Los mapas políticos no muestra las tramas de corrupción, los diagramas de la riqueza, las operaciones financieras en los paraísos fiscales de ultramar, las estructuras de la economía mundial, los acuerdos políticos ocultos, los proyectos de dominación y la alienación.

Cuando escucho las conversaciones sobre la «Ucrania unida», tengo la sensación que los traductores de este mensaje no entienden realmente de lo que están hablando. ¿Qué significa que la bandera ucraniana aparezca en cada rincón de la pantalla del televisor? ¿Qué tenemos que entender sobre el contorno del mapa de Ucrania que hemos conocido los últimos 23 años?

En su libro más importante, Simulacros y simulación, Jean Baudrillard afirma que en el mundo postmoderno los modelos de la realidad son aún más reales que la realidad misma y crean una nueva hiperrealidad. «Sin embargo, es el mapa el que precede al territorio – preeminencia de los simulacros -, el que engendra el territorio, y si hay que volver a la fábula, hoy es el territorio
el que pudre sus jirones lentamente a través de la extensión del mapa.» Hablar del ánimo
predominante de la gente en Ucrania, es, pues, hablar de la hiperrealidad.
Se puede ver el mapa político de Ucrania en todas las aulas de geografías o historia de los
centros de educación. Se utiliza como decoración en las oficinas de los burócratas, hombres de
negocios, funcionarios y personas comunes y corrientes que quieren manifestar su patriotismo.

«Esta nublado en Luhansk, está lloviendo en Lviv, en Crimea luce el sol, 22 grados centígrados»
dice el hombre del tiempo señalando con el dedo en un mapa climatológico y un anuncio de un
nuevo medicamento contra la fiebre.
Más alargado hacia Occidente, más delgado hacia el este, con una ondulación hacia el norte y
dos excrecencias al Sur: un mapa cuya geometría reconocemos desde la infancia. Por un
momento piense en la frecuencia con que aparece delante de usted cada día: en el telediario
de la noche, en la oficina de la Correos, en los logos de las organizaciones políticas, incluyendo
el Partido de las Regiones. Un esbozo de las fronteras del estado, decoradas por perlas,
anuncia una red de tiendas de joyería; una cara sonriente aparece en todas las regiones de
Ucrania, desde Lviv a Crimea, para sugerir que compremos aparatos electrónicos en su tienda
online Rozetka.
[1]

¡El mapa está en todas partes!

Cuando mencionamos la palabra «Ucrania», nuestra imaginación en primer lugar trae a colación
esta imagen: un tipo de color cubriendo un territorio, más tarde nos trae toda la otra mitología,
inculcada por la propaganda y la ideología dominante. Viendo el pronóstico del tiempo ya
mencionado, ni siquiera pensamos en los efectos atmosféricos, por ejemplo, en Tiraspol, que
está situado justo entre Odessa, Chernivtsi y Vinnitsa, pero que no es «nuestra». Pero Crimea es «nuestra» y el Donbass también.
Por esta razón Benedict Anderson afirma que un mapa es uno de los factores clave en la
construcción de la identidad nacional, de estas «comunidades imaginadas». Mirar todos los días
un esbozo de las fronteras del estado ayuda lo visual a convertirse en símbolo, para convertirse
en verdadero poder material, y a su vez permite la realización de verdaderas maravillas. Matar,
por ejemplo.

Defiendo que la guerra en curso en este minuto en el Este es, en el imaginario de masas, una
guerra por el mapa.
Mirando el país monocromático a vista de pájaro, o incluso de satélite, la gente tiende a
olvidarse de otras formas de verlo: se olvidan de el mapa físico, amarillo-verde, donde las
fronteras, creadas artificialmente por los políticos, no existen. Sobre la imagen política del
mapa es incluso difícil sobreponer un mapa económico o demográfico. Por ejemplo, es difícil
ver la Polesia escasamente poblada, la Bukovina completamente rural, o el hecho de que la
mayoría de la población urbana vive en 17 aglomeraciones, que están situados en su mayoría
en Donbass o Krivbass. No se puede encontrar esta información en la hiperrealidad dominante
del mapa político, porque su misión es otra. Es ideológica. Y por lo tanto, como señaló Friedrich
Engels, sirve para la producción de falsa conciencia.
Una perspectiva «horizontal» de este mapa, es decir, la comprensión de cómo las personas
viven en el Donbass, es un lujo inaccesible. Para la inmensa mayoría de la población, el
‘Extremo Oriente’ de Ucrania sigue siendo una especie de
terra incognita. ¿Qué saben del
Donbass las clases medias de Kiev, acostumbrados a hacer viajes de fin de semana «para
tomar un café» y «disfrutar de la arquitectura en la turística Lviv”? ¡Prácticamente nada! Sobre
todo su conocimiento y comprensión se limita a lo que se enseña en los libros de texto escolares, en las historias de conocidos, en los informes de la televisión y, en el mejor de los
casos, a algunas visitas esporádicas, de las que sobre todo recuerdan la “basura industrial”.

