sin pretenderlo, podría volver verme de nuevo en mi punto de partida. Para evitarlo, decidí cruzar brevemente el mar. Así llegué a anidar en esta región tranquila. Y aunque se sostiene sobre todo el dolor que he contemplado en el mundo, en este nido reside la alegría serena de quien salvó tantas, tantas historias del olvido.

2 thoughts on “Tigray”
  1. Tigray
    La perspectiva aérea e inocente del personaje crea una congoja desasosegante, mucho más lesiva que la crónica de un corresponsal de guerra, al fin y al cabo, condenada a transmitir la primicia de lo que será olvido.
    Uffff!!!
    Es terrible lo que se cuenta, aunque sea un cuento.
    Gracies Demétria.

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