Todos la hemos visto. Un policía turco rescata el cuerpo inerte de un niño. Hay golpes en la boca del estómago para los que no se necesita ningún contacto. Cuenta Arturo Barea en su trilogía autobiográfica que, en los primeros meses de su trabajo en el servicio de censura de la guerra, se confiscaron unas fotos del depósito de cadáveres donde descansaban sesenta niños muertos en Getafe por los bombardeos de la aviación alemana. Los jefes del departamento creían que no era conveniente mostrar esas fotos porque se solía preferir que las imágenes que viajaban al extranjero reflejaran a milicianas jóvenes con sonrisas enérgicas o a obreros camino del frente con el fusil colgando del mono del taller. Mucho mejor un puño en alto que la manita flácida de un niño vencida por la muerte.

Por la noche Barea bajaba a los sótanos del edificio Telefónica y se los encontraba atestados de familias desorientadas, a las que mataba el hambre, el hacinamiento o la contienda. Según el escritor, tampoco eso se dejaba pasar en el improvisado servicio de censores que se había montado con el personal más cualificado que se había encontrado disponible y del que él formaba parte. Era noviembre y el cerco que se estrechaba sobre Madrid empezaba a estrangular el centro. El gobierno republicano se había trasladado a Valencia para evitar someter su actividad a los inconvenientes de la vanguardia. Según admite, fue en ese momento en el que los papeles empezaban a arder con la esperanza de que las cenizas no dejaran rastro cuando Barea se topó de nuevo con las fotos del bombardeo. Y entonces llegó el debate: conservarlas o destruirlas. El mismo debate que ha saltado de redacción en redacción desde la Primera Guerra Mundial hasta el comité de redacción de El Mundo de ayer por la tarde porque, en el fondo, todas las fotos que nos revuelven la conciencia son la misma.

Arturo Barea cuenta que vio a un pequeño con la boca abierta de par en par al que la muerte había retratado en su último grito. El madrileño creyó entonces que quemar aquellas fotos hubiera sido como matarlos dos veces. Relata que las conservó y que incluso pretendió hacer carteles para que el mundo las viera. Sin embargo, las fotos las acabó publicando el Partido Comunista. Hoy, casi ochenta años después, todavía no hay consenso sobre si aquel supuesto bombardeo fue una exageración de la propaganda republicana o el trabajo de la censura franquista en la posguerra. ¿Hubiera pasado lo mismo si después de contrastar la noticia un corresponsal extranjero hubiera roto el cerco de la censura?

La cuestión es parecida desde que existen cámaras capaces de registrar la miseria humana. Eso nos lleva a preguntarnos qué se debería haber hecho con el niño de la playa. Unos dicen que mejor hubiera sido informar de su muerte sin imágenes y haber guardarlo las fotos en el cajón al que van todos los niños muertos a los que hemos olvidado. Otros argumentan que no es necesario ver fotos de un niño muerto para saber lo que es un niño muerto, que si fuera un niño español no la habríamos visto. En la acera opuesta están los que comparten la imagen en todas sus redes sociales, como si cogieran del cuello a sus amistades para que no aparten la vista. Yo no tengo la solución, pero mientras la marea de twitter sube con nuestro debate estéril, todas las orillas son una frontera, todos los niños fotografiados son el mismo niño y todos los silencios la peor respuesta.

Carlos Torres

Público.