Entonces, ¿qué se puede decir de los residentes de las zonas rurales, que ahora están siendo
movilizados en las filas de las fuerzas armadas?
Rodeadas por la línea gruesa de la frontera estatal en Oriente, la línea más delgada de puntos
de la frontera administrativa con Occidente y la corta franja de Azov en la costa sur, estas dos
regiones están fuertemente asociada con otras características: las minas de carbón , las
fábricas, la criminalidad, la lengua rusa, »
donetskye
«[2]
, el club de fútbol «Shakhtar». Para la
mayoría de los ucranianos, este conjunto estable de asociaciones forman parte de un mismo
paquete, que va de lo neutro a los matices negativos; las representaciones de esos “otros”, no
siempre son comprensibles e incluso a veces son extrafalarias. Paso a paso este conjunto de
asociaciones se generalizó en una noción machista: “
Vata
«[3].

Políticamente apática, nostálgica de la época soviética y dando un apoyo electoral pasivo al
«donetskye
«, incluso antes del conflicto actual, la población del Donbass se estaba convirtiendo,
al menos, en sospechosa a los ojos de los habitantes del resto de Ucrania. Y el grupo más
importante a la hora de difundir esta actitud fueron los nacionalistas ucranianos, que ni siquiera
tratan de ocultar su propia arrogancia. «Represión», «privación del derecho de voto»,
«deportación», «ucranización forzada»: durante años he escuchado estas propuestas de los
nacionalistas.
Paradójicamente, al mismo tiempo, estos radicales – y no tan radicales – grupos de derecha
consideran el Donbass una tierra auténticamente ucraniana. Y a veces incluso quieren
extender las fronteras de la “Gran Ucrania» a Belgorod, Voronezh, Krasnodar y hasta la costa
del mar Caspio: tal era el mapa de las tierras étnicamente ucranianas elaborado por el ejército
alemán en 1918.
El mapa, como un símbolo de la grandeza nacional, se ha convertido para la mayoría en más
real que las personas que viven en el territorio. Más real que las relaciones culturales,
económicas y de clase. Para los ciudadanos “nacionalmente” conscientes, el mapa en papel
topográfico monocromo es un argumento mucho más fuerte a la hora de tomar decisiones que
hablar con la gente real.
Dentro de esta percepción, la población que vive en la zona ATO
[4]
se convierte en un
obstáculo en el camino de la «Gran Ucrania». Y cuando hoy en día, en nombre de la “unidad del
país”, el ejército dispara fuego de artillería contra los barrios residenciales de Lugansk, no me
sorprende que el cañoneo se funda con el sonido de los aplausos del público patriótico. No me
enojo al escuchar toda esa palabrería de odio chovinista y los llamamientos a limpiar la región,
no sólo de militantes, sino también de población «poco fiable».
La insurrección armada en el Donbass es una consecuencia lógica del cambio violento del
poder central del Estado y la ruptura del frágil consenso nacional heredado de la época de la
República Socialista Soviética de Ucrania. Tras el cambio radical del pacto social en Kiev, el
este del país decidió luchar por el derechos a hacer lo mismo. Así que ¿en que se diferencian
esencialmente estos dos eventos? Ante todo, que el poder que fue incautado en Kiev se expande sobre todo el territorio del Estado. Pero el Donbass, en respuesta, ha cuestionado la
«sacralidad” del mapa.

Y señalando ese mapa tan conocido, la clase dominante está llamando a la gente a la guerra.
La maquina de propaganda habla todos los días del “país unido”, cuyo mapa hiperreal se eleva
por encima de los habitantes del Donbass, que a su vez son degradados, pasando de
ciudadanos a insectos: «cucarachas rojas»
[5 ]
. La “unidad” de la nación se refiere en primer
lugar a la unidad de las clases: del propietario de banco y del adolescente del pueblo
movilizados para luchar en la guerra.
Para los que de verdad la guerra tiene sentido es la élite estatal. Realmente tienen algo por lo
que luchar. De hecho, para Poroshenko, Kolomoysky, Tatura y Akhmetov, el Donbass es no
sólo un territorio imaginario abstracto, no un mapa sino un sitio de activos muy concretas: las
empresas, los recursos, la tierra, el trabajo, el poder, el mercado, los contratos, la
administración que apropiarse y controlar. En otras palabras, el poder político y la propiedad.
Los capitalistas no tiran dinero al aire, y es por eso que las generosas contribuciones a la
propaganda patriótica en las pantallas de televisión y para las acciones militares no son sino
inversiones. Son inversiones en una paz de clase, que les proporcionará la oportunidad de ir a
llenar sus bolsillos, dejando al resto la satisfacción de contemplar el mapa restaurado colgado
en las paredes de sus apartamentos sin calefacción.

Estas inversiones están realmente pagando dividendos. Hoy en día, para una gran parte de los
ucranianos, el mapa y todos los otros elementos de orgullo nacional han llegado a tener una
propiedad metafísica particular: una tan importante que están dispuestos a ir a la guerra. Hasta
el más mediocre hace alarde de su amor por esta imagen compleja, elevándose por encima de
aquellos para los que no existe esta ‘propiedad’, sobre el ‘
vata
‘. Aunque ni el primero, ni el
segundo realmente posean esa propiedad, ni vayan a perderla muy pronto. Jean Paul Sartre
denominó este fenómeno el «esnobismo por los pobres», y tenía razón.
En realidad, esta incursión en la geografía cognitiva del estado ucraniano es sólo un pequeño
ejemplo. ¿Cuántas guerras por la «realidad» de los mapas se iniciaron desde el surgimiento del
Estado-nación? Son incontables. Hace exactamente un siglo los grandes estados europeos
movilizaron a millones de hombres condenados a la muerte y la miseria durante la Primera
Guerra Mundial, en una lucha por el mapa político. Hoy en día están cayendo en los barrios
residenciales de Gaza bombas para defender el concepto «histórico» de
Eretz Yisrael
. Cinco
estados de Asia Central están involucrados en luchas sangrientas por el territorio. Más hacia el
este, China, Vietnam y las Filipinas están dispuestas a sacrificar a su población en un conflicto por un pequeño archipiélago desolado en el Mar del Sur de China.

Por último, las ideas del irredentismo ruso arrastran, con una facilidad sin precedentes, a todas
las clases en un espasmo de unidad nacional alrededor de la élite dirigente de la Federación de
Rusia. Y cuando un trabajador de Transbaikalia, viviendo en una libertad de mercado de
mierda, afirma con orgullo que «¡Crimea es nuestra!» es tan grotesco como las banderas azul-
amarillas que cuelgan de los balcones de las »
khrushchyovka
»
[6]
en la región de Vinnytsya, en
el oeste de Ucrania .

Los mapas políticos no muestra las tramas de corrupción, los diagramas de la riqueza, las
operaciones financieras en los paraísos fiscales de ultramar, las estructuras de la economía
mundial, los acuerdos políticos ocultos, los proyectos de dominación y la alienación.
Lo que no se puede encontrar en los mapas es la línea principal de conflicto, que no coincide
con las líneas de puntos, más delgadas que las de las fronteras del estado, porque se
encuentra en un sistema completamente diferente de coordenadas. Es la lucha por una nueva
calidad de las relaciones sociales. Pero para hacer realidad este conflicto tenemos que dejar de
mirar al mapa y, como sugiere ese clásico del punk rock: “matar el estado que llevamos dentro”
[7]
.

Las fronteras no son primordiales. Hubo una época en que no existían, y espero que llegue un
tiempo cuando desaparezcan de las páginas de los libros de texto y las futuras generaciones
nos considere unos bárbaros, capaces de pintar con un flujo de células rojas de sangre unas
líneas que nos separan artificialmente.

Notas:

[1]
Estos son ejemplos de anuncios populares de las empresas ucranianas.

[2]
Forma popular de llamar a los capitalistas y políticos procedentes del Donbass,
especialmente aquellos cercanos al Partido de las Regiones.

[3]
La palabra en realidad significa «guata», la noción se deriva de la ropa de invierno de los
soldados del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial, que se rellenaba con guata.

[4]
ATO es la abreviatura de uso general de la “operación antiterrorista” emprendida por el
gobierno de Ucrania.

[5]
La “cucaracha roja”, una plaga de la patata supuestamente introducida en el bloque
soviético por los EE.UU., tiene las mismas rayas de color naranja y negro como la cruz de San
Jorge, que se ha convertido en un símbolo del nacionalismo ruso.

[6]
Edificios residenciales modernistas creados en el tiempo de Nikita Jruschov, que no han
envejecido con gracia y gozan de una mala reputación.

[7]
Alusión a las letras de la banda «Grazhdanskaya Oborona»: «¡Mata al interior de ti mismo!».


Andriy Movchan
es un periodista ucraniano, antiguo dirigente en del movimiento estudiantil de Ucrania que se
define como marxista.

Traducido por Aliona Lyasheva del ucraniano y por Enrique García del inglés para
www.sinpermiso.info

http://liva.com.ua/war-for-map.html

Fuente: http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/guerramapa.pdf